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Opinión y análisis

Triste aniversario

Triste aniversario

Mañana, 22 de marzo, se cumple un año del anuncio hecho por ETA de su "alto el fuego permanente". Doce meses después, los españoles nos encontramos mucho peor: más divididos, más desconfiados de nuestro Gobierno y menos libres. Y lo más preocupante: Zapatero no atiende a los hechos, sólo a su proyecto.

 

Parece que ha pasado no un año, sino un siglo desde el pasado 22 de marzo, cuando unos encapuchados leían un comunicado y una voz de mujer anunciaba un "alto el fuego permanente". ¿Qué ha pasado en todos estos meses?, ¿nos encontramos mucho mejor o peor que hace un año?, ¿ha servido para algo este supuesto alto el fuego?

 

Si estas preguntas se las hiciéramos a Zapatero respondería, con su incansable optimismo, que estamos mejor, que está mereciendo la pena este proceso. Pero hay que ser muy ciego como para reconocer, con objetividad y también con dolor, que estamos mucho peor.

 

Es real y cierto que en estos meses la violencia no ha cesado. No ha parado la extorsión a los empresarios vascos y navarros, y la violencia callejera se ha incrementado y se ha llevado por delante la vida de un anciano, Ambrosio Fernández, que falleció por intoxicación. Además, ETA acabó con la vida de dos personas, Carlos Alonso Palate y Diego Armando Estacio, cuando puso el bombazo en la T4 de Barajas.

 

Pero la enumeración de los hechos continúa: el brazo político de ETA, Batasuna, se ha convertido en un verdadero interlocutor político, las víctimas del terrorismo han sido despreciadas por el Gobierno y también, por primera vez, un Ejecutivo ha tenido que reconocer su cesión a un chantaje de ETA al conceder la prisión atenuada para el sanguinario terrorista De Juana Chaos, "para evitar males mayores", ante la indignación de la mayoría.

 

Sólo con la concatenación de estos hechos, sería suficiente como para responder que estos 12 meses de supuesta tregua no han merecido la pena. Pero es que además, este mal llamado proceso de paz, mimado por Zapatero, ha acarreado graves consecuencias, como la ruptura total del consenso entre los dos principales partidos políticos, la incertidumbre por el futuro de nuestro modelo de Estado -para ello habría que preguntárselo a los navarros-, así como la cada vez más creciente fractura y crispación social.

 

Estamos peor que hace un año y Zapatero parece comportarse como si toda esta enumeración de hechos no hubiera existido. Los censura. El presidente tiene claro su proyecto y quiere seguir adelante, pese lo que pese y caiga quien caiga. Quizás lo peor que le pueda pasar a un país es tener a un presidente que se cree un iluminado y no atiende a los hechos. Todavía peor: quiere imponer su proyecto por encima de los hechos.

 

En este triste aniversario, habría que decirle al presidente: gracias por intentarlo, pero no ha merecido la pena.

 

Raquel Martín

Páginas Digital, 21 de marzo de 2007

 

Desconfía del enemigo que ofrece treguas

Desconfía del enemigo que ofrece treguas

«ENTRE almena y almena/ quedado se había un morico/con una ballesta armada/ y en ella puesto un cuadrillo. / En altas voces decía, /que del real lo han oído,/ «tregua, tregua, adelantado,/ por tuyo se da el castillo.»/ Alza la visera arriba/ por ver al que tal le dijo./ Asestárale a la frente, /salido le ha el colodrillo». Viejos tesoros de nuestra literatura que ya nadie lee, precisamente por ser tan desesperadamente actuales. Los versos pertenecen al romance fronterizo que narra la muerte del adelantado Diego de Rivera durante el cerco de Álora, en 1434. Nuestros romances nunca llevan una moraleja explícita, pero no es difícil sacar de sus historias enseñanzas prácticas. La de éste es sencillísima: desconfía del enemigo que ofrece treguas cuando tú vas ganando. Bien claro se lo decía Aristóteles a Alejandro en otro de los grandes y olvidados libros de España: «qui en fazienda quiere a otro perdonar/ después mismo se quiere con su mano matar».

