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Opinión y análisis

EL CRISTIANISMO Y LA CRISIS DE LOS SESENTA. Retorno a casa

EL CRISTIANISMO Y LA CRISIS DE LOS SESENTA. Retorno a casa El periodista irlandés John Waters

Sucedió en el marco del Encuentromadrid 2007, un evento de presencia católica abierta al debate con todas las experiencias, promovido por el movimiento católico Comunión y Liberación, cuya cuarta edición se desarrollaba en la madrileña Casa de Campo el pasado fin de semana. Entre los participantes se encontraba el periodista irlandés John Waters, afamado articulista del diario Irish Times, de cuyo itinerario personal y análisis cultural cabe extraer numerosas enseñanzas para la situación española.

Waters comenzó describiendo la fisonomía y el papel histórico del catolicismo irlandés, sobre todo a partir de la gran hambruna que desangró al país a mediados del siglo XIX, que provocó la necesidad de que la Iglesia asumiera el gobierno moral de la nación. El catolicismo era un dato que se daba por descontado, algo así como un rasgo genético del ser nacional de Irlanda, luego no era necesario profundizar en una personalización de la fe, tan solo asegurar el predominio social de un conjunto de valores que constituían la trama ético-cultural de la nación. Todo esto produjo un acentuado moralismo, acompañado de una gran laguna en todo lo que se refiere al diálogo crítico con la modernidad. Si a eso unimos un tipo de piedad poco inclinada a la alegría, tenemos el puzzle completo con el que se llega a la década de los sesenta.

 

Cuando las olas de la tormenta revolucionaria del Mayo del 68 llegan a las costas de la "Isla de los santos", el objetivo principal sobre el que buscan descargar sus furias no puede ser otro que la Iglesia; ésta, social e institucionalmente fuerte, parece interponer un dique poderoso a la fuerza de este oleaje, pero a la larga no dispone de los resortes vitales para afrontar el desafío. Waters fue uno de los miles de jóvenes que abandonaron más o menos clamorosamente una barca que consideraban absurda y oxidada, más aún, que sentían como un dogal que impedía la realización de su propio deseo de felicidad. Ante un auditorio repleto y atento, Waters describió el modo fatuo en que tantos se abonaron a las filas de un pensamiento progresista que exaltaba una libertad sin vínculos y que proyectaba la gran utopía de un mundo felizmente liberado de las ataduras de la tradición (léase familia, orden social, religión...) en el que cada uno podría realizar sin trabas su propio proyecto para ser feliz.

 

En su juventud, nuestro protagonista exploró todos los caminos que abría esa mentalidad progresista, frente a la cual la Iglesia sólo parecía enarbolar un discurso moral, incapaz de atravesar la corteza del escepticismo y de movilizar el corazón de aquella generación. Tuvo que ser la dura experiencia del alcohol, del fracaso en la relación amorosa, y de la fragilidad radical de sus amistades, la que le llevase a tocar fondo, y comenzar una lenta y dolorosa apertura a la antigua tradición católica en la que se había formado. Uno de los aspectos más singulares del testimonio de este periodista irlandés, durante años auténtico referente de la mentalidad progresista, fue la denuncia de la censura cultural que dicha mentalidad ejerce, muy especialmente en el campo del periodismo.

 

Cruz celta en Rock of CashelIrlanda ha sufrido un proceso cultural que tiene profundas analogías con el caso español. Una tradición católica profundamente arraigada en la historia, ha sufrido un desgaste terrible en poco tiempo, y las terapias del moralismo y de la mera defensa del patrimonio de los valores cristianos han mostrado su insuficiencia absoluta para responder a una auténtica mutación. Por otra parte, la disolución del tejido moral compartido, unida al fortísimo progreso económico, han abierto un espacio de profunda insatisfacción. Son muchos los que están de vuelta de las falsas promesas del 68, pero son incapaces de retomar el hilo de la tradición católica, porque no la reconocen como una respuesta a sus esperanzas frustradas. En este sentido, Waters advirtió del riesgo de reducir la propuesta católica a una agenda de temas perfectamente previstos y ya clasificados por la mentalidad progresista, tales como la defensa de la familia y la lucha contra el aborto. Con el símil de la estructura de un periódico, Waters decía que de esa manera los católicos son ubicados en una determinada página, privándoles de toda incidencia sobre el problema de fondo.

 

Por supuesto, esos y otros asuntos formarán parte siempre de la misión de la Iglesia, pero incluso para defender eficazmente valores como el matrimonio o la vida del no nacido, es preciso recuperar una razón y una libertad que están profundamente dañadas. La vuelta al hogar de la Iglesia sólo fue posible para John Waters porque encontró una experiencia de fe que abrazaba todo su drama, que tomaba en serio sus preguntas humanas y no se quedaba atascada en la mera enunciación de un discurso y de unos valores. En el Encuentromadrid, este periodista, que sigue siendo uno de los más apreciados del panorama irlandés, manifestó que si sus compatriotas redescubriesen el cristianismo de este modo se produciría una verdadera revolución cultural.

