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El error Zapatero

El error Zapatero


Se han constatado ya ostensiblemente los errores y los fracasos del presidente Rodríguez en su política exterior, en la de seguridad y en su giro confederal a la dinámica del Estado autonómico. Pero el fiasco más notorio lo ha provocado su pretensión de conseguir solucionar el terrorismo de ETA. Y eso pese a que las gesticulantes rectificaciones de última hora intentan ocultar la cadena previa de concesiones políticas favorables a la banda y no han cerrado definitivamente tampoco la posibilidad de contactos ulteriores.


Este último intento se ha guiado, en mi opinión, por una combinación de pensamiento desiderativo, una incapacidad para comprender la dinámica del nacionalismo vasco terrorista como ideología totalitaria y una valoración errónea de la situación en que se encuentra la pugna estratégica con los terroristas . Al llevar a cabo su intento a toda costa, sin el imprescindible apoyo de las víctimas ni del único partido de la oposición en la práctica, ha confirmado, por si falta hiciera, su utilización partidista de la materia. Si apoyó desde la oposición al gobierno del PP con la firma del Pacto por las libertades y contra el terrorismo ¿por qué no incorporarlo ahora que disfruta del poder y se trata de una cuestión de Estado? Al no reconocer su grave error estratégico y político, ni cerrar el paso a las demandas secesionistas del nacionalismo vasco, ni terminar con cualquier perspectiva de contacto con la organización terrorista, prolonga y agrava la crisis institucional generada por su gobernación en la última legislatura, que ha llegado a romper incluso su propio partido.

 

De la crisis del 11-M a la presente crisis institucional

 

Rodríguez, travestido gracias a la mercadotecnia política en el candidato ZP, llegó al poder gracias a la politización selectiva de la crisis generada por un gravísimo atentado terrorista que atacaba frontalmente la libre decisión de los españoles, y desde él ha fomentado, por acción y omisión, que la sombra de esa crisis se alargara durante toda la legislatura que ya termina. Y si aquellos resultados electorales se basaron para los partidarios del PSOE en su percepción de la mala gestión de la crisis realizada por Aznar como una manipulación, por su parte, los partidarios del PP les imputaron un déficit de legitimidad debido al aprovechamiento del atentado terrorista por los socialistas y a su ruptura de las normas reguladoras de la jornada de reflexión, hecho este último reconocido por la Junta Electoral . Hasta la fecha Rodríguez no ha condenado ni desautorizado a las turbas que rodearon las sedes del PP aquel día, llamando asesinos a los miembros de ese partido, lo que sienta un precedente muy peligroso .

 

Esa llegada al poder gracias a la utilización del peor atentado terrorista sufrido en nuestro suelo, el segundo más mortífero en Europa después de Lockerbie, y su decisión subsiguiente de retirar las tropas de Iraq —sin siquiera reunir al Consejo de Ministros ni ejecutarla de acuerdo con nuestros aliados—, se ha convertido en un paradigma académico internacional de las escasas victorias del terrorismo como táctica. En efecto, la concesión de Rodríguez al yihadismo se debate ya en una de las más prestigiosas revistas dedicadas a la seguridad internacional, a modo de arquetipo de cómo alcanzan sus objetivos los grupos terroristas que atacan a civiles .

 

Pero quizá no se han subrayado lo suficiente algunos extremos que conviene recordar. El propio líder de Al Qaeda, Osama ben Laden, ya había reivindicado la recuperación de Al Andalus en 1994 como tierra robada al Islam y las amenazas islamistas no han hecho sino aumentar desde esa fecha hasta la actualidad inmediata, y ya hemos sufrido atentados realizados por grupos islámicos, aunque en otro contexto . Precisamente al anunciar Rodríguez, como líder de la oposición socialista entonces, su negativa a colaborar en la coalición internacional para estabilizar Iraq y su disposición a la retirada, creó la vulnerabilidad estratégica por la que atacaría el terrorismo islamista, ya que la división de las elites españolas abría la posibilidad de dañar a la coalición, cosa que no se daba en otros países con dirigentes políticos más solventes .

 

A esa vulnerabilidad se añade la cesión subsiguiente a uno de los limitados objetivos de los terroristas, la retirada de las tropas españolas de Iraq, realizada además de pésima manera. Rodríguez ha mostrado a los islamistas, de cosecha propia y del resto del globo, que es susceptible a la coerción de sus ataques y éstos, que no entienden los sutiles debates académicos, han vuelto a atacarnos donde más a mano estábamos, también de mala manera, en Líbano con la anuencia o algo más de Hezbollah, y sin cesar en los enfrentamientos armados en Afganistán con los talibanes. Y la amenaza islamista, que era previa e independiente de nuestra presencia en Iraq, persiste tras la retirada y carece de relación causal con ella, mal que le pese a la fracasada retórica gubernamental de una hipotética alianza entre civilizaciones.

 

En otras democracias más maduras y menos divididas internamente que la nuestra, después de un ataque terrorista de esa magnitud se habría emprendido un análisis profundo de los fallos de todo tipo en el sistema político-administrativo que no lo habían podido impedir: en nuestros servicios de inteligencia y fuerzas de seguridad, en la gestión de la crisis por nuestro liderazgo político … En su lugar hemos tenido que presenciar el funcionamiento estéril de una comisión parlamentaria de investigación que ha reproducido inútilmente las querellas partidistas en vez de dejar paso a una posición cívica, al menos bipardista, que lograse ponerse de acuerdo en los asuntos que afectan a la seguridad de los españoles. Tampoco la reciente sentencia de la Audiencia Nacional ha dejado en muy buen lugar ni a la instrucción de la causa ni a la profesionalidad de la investigación policial y ha puesto de manifiesto las dificultades de condenar al yihadismo con nuestras actuales normas penales. No parece haber habido, por tanto, ni aprendizaje de la crisis ni tampoco ha habido reformas políticas sustantivas para enmendar los yerros cometidos ni adaptación subsiguiente de las distintas organizaciones responsables de poner en práctica las medidas.

 

Más bien el presidente Rodríguez se ha dedicado a provocar por su cuenta y riesgo cambios institucionales y de política muy importantes sin el concurso del único partido de oposición capaz de encabezar una alternativa de gobierno: ha roto el consenso en la política de seguridad y defensa que venía funcionando explícitamente en nuestra etapa democrática, alumbrando la novedad de unas Fuerzas Armadas desmilitarizadas, una suerte de ONG en uniforme; no ha realizado la perentoria reforma de un servicio diplomático víctima de la globalización y, sobre todo, de la lamentable gestión ministerial; ha debilitado al Estado con una política exterior que ha disminuido nuestra posición en Europa con aquel patético referéndum y la cesión gratuita de posiciones alcanzadas por el gobierno anterior; ha optado por uno de nuestros vecinos del sur del Estrecho, abandonando a los saharauis, con lo que ha renunciado a la postura española tradicional, incluido su propio partido, sin beneficio aparente y enfadando innecesariamente a nuestro otro vecino, poseedor además de recursos energéticos de los que dependemos; se ha abrazado a los tiranos populistas, lozanos o decrépitos, en Iberoamérica; y todavía no ha conseguido hablar con el presidente de Estados Unidos ni por teléfono ni en persona, más allá del protocolo. En definitiva, Rodríguez ha devaluado profundamente el lugar que entre todos habíamos conseguido alcanzar en el escenario internacional, incluidos los dirigentes socialistas anteriores a él, alejándonos de nuestros aliados más serios.

 

Pero estos cambios con ser graves, no alcanzan la profundidad del daño institucional provocado por otras tres políticas:

- la denominada ley de la memoria histórica con la innecesaria reapertura de viejas heridas, cuestionando los logros reconciliadores de la transición, reabriendo el camino a la cristalización de un espacio político para la extrema derecha desaparecida afortunadamente desde 1981;

- la aprobación del nuevo Estatuto de Cataluña que modifica, con una norma de rango inferior, la distribución institucional del poder diseñada por la Constitución de 1978. Y lo hace porque realiza concesiones de distinto tipo que atacan la soberanía nacional para la distribución de los recursos públicos, la solidaridad interregional, y se opone al fundamento mismo de la Constitución —la Nación española, indivisible y de indisoluble unidad según su artículo 2—, obedeciendo los dictados de unos cuantos líderes catalanistas y en contra de los intereses y la voluntad de la inmensa mayoría de los españoles y buena parte de los residentes en Cataluña;

- a lo que se añade la negociación con ETA, realizada con el estilo ZP, es decir, como sea, con todas las concesiones que la organización terrorista podía imaginar en sus mejores sueños, sin justificar su necesidad y con una preocupante mezcla de falta de transparencia y de indiscreción.

 

Como resultado ha fracturado al PSOE por el abandono de la idea de España en su improvisada práctica política, que intenta recuperar a última hora, liquidando todo el posible capital político acumulado por la generación que le precedió en su dirección. Todo ello, junto a otros elementos que no podemos ni esbozar, ha provocado una fase de desorden en el desarrollo aparentemente normal de nuestro régimen político y crea, a mi juicio, una amenaza seria para las estructuras básicas o los valores y las normas fundamentales del sistema constitucional. Por eso cabe hablar de crisis institucional. Porque los cambios emprendidos no son meras modificaciones de énfasis en estas o aquellas políticas, son cambios estructurales que afectan a la economía política de la constitución y a su fundamento nacional, realizados sin respeto por los procedimientos establecidos en la misma para su modificación, al no contar con la mayoría necesaria.

 

En vez de propiciar el acuerdo con el único partido que puede ser alternativa de Gobierno, tras una crisis gravísima muy mal resuelta por todos, ha impulsado políticas públicas divisivas que lo han soslayado, cuando la situación aconsejaba lo contrario y siempre se había hecho así en lo relativo a la distribución territorial del poder. Ha gravitado, en cambio, hacia fuerzas políticas semi-leales, desleales o directamente antisistema, lo que perjudica gravemente la estabilidad del marco institucional producido por la transición y su viabilidad política. La participación de fuerzas semi-leales o antisistema en coaliciones con los socialistas, con anterioridad a los ataques terroristas del 11-M en Cataluña y posteriormente también en otras regiones, lejos de servir supuestamente para incorporarlas a la dinámica democrática, supone sólo que estos partidos aprovechan las oportunidades temporales que les ofrece la legalidad democrática para promocionar sus particularismos artificiales y destruirla desde dentro. Con ello tiñen a lo que era un partido de gobierno como el socialista con tintes muy extremistas. Conviene recordar que España fue la única democracia fuera de Europa oriental en la que las fracturas regionales, culturales y lingüísticas desempeñaron un papel en la quiebra de su régimen político, la II República, en el periodo de entreguerras el siglo pasado.

 

Con este clima de enemistad política incivil se está generalizando la palpable ruptura de la convivencia propia de las provincias vascongadas a otras regiones españolas, proliferando las amenazas y ataques violentos a miembros o sedes del PP, como ya sucediera en su última etapa en el gobierno. Con ser esto grave, la ofensiva nacionalista, pues esas son las fuerzas que la impulsan, ha atacado ya señaladamente a las instituciones y símbolos nacionales por excelencia: la Corona, la bandera y el himno nacional. No cabe confundir tampoco las críticas al titular circunstancial de la Corona, siempre amparadas por la libertad de expresión —esa planta de tan difícil arraigo en nuestro suelo—, con los ataques a la institución como símbolo de la unidad de los españoles. Ataques a los que han concurrido finalmente con repercusión internacional tres de los tiranos tropicales favorecidos por la admiración de Rodríguez.