Pero sería demasiado pedir a los políticos un repaso de los clásicos que nunca leyeron en clase porque ese día tuvieron huelga o se los cambiaron por actividades de Conocimiento del Medio. Bastaría que entendiesen el sentido y la función del concepto, lo que tampoco es el caso. Cuando la guerra estaba aún ritualizada, las llamadas «treguas de Dios» interrumpían la lucha en determinadas fechas del año litúrgico. La secularización de la cultura confinó el significado de la tregua en el orden pragmático, y así se define, por ejemplo, en el DRAE: «suspensión de armas, cesación de hostilidades, por determinado tiempo, entre los enemigos que tienen rota o pendiente la guerra». Los tres rasgos característicos de tal definición han estado ausentes en la supuesta tregua de ETA anunciada hace justamente un año: no se dio cesación de hostilidades ni se determinó la duración de la misma (los terroristas colaron el oxímoro de «tregua permanente», un absurdo semántico que tiene la virtud garantizada de tranquilizar a los ilusos), ni -con independencia de las negociaciones secretas entre los socialistas y la banda- hubo acuerdo público y formalizado, entre las partes interesadas, sobre las condiciones de la tregua susodicha. Es decir, nunca hubo tregua. ¿Cómo iba a haberla, si no hay guerra? Guerra y paz son, en lo que al terrorismo abertzale se refiere, puras metáforas. Al Qaida, el 11 de septiembre de 2001, tenía detrás un Estado, el de los talibanes afganos, y, por tanto, hablar de «guerra contra el terrorismo», como lo hizo entonces la administración Bush -sin entrar en la cuestión del posterior desarrollo de los acontecimientos- estaba plenamente justificado. No así en el caso de ETA: «lucha antiterrorista» y «guerra contra el terrorismo» no son expresiones equivalentes, entre otras cosas, porque la guerra enfrenta ejércitos y concluye con la desmovilización, medien o no tratados de paz.

La lucha antiterrorista se lleva a cabo desde las instancias policiales y judiciales ordinarias, con o sin colaboración de los ciudadanos. Si tiene éxito, termina con la erradicación del terrorismo, que no es sinónimo de pacificación, toda vez que el terrorismo abertzale no actúa -al contrario que el terrorismo islamista- en el seno de una población movilizada para la guerra.

La pregunta que hay que hacerse es por qué el poder ejecutivo, a lo largo del último año, se ha empeñado en moverse en el plano de la metáfora, convirtiendo la lucha antiterrorista en un «proceso de paz» y admitiendo la validez -condición en teoría necesaria para emprender dicho proceso- de la improbable tregua «permanente» anunciada por ETA. Cabe proponer, por supuesto, multitud de hipótesis: desde la mayor o menor coerción que la banda pueda ejercer sobre el Gobierno y el partido que lo sostiene, mediante la amenaza de desvelar acuerdos secretos, hasta la dependencia política del PSOE respecto de los nacionalismos proclives a un final negociado del terrorismo, pasando por la particular obsesión mesiánica del presidente Rodríguez Zapatero, cuyas ansias infinitas y universales de paz parecen haberse resignado a lo doméstico, tras el fiasco de su política exterior (pues, aunque su retórica megalómana de la pacificación mundial volvió a asomar con ocasión del cuarto aniversario de la invasión de Irak, el secretario de organización del PSOE, con su acostumbrada ausencia de sentido del ridículo, lo ha devuelto a la cruda realidad española, donde no hay otras cuestiones internacionales de interés que las que puedan ser utilizadas de inmediato contra el PP).

Dejando al margen estas y otras verosímiles conjeturas (por ejemplo, el peso de la frustración ancestral de los socialistas vascos, incapaces de atraerse al electorado de la sedicente izquierda abertzale), puede explicarse la errática y absurda política del Gobierno durante el último año, en lo que a ETA respecta, como el resultado de cierta homología -¿por qué no hablar de afinidades electivas?- entre la estrategia de Batasuna y la del Gobierno de Rodríguez Zapatero.