 

A fin de cuentas, el cristianismo (y lo repite hasta quedarse ronco Benedicto XVI) es el gran sí de Dios al hombre: a su razón, a su capacidad de amar, a su deseo de felicidad y de unidad. Sólo una propuesta de la fe que responda al drama de una humanidad rota y frustrada, pero todavía deseosa, puede encontrar eco en quienes han hecho la travesía de John Waters y sus compañeros.

 

José Luis Restán

Libertad Digital, suplemento Iglesia, 26 de abril de 2007

 

Al Andalus es España, y lo demás tierra conquistada

Al Andalus es España, y lo demás tierra conquistada Quién nos iba a decir, atrapados entre ETA y el 11-M, yendo de Herodes a Pilatos, que los protagonistas de la campaña electoral española no iban a ser Zapatero, Rajoy, Otegi y ni siquiera De Juana Chaos: el personaje político del momento es Osama bin Laden.

Existe una religión llamada Islam. Dentro del Islam hay comunidades que creen firmemente que su fe debe defenderse, o difundirse, por la fuerza. Es lo que el Islam hizo en sus primeros siglos de vida, y siempre que ha podido después. Hay musulmanes extremistas que creen que es una grave blasfemia contra la fe revelada que tierras y lugares que en un tiempo fueron de los musulmanes (es decir, se integraron en Dar-al-Islam) hoy estén en manos de los infieles. Esos musulmanes, que no son pocos, creen en la bondad de la guerra santa para rescatar las tierras de la Umma, la comunidad de los creyentes.

Desde el Cantábrico hasta Mindanao y desde Kazán al Golfo de Guinea: no es el producto de la imaginación febril de Bin Laden, sino un diseño político y religioso muy coherente. En el Islam no hay límites entre una cosa y otra, y el proyecto de deshacer la Reconquista y de devolver la frontera del Califato a los Pirineos –tal y como lo proclama Al Qaeda- es una realidad con la que nos tocará convivir. Hay miles de musulmanes dispuestos a morir para que las cosas sean así, y no dar respuesta a ese plan es tanto como aceptarlo.

 

Enemigos de Europa: el relativismo

 

No hay que dramatizar. En peores nos hemos visto, como país. España fue invadida hace trece siglos, enteramente conquistada e integrada en el mundo islámico y su identidad –romana, goda y cristiana- sólo sobrevivió en una rústica e improbable resistencia montaraz. Ocho siglos costó deshacerlo, y no sin cicatrices. La Europa unida alberga hoy a veinte millones de musulmanes, en constante crecimiento. Pero aún no son un poder político, ni una mayoría social.

 

Ahora bien, si el papa Benedicto XVI considera a este respecto que "desafortunadamente, uno debe saber que Europa está caminando por una carretera que le puede llevar a su desaparición" es porque desde un cierto punto de vista las cosas están peor que en 711. Europa está más poblada, más armada y es más rica y prestigiosa que en el primer siglo del Islam, es cierto; pero los europeos de hoy padecen una enfermedad colectiva llamada relativismo.

 

El relativismo se palpa por doquier, en la cola del pan, en la tienda de periódicos, en las oficinas y en los talleres: colectivamente hemos dejado de creer en la idea misma de verdad. El respeto al otro –una conquista europea- se confunde ahora con la negación de que las cosas sean como objetivamente son. Cada día escuchamos nuevas ocurrencias relativistas, desde los ilustrados que creen que Al Andalus –lo que Bin Laden reclama- es sólo Andalucía (como si no hubiese expertos en la materia: para el buen relativista todas las opiniones son igualmente válidas) hasta los nacionalistas que fingen que la amenaza integrista no va con ellos (como si Bin Laden supiese distinguir el Rh de sus víctimas). Si una comunidad de creyentes se enfrenta a una civilización de descreídos –musulmanes contra relativistas- el resultado puede ser muy diferente del de la primera invasión musulmana, donde a una fe se opuso la firme creencia en otra. Gracias a lo cual estamos aquí, y podemos permitirnos el lujo de ser relativistas, cosa que ciertamente es menos habitual en Afganistán, en Irán o en el Sudán.

 

Si alguien quiere saber –objetivamente, sin relativismo alguno- qué futuro nos espera si vence Bin Laden, acaba de reeditarse un librito de don Claudio Sánchez Albornoz, De la Andalucía islámica a la de hoy (Rialp, Madrid, 2007). Leerlo nos ahorrará muchas explicaciones y dudas. Y quien no quiera creérselo puede seguir pensando que "su verdad" es más válida que el resultado de estas investigaciones; es un lujo que terminaría en caso de victoria islamista.

 

Pascual Tamburri

El Semanal Digital, 16 de abril de 2007

Con las encuestas de Pedrojota ¿alguna derecha da miedo a Zapatero?

Con las encuestas de Pedrojota ¿alguna derecha da miedo a Zapatero?

Explicaba hace pocos días en estas páginas Luis Miguez que "la derecha española cuenta con un caudal intelectual no desdeñable, pero que se ha desperdiciado, en parte por el complejo de inferioridad frente a la izquierda, y en parte también por la falta de flexibilidad de algunas de esas líneas de pensamiento a la hora de adaptarse a las nuevas circunstancias". La reflexión no puede ser más oportuna al hilo de las últimas encuestas de intención de voto: ahora mismo el PP de Mariano Rajoy no ganaría unas elecciones generales y no gobernaría España, a pesar de todos los desmanes del zapaterismo desde el 11 de marzo de 2004.