 

El contexto: el problema nacional en la democracia española

 

Como hace ya algunos años señalase Linz, España es hoy un Estado para todos los españoles, un Estado-Nación para la mayor parte de la población, y sólo un Estado pero no una Nación para importantes minorías. Esta fractura nacional intentó encauzarse con la Constitución del 1978 mediante un diseño institucional que seguía las pautas de lo que en términos técnicos se denomina un federalismo asimétrico. Sin embargo, el nacionalismo vasco no quiso incorporarse a este consenso, pese a garantizarle el nuevo régimen democrático un autogobierno más que notable, descomunal. El nacionalismo catalán sí lo hizo entonces, circunstancialmente, pero la reciente aprobación de un Estatuto con ridículo respaldo y con algo más que visos de inconstitucionalidad, por imposibilidad de propiciar la reforma de la Constitución que lo habría posibilitado, le sitúa ya, en buena parte, extramuros del sistema. En el marco constitucional se mantendría un acomodo de un problema irresoluble por definición que sólo permite que nos conllevemos unos a otros en expresión de Ortega. Es decir, todos los nacionalistas regionales —vascos, catalanes, gallegos y otros todavía más minoritarios— mantendrán indefinidamente sus demandas de reconocimiento, autogobierno o secesión, según convenga, y nunca se incorporarán “definitivamente” al sistema democrático, les conceda éste lo que les conceda, o verán satisfechas sus reivindicaciones. Si lo hicieran perderían su razón de ser y es inverosímil, si no totalmente desconocido, el caso de la desaparición de fuerzas políticas nacionalistas, más bien atraviesan ciclos de auge y movilización y de pasividad y decaimiento.

 

Pese a las concesiones que la mayoría de los españoles realizamos en la Constitución de 1978 con el fin de que nuestros nacionalistas periféricos se sintiesen cómodos, entonces y hoy todavía minorías estructurales en el conjunto y en cada una de sus regiones originarias, no han cejado en erigir frontera simbólica o material que cruzase por su imaginación política, creando nuevas formas de insularidad, atropellando el sentido común y la realidad histórica de nuestra convivencia. Aún así causa fatiga escuchar su irresponsable letanía quejumbrosa y las loas ocasionales a su presunta colaboración en la política del Estado. Nada más falso.

 

Cuando hacemos que nuestros compromisos mutuos sean enteramente contingentes no nos comprometemos a nada en absoluto. Para algunos en la izquierda, valores como la solidaridad humana o los valores comunitarios son realidades difíciles de reconciliar con una cosmovisión que se fundamenta en la crítica sin límite. Admitir que formamos parte del mismo cuerpo político no es alegar meramente que debemos deliberar juntos, es afirmar que en cierto punto la discusión cesa y nos comprometemos mutuamente para actuar como conjunto. No podemos mantener compromisos serios, exigentes y a largo plazo si esos compromisos se consideran por algunos como provisionales y revocables a la luz de causas ligeras y transitorias.

 

El presidente Rodríguez consiguió mucho más de lo que imaginaba al tratar de “desmitificar” nuestra nación, afirmando aquello de que es una “idea discutida y discutible”, al popularizar la noción de que se trata de una comunidad inventada e impuesta por elites nacionalizadoras, poco más o menos por curas y militares únicamente en nuestro caso. Al hacer eso, ciertamente legitima las invenciones nacionalistas regionales de sus amigos políticos, pero convierte a nuestra nación, la de todos los españoles, en una entidad incapaz de suscitar la lealtad y el apoyo del público y su voluntad de soportar sacrificios, incluidas las transformaciones de ingeniería social tan queridas por él mismo. La izquierda también necesita a la nación sobre todo en una época en la que el socialismo internacional es un recuerdo débil y desacreditado por completo. Y el inmediato precedente de la gobernación socialista se hundió entre escándalos de corrupción y guerra sucia amparada desde el gobierno utilizando los aparatos de seguridad del Estado contra los terroristas vascos.

 

Nuestra crisis actual muestra la decadencia de la misma idea de lealtad institucional en la figura del propio presidente del gobierno. Pero el mantenimiento del concepto de lealtad es fundamental para el funcionamiento de una democracia civilizada. El término lealtad, como el de patriotismo, se ha reducido a uno de esos imponderables del discurso. Pero no hay solidaridad duradera, pequeña o grande, sin lealtad, una forma de compromiso que perdura en todas las estaciones del año, sirve para extraer de sí a uno mismo, y reconoce que hay imperativos y deberes en la vida política más allá del alcance de los propios deseos e inclinaciones. Nadie está hablando de lealtad ciega y la lealtad, como todas las virtudes, tiene sus límites. Pero es una virtud indispensable y no hace falta reiterar que nuestros nacionalistas regionales han dado muestras sobradas de carecer de ella en todos los años de vigencia del régimen democrático.

 

Ello es así porque el nacionalismo tiene que ver, por encima de todo, con la política y ésta, como es bien sabido, con el poder. Poder para imponer un delirio particularista atormentado que se enfrenta al principio de libertad en una democracia y al de igualdad de los ciudadanos ante la ley. El nacionalismo es esencialmente una actividad política contenciosa, conflictiva, que impugna una cristalización particular de las fronteras físicas, humanas o culturales de un Estado dado. El nacionalismo tiene que ver con la autoridad sobre un conjunto de objetos políticos, sobre el trazado de esas fronteras y con las oportunidades vitales que las gentes creen asociadas con estas definiciones de los límites estatales. El nacionalismo es un proceso iterativo de actividad política conflictiva en un triple sentido: como forma de práctica política genera controversia; como modo de discurso político implica inherentemente reivindicaciones cuestionables; como forma de acción impulsa diferentes formas de movilización de manera contingente .

 

En tiempos de política normalizada una cristalización dada de las fronteras estatales está respaldada por la autoridad del Estado y, en esas condiciones, hay una fuerte tendencia para que los individuos ajusten sus creencias a los límites de lo posible, aceptando un arreglo institucional dado como inalterable e incluso natural. Pero en una situación de crisis, un liderazgo político débil, imprudente o irresponsable puede hacer que lo que parecía imposible e inconcebible parezca a ciertas elites políticas pensable, deseable e incluso alcanzable. La llegada al poder de Rodríguez en medio de una crisis gravísima tuvo lugar también, durante una ofensiva nacionalista constatable desde 1998, acometida que él contribuyó a reforzar al apoyar la incorporación de un partido antisistema como Izquierda Republicana de Cataluña al gobierno regional catalán en diciembre de 2003.

 

La naturaleza de la bestia

 

En mi opinión la organización ETA representa el nacionalismo vasco terrorista y no el terrorismo nacionalista vasco como se suele designar habitualmente. La elección y el orden de los términos no son fortuitos sino intencionados. Lo que se quiere afirmar es que ETA es, ante todo y sobre todo, una organización del movimiento nacionalista vasco que emplea el terror como instrumento de agitación política. Si se quiere entender el fenómeno como lo que es, una estrategia militar en un conflicto limitado, terrorismo no debe emplearse como un sustantivo abstracto. Respecto a la ETA, lo sustantivo es su adscripción al nacionalismo vasco no su empleo de tácticas terroristas. No es una organización nihilista que se escuda en el nacionalismo vasco, sino una organización nacionalista vasca que practica el terrorismo para conseguir sus fines políticos, recuérdese que se origina por una escisión de las juventudes del PNV. Y sus fines son la secesión del País Vasco (la independencia), la anexión de Navarra para hacer viable esa separación y la incorporación de las comarcas vascas en Francia (irredentismo). Y estos fines, estos rasgos ideológicos, son compartidos por todo el nacionalismo vasco, el terrorista y el menos violento pero no menos coactivo, abstracción hecha de sus oscilaciones tácticas y de que presenten una cara más o menos educada, más o menos amable. Su comportamiento debe analizarse en el conjunto del movimiento del que forma parte inseparable y no de manera aislada. Y hay que tener en cuenta que todas las concesiones que se realizan en la esfera constitucional sólo sirven para convencer a los terroristas de que si perseveran y coercen lo suficiente al enemigo le arrancarán más concesiones. Y vuelven a atacarle.

 

Además a diferencia de otras organizaciones terroristas, la ETA ha optado hasta la fecha por ser ella la que controle sus brazos políticos, pero esto es incongruente con la propia acción armada entendida en sentido estratégico. La violencia armada nunca es un acto aislado, los fines y los medios utilizados pueden cambiar y, si se demuestra que los objetivos son inalcanzables, un actor político puede reformular su estrategia bien cambiando los medios o moderando los objetivos. Esto es, claro, si se quiere mantener la violencia dentro de las actividades racionales e instrumentales . Con el fin de que la fuerza armada se utilice efectivamente para alcanzar objetivos específicos se requiere que la actividad violenta esté organizada, dirigida, planificada. Como la violencia no es un fin en sí mismo, se requiere una autoridad firme que guíe al instrumento armado a lo largo del camino que conduce hacia los fines cuya consecución provocará su cese. Se necesita una autoridad política que regule el alcance del conflicto para asegurar que se encamina hacia el logro de los objetivos finales. Se habla equivocadamente de la existencia de un motivo político detrás de la violencia armada cuando la cuestión es si existe un control político que dirija su aplicación y cuál es su calidad. Si no hay una influencia política detrás del terror no se puede configurar una estrategia, no se pueden determinar los objetivos militares a alcanzar y el esfuerzo para lograrlos . Por ejemplo el IRA ha tratado de encuadrar su derrota política y militar a manos del gobierno británico como una situación de “empate militar” (stalemate), en la práctica esta perspectiva fue una vía de escape propiciada gracias a la información de la inteligencia británica, pero lo cierto es que la no consecución de sus objetivos políticos implica también un fracaso militar .

 

Hay un conjunto de problemas relativos al control político del instrumento armado que el nacionalismo vasco no ha solucionado hasta la fecha. Primero, como se trata de un conflicto armado asimétrico de baja intensidad, en el que la democracia española no está dispuesta a emplear todos sus recursos para aplastar a su enemigo, se produce una situación de cálculo y competencia en que cada oponente adopta decisiones que dependen de las adoptadas por su contrincante. Como la ETA nunca ha podido mantener un hipotético empate, ni mucho menos derrotar al Estado democrático —máxime si como ocurre ahora el antiguo santuario ya no existe y ha de enfrentarse al esfuerzo combinado de España y Francia—, lo único a lo que puede aspirar es a influir sobre el comportamiento de los decisores del Estado para que cumplan sus demandas.

 

La organización terrorista ha sido incapaz de lograr ningún objetivo militar tangible y su capacidad de imponer costes por no acceder a sus demandas ha disminuido considerablemente en la práctica o, al menos, está cuestionada gracias a la labor antiterrorista realizada por el gobierno popular. Pero ello no quiere decir que hayan desaparecido la coacción o la intimidación, las consecuencias políticas y sociales del nacionalismo terrorista vasco no se han evaporado porque la ETA mate menos o no mate todo lo que quisiera. A esta situación no es ajena la inexistencia de una apreciación cuidadosa del poder de su enemigo, la democracia española, ni una comprensión sofisticada de cómo explotar los atentados para conseguir sus objetivos políticos, es decir, a la falta de una orientación política de sus acciones violentas.