La primera aspira a completar la destrucción de la democracia en el País Vasco, excluyendo del mismo a los no nacionalistas mediante la radicalización de las exigencias de lealtad al proyecto etnicista de la Euskal Herria independiente, unificada y euscaldún. La estrategia gubernamental contempla una modificación restrictiva del sistema político actual, que excluiría a la derecha nacional como alternativa de poder.

En el caso de Batasuna, el objetivo sólo puede alcanzarse a través de la presión terrorista sobre el sector no nacionalista de la población vasca (y navarra) y el chantaje sostenido al Estado, con vistas a una claudicación escalonada del mismo, todo ello maquillado por un discurso bélico que presenta la «lucha armada» como resultado de un «conflicto» derivado de la «opresión histórica» de «Euskal Herria» por el Estado español. El Gobierno, por su parte, juega asimismo en dos frentes: la estigmatización del PP como «extrema derecha» -operación en la que resulta esencial el recurso a una «memoria histórica» cuya proyección sobre el presente revele la persistencia del «conflicto civil» superado en la Transición- y el vaciamiento del pacto constitucional de 1978, interpretado como una imposición del franquismo a las fuerzas verdaderamente democráticas. En este último aspecto, durante la primera parte de su legislatura, además de ciertas iniciativas orientadas a erosionar valores tradicionales de carácter moral y religioso, los socialistas impulsaron una política territorial favorable a los nacionalismos secesionistas y rompieron tácitamente el acuerdo antiterrorista con la oposición. No es táctica muy distinta a la descrita por Franz Neumann en su Behemot, el gran estudio sobre la destrucción de la democracia en la Alemania nazi: una gradual imposición de medidas destinadas a ir preparando a la ciudadanía para un cambio de sistema. Táctica que aquí ha fracasado a causa del atentado de ETA en Barajas y de la escandalosa excarcelación de De Juana Chaos. ETA y el Gobierno han rebasado con mucho lo que, en cada uno de los casos, parecía tolerable, y una buena parte de los españoles ha comenzado a comprender que el precio exigido por el «proceso de paz» era demasiado alto.

JON JUARISTI
ABC, 22 de marzo de 2007

Zapatero está agotado y sin iniciativa política. Esperando un comunicado de ETA

Zapatero está agotado y sin iniciativa política. Esperando un comunicado de ETA

Zapatero está agotado y sin iniciativa política. Esperando un comunicado de ETA

Hace tiempo que dijimos que la bomba que puso ETA en el aeropuerto de Barajas había dado por finalizada la legislatura y que lo que le convenía a España era la convocatoria de unas elecciones generales para que los españoles pudiesen elegir la postura que más le gustase: si mantener la negociación con ETA o volver al Pacto Antiterrorista. Pero Zapatero se negó como se niega ahora.

Hace tiempo, también, cuando todo el mundo pedía una moción de censura, diario liberal dijo que Rajoy no la realizaría porque en nuestra opinión, la caída de Zapatero aún no había tocado fondo, que su política errática le acompañaría mucho tiempo aún cuesta abajo en su rodada. De hecho, todavía no ha acabado de caer. Caerá más. Porque el Presidente del Gobierno, en su desorientado deambular político espera que se produzca un milagro que le salve. Y por eso da palos de ciego como fue la excarcelación del etarra De Juana Chaos; por eso se niega a oír la voz de la calle o por eso invita a ETA-Batasuna a apartarse de la violencia para poder legalizarla. Todo lo hace a la espera del milagro. Y ese milagro es, únicamente, un comunicado de ETA con la promesa de abandonar de las armas. Si siquiera con el compromiso de abandonar las armas, a Zapatero le sirve la promesa de abandonar las armas. El Presidente del Gobierno ha perdido la iniciativa, está agotado políticamente hablando, y puede que hasta físicamente, en la negociación con ETA y en la gestión diaria y necesita la bocanada de oxigeno del comunicado de la banda terrorista para poder seguir.