¿Qué rumbo conviene a Rajoy?

Algunos estrategas de la calle Génova han repetido con Rajoy errores que ya sufrió José María Aznar: se ha preferido vencer por los errores del rival y no por los análisis y propuestas propios, y se han abandonado terrenos decisivos para la política moderna, como la comunicación, la cultura y el debate profundo de ideas. Demasiados complejos, y soluciones demasiado timoratas, cerriles o inconexas. Un mal augurio en esta primavera electoral.

 

Lo peor del caso es que, junto al destino del PP y de su líder, está en juego el futuro de la nación; algo más importante que el de un partido, pero ligado hoy al de éste porque no cabe esperar salvación alguna de los demás actores del "proceso". Mucho menos, por supuesto, de actores inexistentes que ni están ni se les espera. Pero hay algo bueno, en cambio: que en el PP, casa común, centrada en la sociedad, de la derecha española, están las semillas de los cambios necesarios. Basta que, en vez de un centroderecha a la vez acobardado y vociferante, ligado sólo al liberalismo como ideología, asuma ser lo que su base ya es y lo que sus referentes en Europa son desde siempre: una derecha social y plural.

 

Un problema de ideas

 

"Las ideas son fundamentales en cualquier acción política. Sin un fuerte vínculo con ellas y sin esquemas interpretativos de la realidad la acción política perdería continuidad y estrategia. Se terminaría así viviendo al día y sin perspectivas". Lo que el ex ministro Gianni Alemanno enunciaba la pasada semana, en tono positivo, sobre la derecha italiana, vale también, aunque como reproche matizado, para la derecha española. "En las ideas hay que distinguir lo que es fundamental, como los valores, de lo ligado a circunstancias históricas o a condiciones más menos particulares y coyunturales". Libertad, persona, religión, familia, tradición, trabajo, Patria: cosas que cambian de forma sin cambiar de esencia. Es una cuestión de sentido común, como ha escrito Marcello de Angelis: la gente normal también entre nosotros es por ejemplo católica sin ser clerical, laica pero no laicista ni antireligiosa.

 

Ya, sentido común en la aplicación política de sus ideas. Tal vez sea lo que falta en la derecha española, como resultado de su historia, que la ha relegado –en palabras de Pierre Chaunu- a la cara habitualmente oculta del planeta. Mientras que la izquierda gobierna y aplica desde el poder sus principios sin complejos, la derecha, cuando llega al poder, tiene la tentación de disculparse por estar allí. Y se limita a "gestionar", de manera eficaz muchas veces, pero sin empuñar el timón del Estado, sin complejos, en la dirección marcada por sus principios. Y eso, después, se paga.

 

¿Quién teme a la derecha feroz?

 

Las malas encuestas para Rajoy llevaron al periódico que dirige Pedro J. Ramírez a recomendar "un estilo más centrista" al PP. Como si el problema fuese sólo de formas o de tonos, y no de coraje e inteligencia en el despliegue de sus propios contenidos. Determinadas estrategias del PP lo han hecho parecer un cordero envuelto en piel de lobo, ya que la renuncia, aplazamiento o mediatización de muchas políticas derivadas de sus principios han ido unidos a formas agresivas. Vamos, que han conseguido quedar como radicales sin ser, a veces, coherentes. Mal negocio, debería decir Pedrojota a Acebes y especialmente a Zaplana .

 

Son las cosas del pensamiento débil: por buenismo se termina aceptando la superioridad de los principios de los progres, y por cálculo electoral miope se renuncia a los principios propios. El riesgo es perder las elecciones y dejarse por el camino partes esenciales del programa profundo del centroderecha español. Y además quedando mal. Precisamente lo contrario –firmeza desde los valores, entereza desde la moderación- está al alcance del PP para convertirse, definitivamente, en una derecha que de verdad asuste a Zapatero. Aún están a tiempo.

 

Pascual Tamburri

El Semanal Digital, 12 de abril de 2007

Aunque cien zapateros hubiera...

Aunque cien zapateros hubiera... Se cumple el próximo lunes el tercer aniversario de la toma de posesión de Zapatero como presidente del Gobierno. Prometía el cargo después de haber anunciado en su discurso de investidura que se abría “un tiempo nuevo en la vida política de España”.

 

Ha sido, sin duda, un tiempo nuevo para todos los españoles y, sin duda, para muchos católicos. Muchos católicos españoles se han movilizado ante la política educativa, familiar y ante la política antiterrorista de un Gobierno que parece empeñado en restringir la libertad de educación y legislar contra las certezas fundamentales que sobre el matrimonio, el derecho a la vida y la forma de conseguir la paz tiene un amplio sector de la población. Las numerosas manifestaciones han sido una expresión de esa movilización.