 

En segundo lugar, la ETA está imbuida de un intenso vanguardismo en un doble sentido que refuerza su aislamiento, como depositaria de un mesiánico espíritu vasco frente al resto de los grupos nacionalistas y en un sentido, aparentemente, más secular como vanguardia leninista que dirige a los trabajadores vascos hacia un euskosocialismo a estas alturas del siglo XXI y en Europa occidental. La idea subyacente es doblemente totalitaria: un nacionalismo étnico excluyente y un acompañamiento marxista-leninista históricamente fracasado y anacrónico. En términos organizativos ETA se estructura como un partido armado, con distintas ramas políticas subordinadas especializadas y organizaciones de masas por frentes. El resultado es un complejo orgánico guiado por la presunta ejemplaridad de las acciones violentas elitistas que servirían para mantener la cohesión del entramado pero carentes de una lógica política convincente, al margen de la satisfacción de las pulsiones ideológicas y emocionales del movimiento nacionalista vasco.

 

En tercer lugar, sólo una parte menor del nacionalismo vasco se incorporó con todas las consecuencias a la naciente democracia española tras el golpe del 23 de febrero de 1981, la parte más oportunista se ha aprovechado del tejido institucional edificado por el nuevo régimen para la explotación de todos sus recursos pero sin ocultar su deslealtad a sus cimientos constitucionales. El segmento que aceptó la violencia como el medio principal para desarticular el sistema democrático ha reforzado a lo largo de los años de su vigencia su consideración de éste como una creación artificial, una astuta construcción para mantener sus intereses y sofocar a las aspiraciones nacionalistas vascas siempre agonizantes. Sólo si se superan las normas constitucionales, constitución y estatuto, pueden lograrse los objetivos nacionalistas. Y se emprende una vía basada fundamentalmente en la violencia terrorista, con un instrumento político subordinado dedicado a la extracción de recursos del sistema democrático, cuya posición subalterna nunca cuestionada por sus componentes le imposibilita para alcanzar objetivos políticos.

 

Esta constante huida hacia adelante acompañada del perenne recurso a la violencia, les ha hecho albergar la creencia de que su acción debe orientarse hacia el logro completo de todos sus objetivos, del programa máximo que en su penúltima enunciación se condensa en la fórmula “Euskal Herria [las provincias vascongadas españolas más las francesas y Navarra], autodeterminación y consulta popular”. En esa escalada reivindicativa parecen haber alcanzado una hegemonía ideológica dentro del propio movimiento nacionalista pues la autodeterminación, despreciada por la dirección del PNV en el debate constitucional, ha sido incorporada últimamente a su ideario .

 

Pero eso no les sirve a éstos para que la ETA les perdone sus pecados pues para ellos cualquier compromiso es una traición. Para ellos, y para buena parte del PNV, la participación en los distintos regímenes democráticos, la II República o la monarquía parlamentaria actual, es una actividad inherentemente corrupta, que distrae la atención del objetivo fundamental —la quimérica independencia de los siete territorios—, que está diseñada para dividir y desarticular al movimiento al legitimar con su participación un régimen ajeno.

 

Esta perspectiva de aparente claridad le impide a ETA cualquier análisis de medios y fines y, por tanto, cualquier pensamiento estratégico. Este implica una evaluación continua que dirija el empleo racional de la violencia para mantener una opción realista de alcanzar sus objetivos. Si se adopta el enfoque del todo o nada tan característico de la ETA y sus subordinados, la incapacidad de lograr los objetivos con la estrategia elegida le impedirá cualquier moderación de medios o de fines. La ausencia de una autoridad política definida por encima del instrumento militar ha conducido a la interiorización de los medios de violencia como un fin en sí mismo. Esa falta de modulación derivada de la ausencia de control político ha convertido a ETA en lo que es en la actualidad: un mecanismo pseudo militar completamente inútil para la consecución de sus objetivos políticos a no ser que voluntariamente se ceda a sus pretensiones.

 

Por último, examinemos la relación entre la ETA y el PNV ¿qué obtienen ambos de la simbiosis? En primer término el PNV se aprovecha de la coacción generada por ETA y ésta consigue recursos financieros y simbólicos, montones de dinero y un socio de ideología muy próxima, un aliado más que posible con intereses paralelos, que permite conjugar diferentes papeles según las circunstancias. Pero sobre todo le proporciona cobertura nacionalista frente al gobierno de la Nación, facilitando la profundidad estratégica de la que carece y la última defensa en caso de crisis. Esto sucedió con el asesinato de Miguel Ángel Blanco y las movilizaciones contra sus asesinos nacionalistas. Que los nacionalistas vascos se ayuden entre sí no debería sorprender a nadie, pero imaginar que el PNV va a abandonar esta relación estratégica con uno de sus activos más valiosos, por no se sabe qué fláccida amenaza o incentivo de Rodríguez, parece una simpleza.

 

Negociación

 

¿No necesita uno hablar con los enemigos? ¿De qué otra manera podemos cambiarles? Bueno depende de quién, cómo y cuándo. Primero, qué hacemos con los precedentes porque con la excepción parcial de la ETA pm todos los procesos de contactos informales, formales y negociaciones han fracasado. Todos. Quizá la inexistencia de un control político sobre la organización terrorista no es ajena a esta larga serie de fracasos: sólo se alcanzó parcialmente el objetivo de desactivación de una organización terrorista, ETA pm en este caso, cuando ésta estaba subordinada a un centro político que la controlaba, instrumentalizando su violencia terrorista. Pero si ha habido esa serie de fiascos ello indica que los intentos en esa dirección están mal encaminados y que se necesitan otros métodos.

 

En segundo lugar está el impulso de la negociación. Para entablar ese proceso y mantenerlo el gobierno se ha sentido obligado a proporcionar pruebas de sus buenas intenciones en la forma de concesiones y la organización terrorista seguirá presionando hacia ello. Naturalmente la banda no cede nada sustancial, excepto una declaración de alto el fuego que no interrumpe su funcionamiento criminal ni a nada compromete, porque es la parte agraviada que hace un favor a la democracia, dignándose a hablar con sus representantes electos. El proceso sigue, el gobierno da más y más y no consigue nada a cambio. Para mantener abiertas las negociaciones, el gobierno se siente obligado a no emprender medidas policiales lo que podría ofender a la organización terrorista y hacerla abandonar la mesa negociadora. Si se hace algo en este sentido todos sabemos a quién se culpa por la ruptura. Finalmente, la banda terrorista considera el propio proceso negociador como una victoria, un signo de que los extremistas están ganando y que el gobierno está aterrorizado y es ineficaz. Mientras tanto, el gobierno democrático ve que su credibilidad se desploma y que su capacidad de disuasión se rompe, alimentando un nuevo ciclo de extremismo y violencia terrorista.

 

Se nos habla siempre de la división entre moderados y radicales. La moderación de los nacionalistas terroristas también está condenada al fracaso. La razón principal es que no quieren convertirse en moderados, ¿por qué deberían hacerlo? No se trata de militantes reticentes, forzados a ser así por la disconformidad o la falta de alternativas. De hecho estos extremistas adoptan su postura con una mezcla de verdadera creencia, una ideología totalitaria profundamente sentida que les proporciona toda una cosmovisión, y de ambición. Es su camino hacia el poder, el dinero y la gloria; y actuar de manera contraria es convertirse en un traidor repugnante. No van a ser persuadidos con facilidad, como mínimo, en especial por personas a las que odian y a las que intentan destruir. Con todo, piensan que están ganando, idea reforzada por muchas experiencias, y con frecuencia en primer lugar por la avidez con la que los gobiernos democráticos contactan o negocian formal o informalmente con ellos. Sólo si creen que están perdiendo, después dejarles sin recursos simbólicos, políticos, económicos, organizativos…después de cerrarles cualquier otra salida, podrían considerar la revisión de su estrategia y sus tácticas. E incluso esto es dudoso. Finalmente, incluso si alguien quiere ser moderado, está la posibilidad de ser asesinado por alguno de los antiguos colegas, como le pasó a Pertur o a Yoyes.

 

Fatal arrogancia

 

Rodríguez tras llegar al poder ha basado su gobernación en dos ejes políticos interconectados como he intentado esbozar. Se ha puesto a la cabeza de la ofensiva nacionalista que trata de fomentar aún más el desgajamiento progresivo del País Vasco y Cataluña operado por las políticas impulsadas por los nacionalistas regionales respectivos en el último cuarto de siglo. Con este fin apoyó el acceso al gobierno regional catalán de un partido antisistema, que se ha dedicado a negociar con la ETA y a apoyar a Batasuna, y ha aceptado un Estatuto catalán dudosamente constitucional que sólo ha servido para el reforzamiento de las posturas secesionistas vascas y catalanas y gobierna también con otras fuerzas nacionalistas en Galicia y Baleares.

 

Por otra parte, la negociación apaciguadora con ETA, encuadrada como “proceso de paz”, ha tenido, y tiene, efectos gravísimos. No se ha respetado el Estado de derecho ni el cumplimiento de la ley, cosas menudas para los partidarios del uso alternativo del derecho, que no se arrugan ante la más descarada manipulación de la administración de justicia. La cesión del gobierno ha impuesto costes inadmisibles al régimen democrático. Así se ha legalizado por vía de hecho a los nuevos brazos políticos de la ETA, lo que proporciona a ésta valiosos recursos financieros, políticos y simbólicos reanimándola en su postración. Se ha frenado a las fuerzas de seguridad en su imprescindible labor democrática de lucha policial contra los nacionalistas vascos terroristas. Y todo se ha hecho con ocultación, con falsedades, sin transparencia y sin el imprescindible apoyo del único partido opositor y de las víctimas, las cuales siempre han fiado ejemplarmente la reparación moral de su dolor al régimen democrático y al imperio de la ley.

 

Los resultados cosechados en ambos ejes a la vista están y no pueden ser más preocupantes. Respecto al primero, se había achacado erróneamente a Aznar la radicalización de los nacionalismos regionales, lo cierto es que él sólo reaccionó a la ofensiva nacionalista intensificada desde la Declaración de Barcelona de 1998 y el pacto secreto del PNV con la ETA, bastante antes de la mayoría absoluta. La política de concesiones de Rodríguez, por su parte, sólo ha conseguido azuzarlos aún más en su espiral secesionista, como se puede comprobar en la muy reciente reivindicación del derecho de autodeterminación por Mas . Cuando se van a cumplir los treinta años de vigencia de la Constitución de 1978, el Estado Autonómico no ha conseguido integrar a las fuerzas nacionalistas sino todo lo contrario y el nuevo Estatuto catalán cuestiona su viabilidad técnica y política, por más que se empleen simulaciones econométricas para justificar su promulgación y por más que se confíe en una hipotética sentencia interpretativa del maltrecho Tribunal Constitucional para salvar los muebles de la constitucionalidad vulnerada.