 

No sabe hacia donde, pero hay que seguir. Huir hacia adelante porque la realidad le abruma. Y la realidad es una España crispada por su culpa, por mucho que su acorazada mediática y sus periodistas cámara quieran hacer ver lo contrario; y la realidad es tres años de política provocadora, revisionista y sectaria que ha dividido a España como si los 30 años de acuerdos constitucionales no fuesen nada; y la realidad es que en tres años ha padecido un total de trece grandes manifestaciones en su contra: nueve contra su política antiterrorista, otra por empeñarse en llamar matrimonio a la unión homosexual; una más por su política educativa; otra por el traslado de los archivos de la Guerra Civil desde Salamanca a Cataluña y otra en Murcia por la política gubernamental respecto al trasvase de agua, amen de la convocada a su favor y contra la guerra de Irak del sábado pasado y que se le fue de las manos; Y la realidad es que ha tenido que rechazar dos iniciativas legislativas populares de cuatro millones y millón y medio de firmas, respectivamente; y la realidad, por último, es un atentado terrorista con dos muertos. Pero Zapatero sigue esperando que se produzca el milagro.

 

Es cierto que nadie convoca elecciones para perderlas pero también es cierto que poner toda su esperanza en un comunicado de ETA significa que España está en manos de un mal político. Entre otras cosas porque no conoce a la banda terrorista y su obligación es conocerla.

 

Porque ETA, como la mayoría de los españoles, sabe que Zapatero está agotado y que ahora necesita ese gesto que le ayude a levantarse. Y ETA no perdona. Ahora, lo machacará. Y con él, desgraciadamente, a todos los españoles.

 

Dentro de un año, cuando legalmente no tenga más remedio que convocar elecciones, será sólo un juguete roto en sus manos y no será fácil volver atrás.

 

Editorial de Diario Liberal, 20 de marzo de 2007

Navarra no será lo que los navarros quieran (ZP pixit)

Navarra no será lo que los navarros quieran (ZP pixit) "Navarra es una realidad política inquebrantable que forma parte de una gran realidad nacional que es España". No es una frase al azar, sino el núcleo del discurso del presidente navarro, Miguel Sanz, el pasado sábado. Frase decisiva y definitoria, que fija los límites de un problema y de su solución. El nacionalismo vasco quiere Navarra para construir su independencia política contra España. Navarra es parte necesaria del "proceso de paz" entre Zapatero y ETA -"sin Navarra, no queremos nada, nada", según Otegi-. Y sin embargo es posible ser a la vez políticamente español, culturalmente vasco y regionalmente navarro, como lo son de modo natural miles de navarros de la Montaña, pero es imposible ser navarro sin ser español.

 

Un problema de formación, diríamos. Un problema muy agudo en José Luis Rodríguez Zapatero. Fernando Puras sólo ha conseguido que el presidente diga que "Navarra será lo que los navarros decidan, conforme a los Fueros y a la Constitución". Lo que es tanto como no decir nada, viniendo de donde viene. ¿Dónde hicieron el Bachillerato estos chicos?

 

Esta tierra y sus gentes son España antes de tener nombre, antes de cualquier refrendo electoral, antes de toda Constitución y de todo Fuero. Una hermosa palabra española para detectar las carencias culturales de los políticos y de los periodistas. Porque a unos y a otros, de izquierdas y de derechas, les ha dado por ponerse fueristas. A buenas horas; y hablando como si la normativa foral hubiese surgido ayer de la nada, o como si fuese una carta blanca para cualquier autodeterminación. Todo esto en un país milenario y democrático en el que el único e indivisible sujeto de la soberanía es el pueblo español.

 

Así que, frente Sanz, lo único que ha hecho Zapatero es confirmar su intención de seguir adelante, forzando los límites legales. Ya lo hizo en Cataluña. Con más razón lo hará con ETA, si puede. Navarra, para Zapatero, será lo que le convenga, si se le deja. El sábado echamos en falta en la manifestación a los socialistas navarros, a pesar de que decían compartir el lema; y sobraron, en cambio, miedos y equívocos.

 

Lo que sobró el sábado en Pamplona

 

Sobraron también muchas banderas de Navarra de las que generosamente regalaba el Gobierno, como declaró el dirigente de Juventudes Navarras José Luis Díez Garde, pues "todos preguntan por la española, pero al final cogen la de Navarra". Son las cosas de la libertad: lo que está en riesgo no es el nombre de Navarra, y la bandera regional –una creación más reciente que la ikurriña- aparece ya en todos los actos de ETA y Batasuna. Así que la gente quería, lógicamente, dejar claro que Navarra es España. Cajas de banderas a los almacenes y legitimismos rancios de ida y vuelta al baúl de los recuerdos. No sobraron en cambio banderas nacionales, y eso que había que pagarlas a los amigos del Foro de Ermua y que llevarlas implica cierto coraje personal.