 

Pero también han conseguido protagonismo y notoriedad entidades de iniciativa social que desde décadas, sobre todo en el terreno educativo, son una alternativa real a las pretensiones estatalistas de los diferentes gobiernos. Muchos padres se han vuelto hacia ellas buscando referencias para asumir una responsabilidad en la vida pública que hasta este momento consideraban innecesaria. Organizaciones de cuadros y de opinión que languidecían o que no se habían desarrollado suficientemente han ganado vitalidad al ofrecer materiales, estudios y argumentos para un sector de la sociedad civil que ha despertado de su individualismo con el deseo de oponerse a Zapatero.

 

Tres años, en fin, que han servido para que algunos católicos, más allá de reaccionar contra las políticas agresivas del Gobierno, hayan caído en la cuenta de que la fe genera una identidad social precisa. Un largo viaje desde el catolicismo mayoritariamente privado del franquismo, desde una mala compresión de las teologías del postconcilio, que favoreció la disolución del cristianismo en compromisos éticos y en todo tipo de mediaciones ideológicas (obrerismo, tercermundismo, marxismo…); un largo viaje desde un dualismo teorizado que sólo velaba por la ortodoxia espiritual y convertía en opinión subjetiva el llamado compromiso temporal. Muchos han pensado que ha llegado el momento de hacer algo.

 

Pero ese viaje aún no ha terminado. Ese “hacer algo” puede dejar el tren en vía muerta si no tiene más estación de llegada que la oposición a Zapatero o la recuperación de ciertos espacios sociales, políticos y mediáticos. La “reconquista” de ciertos ámbitos desde los que defender una concepción verdadera de la persona, de la familia y de la vida social inspirada en la fe. Se trataría de “poner en equivalencia” en los partidos, en los medios y en otras esferas, la realidad sociológica de unos católicos con un peso todavía relevante y no suficientemente incisivo por debilidades y traiciones internas, por complejos, falta de liderazgo y de “claridad doctrinal”.

 

Harían falta para ello instrumentos nítidamente confesionales con una capacidad profesional que les permitiera ser incisivos en los resortes del poder (la palabra poder se puede, de nuevo, usar sin pudor después de décadas de demonización moralista). Es el sueño –no puede utilizarse otra palabra para describirlo- de recuperar cierta hegemonía, una posición que encierra una profunda debilidad. Su debilidad no es que sea irreal sobre la capacidad que tiene el catolicismo español de recuperar ciertas cuotas de poder. Todavía mantiene algunas y podrían incluso ampliarse. Podría haber un Gobierno formado mayoritariamente por católicos, un periódico católico, una patronal católica…

 

La debilidad de este sueño hegemónico y lo que lo condena al fracaso es que no hace las cuentas con la naturaleza de la verdad, pretende encontrar un atajo que rompa el binomio verdad-libertad. Se pueden recuperar espacios y “criar intelectuales” para difundir ideas y valores verdaderos, principios claros, desde una posición menos precaria que la que hasta ahora han tenido los católicos. Pero, aunque así fuera, la vida de la gente-gente transcurriría por otros derroteros.

 

Todos rechazamos lo que se nos quiere imponer y ése es un sano movimiento. La verdad gana espacio no porque se consigan definiciones precisas o porque esas definiciones entren en la agenda de la gente con medios de comunicación potentes sino porque hay quien hace experiencia de ella y la encuentra pertinente al ineludible “oficio de vivir” del que habla Pavese.

 

En este mundo tan dominado por la confusión, tan parecido al mundo bárbaro del siglo V, no hay otro método posible para difundir la fe que el que confía todo a la libertad. No hay otro método que confiar en la capacidad que tiene el corazón -de cualquiera, no sólo de los medios convencidos o de los “alejados”- de reconocer de forma existencial la pertinencia de la verdad. Para eso el cristianismo tiene que ser ante todo experiencia, es decir, educación; es decir, ocasión de comprobar la utilidad humana de la fe. Y se educa en el colegio, se educa en el trabajo, en la familia, se educa a los 8 años y a los 70, cuando se ofrece la ocasión, en todas las circunstancias, de comprobar que el cristianismo sirve para vivir mejor.

 

No es que los católicos españoles no tengan que abrir espacios, derrotar leyes si es posible, ganar elecciones, defender su cultura y valores. El problema es cuando todo eso está en función de una quimera hegemónica. La política, los medios y las obras concebidos como fines en sí mismos para edificar una fortaleza desde la que defenderse, confiando en la eficacia de la confesionalidad institucional. O, por el contrario, todas esas iniciativas siempre en función de una experiencia libre, para facilitar el encuentro con todos, en una dinámica de “confensantes”, de testigos que faciliten el cristianismo como experiencia.

 

En el primer caso, aunque ésta fuera la primera y última legislatura de Zapatero, el naufragio está garantizado. En el segundo caso, aunque cien zapateros hubiera (Dios no lo consienta), el viaje se dirige a buen puerto. ¡Así es la libertad!