 

Respecto al segundo eje, las circunstancias no pueden ser más lamentables. Después de la política antiterrorista de las dos legislaturas de Aznar, la situación de la banda era de extrema debilidad pues se le habían cercenado eficazmente los recursos de todo tipo que la nutren. De hecho, miembros caracterizados de la ETA como Pakito y Makario afirmaban en agosto de 2004 que “la lucha armada que desarrollamos hoy en día no sirve (…) Nuestra estrategia político-militar ha sido superada por la represión del enemigo contra nosotros (…) Nunca en la historia de esta organización nos hemos encontrado tan mal” , y eso era antes de la detención en Francia de la dirección de la banda y la incautación de sus reservas de explosivos a primeros de octubre de 2004, gracias a la información de la Guardia Civil. En lo que conozco, esta declaración del fracaso estratégico de la ETA por voces tan autorizadas, carece de antecedentes.

 

Lo racional desde el punto de vista de una lucha antiterrorista y desde la prudencia política elemental era explotar la iniciativa para traducir esa conciencia de fracaso estratégico manifestado por esos antiguos dirigentes en la carta, en una rendición con entrega de las armas. La misma fecha en que la carta se daba a conocer por el antiguo periódico de cabecera de Rodríguez aparecía la propuesta del socialista Eguiguren pidiendo un cambio de política y la negociación . Hasta esa fecha conocíamos los apoyos del PNV cuando la ETA estaba acorralada, no se esperaba, sin embargo, que desde el partido socialista, se traicionara la memoria de sus propios militantes asesinados por la banda y se acudiera en su socorro estratégico.

 

Al llevarse a cabo ese cambio desde una política antiterrorista a una negociación incondicional se ha dado un balón de oxígeno a la organización terrorista cuando más lo necesitaba, prolongando su existencia y el sufrimiento que trae aparejado, al proporcionarle una vez más indebidas esperanzas de alcanzar sus objetivos. El presidente Rodríguez no ha justificado hasta la fecha este cambio y su falaz encuadramiento como “proceso de paz”.

 

La retirada de Iraq ha hecho nuestro territorio más vulnerable en términos estratégicos y ha convertido a nuestros despliegues en el exterior en el eslabón más débil de las fuerzas en presencia. Los ejemplos abundan por desgracia como han mostrado los talibanes en Afganistán y el ataque islamista a nuestras tropas en el sur del Líbano, con algo más que la anuencia de Hezbolah porque allí las hojas no caen de los árboles sin el conocimiento de esta organización terrorista también amiga de Rodríguez. La negociación con la ETA ha supuesto un agravamiento de nuestra vulnerabilidad frente al nacionalismo vasco terrorista y, consiguientemente, a las demás reivindicaciones secesionistas, pues los nacionalistas catalanes, siempre más cucos que los vascos, comprendieron hace tiempo la redundancia de contar con una organización terrorista de obediencia propia, pudiendo aprovechar los efectos generados por la ETA, sin los costes en imagen e infraestructuras asociados a las prácticas de la banda. Los gobiernos que ya han cedido a las demandas de los terroristas es más probable que experimenten ataques terroristas adicionales. Los terroristas consideran explícitamente el comportamiento previo de los Estados y se enardecen por los signos de debilidad. Las pruebas de este aserto son abundantes por ejemplo en el caso de Israel.

 

Rodríguez es el líder más valioso que el PSOE ha podido ofrecer a los españoles. Llegó al poder sin casi ningún conocimiento de los asuntos exteriores, sin experiencia en la relación con líderes internacionales, sin conocimiento de idiomas distintos al español y sin viajes al extranjero, con una licenciatura en derecho de la primera promoción de una de las universidades autonómicas. Carente de experiencia de gestión y de trabajo por cuenta ajena, en general, su supervivencia política en la agrupación local socialista de León se ha basado en el arte de salir del paso, diciendo a cada sector con presencia política en la provincia lo que éste quería escuchar.

 

Sin embargo, al parecer está convencido de que solo él podría controlar el terrorismo islamista y el de la ETA, al margen de nuestros aliados más solventes en estos asuntos, con su política apaciguadora y una pretendida alianza de civilizaciones y de negociación con el nacionalismo vasco terrorista. Ha autorizado la utilización partidista de la policía contra la oposición. Ha reclamado una autoridad ejecutiva sin precedentes, decidiendo la retirada unilateral de Iraq sin reunir siquiera al Consejo de Ministros, o creando una inmensa Oficina Económica a imitación del presidente estadounidense, desde la que ha intervenido impúdicamente en el mercado, evadiéndose de los muy exiguos frenos y contrapesos del sistema político español, como, por ejemplo, intentando prolongar el mandato de la presidenta del Tribunal Constitucional con una ley, o erigiéndose en único interlocutor en la reforma estatutaria catalana o en máximo intérprete de la realidad del nacionalismo vasco terrorista.

 

Del mismo modo, quien se presentó como avatar de la mercadotecnia política como ZP —en lugar de Rodríguez, apellido quizá con menos glamour—, como adalid de la transparencia, de la democracia deliberativa, se ha travestido últimamente como Z para la próximas elecciones, ha ocultado sus mercadeos con los terroristas y ha tratado de impedir todo debate público sobre estos extremos, esgrimiendo la coartada de la presunta crispación generada por la crítica. Como controla la mayoría de los medios de comunicación audiovisuales, que actúan como instrumentos de partido, restringe el acceso a los periodistas críticos y proclama que quien se atreva a criticar el rumbo delirante de su gobernación, obstruye o crispa. Se le dio a elegir entre la guerra y el deshonor y eligió el deshonor, pero ha tenido y tendrá guerra. Parece que, como Churchill dijo de Chamberlain, su alter ego, “en las profundidades de esa alma polvorienta no hay nada excepto una rendición abyecta”.

 

La traición es el único crimen definido en la Constitución estadounidense. En la Sección III del artículo 3 se considera que alguien comete traición si emprende la guerra contra los Estados Unidos, “o al adherirse a sus Enemigos, dándoles Ayuda y Satisfacción”. El presidente Rodríguez, como se ha mostrado, al adherirse a sus postulados, ha proporcionado grandes satisfacciones y ayudas de todo tipo a los nacionalistas catalanes y también a los nacionalistas vascos, terroristas o no, todos enemigos declarados de la democracia española, por más que hayamos de conllevarnos. Delenda est Zapatero.

 

Por José A. Olmeda

Colaboraciones nº 2125

GEES, 15 de enero de 2008

Los católicos muestran más rechazo hacia el PP que hacia el PSOE

Los católicos muestran más rechazo hacia el PP que hacia el PSOE


La mayoría de los católicos no practicantes y de los no creyentes se declaran votantes del PSOE, según la última encuesta electoral del diario Público. Aunque la mayor parte de los votantes del PP se declara católico practicante, un 20,6 por ciento de los que se encuadran en este grupo rechazan el voto popular, frente al 18,2 por ciento de las mismas creencias que rechazan votar a los socialistas. En un momento en el que la Iglesia no cesa en sus declaraciones públicas de corte político y sus críticas al Gobierno, un 22,9 por ciento de los practicantes declaran que votarán al PSOE.

 

La cuarta parte de la macroencuesta electoral elaborada por el periódico Público arroja interesantes datos sobre la relación entre la fe que se profesa y la intención o rechazo de voto hacia los principales partidos políticos.

 

El PSOE cuenta con el voto consolidado y mayoritario de los ateos y no creyentes (un 39,9 por ciento dice votarle, frente al 8,3 que vota al PP), pero también tiene más votos que los populares por parte de quienes se consideran católicos no practicantes (el 35,5 por ciento de estos votaría a Zapatero, frente al 22,8 por ciento que apoyaría a Rajoy).

 

En cuanto a los católicos practicantes, el 37,9 dice votar al PP, frente al 22,9 que vota al PSOE. Sin embargo, este grupo muestra más rechazo de voto a los populares: un 20,6 por asegura que no votaría nunca a Rajoy, frente al 18,2 por ciento de los practicantes que dice rechazar a los socialistas.

 

De hecho el resto de los grupos de la encuesta también muestran mayoritariamente su rechazo al PP: un 37,1 por ciento de los no practicantes y un 61,5 por ciento de los ateos reconocen que no votarían nunca a los populares (10,4 y 8,2 por ciento rechazan a Zapatero, respectivamente). Estos datos darían a entender que el PP provoca un mayor rechazo en la sociedad en general que el PSOE.

 

Según este estudio, un 50,8 por ciento de la población española se declara “católica no practicante”, y un 81,2 por ciento se considera católico, sea practicante o no. sólo un 16,1 por ciento se declara ateo o no creyente, cifra que aumenta en la Comunidad de Madrid hasta el 21,3 por ciento, y hasta el 23 por ciento en Cataluña. En Andalucía se incrementa el número de católicos (33,4 por ciento practicantes, y 52 por ciento que no lo son), y también en la Comunidad Valenciana, donde un 25,7 por ciento se declara practicante, y un 56,8 católico no practicante. (El Plural)

 

Periodista Digital, 15 de enero de 2008

Francisco Vázquez, olvidándose de sus declaraciones anteriores, reconoce que la celebración “Por la familia cristiana” recibió una respuesta "desmesurada por sectores empeñados en una cruzada anti-Iglesia”

Francisco Vázquez, olvidándose de sus declaraciones anteriores, reconoce que la celebración “Por la familia cristiana” recibió una respuesta "desmesurada por sectores empeñados en una cruzada anti-Iglesia”


No han cesado las reacciones por parte de sectores de la izquierda criticando que las palabras de algunos cardenales en la madrileña plaza de Colón fueron “hirientes” cuando, en realidad, hicieron una defensa de la familia, entendida como la unión de un varón y una mujer. Precisamente, el embajador de España en el Vaticano, Francisco Vázquez, consideró ayer que la citada celebración recibió una respuesta "desmesurada por sectores empeñados en una cruzada anti-Iglesia"


La Iglesia defendió el pasado día 30 de diciembre lo que ha venido defendiendo siempre: la familia, base de la sociedad. De ahí, que no esté de acuerdo con leyes contrarias a este pilar fundamental: divorcio ‘exprés’, aborto, eutanasia, “matrimonio” homosexual…

 

Para Vázquez, no es comprensible la respuesta tan “desmesurada” que ha tenido por parte de sectores que “están empeñados en una cruzada anti-Iglesia” y que no han cesado en sus ataques hacia los cardenales que participaron en el acto. A su juicio, utilizan "todos los argumentos precisos, incluso a veces, el de la tergiversación, manipulación o falsedad".

 

Sin embargo, calificó la gran celebración del día 30 de "inoportuna tanto por el escenario como por la forma en que se montó". A dos meses de las elecciones generales, Vázquez consideró que "todo pasa por el filtro electoral".

 

Cabe recordar que la polémica subió tanto de tono que hasta el secretario de Organización del PSOE, José Blanco, pidió explicaciones al Papa sobre la familia cristiana…

 

Según reconoció, Blanco se excedió en sus críticas a los obispos y describió la polémica como “un calentón” y “excesos verbales”.

 

En declaraciones a Onda Cero, el embajador de España ante la Santa Sede mostró su deseo de que el Gobierno no caiga en el "error" de que este "incidente", pueda "ocultar el esfuerzo de diálogo o los acuerdos importantes que en los últimos tres años se han conseguido con la Iglesia".

 

Apoyo a la declaración institucional del PSOE

 

Para Vázquez, que se definió a sí mismo como una persona moderada, "las expresiones políticas que en aquel acto se dijeron, requerían respuesta política" y recordó que él mismo hizo una declaración diciendo que "se deslizaron argumentos más propios de un mitin político, sobre todo porque estamos a dos meses de las elecciones y eso es algo que no podemos tapar ni ocultar".