 

Lo que quedará para el futuro

 

Hasta la prensa nacionalista ha reconocido que, además de ser la manifestación más grande de la historia de Navarra, "hay cantera". Es decir, que "los jóvenes predominaban en muchos tramos de la marcha". Jóvenes sin siglas ni organización, españoles de Navarra movilizados "por la libertad, por la verdad, por la identidad de Navarra y por la entereza de España". No por previsible es menos reseñable el hecho, ya que analistas pueblerinos y asesores de imagen horteras debieron de quedar aturdidos por su voz y su estilo en las calles. Navarra no es española ni deja de serlo por lo que diga Zapatero o pretenda ETA; no lo es porque lo diga o deje de decir un pedazo de papel: Navarra existe, es España –los cursis de sacristía llaman a eso esencialismo- y decenas de miles de navarros podrán decir a sus hijos, recordando el 17 de marzo de 2007, "yo estuve allí".

 

Pascual Tamburri

El Semanal Digital, 19 de marzo de 2007

Y ahora, ¿qué?

Y ahora, ¿qué? Hizo muy bien Mariano Rajoy en convocar la manifestación del pasado sábado. El resultado –y no me refiero sólo a los números, como siempre discutidos y controvertidos- le ha dado la razón frente a las voces que se alzaban en el propio Partido Popular y que aconsejaban no arriesgar.

Hizo bien Mariano Rajoy en convocar la manifestación, hará bien en estar en Navarra y hará mejor si plantea una moción de censura.

En el Parlamento no sólo ganan los números, que esos los tiene perdidos, sino otras muchas circunstancias y de una moción de censura, bien planteada y con las características parlamentarias de Rajoy, muy superiores a las de Rodríguez Zapatero, el perdedor sería el actual Presidente del Gobierno.

Otra cosa es que la manifestación del sábado y los actos del domingo, con motivo de la inauguración del monumento a las víctimas del terrorismo en Atocha, dejaran descarnadamente al descubierto la herida que hay entre las tan traídas y llevadas “dos Españas”. Es muy posible que si mañana el Partido Socialista convocara una manifestación de apoyo a la política antiterrorista de Zapatero, la asistencia fuera muy similar a la registrada en la convocada por el líder del Partido Popular.

El problema –el grave problema- es que esas “dos Españas”, por culpa en gran parte del Presidente del Gobierno, están cada vez más separadas en función de las actuaciones de los terroristas y de los asesinos de la ETA. Ese es el gran delito político de José Luis Rodríguez Zapatero.

Esas “dos Españas”, que desgraciadamente han existido casi siempre, estaban separadas por razones ideológicas, económicas, religiosas, culturales y hasta territoriales –latifundios en el sur, minifundios en el norte- e incluso por problemas dinásticos. Pero nunca esas “dos Españas” habían estado separadas, gravemente separadas, por una banda terrorista.

Ese extremo es el que debería hacer recapacitar a nuestros políticos y, fundamentalmente, a los que tienen la responsabilidad de gobernar.

La existencia de partidos bisagra que, con mayor o menor fuerza parlamentaria, tienen la llave del gobierno, forma parte del juego –aunque no sea muy deseable- de la democracia, pero que sea una banda de terroristas quien tenga la llave de La Moncloa es demasiado dramático y, hoy por hoy, son ellos los que pueden decidir quién será el próximo Presidente del Gobierno. Bastará el anuncio de una tregua más o menos definitiva o una ofensiva terrorista en toda regla para dejar fuera de la carrera electoral a uno u otro candidato.

 

Un verdadero despropósito que ha provocado la nefasta política de Rodríguez Zapatero.