 

Fernando de Haro

Páginas Digital, 11 de abril de 2007

Los aliados del PSOE contra PP y PNV: Pernando Barrena y Arnaldo Otegi

Los aliados del PSOE contra PP y PNV: Pernando Barrena y Arnaldo Otegi El etarra Txeroki ordena a sus comandos que apunten a PP y UPN, pero no a PSOE, IU, EA, Aralar, NaBai… o PNV. Aunque los de Imaz están muy incómodos en esta compañía.

"La ultraderecha sabe que está en juego el modelo de transición y el PSOE debe atreverse a romper amarras con el fascismo y la ultraderecha, y para eso sí contará con la izquierda abertzale". Nobles y reveladoras palabras de Pernando Barrena, el benefactor de la Humanidad, que aclaran bastante bien su posición en el mundo. Barrena, miembro de Batasuna y acólito de ETA, quiere ser aliado del PSOE. Pero no de cualquier PSOE, sino precisamente del que preside José Luis Rodríguez Zapatero, y no para cualquier cosa, sino para realizar la transición a un nuevo modelo político.

El precio de Barrena y Otegi en esa alianza está claro y no puede negociarse, porque "la izquierda abertzale tiene muy claro que no va a haber nada por debajo de la territorialidad y la autodeterminación". Eso sí, a cambio de Navarra y de la independencia Batasuna apoyaría la deslegitimación del PP y UPN –relegándolos a la marginalidad, como "ultraderecha", y probablemente a la ilegalidad, como "fascismo"- y permitiría un régimen definitivamente de izquierdas. Una nueva legalidad.

 

Zapatero no está contento con los resultados de la Transición a la democracia, y no lo oculta. Quiere cambios radicales. Como Otegi y Barrena, que no dejan de recordar que "la lucha mantenida por la izquierda abertzale ha provocado la actual crisis del Estado español", es decir que sólo la inestabilidad inducida por ETA hace concebibles los planes de Zapatero. Si los etarras detenidos estos días tenían órdenes de atentar era con expresa exclusión de los futuros aliados, especialmente del PSOE.

 

Ustedes pueden pensar que este escenario descabellado no es más que una pesadilla. Sin embargo España es gobernada desde 2004 por una persona capaz de negar el pan y la sal al partido de la oposición, votado por diez millones de ciudadanos, y de sentarse a negociar en cambio con los enemigos de la nación y del Estado, que tienen las manos manchadas de sangre. Éstos son los hechos.

 

Y es un hecho que el PSOE de Zapatero ha recordado su viejo radicalismo izquierdista, laicista y antinacional. Desde ahí no es difícil la sintonía con la izquierda abertzale, y a partir del 28 de mayo comprobaremos cómo se forman pactos en los municipios vascos y navarros, para empezar. Primeras víctimas políticas, allí donde sea posible, PP y UPN.

 

Primeras, pero no últimas. En el centroderecha nacional el Partido Nacionalista Vasco tiene muy mala prensa, como es lógico, y los dirigentes jelkides hacen periódicas e inevitables manifestaciones de repulsa al PP, de divorcio con España, de anhelo independentista y de protección hacia etarras y batasunos. Ahora bien, ¿están ustedes seguros de que el PNV de Josu Jon Imaz, al fin y al cabo de origen cristiano y burgués, se siente a su gusto en estas compañías? Porque si alguien puede perder mucho, o todo, con una alianza de izquierdas es el partido de Juan José Ibarretxe. Socialistas y batasunos pueden usar al PP como punto de encuentro, pero si alguien va a pagar el banquete de bodas es el PNV.

 

A no ser, claro, que en este país superemos la fase preescolar de la vida política y alguien saque consecuencias de la situación. Sólo la miopía de sus adversarios hace realmente peligrosos a los batasunos.

 

Pascual Tamburri

El Semanal Digital, 5 de abril de 2007

España y su ‘Cambio radical’

España y su ‘Cambio radical’

Parece que el margen de maniobra para la importación de espacios televisivos lastimosos es ya muy reducido, pero siempre queda un penúltimo hueco en lo más socarrado de la parrilla donde se quema al espectador. Los que no dábamos crédito al enterarnos de que en Estados Unidos existía un reality –vocablo invasor e insufrible– dedicado no sólo a mostrar el antes y el después de la apariencia de una persona, sino a seguir puntualmente sus avatares quirúrgicos y anímicos, disponemos ya de un calco aquí las noches de los domingos. El Extreme makeover de la ABC norteamericana es el Cambio radical de Antena 3.

 

El nombre del programa como denotación, y su contenido como metáfora, describen bastante bien lo que está ocurriendo en España desde que la gobierna Rodríguez Zapatero. Cambio radical en su doble sentido, aplicado tanto al alcance como a las maneras, que afecta a todos los órdenes exceptuando acaso el económico: a la política interna y a la exterior, a la política social y a la educativa. Aunque los socialistas de aquel lejano 1982 invocaban el cambio como gran motor de su acción ejecutiva, ha sido a partir de 2004 cuando hemos percibido retrospectivamente hasta qué punto aquellas pretensiones eran moderadas en comparación con las que se han planteado en estos tres últimos años.