 

"Hubo excesos, pero después hubo excesos intencionados en la repuesta a aquel acto, porque hay sectores y personas con nombres y apellidos concretos que están empeñados desde hace tiempo en una cruzada anti-Iglesia, que intenta relegarla a una posición de silencio", reiteró Vázquez.

 

En este sentido, aseguró que existe un "permanente diálogo" para permitir el ejercicio de la libertad religiosa, algo, en su opinión, "fundamental", y para "conjugarla con la separación de Iglesia y Estado".

 

Respecto al Papa Benedicto XVI, afirmó que en España se manipula la información y que en este sentido hay muchos intentos de presentarle "como un hombre retrógrado y reaccionario". A su juicio, es un "gran intelectual" que no solamente lo acredita en sus libros y documentos sino también en sus palabras.

 

Por su parte, el presidente de la Junta de Andalucía y del PSOE, Manuel Chaves, aprovechó ayer su intervención en el Fórum Europa para acusar a “determinados grupos políticos” de fomentar un discurso catastrofista durante los últimos cuatro años, anunciando la ruptura de España o la disolución de la familia.

 

Análisis Digital, 15 de enero de 2008

800 personas abarrotan la presentación de un libro por Aznar y Del Burgo

800 personas abarrotan la presentación de un libro por Aznar y Del Burgo

Más de 800 personas asistieron a la presentación del libro "Vascos y Navarros en la Historia de España" realizada por José María Aznar y Jaime Ignacio del Burgo. Un acto de gran repercusión mediática donde el ex presidente del Gobierno recibió el respaldo y cariño de cientos de pamploneses que acudieron al acto ayer lunes a las 19,30 horas.

Pamplona, 14 de enero.- Más de 800 personas abarrotaron el salón del NH Iruña Park de Pamplona en la presentación del libro “Vascos y Navarros en la Historia de España”, de la mano de José María Aznar y Jaime Ignacio del Burgo.

José María Aznar afirmó en Pamplona que en las próximas elecciones de marzo, los españoles podrán conseguir que España sea "como cualquier democracia avanzada, donde un gobernante que ha engañado conscientemente a los ciudadanos en algo tan importante como negociar políticamente con los terroristas, queda inhabilitado para seguir gobernando".

 

El presidente de la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (FAES) y ex presidente del Gobierno, José María Aznar realizó estas declaraciones durante la presentación en el Hotel Iruña Park, junto a Jaime Ignacio del Burgo, del libro 'Vascos y Navarros en la Historia de España.

 

A la cita acudieron centenares de personas, con entrada libre, y representantes políticos. Entre ellos, Alberto Catalán, como representante del Gobierno de Navarra, José Manuel Ayesa, presidente de la CEN, y miembros de UPN, como José Iribas, Rafael Gurrea, José Ignacio Palacios, o la concejala de Pamplona Cristina Sanz, entre otros.

 

En su intervención, Aznar sostuvo que en las elecciones de marzo los españoles tendrán la oportunidad de "evitar que el nacionalismo secesionista y anexionista y el oportunismo de izquierdas sigan dándose apoyo mutuo para sus objetivos de demoliciones compartidas".La izquierda española "ha tirado al cubo de la basura el principio de igualdad, ha renegado de la libertad y se ha entregado sin solución de continuidad al nacionalismo", afirmó.

 

El ex presidente del Gobierno también hizo alusión a la propuesta de referéndum de Ibarretxe, a la que calificó como "acto de secesión", convocado "desde la presidencia de un gobierno autonómico, pese a que esa pretensión es tan rotundamente ilegal que su mera proposición es un auténtico disparate."

 

"Ese inadmisible acto de secesión" sólo podrá celebrarse "si ocurre algo que los ciudadanos españoles pueden evitar, que gobierne en España esa izquierda descreída que quiere mantenerse en el poder a cualquier precio, engañando a los españoles siempre que les convenga", según Aznar.

 

Según el presidente de las FAES, el lema de Zapatero es gobernar "como sea", es decir, "negociando políticamente con los terroristas y mintiendo a los españoles sobre esa negociación, poner encima de la mesa de la negociación con los terroristas la soberanía nacional, la Constitución y la territorialidad, es decir, la entrega de Navarra, y negarlo todo en público para confesar finalmente que no se dijo la verdad".

 

Millones de ciudadanos, subrayó Aznar, "nos quedamos estupefactos e indignados cuando supimos que el mismo que había firmado el Pacto Antiterrorista en la Moncloa por la mañana, por la tarde ya se había reunido en secreto con los terroristas para negociar lo contrario de a lo que en público se había comprometido esa misma mañana". Después supimos "que las negociaciones políticas con los terroristas siguieron hasta 2004", añadió. "Pudimos constatar lo que ya habían publicado diversos medios de comunicación: que todo eso era una nueva mentira y que Zapatero siguió negociando políticamente con los terroristas pocos días después de que estos asesinaran a dos personas en un atentado".

 

En los últimos años, "hemos asistido atónitos a la reescritura política de la historia, retorciendo los hechos y reanimando los peores fantasmas del pasado para que sea el rencor y la división quienes enmienden la plana de la propia historia, algo que ha ocurrido con la Ley de Memoria Histórica". Una ley, "que sólo ha buscado azuzar la división y el odio entre los españoles".

 

Asimismo, Aznar se preguntó "si alguien duda de que después de todo estos lamentables episodios, si ganaran las elecciones, seguirían gobernando 'como sea', es decir, entregando la libertad, renunciando a la dignidad y traicionando a la verdad?".

 

Todo ello, concluyó, podrá evitarse el 9 de marzo, "es una obligación moral que nos compromete a todos los españoles, también -y muy especialmente- a todos los navarros, porque, de todos los españoles, sois vosotros, los navarros, los que probablemente más os jugáis en este envite".

 

En primer lugar, y sobre todo, "es una obligación moral si queremos que España siga siendo España, que siga siendo la Nación de ciudadanos libres e iguales que consagra la Constitución de 1978. Esa Nación unida y plural, respetuosa con los fueros, con las lenguas, con la diversidad".

 

Por su parte, Jaime Ignacio del Burgo aseguró que el peor problema de la sociedad navarra y de la vasca "es el adoctrinamiento de las nuevas generaciones, a través del sistema educativo, en la peculiar visión del nacionalismo vasco, basada en la atroz manipulación de la realidad histórica".

 

Asimismo, apuntó que hay jóvenes vascos y navarros que creen a "pies juntillas que Euskal Herria existe desde el comienzo de los tiempos, que en 1936 España invadió Euskal Herria y que si hoy Navarra no forma parte de Euskadi, se debe a la política genocida de Franco".

 

Con todo, concluyó Del Burgo, "el nacionalismo vasco de todo signo, moderado, o inmoderado, democrático o revolucionario, pacífico o violento, parece haber hecho suya la consigna del dirigente comunista chino Mao, responsable de la esclavitud de su pueblo, cuando ordenó a sus seguidores 'Corromped la historia'".

 

A continuación, reproducimos el contenido íntegro de las intervenciones de José María Aznar y Jaime Ignacio del Burgo:

 

JOSÉ MARÍA AZNAR

 

Es un placer acompañarles hoy aquí, en Pamplona, y un honor poder hacerlo para presentar un libro acompañarles hoy aquí, en Pamplona, y un honor poder hacerlo para presentar un libro tan científicamente sólido, tan riguroso y tan oportuno como el que hoy nos convoca: Vascos y navarros en la Historia de España.

 

Se trata de un libro que recoge los trabajos de unas jornadas celebradas entre 2003 y 2004 para analizar la contribución de los vascos y de los navarros a la cultura y a la Historia común de España. El libro recuerda, una vez más, que esa contribución de vascos y navarros al acervo común ha sido extraordinaria.

 

El libro explica con maestría la trayectoria histórica de Navarra como comunidad propia y singular y, simultáneamente, como parte de la Nación española, al tiempo que pone en evidencia la tremenda falsedad de quienes, en sus ansias secesionistas, anexionistas y totalitarias, no han tenido reparo alguno en falsear y manipular hechos históricos incuestionables en pos de sus objetivos.

 

El libro demuestra, en efecto, con la objetividad propia de los auténticos historiadores, con la fidelidad estricta a los hechos y acontecimientos históricos, que el proyecto secesionista y anexionista del nacionalismo vasco, insensible al horror provocado por el terrorismo de una banda asesina, se alimenta de una historia inventada.

 

Ese proyecto separatista sólo tiene cabida en las mentes de quienes inventan naciones y utilizan o recogen los frutos de la violencia para reclamar soberanías imaginarias, sacrificando la libertad de muchos y la vida de otros, y negando la existencia de la Nación que nos une a todos, que es España.

 

La Sociedad de Estudios Navarros me concedió el honor de prologar este libro. Escribí entonces, y mantengo ahora, que este libro demuestra que “Navarra y el País Vasco -o, más exactamente, navarros y vascos- están en la Historia de España y son ellos mismos Historia de España, de la mejor España, ésa que se fragua con la lealtad hacia una idea común que trasciende la diversidad de lo que eran fragmentos del futuro Estado común”.

 

El libro muestra este engarce común a partir del estudio académico de quince profesores, quince estudiosos de la materia que nos ocupa. Creo que éste es el ámbito en el que la Historia debe ser analizada y sometida a debate. Puede y debe ser sometida a controversia académica desde el más escrupuloso respeto a la realidad de los hechos.

 

Lo que vemos en los últimos tiempos, lamentablemente, es otra cosa. Asistimos atónitos a la reescritura política de la Historia, retorciendo los hechos y reanimando los peores fantasmas del pasado para que sean el rencor y la división quienes enmienden la plana a la propia Historia.

 

Esto es lo que ha ocurrido en estos últimos años con la denominada Ley de Memoria Histórica.

 

Como explica el profesor Varela Ortega, la propia denominación de la Ley incurre en una contradicción en sus propios términos. La memoria es una capacidad de cada individuo, individualmente considerado. Las memorias colectivas, simplemente, no existen, por definición. Cuando alguien pretende crearlas es porque busca algo muy distinto a cualquier cosa que tenga que ver con la Historia.

 

Porque aquí lo que se ha buscado es azuzar la división y el odio entre los españoles. Y es que se trata, en efecto, de una Ley promovida por un gobierno que prefiere remover nuestro peor pasado en lugar de trabajar por un mejor futuro. Mi opinión es que la historia hay que dejársela a los historiadores. Los políticos están para otra cosa. Están para mejorar la vida de las personas.

 

Los buenos historiadores, como los que han contribuido a este libro, son los que deben ocuparse de hablar y escribir de Historia.

 

En ese mismo proyecto de reescritura política de la Historia se enmarca la creación de eso que han denominado Euskal Herria, de inventadas raíces milenarias. Todo vale, al modo en el que Orwell imaginó a su alienado Winston Smith, para destruir y reinventar cada día las falsedades que convengan a la actual alianza política entre el nacionalismo secesionista y anexionista y la izquierda oportunista.