 

Félix Gallardo (periodista)

El Confidencial Digital, 16 de marzo de 2007

La pedagogía que el caso De Juana requiere

La pedagogía que el caso De Juana requiere

Desde el primer momento el Gobierno quiso “hacer pedagogía”. El mismo jueves 1 de marzo, cuando De Juana viajaba hacia San Sebastián, Rubalcaba compareció ante los medios para argumentar que la pena atenuada para el etarra era una medida legal y de carácter humanitario. No era –argumentaba el ministro del Interior con un razonamiento que luego retomó el propio Zapatero- una muestra debilidad sino de la firmeza de un Estado de Derecho que defiende la vida.

 

Como el razonamiento “no llegaba” y como crecía la indignación en un buen sector de la opinión pública, al día siguiente De la Vega se empleaba a fondo tras la rueda de prensa del Consejo de Ministros: “Queremos trasladar a los ciudadanos nuestra profunda comprensión por la incertidumbre que genera la decisión y el respeto por las críticas”. ¡¡Pero si la incertidumbre es precisamente la única reacción que el cambio del régimen penitenciario de De Juana no ha provocado!! Tristeza, desolación, deseo de apoyar a Zapatero entre los que quieren reabrir el proceso de negociación con ETA... Todo menos incertidumbre.

 

Después de dos meses de una confusión que viene de largo, incrementada tras el atentado de la T4, una certeza se ha impuesto con una fuerza no muy habitual en la vida pública. Para comprender lo que ha sucedido quizás convenga recordar a Tomás de Aquino cuando explicaba que el deseo es el movimiento afectivo de la sensibilidad hacia un bien ausente. La prisión atenuada para el etarra ha despertado el deseo social porque ha convertido la justicia en ese bien ausente. Lo que hasta ese momento eran discursos más o menos abstractos sobre la conveniencia de construir la paz haciendo concesiones, se materializa de pronto en la cesión ante un etarra con 25 asesinatos a las espaldas, que no se arrepiente y que le ha echado un pulso al Gobierno. Ya no estamos hablando de ideas sino de un hecho concreto: un asesino condenado que sale por su propio pie de la ambulancia que le traslada al País Vasco. Y el hecho, en muchos de los que conservan una elemental exigencia de que “a cada uno se le dé lo suyo”, tumba los discursos y dispara la certeza: “no es esto, no esto”.

 

El Gobierno intuye que ha tocado esa fibra de la que está hecha la resistencia al poder e intenta jugar con dos bazas para recuperar el terreno perdido. Una es el tiempo. Zapatero está convencido de que, antes de concurrir a las urnas, será capaz de arrancarle a ETA algún avance significativo en lo que denomina la paz. Cree estar seguro (a pesar del atentado de la T4) de que los terroristas siempre le preferirán a él antes que al PP. Y la segunda baza es la de la “explicación”. Zapatero está convencido de que al deseo despertado por una justicia ausente puede superponer una “interpretación adecuada”. En un país caliente como España, el Gobierno pretende situar la reacción de la mayor parte de la opinión publica en el plano de las emociones y de los sentimientos, siempre relativos, y confía en que sea dominado por el plano “del conocimiento” (llega a decir en Marruecos que la verdad se acabará sabiendo). Zapatero se sitúa en un plano superior (muy gnóstico todo) en el que la difícil decisión se entiende, se justifica y luego se explica. De ahí la obsesión de Rubalcaba por la didáctica sobre la política penitenciaria.

 

La batalla precisamente está en recuperar el significado positivo de esos sentimientos, que no son una mera reacción pasional de gente sin cultura política, gente que no entiende “cómo funciona la historia”. Esos sentimientos están subrayando que un valor tan importante como la justicia está siendo negado. España no necesita una “pedagogía” que instrumentalice o relativice las emociones suscitadas por De Juana, la “pedagogía” que requiere es la que puede transformar el deseo despertado en un impulso estable y racional para construir una sociedad justa en la que el fin de la violencia no sea fruto de la claudicación. Éste es el empeño que merece la pena; enredarse en el “y tú más” del Gobierno es hacer el juego a una dinámica de acción-reacción que solidifica los bloques y da al traste con el país.