 

Y, sin embargo, la radicalidad del cambio zapateril, como la del estético, en el fondo es engañosa. Al fin y al cabo, ambos se limitan a operar modificaciones en la superficie, pero eso no hace que se transforme la sustancia. Una persona con la nariz menos chata, los pómulos realzados y los labios más carnosos gracias al bisturí no va a dejar de tener problemas por haber ganado algo de belleza. De igual modo, España no va a convertirse en una Arcadia feliz por las declaraciones de su optimista presidente ni porque tome determinadas medidas muy discutibles que considera beneficiosas.

 

Tanto hablar de proceso de paz, y los terroristas siguen igual de motivados que siempre, ahora encima con mejores perspectivas de impunidad. Tanto transigir con las aspiraciones de las «nacionalidades históricas», y el ogro nacionalista exige cada vez más carnaza competencial. Tanto buscar para España un lugar alternativo en el mundo, y nos hemos desencajado de cualquier alianza razonable. Tanto imponer igualdades, y aquí nos hallamos discutiendo otra vez acerca de lo justo. Tanto pretender la mejora de la educación, y continúa en aumento el índice de fracaso escolar de nuestros estudiantes... Más que una rinoplastia, lo que necesitamos es una lobotomía

 

Francisco Javier Elena es licenciado en Filología Hispánica y articulista (www.signatura-pendiente.blogspot.com)

 

El Confidencial Digital, 30 de marzo de 2007

Se busca un Zack Snyder (o 300) para detener a Zapatero

Se busca un Zack Snyder (o 300) para detener a Zapatero Vivimos tiempos crispados, en los que nuestra vida en común corre peligro. ETA es sólo un enemigo menor de la nación, pero el sectarismo gubernamental es más dañino que el peor enemigo armado. Sin embargo hay fundadas esperanzas de que surja en el pueblo una respuesta a la descomposición, siempre que no confundamos las formas modernas de la resistencia con una simple indiferencia.

 

La película de Zack Snyder sobre la batalla de las Termópilas es, en mi opinión, el mayor acontecimiento cultural en lo que llevamos de año. Llevar a la pantalla el hecho histórico de aquella batalla, atreverse a hacerlo con el lenguaje visual moderno de Frank Miller y tener éxito es ya algo excepcional. Pero además en el trasfondo hay una implicación actual de la máxima importancia.

 

Uno. Los hechos. En agosto de 480 a.C. un mínimo ejército griego, encabezado por el rey de Esparta Leónidas I y trescientos de sus hoplitas, detuvo en el paso de las Termópilas al inmenso ejército del rey de Persia Jerjes I. Contra toda esperanza resistieron. Rodeados por la traición y abrumados por el número de sus oponentes, sólo los espartanos y algunos de sus aliados resistieron hasta el final. Murieron hasta el último hombre, pero hicieron fracasar la ofensiva asiática. Sin el sacrificio ejemplar de los lacedemonios la historia helénica se habría visto truncada y la cultura europea habría muerto en su cuna. Lo que se decidió en las Termópilas es lo que hemos vivido en los 2500 años posteriores.

 

Dos. Cómo lo contamos. Los hechos ocurrieron así; pero ¿cómo explicarlos a la actual generación y, más aún, cómo hacerlos vivos y operativos? De modo voluntarista podríamos obstinarnos en la pedagogía tradicional, en la memorización de versos hexámetros o en la traducción erudita de Heródoto de Halicarnaso. Ya. Y siempre sería verdad el contenido, qué duda cabe. Pero si se trata de llevar la verdad a la mayoría, y especialmente a la parte más joven de nuestro pueblo, la novela gráfica (cómic) de Miller, y su magnifica versión cinematográfica, exalta y extrema la acción y los personajes. No debemos ver en esto una degradación del mensaje, sino al contrario, una explicación humana de las realidades permanentes de aquella hazaña. Desdeñar las formas vivas con suficiencia intelectual es tanto como condenar a muerte nuestra cultura.

 

Tres. España y Occidente, 2007. Todo lo que fue posible gracias a la derrota heroica de los 300 está hoy en peligro. La jerarquía y disciplina de razón, voluntad y sentimiento. La libertad. La comunidad. La democracia. La supremacía de la verdad objetiva sobre el fanatismo. Todo eso, que es Europa, peligra. Y peligra más en España, donde una conjunción de factores hace que los bárbaros avancen libremente por el corazón del país. Hace falta una resistencia, por una parte ejemplar –es decir, provista de lecciones útiles- y por otro lado eficaz –capaz primero de retrasar y después de debelar el ejército enemigo-.

 

Cuatro. Qué hacer. Podemos huir de la realidad y refugiarnos en el pasado, tanto en lo que efectivamente fue como en cualquier ensoñación falaz. Podemos rebatir los avances de los enemigos de la libertad con formas a nuestro gusto y conveniencia, y podemos hasta autoconvencernos de que es eso lo que hay que hacer. Pero con eso la realidad no cambiará: el proceso de descomposición social y nacional que preside Zapatero será, incluso, ayudado por la ausencia de quienes conocen la naturaleza del problema y recuerdan la esencia de las respuestas dadas en la historia. No basta conocer la verdad: hacen falta un Zack Snyder y un Frank Miller que lo cuenten a los pacíficos hoplitas de hoy, "porque no todo empeora, y ahora toca construir, dejando atrás las ruinas y quienes se aferren a ellas. Toca superar, y no negar evidencias, porque estamos más que sobrados de miedos y de ignorancia".