 

Porque, para asombro de muchos, la izquierda española, ayuna de ideas tras el derribo del Muro de Berlín, no se ha esforzado en reencontrar su cuerpo ideológico, como sí ha hecho la izquierda de muchos otros países desarrollados, de una forma mínimamente decente y coherente.

 

La izquierda española ha tirado al cubo de la basura el principio de igualdad, ha renegado de la libertad y se ha entregado sin solución de continuidad al nacionalismo.

 

Queridos amigos, en otoño de este año, si no lo remediamos a tiempo, está convocado lo que no es otra cosa que un acto de secesión. Está convocado desde la presidencia de un gobierno autonómico, pese a que esa pretensión es tan rotundamente ilegal que su mera proposición es un auténtico disparate.

 

No es tarea de los historiadores poner freno a los políticos, como ya he dicho. Ni siquiera puede serlo cuando asistimos a los peores desvaríos de algunos políticos. Ésa es una tarea de todos los políticos que aún mantienen alguna dosis de sentido de Estado. Y aún más que de los políticos, es una tarea que requiere el concurso y el respaldo de los ciudadanos, de todos nosotros.

 

Ese inadmisible acto de secesión convocado para el otoño sólo podrá celebrarse si ocurre algo que los ciudadanos españoles pueden evitar. Sólo podrá ocurrir si sigue gobernando en España esa izquierda descreída que quiere mantenerse en el poder a cualquier precio, engañando a los españoles siempre que les convenga.

 

Su lema es “como sea”, faltando a la verdad cuando les interesa. Que ése es su lema y su método de engaño nos lo ha demostrado este gobierno en esta legislatura, como ayer certificó su máximo dirigente.

 

En su objetivo de lograr las cosas “como sea”, da igual que España sea una Nación de ciudadanos libres e iguales, como dice nuestra Constitución, o que sea otra cosa muy distinta. Porque ¿qué más da cuando se afirma que hasta la propia Nación es un concepto discutido y discutible?

 

Gobernar “como sea” significa negociar políticamente con los terroristas y mentir a los españoles sobre esa negociación. Significa, como sabemos que ha ocurrido, poner encima de la mesa de la negociación con los terroristas la soberanía nacional, la Constitución y la “territorialidad”, es decir, la entrega de Navarra. Y negarlo todo en público para confesar finalmente que no se dijo la verdad.

 

Porque el protagonista de este disparate nos ha confirmado que, efectivamente, esos temas han estado en la mesa de negociación con los terroristas. La excusa o justificación ahora es, no se lo pierdan, que no se llegó a un acuerdo. Al parecer, da igual que esos asuntos fueran objeto de negociación. Millones de ciudadanos, como quien les habla, nos quedamos estupefactos e indignados cuando supimos que el mismo que había firmado el Pacto Antiterrorista en la Moncloa por la mañana, por la tarde ya se había reunido en secreto con los terroristas para negociar lo contrario de a lo que en público se había comprometido esa misma mañana.

 

Después supimos que las negociaciones políticas con los terroristas siguieron hasta 2004.

 

Ayer supimos también que el presidente del gobierno decidió sentarse a seguir negociando políticamente con los terroristas pocos días después de que estos asesinaran a dos personas en un atentado. Con esos terroristas a los que él mismo había llamado “hombres de paz”.

 

Aquel atentado terrorista, que el presidente del gobierno ha calificado varias veces de “trágico accidente mortal”, tuvo lugar precisamente un día después de que él mismo nos garantizara a todos los españoles que un año después todo iría mucho mejor.

 

El presidente del gobierno nos prometió después de ese atentado terrorista que la negociación estaba literalmente suspendida. El Ministro del Interior lo reiteró y aclaró “diciendo” que estaba completamente “finiquitada”, “liquidada”.

 

Ayer pudimos constatar lo que ya habían publicado diversos medios de comunicación: que todo eso era una nueva mentira.

 

Tampoco nos dijeron la verdad cuando excarcelaron a un sanguinario terrorista responsable de veinticinco asesinatos, que fue algo que decidió el gobierno pero que quiso atribuir a los tribunales de justicia.

 

Igualmente lamentable ha sido durante estos años el uso torticero de la fiscalía, manipulada a antojo para legalizar o ilegalizar a trozos a las formaciones políticas del entramado terrorista, según convenga en cada momento.

 

Y hoy muchas personas de bien se preguntan: ¿es posible confiar en los responsables de todo esto?

 

¿Puede alguien fiarse de quienes han engañado tantas veces a todos los españoles?

 

¿Puede tener alguien duda de que después de todo estos lamentables episodios, si ganaran las elecciones, seguirían gobernando “como sea”, es decir, entregando la libertad, renunciando a la dignidad y traicionando a la verdad?

 

Porque, ¿cómo vamos a creerles ahora cuando dicen que no volverán a negociar con ETA cuando acaban de admitir que nos mintieron? ¿Cómo nos vamos fiar de quien admite que nos ha mentido una y otra vez?

 

En marzo podremos evitar que estas cosas continúen sucediendo. No podremos evitar que siga gobernando en el País Vasco ese nacionalismo vasco que ha hecho suyas las reivindicaciones políticas de los terroristas. Aunque quizá lo ha hecho para así disimular que son los de las pistolas quienes les marcan la agenda política.

 

Pero sí podremos evitar algo muy importante. Podremos evitar que el nacionalismo secesionista y anexionista y el oportunismo de izquierdas sigan dándose apoyo mutuo para sus objetivos de demoliciones compartidas.

 

Y podremos también conseguir que España sea como cualquier democracia avanzada. En esas democracias un gobernante que ha engañado conscientemente a los ciudadanos en algo tan importante como negociar políticamente con los terroristas queda inhabilitado para seguir gobernando.

 

Podemos y debemos evitarlo el próximo mes de marzo. Es una obligación moral que nos compromete a todos los españoles. También –y muy especialmente- a todos los navarros. Porque, de todos los españoles, sois vosotros, los navarros, los que probablemente más os jugáis en este envite.

 

En primer lugar, y sobre todo, es una obligación moral si queremos que España siga siendo España. Que siga siendo la Nación de ciudadanos libres e iguales que consagra la Constitución de 1978. Esa Nación unida y plural, respetuosa con los fueros, con las lenguas, con la diversidad. Si queremos mantener el proyecto democrático que nos ha permitido los mejores años de libertad y prosperidad de nuestra historia reciente, debemos ser conscientes de que en marzo se ponen en juego muchas cosas.

 

En estos cuatro años hemos asistido al ensayo general de lo que puede ser una representación trágica de naciones inventadas. Hemos visto Estatutos que crean naciones inexistentes. Hemos conocido que ha habido negociaciones con terroristas en las que un Gobierno ha puesto la soberanía, la libertad y la dignidad encima de una mesa de negociación mientras se despreciaba a las víctimas del terrorismo. Y debemos saber que esa alternativa no es obligatoria. Podemos y debemos evitarla. Los autores de este libro repasan con la minuciosidad de su oficio momentos muy dolorosos de nuestra Historia que no debemos repetir ni siquiera como farsa.

 

Me gustaría terminar expresando un deseo que está en nuestra mano cumplir si nos lo proponemos entre todos. Mi deseo es que los historiadores de las próximas generaciones puedan relatar cómo los españoles todos -los navarros, los vascos, los andaluces, los catalanes, los gallegos, los riojanos, los aragoneses, los extremeños, los murcianos, los valencianos, los castellanos, los canarios, los isleños…-, cómo los españoles todos logramos superar un difícil bache. Cómo esta crisis nacional puedo superarse con la voluntad de la mayoría, apostando por la libertad, la justicia y la dignidad. Mi deseo es que los historiadores puedan relatar cómo logramos recomponer lo mucho que nos une para seguir construyendo entre todos un futuro común que para los historiadores será, seguirá siendo, la Historia de España.

 

JAIME IGNACIO DEL BURGO

 

Debo comenzar por el capítulo de agradecimientos. En primer lugar, mi gratitud a la Fundación FAES, que preside José María Aznar y a cuyo patronato me honro en pertenecer. En su día, la FAES nos financió la realización de las Jornadas que dan sentido al título del libro que presentamos hoy y que también ha contado con el patrocinio de la Fundación. En segundo lugar, a José María Aznar por haberse desplazado hasta Pamplona para compartir con la Sociedad de Estudios Navarros este acontecimiento cultural y por haber demostrado no sólo con palabras sino sobre todo con hechos su gran amor a Navarra, la tierra de sus antepasados. Mientras José María Aznar ejerció la presidencia del Gobierno nadie jugó con el destino de Navarra. Fueron ocho años de intensa colaboración con el Gobierno de Navarra que se tradujo en frutos extraordinariamente fecundos para nuestra tierra. Digo esto porque es de bien nacidos ser agradecidos. Y Navarra ha tenido en José María Aznar un amigo de verdad. Por eso, a las seis de la tarde de aquel aciago 14 de marzo de 2004, cuando parecían soplar ya vientos de derrota, sentí el deber de llamar a la Moncloa para decirle: “Pase lo que pase, la historia te recordará como el mejor presidente de nuestra democracia”. Cada día que pasa, a pesar de la infame campaña de descalificación de que es objeto desde la izquierda y el nacionalismo, me ratifico más en ello.

 

En segundo lugar, mi gratitud a los autores de las ponencias que se contienen en este libro. Excluyendo mi trabajo sobre “Vascos y navarros en la lucha por la legitimidad española: las guerras carlistas”, todas los demás poseen una calidad científica y un rigor histórico difíciles de superar. José Andrés-Gallego centra magistralmente la cuestión en su ponencia sobre “Vascos y navarros en la Historia de España: algunas claves interpretativas”. Francisco Javier Navarro aporta un luminoso trabajo sobre “Las raíces de la antigüedad”. Ángel Martín Duque demuestra por qué es tenido como gran maestro de nuestra historia medieval en su ponencia titulada “En torno a la identidad socio-cultural de los navarros en la Edad Media”. Luis Javier Fortún relata la importancia del cristianismo navarro en el devenir eclesial español en su trabajo sobre “Navarra y la Iglesia española”. Alfredo Floristán formula una visión extraordinariamente clarificadora sobre la participación de “Vascos y navarros en la monarquía española del siglo XVI”. Juan B. Amores Carredano prueba cómo la condición castellana de las Provincias Vascongadas y la incorporación de Navarra a la Corona de Castilla fue causa determinante de la intensa presencia de “Vascos y navarros en América”. Agustín González Enciso destaca la aportación de los navarros al gobierno de la Monarquía en su ponencia sobre “El protagonismo económico de los navarros en la España del siglo XVIII”. Joaquín Salcedo Izu refleja su gran erudición como historiador del Derecho en su interesante ponencia sobre “Representación política y presencia navarra en Madrid. La Navarra institucional en la Corte”. Rafael Torres Sánchez nos descubre cómo funcionaba el “lobby” navarro en Madrid en los siglos XVII y XVIII en su trabajo sobre “Emigrantes y financieros navarros en la Corte madrileña”. Miguel Ángel Baquer, excelente historiador militar, rescata del olvido a tantos y tantos vascos y navarros que sirvieron con honor en los ejércitos de España en dos magníficas ponencias tituladas “Presencia vasca” y “Presencia navarra en la milicia española”. José Manuel Azcona descubre en su ponencia “Los pensadores navarros del siglo XIX y Sabino Arana”, cómo el fundador del nacionalismo vasco se inspiró en el pensamiento del fuerismo navarro, para desnaturalizarlo en su propuesta separatista. Y, por último, Carlos Mata ofrece aspectos inéditos sobre “La aportación de Navarra a la literatura española”, que conducen a la conclusión de que el cultivo de las letras no es algo ajeno a nuestro viejo Reino. A todos ello, algunos de los cuales nos honran hoy con su presencia el reconocimiento y gratitud de la Sociedad de Estudios Navarros.