 

Fernando De Haro

Páginas Digital, 7 de marzo de 2007

Dos mentiras de Pepiño: escudo constitucional y moderación socialista

Dos mentiras de Pepiño: escudo constitucional y moderación socialista José Blanco, secretario de Organización del PSOE, es uno de los personajes más útiles de la política española actual. Si no existiese habría que inventarlo, ya que sus aportaciones y exhumaciones son un soplo de aire fresco en medio de tantas tensiones. Gracias, Pepiño.

Gracias, Pepiño, ahora mismo por habernos devuelto la palabra "aguilucho". Zoología aparte, en la política española los últimos "Aguiluchos" fueron los pistoleros de la FAI –socios del PSOE- antes de la Guerra Civil y durante la misma, que se distinguieron precisamente por sus obras benéficas en la retaguardia. Es decir, atracos, torturas y asesinatos en masa.

Pero donde Pepiño está viendo aguiluchos es en las manifestaciones apoyadas por el Partido Popular contra la rendición del Estado de Derecho frente a los abertzales. Pepiño –ustedes le disculparán, pero no pudo terminar sus estudios- quiere referirse al anterior escudo oficial de España, que algunos manifestantes, muy pocos la verdad, exhiben en sus banderas nacionales en esas manifestaciones. Pepiño y su séquito de extrema izquierda llaman a ese escudo –sí, sí, el del aguilucho- preconstitucional, anticonstitucional y si se animan, incluso, antidemocrático. Y ahí, ay, resbala nuestro Pepiño.

Ciertamente el escudo nacional vigente –con variantes- entre 1938 y 1983 es anterior a la Constitución de 1978. Tan anterior como el de los Reyes Católicos –del que procede-, como el de Carlos V –con águila bicéfala e imperial, éste- o como el de los Borbones en el siglo XVIII. Una obviedad, Pepiño, ¿te asustan las cosas antiguas? Pero que sea anterior a nuestra Constitución no quiere decir que sea contrario a la misma; es más, Pepiño, te invito a una cena en tu Casa del Pueblo preferida si encuentras en qué artículo de la Constitución se habla de escudos y de aguiluchos. Verás que no hay ningún escudo en el texto de la Constitución.

Pepiño, qué bola estás intentando meter a tu gente. Porque el único escudo que aparece en la Constitución es el que encabeza el ejemplar que Don Juan Carlos firmó y rubricó tras el referéndum del 6 de diciembre. Y ese escudo –estrictamente, el único escudo constitucional- lleva un aguilucho. Para los que de entre ustedes tengan más inquietudes intelectuales que Pepiño, se trata del águila de san Juan Evangelista, patrono de la casa de Trastámara, símbolo familiar de Isabel y Fernando.

 

Y ése no es ya el escudo de España, sencillamente porque una norma posterior de rango inferior lo sustituyó por el actual. Una ley hecha después de la Constitución, lo cual implica que ambos escudos –el actual y el precedente, sin y con aguilucho- son igualmente democráticos, aunque uno sea sólo una reliquia histórica y otro sea el símbolo actual de la nación.

 

A propósito de símbolos democráticos, Pepiño, repásate el artículo 4 de la Constitución, que sí dice cómo es la bandera de España. Curiosamente, España no tiene un escudo constitucional, pero sí tiene una bandera constitucional. Así que, Pepiño, fíjate bien en las manifestaciones en las que haya banderas preconstitucionales, anticonstitucionales y antidemocráticas, como son la bandera tricolor de la fracasada Segunda República y las de los regímenes genocidas comunistas. Dí a Rubalcaba que disuelva esas manifestaciones de fanáticos nostálgicos, Pepiño, aunque las hayas convocado tú.

 

Ah, Pepiño, se me olvidaba. Felicidades por haber llenado de miedos las mentes de los dirigentes de la derecha española. Mientras que tú te paseas junto a Santiago Carrillo bajo hoces y martillos, el PP y UPN andan preocupándose de tus aguiluchos, que son una especie ya extinta y que no causa ningún bien pero tampoco ningún mal. Has conseguido que hasta mi presidente Miguel Sanz, al convocar la ansiada manifestación navarra del día 17, nos prevenga contra los símbolos antidemocráticos, como si hubiese otros distintos de la ikurriña del racista Arana o de las banderas de la izquierda que tanto os gusta sacar de la naftalina. En fin, Pepiño, para qué seguir hoy: tu mentirijilla heráldica no llegará muy lejos, y la supuesta moderación del PSOE, mientras tanto, debió de perderse junto a los papeles del CESID.