 

Pascual Tamburri

El Semanal Digital, 30 de marzo de 2007

De la tregua-trampa a la farsa sin tregua

De la tregua-trampa a la farsa sin tregua

Durante los meses previos a la invasión y derrota de 1940, los franceses llamaron «drôle de guerre» (guerra de broma) a los intercambios de disparos con los alemanes en la línea del Rin. Bélgica se declaró neutral, y algunos esperaban pactar un acuerdo con Hitler que les evitara la guerra en serio. Todos sabemos, al menos fuera de La Moncloa, cómo acabó la ilusión. Desde que ganó las elecciones, el zapaterismo mantiene con ETA su «drôle de guerre»: el espejismo de que minimizar el intercambio de disparos permita un pacto. La banda no es la «wehrmacht», pero sus ambiciones de poder e imposición no son menores que las nazis. Para sus fines, valen lo mismo atentados y treguas que guerras de broma, como aquella mascarada del monte Arritxulegi el pasado septiembre. Zapatero dijo entonces que mantenía intactas sus esperanzas. Ahora sabemos que sus esperanzas también son a prueba de bomba.

El sintagma «tregua indefinida sin concesiones» salió malparado del intento de 1998, cuando Jaime Mayor Oreja osó denunciar que el rey estaba desnudo: la tregua era en sí misma una trampa. Hubo muchos abucheos del respetable, deseoso de tranquilidad, pero incluso la banda admitió en sus papeles que el político vasco era de los pocos que habían captado su idea desde el principio. Así que ETA prefirió no arriesgarse y la última entrega del juego de la tregua comenzó con cambio de título: la de hace un año quedó en «alto el fuego indefinido». Algunos análisis inteligentes -naturalmente, desoídos- coincidían en que semejante enunciado no obligaba prácticamente a nada a la banda, refugiada de hecho en esa situación -alto el fuego a la fuerza- desde mediado 2003. La astucia fue convertir la necesidad en virtud.

Antes del alto el fuego

Conviene recordar que el alto el fuego llegaba tras una sucesión de fracasos, terroristas y políticos, causa de gran desánimo y desconcierto en ese mundo. La eficacia policial, la presión judicial y la movilización política y social habían empujado a la banda al borde del abismo de la desaparición, y sin contrapartidas de ninguna clase. Sólo el advenimiento de Zapatero, un adanista convencido de atesorar extraordinarios poderes de resolución a través de un diálogo sin agenda ni finalidad conocida, permitió a los etarras salir del k.o. técnico al que les llevó la ilegalización de Batasuna, que provocó oleadas de indiferencia y satisfacción en la sociedad vasca, y la pavorosa constatación de que las policías españolas y francesas detenían comandos a mayor velocidad de los que podía crearlos.

Así pues, ETA no dejó de matar para dar una oportunidad a la paz, sino porque las cosas nunca le habían ido peor. La conversión de esa impotencia en un gesto político es obra de intérpretes interesados en rematar el Pacto por las Libertades pactando con la banda, integrándola en la legalidad nacionalista y dejando fuera de juego al PP por muchos años, cubriendo de gloria a Zapatero el Pacificador. No es nada casual, sino todo lo contrario, que precisamente estos días, cuando el proceso pende de un hilo, se haya resucitado el perfil de Aznar el Guerrero, incluso posible criminal de guerra. Sin embargo, encolerizar al PP no traerá esa paz tan mentada. El error de partida, profundamente anclado en la ignorancia y la falta de escrúpulos, es olvidar que ETA también combatió a Franco sin tener el menor interés por la democracia, y que ahora pactará lo que le interese sin la menor intención de aceptar las reglas democráticas.

Todo por la paz

Que el alto el fuego permanente no traía nada nuevo lo confirmó un mes después el atentado contra la ferretería de un concejal de UPN de Barañáin. La primera reacción de Rubalcaba fue advertir que la kale-borroka era «incompatible con la paz»; inauguraba un estilo convertido en norma: declaración inicial muy enérgica e inmediatamente corregida por su contraria: lo que importa es la paz y nada más que la paz, fingida por la negación sistemática de los hechos. El Gobierno y sus corifeos han sostenido imperturbables, primero, que las denuncias de kale borroka y extorsión eran falsas o alarmistas, para admitirlas después aunque rogando su olvido en beneficio del logro superior de la paz: ¡un auténtico discurso de obispo vasco!

En Barañáin quedó inaugurado el socorrido recurso al accidente y el incidente aislado que culminó, sin el menor rubor, cuando Rubalcaba calificó de «proyecto de zulo» el casualmente descubierto por la Ertzaintza cerca de Durango, atiborrado de explosivos. A los pocos días, y tras las tranquilizadoras noticias de que las inexistentes conversaciones con ETA iban estupendamente, se produjo el salvaje bombazo de la T-4 donde murieron Estacio y Palate. Rubalcaba declaró muerto el «proceso de paz», pero fue de inmediato corregido por Zapatero y su argumento de que un «accidente», como su nombre indica, no puede invalidar la esencia eterna de un «proceso de paz».