 

En tercer lugar debo hacer una mención especial a la Editorial Laocoonte y a su director, Arturo del Burgo, a quien debemos la edición de este volumen de extraordinaria calidad tipográfica y que se suma a otro gran libro que desde hace unos días está en las librerías bajo el título de “Mola frente a Franco”, obra póstuma de Félix Maíz y que ha permanecido inédita desde 1980. En ella se incluye una introducción histórica sobre “La España de la guerra civil” de la que soy autor. Aprovecho la ocasión para anunciar que en breve Editorial Laocoonte publicará dos nuevos libros. Uno de ellos, titulado “La tribu navarra”, es obra de José Antonio Jáuregui, uno de los grandes pensadores navarros del siglo XX. Fue escrito en 1977 y no consiguió publicarlo. El otro es de otro autor también desaparecido, el sacerdote Javier Marcellán, que ha sido revisado y aumentado por Santiago Cañardo, y que se titula “Mártires de Navarra”, que pretende rendir homenaje al centenar y medio de sacerdotes, religiosos y monjas de Navarra que por su fidelidad a Cristo obtuvieron la palma del martirio durante la guerra de 1936.

 

Y cierro este ya largo capítulo de agradecimientos con mi gratitud a cuantos habéis querido acompañarnos en esta tarde invernal y de forma especial a las autoridades aquí presentes, encabezadas por la alcaldesa de Pamplona, Yolanda Barcina, y los consejeros del Gobierno foral Alberto Catalán y Amelia Salanueva. Y permitidme finalmente que salude también a los diputados y senadores –y de un modo especial a Carlos Salvador- que me han acompañado en las Cortes Generales durante la legislatura que hoy concluye y en la que he puesto punto final a mis casi treinta años de vida parlamentaria en las Cortes Generales.

 

Dicho esto permitidme unas breves consideraciones sobre la razón de ser y la oportunidad de este libro en el momento presente. Todos los pueblos se han sentido la necesidad de conocer sus raíces, saber cómo se forjó su personalidad, cómo vivieron sus antepasados, cuáles fueron sus días de gloria y de derrota y quiénes se distinguieron por su dedicación a la política, a la milicia, al arte, a las ciencias para rendir homenaje a cuantos dejaron huella en la conformación de la identidad colectiva.

 

Ciertos episodios históricos sirven para apuntalar el orgullo nacional. No es de extrañar que se tienda a mitificar todo aquello que contribuya a reforzar la cohesión de la tribu –utilizando la expresión de José Antonio Jáuregui- y a oscurecer los episodios que conduzcan a lo contrario, aunque el actual revisionismo histórico deje mal parados a unos y otros. Los navarros, por poner un ejemplo, estamos convencidos de que la victoria de las Navas de Tolosa en 1212, que evitó que toda España cayera bajo el dominio musulmán, fue poco menos que una gesta exclusiva de nuestro rey Sancho VII el Fuerte. El tapiz que figura en el despacho del presidente del Gobierno foral no puede ser más expresivo. Ahí está nuestro gigantesco monarca, montado a caballo y blandiendo su temible maza, en el momento de arrollar a la guardia del Miramamolín a quien puso en humillante fuga. Las cadenas de nuestro escudo dan fe imperecedera de que en las Navas nuestro Sancho el Fuerte salvó a la cristiandad entera en un golpe de audacia y valentía. Las crónicas de la batalla de los historiadores castellanos, aunque no omiten la acción de nuestro rey, atribuyen la victoria al genio militar de Alfonso VIII que pudo así resarcirse del estrepitoso fracaso de Alarcos, donde a punto estuvo de perderse la cristiandad española. También los vizcaínos de López de Haro, al servicio del rey castellano, hicieron prodigios de valor en las Navas. Pero a pesar de las exaltaciones propias de cada bandería, hay un fondo de verdad incuestionable: con más o menos acento castellano, navarro o aragonés hubo una batalla, la de las Navas, donde los reyes cristianos españoles dejaron a un lado sus diferencias y secundaron el llamamiento a la Santa Cruzada proclamada, en nombre del Papa, por el arzobispo de Toledo, cuya sede episcopal desempeñaba el navarro Jiménez de Rada. Y tampoco hay duda de que la victoria de las armas cristianas acabó definitivamente con el sueño de restaurar el Andalus musulmán.

 

Ni Navarra ni el País Vasco son ajenos a estas manifestaciones de historicismo patriótico. Los navarros nos sentimos orgullosos de la tierra que nos ha visto nacer. El sentido de autoestima de los vascos parece un hecho indiscutible. No hay nada de malo en ello siempre que no genere un absurdo complejo de superioridad respecto a las demás tribus del planeta. Pero hay una gran diferencia entre lo que ocurre en la mayoría de los pueblos y lo que sucede entre nosotros. Lo cierto es que desde la aparición del nacionalismo de Sabino Arana la historia está tan directamente implicada en nuestro debate político que se utiliza como arma arrojadiza de unos contra otros.

 

Si viniera por estos pagos un extraterrestre, bilingüe claro es, y se pusiera a ojear ciertos medios de comunicación navarros o vascos llegaría a la conclusión de que las vanguardias vasco-castellanas del duque de Alba están a punto de hacer su aparición por la Barranca o que la aviación alemana calienta motores para arrasar la histórica villa foral de Guernica. Si nuestro extraterrestre se diera una vuelta por cualquier ikastola saldría de ella con la idea de que su nave había aterrizado en medio de un pueblo indómito, que aunque no figure en los mapas tiene por nombre Euskal Herria y que desde antes de la prehistoria era dueño de estas tierras. Aprendería que este pueblo indomable se encuentra sometido por dos poderosos Estados -España y Francia- que han practicado y practican una política genocida contra un idioma venerable nacido nada menos que de la confusión de las lenguas en Babel. Y saldría convencido de que esta nación vasca de siete territorios –que serían seis si hace quinientos años no se hubiera desdoblado uno de ellos- había sido conquistada por la fuerza o con maña y furto por sus malvados vecinos por lo que no logrará vivir en paz mientras no consiga romper sus cadenas y recuperar la libertad.

 

Pido perdón por haber descrito con una cierta dosis de humor negro lo que considero es el peor problema de la sociedad navarra y de la vasca: el adoctrinamiento de las nuevas generaciones, a través del sistema educativo, en la peculiar visión de la historia del nacionalismo vasco, basada en una atroz manipulación de la realidad histórica. Hay jóvenes vascos y navarros que creen a pies juntillas que Euskal Herria existe desde el comienzo de los tiempos, que en 1936 España invadió Euskal Herria y que si hoy Navarra no forma parte de Euzkadi se debe a la política genocida de Franco que la separó del tronco común mediante una actuación ferozmente represiva. Y es que el nacionalismo vasco de todo signo, moderado o inmoderado, democrático o revolucionario, pacífico o violento, parece haber hecho suya la consigna del dirigente comunista chino Mao, responsable de la esclavitud de su pueblo, cuando ordenó a sus seguidores: “¡Corromped la historia!”.

 

¿Qué se puede hacer ante esta situación? Pues seguir la consigna de Mao pero en la dirección contraria. Y si me permitís dar algún consejo diría: “¡Restaurad la historia!”. Porque se pongan como se pongan, digan lo que digan, escriban lo que escriban, mientan lo que mientan, los hechos históricos no se pueden cambiar.

 

Las viejas piedras del monasterio de Leyre –y las de Iranzu, la Oliva, Fitero o Irache- siempre nos recordarán que Navarra nació a la historia del hermanamiento entre la cruz y la espada porque hubo un tiempo en que la fe y la libertad estaban estrechamente vinculadas; la campana de Roldán en Ibañeta nos hablará de la gesta de nuestros antepasados en Roncesvalles, convertido más tarde en punto de partida de ese camino de universalidad cristiana y española que es el de Santiago; la maza de Sancho el Fuerte será símbolo perenne de la solidaridad de Navarra con el resto de los pueblos de España; el palacio real de Olite nos transportará a otro de los momentos de esplendor cultural del reino aunque comenzaremos a percibir el desgarro de la mítica figura del Príncipe de Viana y de la trágica división fratricida de agramonteses y beaumonteses de la que los muros derruidos de la fortaleza de Maya hablarán por sí solos; la Sala de la Preciosa de la Catedral de Santa María la Real, donde se reunían en Pamplona nuestras viejas Cortes, darán testimonio silente de cómo la incorporación de Navarra a la Corona de Castilla en 1515 fue de igual a igual, permaneciendo como reino de por sí e identificándose a partir de entonces hasta el extremo con las empresas de la monarquía española; ante el castillo de Javier sentiremos el aliento de Francisco, el más universal de los navarros, elevado a los altares de la mano de aquel gran vasco universal, Iñigo de Loyola, que pusieron al servicio del Papado esa gran Compañía de soldados de Cristo que en su inicio tuvo un acento marcadamente español; el monolito de Noáin dedicado a los “afusilados” en la guerra de la Independencia contra la tiranía de Napoleón volverá a hablarnos del heroísmo y sacrificio del pueblo navarro en defensa de la libertad de España; en Tierra Estella y la Sierra de Urbasa todavía escucharemos el eco de la carlistada de Zumalacárregui que al frente de sus voluntarios vascos y navarros trató inútilmente de sentar al rey legítimo de España en el trono de Madrid; y, por último, bajo el monumento a nuestra Ley Foral que se yergue majestuoso frente al Palacio de Navarra, nos reafirmaremos en la idea de que la libertad no nos la regala nadie y se conquista día a día con el esfuerzo de todos.

 

“Vascos y navarros en la historia de España” es una modesta aportación de la Sociedad de Estudios Navarros a la restauración de nuestra historia. Estoy seguro de que quien lea sus páginas, sin orejeras ni ideas preconcebidas, llegará a la conclusión de que desconectada de España no hay historia vasca ni navarra pero que sin la contribución de vascos y navarros España se queda sin historia.

 

La Tribuna de Navarra, 15 de enero de 2008

Poder: capacidad de infligir dolor y humillación

Poder: capacidad de infligir dolor y humillación

En una perfecta escenificación del síndrome de Estocolmo, Clara Rojas concibió un hijo de un guerrillero de las FARC “cuyo nombre no recuerdo y creo que está muerto”. Cuando el niño tenía dos años, los guerrilleros se lo arrebataron a su madre -su padre ya debía estar muerto o quizás en misión de servicio al pueblo en cualquier lugar donde no estuviera su hijo- y para llevarle a un sitio donde le curaran. Al parecer lo dejaron en una casa de campesinos, supongo para que muriera.

Sólo que los campesinos, más humanos que los guerrilleros con los que colaboran. Dejaron al niño en un hospicio, que es donde lo ha encontrado la Administración colombiana.

 

Es decir, que el ‘Ejército’ -que así quiere don Hugo Chávez que le llamen- de Manuel Marulanda ha negociado con un niño que habían dado por muerto y abandonado, a espaldas de su madre, otra ‘liberada’. 