 

Pascual Tamburri

El Semanal Digital, 8 de marzo de 2007

 

¿Es posible defender algo hasta la muerte?

¿Es posible defender algo hasta la muerte? Hay razones, valores y verdades por las que uno es capaz de luchar con todas sus fuerzas, hasta dar la vida si fuera necesario. Por un bien mayor, por un bien común, uno pelearía hasta la extenuación. Los que tienen la responsabilidad de gobernar, también. Con la cercana excarcelación del histórico etarra De Juana Chaos esta evidencia ha dejado de estar clara porque el Gobierno ha reconocido tranquilamente que este hombre les ha puesto entre la espada y la pared. Y, aunque lo no reconocen, saben que han cedido.

Cuenta la leyenda que a finales del siglo XIII el primer alcalde de la ciudad gaditana de Tarifa se negó a entregar las llaves de la ciudad a un ejército de musulmanes que la habían sitiado. Los musulmanes habían secuestrado a su hijo y amenazaban con matarle. Este regidor, desde el castillo de la ciudad, arrojó él mismo el puñal para asesinar a su hijo antes que entregar la ciudad. Desde entonces, el pueblo le llamó Guzmán El Bueno.

El recuerdo de Guzmán, ese hombre bueno, lo tuve presente cuando ETA secuestró a José Antonio Ortega Lara y también cuando lo hizo con Miguel Ángel Blanco. Todos los españoles lloramos por la injusticia cuando ETA asesinó al joven concejal y también todos celebramos victoriosos el triunfo del Estado de Derecho cuando la Guardia Civil liberó al ex funcionario de prisiones.

 

Pero no fueron sólo sentimientos. Con el asesinato y la liberación de ambos, todos aprendimos verdades y valores que nos hicieron más fuertes como pueblo, más conscientes de nuestra fortaleza democrática y, sobre todo, más libres.

 

Ahora el Gobierno de Zapatero intenta justificar la decisión tomada de excarcelar prácticamente al histórico etarra De Juana Chaos asegurando que el Ejecutivo de PP intentó también negociar la liberación tanto de Miguel Ángel Blanco como de Ortega Lara. Nada más lejos de la realidad.

 

Cuando Ortega Lara fue secuestrado en 1996, gobernaba el PSOE, y el entonces ministro del Interior, Juan Alberto Belloch, bendijo contactos con presos de la dirección de ETA. Las conversaciones no prosperaron y, en cuanto el PP llegó al poder, el "duro" de Mayor Oreja ordenó tajantemente cortar todo intento de negociación. Es verdad que hubo en esos años acercamientos de presos de ETA, pero individualizados y nunca con el objetivo de negociar la liberación del funcionario de prisiones. En esos casos había algo de arrepentimiento, ya que la mayoría de estos presos presentaban informes de satisfactoria "evolución en su comportamiento". O también se trataba de reclusos con enfermedades terminales.

 

Cuando ETA chantajeó al Estado con el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco, también hubo contactos y mediaciones internacionales alentadas por históricos dirigentes socialistas. Aznar no movió ni un dedo.

 

Que entonces se acusara al Gobierno popular de "inflexible" e "inhumano", de "duro", y ahora el Ejecutivo de Zapatero pretenda manipular la verdad de los hechos y presentarnos a un Mayor Oreja y a un José María Aznar "sensibles", "receptivos" y "blandos" es faltar a la verdad. Nadie duda de que si ETA se ha encontrado en toda su existencia políticos frente a los que se han estampado todos sus chantajes, pretensiones y aspiraciones, ésos han sido Jaime Mayor Oreja y José María Aznar.

 

El tiempo pondrá a cada gobernante en su sitio. Es verdad que pocos pasan a la historia con el reconocimiento del pueblo como "buenos", como Guzmán, que por cierto fue paisano de Zapatero, ya que nació en León.

 

Raquel Martín

Páginas Digital, 6 de marzo de 2007