Atentados como accidentes

¿Cómo se llegó al punto de que ni dos asesinatos pudieran desmentir la sedicente voluntad pacificadora de ETA? En mi opinión, fue la consecuencia de la orientación de las negociaciones adoptada por Zapatero. Al romper con la oposición y excluirla del final feliz que ambicionaba monopolizar, se puso en manos de la banda y renunció a la calificación penal de sus tropelías. No era un lapsus: Zapatero decidió que los atentados serían tratados como accidentes porque esta era y es la única manera de mantener las negociaciones aunque hubiera nuevas víctimas, que era lo más probable.

La contratación del Centro Henri Dunant, un «lobby» suizo especializado en ordeñar a gobiernos en apuros, oficializó los contactos que Jesús Eguiguren venía manteniendo con ETA-Batasuna desde 2002 -o desde el día después de la derrota constitucionalista en las autonómicas de 2001-, con la intención de alcanzar acuerdos políticos y rompiendo con el PP como garantía. La «vía Eguiguren» incorporaba al PSE al infame Pacto de Estella, con su variante catalana del Pacto del Tinell (refrendado por ETA con la tregua concedida a Carod), y se convirtió en la única política «antiterrorista» de un gobierno sin mayoría suficiente y dependiente de los nacionalistas. Convertida en árbitro de la política española, la banda estaba en condiciones de ir incrementando la presión hasta conseguir o bien concesiones políticas de peso -sin renunciar a la independencia como único destino posible- o, en el peor de los casos, recuperar las ventajas anteriores al Pacto Antiterrorista, es decir, volver al terrorismo con ventanilla política legal para administrar beneficios y recaudar arbitrios.

Regreso a las instituciones

ETA-Batasuna ha conseguido volver, casi, a recuperar la legalidad. El último y único test pendiente es el regreso legal a las instituciones, donde el fantasmal PCTV le guarda la silla. En un país cuyo «establishment» es en general de escasas y pobres convicciones, tolerar a Batasuna parece un precio barato para comprar la paz. Por eso Otegi y sus sicariosson tratados no solamente como políticos normales, sino mucho mejor. Cualquier migaja de declaración es escrutada como un nuevo fragmento de rollo del Mar Muerto que revelará el misterio de la pacificación. Incluso han sacado del armario momias tan apolilladas como la autonomía vasco-navarra, incluida en la alternativa KAS pero recibida con alborozo como novedad esperanzadora.

Así las cosas, y destruido el Pacto Antiterrorista, el poder judicial es el único dique de contención contra tanto despropósito, a pesar incluso del papel de la fiscalía, convertida en marioneta del proceso. No sólo el procesamiento de Otegi, también el proceso 18/98 y el filtro judicial de las listas electorales proetarras son, ahora mismo, los principales obstáculos alzados contra los planes de la banda. Con todo, Batasuna ha logrado incluso que su viejo azote, un juez Garzón más interesado ahora en la caza mayor internacional y en dirigir el coro del «no a la guerra», sugiera en un auto cómo eludir la Ley de Partidos adoptando la marca sin mácula de Izquierda Abertzale, o así. Cuesta imaginar que desaprovechen la oportunidad. Lo más probable es que, de paso, presenten algún señuelo que el gobierno pueda perseguir, a fin de que dé por cumplida su palabra. Y todos tan contentos.

El dilema final: todo o nada

La noticia del envío de nuevas cartas de extorsión a los empresarios esta semana pasada demostraría a cualquier sujeto racional que la banda no piensa desaparecer, sino reorganizarse para cualquier eventualidad, sin descartar nada. Por eso el futuro político de Zapatero está más unido ahora que hace un año a las acciones de ETA, que siempre son delito. Descartado que el gobierno rompa el «proceso de paz», es ella quien puede elegir si le echa de La Moncloa con nuevos atentados, como el que se presentía si De Juana moría en prisión, o si por el contrario emite algún comunicado anestésico que pueda ser presentado en triunfo.

Comprobado que puede mantener la extorsión y el terrorismo callejero hasta cobrarse una vida, mantener las amenazas y ocupar territorio con un mitin armado, incluso asesinar a dos personas sin que el Gobierno se considere obligado a cambiar de política, ETA puede poner en el papel cualquier cosa sin estar obligada a nada. El alto el fuego permanente es pura y llanamente una farsa. Nada invita a pensar que esto vaya a cambiar.

Zapatero ha jugado a obtenerlo todo o nada: o el desistimiento de ETA a cambio de vaguedades y reforma estatutaria, o el fracaso total del regreso del asesinato como instrumento político. Es el guión intolerable al que estamos sometidos desde 1977, como si la transición democrática siguiera abierta hasta que ETA y su farsa homicida sean cosa del pasado. Cuando ocurra, la banda debería arrastrar consigo a todos lo que este tiempo han jugado a la paz traficando con nosotros. Es de justicia.

 

POR CARLOS MARTÍNEZ GORRIARÁN

ABC, 22 de marzo de 2007