 

Con todo ello, el precitado Hugo Chávez ha montado la más repugnante operación de autoalabanza, donde no han faltado el beso de los niños de otra liberada, así como la exigencia a Europa de que retire a dos grupos terroristas colombianos de la lista de... grupos terroristas. 

 

Esto es lo que debe cambiar en el populismo indigenista hispanoamericano. En ese mundo, el poder se identifica con la capacidad de producir dolor y humillación al prójimo. El descaro de personajes del tipo Hugo Chávez, capaces de sacar rendimiento a ese dolor, ya es para nota.

 

Esto es lo que debe cambiar en Iberoamérica. Cuanto antes, mejor.

 

Eulogio López

Hispanidad, 14 de enero de 2008

 

LA AVT REPUDIA AL PRESIDENTE DEL GOBIERNO POR MENTIR Y POR TRAICIONAR A LAS VÍCTIMAS

LA AVT REPUDIA AL PRESIDENTE DEL GOBIERNO POR MENTIR Y POR TRAICIONAR A LAS VÍCTIMAS

Madrid, 14 de enero de 2007.- La Asociación Víctimas del Terrorismo considera que el presidente del Gobierno vuelve a mentir y demuestra tener muy poca vergüenza en la segunda parte de la entrevista que le ha realizado el diario El Mundo. 

Rodríguez Zapatero afirma, entre otras cosas, que “siempre he tenido un profundo respeto y aprecio por las víctimas como cualquier persona con entrañas”. Para la AVT, desde el momento en el que el Gobierno negocia con ETA, está traicionando y faltando al respeto a las víctimas del terrorismo por mercadear con su sangre. Cualquier persona con entrañas no negociaría con los asesinos. Y cualquier persona con dignidad, después de mentir a las víctimas y a los españoles, dimitiría. No basta con reconocer que ha cometido un error muy grave y que ha mentido.

El presidente del Gobierno vuelve a mentir cuando afirma que ha estado cerca de las víctimas y que ha trabajado para que no hubiera más. Para la AVT, Rodríguez Zapatero ha ignorado a las víctimas y se ha mostrado más complaciente con los asesinos. Y si realmente hubiera trabajado para evitar más víctimas, ¿por qué rompió el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo y no ha aplicado la Ley de Partidos? El Gobierno no ha evitado más víctimas y sí ha logrado que la derrota de ETA se retrase cuatro años más.

 

 

 

La AVT quiere recordar algunas de las traiciones cometidas a las víctimas del terrorismo durante el último año y que dejan en evidencia a Rodríguez Zapatero: el intento de excarcelar definitivamente al asesino De Juana después de que el Gobierno lo trasladara al País Vasco y permitiera que se paseara por las calles de San Sebastián; la presencia de ANV en las instituciones vascas y navarras, logrando así que el entorno de ETA accediera a la financiación e información que antes no tenía; la absolución de Arnaldo Otegui después de que la Fiscalía General del Estado retirara los cargos, por enaltecimiento del terrorismo, contra él; y la persecución al presidente de la AVT, Francisco José Alcaraz, que tuvo que declarar en la Audiencia Nacional por denunciar lo que ahora el Gobierno reconoce.

 

 

 

Además, el Gobierno y sus socios han permitido que los delitos de terrorismo puedan prescribir, dando un premio y un indulto por adelantado a los asesinos huidos o que puedan huir en un futuro. También han rechazado en el Congreso que se requiriera a los ayuntamientos del País Vasco y Navarra retirar los símbolos y nombramientos que rindan homenaje a los terroristas. Y como colofón de todo este desastre, el Gobierno no ha aprobado la Ley de Solidaridad que prometió al inicio de la legislatura y se ha negado a retirar la resolución parlamentaria que le permite negociar con los asesinos y que aprobó en mayo de 2005.

 

 

 

La AVT considera que el Rodríguez Zapatero no es de fiar y se pregunta si está volviendo a mentir por motivos electorales. Es muy probable que en un futuro vuelva a negociar con ETA y a traicionar a las víctimas del terrorismo.

 

 

El surfista Zapatero

El surfista Zapatero

La maratoniana entrevista que ha publicado el diario El Mundo con el presidente del Gobierno tiene la virtud de definir con más precisión algunos rasgos de la personalidad de José Luis Rodríguez Zapatero que ayudan a entender su cambiante y oscura gestión política.

Sus respuestas y sobre todo sus reacciones espontáneas ante algunas cosas que le suceden durante la charla con Pedro J. Ramírez revelan que el Zapatero real no se ajusta al retrato que a veces se ha pintado de él como gran ideólogo que, encerrado en su despacho, diseña fríamente una gran transformación de la sociedad española y de la estructura del Estado. El jefe del Ejecutivo es más bien un oportunista ambicioso que ha llegado al poder y se ha mantenido en él a lomos de una marea ideológica que se ha ido formando a lo largo de los últimos 30 años.

 

Zapatero es como un buen surfista que ha sabido encaramarse con su tabla a la cresta de unas olas que se empezaron a formar hace años y que ahora rompen con fuerza en las arenas de la política española arrastrando consigo a la conciencia colectiva. Durante estos cuatro últimos años ha surfeado, manteniendo el equilibrio, apoyándose algunas veces en partidos más moderados, más fieles a la Constitución, pero estableciendo sus principales alianzas con fuerzas extremistas del nacionalismo o de la izquierda, o bien grupos abiertamente antisistema.

 

Culturalmente, Zapatero se apoya en un pensamiento que se ha ido fraguando a lo largo de tres décadas. Son muchas las películas y novelas sobre la guerra civil y la posguerra las que han servido para crear una determinada visión mítica sobre la que se apoya la Ley de Memoria Histórica. Son muchas las películas y series de televisión que han servido para vender como algo normal y conveniente el individualismo, la soledad y las relaciones de interés sobre los lazos familiares y la amistad sincera, antes de poder sacar adelante leyes como la del matrimonio homosexual o el “divorcio-exprés”.

 

En este tipo de pensamiento confluyen la izquierda, buena parte del nacionalismo, el feminismo y el ecologismo, unidos en la creencia de ser los dueños del avance de la historia, del progreso, de la modernidad.

 

Oportunista obsesionado sólo con aquellos que le pueden mover la silla. Es muy ilustrativa su primera reacción ante el dato del 2% de superávit: “A más de uno le va a sorprender esta cifra…je, je”. Ésta no parece una reacción propia de alguien que debía considerarse presidente de todos los españoles, con la preocupación puesta en el interés general. Por eso sus acometidas más punzantes y las más habituales se dirigen siempre hacia un partido: el PP, por ser el único que puede disputar a los socialistas la victoria en las urnas y por tanto el acceso a la Moncloa. Es el enemigo a batir, más aún que aquellos que socavan el actual marco de convivencia, en los que el Gobierno se ha apoyado.

 

Pone los pelos de punta la pobreza de ideas que muestra el presidente cuando se le pregunta sobre la educación o las relaciones con la Iglesia. A pesar de decir que es el “tema más importante de la entrevista y en el que más ha trabajado”, las preguntas sobre la educación se las ventila hablando del alto índice de analfabetismo que había en España hace 30 años y de la importancia de aprender inglés, y deja traslucir en este asunto un conformismo muy preocupante.

 

De las polémicas suscitadas en torno a leyes como la del “divorcio-exprés” o el matrimonio gay sólo se defiende argumentando que el Gobierno ha cumplido los compromisos electorales del PSOE, pero lo cierto es que el matrimonio entre personas del mismo sexo con permiso para adoptar niños no estaba en el programa socialista, donde sólo figuraba una referencia a una ley de uniones de hecho. Un detalle que hace pensar que su calculada ambigüedad respecto a la cuestión del aborto se convertirá, en caso de que vuelva a presidir el Gobierno, en un apoyo a una ley de plazos que permita abortar en todos los supuestos.

 

Es excesivo considerar a Zapatero el responsable de la gradual desintegración del marco institucional y territorial, del deterioro de la familia y de la convivencia, del incremento del relativismo moral o de las ofensivas laicistas. No es el impulsor intelectual de todo eso, sino alguien que ha arrimado el ascua a la sardina, que ha aprovechado determinadas corrientes culturales e ideológicas en beneficio propio. Por ello, los empeños de quienes son conscientes de estas emergencias no deben centrarse tanto en derribar a Zapatero como en construir alternativas desde todos los ámbitos.

 

Ignacio Santa María

Páginas Digital, 14 de enero de 2008

El cardenal Cipriani deplora el terrorismo de la guerrilla colombiana

El cardenal Cipriani deplora el terrorismo de la guerrilla colombiana

LIMA, domingo, 13 enero 2008 (ZENIT.org).- Tras la reciente liberación de dos colombianas que permanecieron secuestradas por cerca de seis años por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), el cardenal Juan Luis Cipriani, en su programa «Diálogo de Fe», del sábado 12 de enero mostró su indignación al conocer que este grupo subversivo mantiene a personas encadenadas para impedir que huyan, y; que al mismo tiempo somete a más de 700 secuestrados de una manera brutal y abusiva como parte de un planteamiento político.

 

«¿Cómo podemos decir que es un planteamiento político el encadenar a la gente como animales, el mentir, secuestrar, matar y separar a los seres queridos? En nombre de ninguna justicia y en nombre de ningún proyecto político se puede hablar de violencia», dijo el arzobispo de Lima.

 

Asimismo, afirmó que esto no tiene que ver sólo con el oscurecimiento de las conciencias porque se apagó la luz de Dios o porque no hay una relación y un examen personal con el Señor. «Esto es un asunto de imponerse unos a otros, de programas políticos, de influencias de tipo económico; es decir, el hombre en su pura dimensión material».

 

El cardenal Cipriani también indicó que la verdad y la justicia están íntimamente unidas. La verdad es primero, mientras que la justicia es la consecuencia de la verdad. «Si hay verdad, la justicia sale por si sola; en cambio, si hay justicia no se puede estar seguro si hubo verdad, si simplemente se ganó el juicio o se impuso la opinión».

 

Comentó que en estos días estuvo hablando con un político internacional que le manifestó: «que en la actualidad existe un problema. En el mundo de hoy la política no le interesa a la gente, especialmente, a la juventud. Esto se debe a que la política ha dejado de brindar un servicio a la colectividad y se ha convertido; tantas veces, en el modo de capturar el poder y de abusar de los demás».

 

«Para él, la política está dejando de tener la responsabilidad social de buscar la verdad, de aplicar la justicia y el bien para la mayoría», dijo.

 

«El Señor no puede estar entrando a nuestra vida sólo cuando tengamos una emergencia o dificultad. Lo que Dios quiere es que vayamos siempre a su encuentro en donde hay alegría, familia, trabajo, justicia y bondad, así como control, respeto y responsabilidad».

 

Indicó que entre los católicos hay un acuerdo de tratar de amar a Dios y al prójimo, de ser felices y de buscar la paz. Ese noventa por ciento cree en Dios, pero lo ideal sería que busquemos hacerlo nuestro amigo e incorporarlo a nuestra vida.

 

Tomando como referencia al Papa Benedicto XVI, el cardenal Cipriani señaló que sólo habrá paz y justicia si todos nos ajustamos a unas normas comunes.