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Opinión y análisis

La ruptura de la tregua dispara el pesimismo de los españoles sobre el final de ETA

La ruptura de la tregua dispara el pesimismo de los españoles sobre el final de ETA Una encuesta para la Fundación de Víctimas, dice que la mayoría ve a la banda «menos fuerte»

La vuelta a las armas de ETA ha disparado el pesimismo de los españoles sobre el final del terrorismo. Seis de cada diez ciudadanos creen que la banda seguirá atentado a corto y medio plazo, cuando esa impresión apenas superaba el 5% hace unos meses, en plena tregua. La última 'Encuesta nacional sobre los españoles ante el terrorismo y sus víctimas', elaborada por el sociólogo Francisco Llera por encargo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo, desvela que la ruptura de la tregua ha supuesto un jarro de agua fría para la mayoría de la sociedad, que ha pasado del escepticismo ante las intenciones de ETA a pensar de manera abrumadora -un 90%- que la izquierda abertzale no tiene ninguna voluntad de aceptar las reglas democráticas y no tiene intención de poner fin a los actos violentos.

El estudio, realizado a partir de 800 encuestas telefónicas durante la segunda quincena de septiembre, señala que el fin del alto el fuego ha provocado que seis de cada diez encuestados considere que la situación ha empeorado, aunque más de la mitad crea que ETA está «menos fuerte» que hace dos años.

 

La opinión pública se muestra de manera mayoritaria crítica con la forma en que el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero ha gestionado el proceso de paz. Dos tercios de la población opinan que el Ejecutivo ha sido «poco o nada» transparente al explicar las «líneas maestras» de su negociación. Una proporción de desconfianza que aumentó hasta el 85% entre los votantes del PP, si bien esa misma idea está extendida entre algo menos de la mitad de los que se declararon simpatizantes del PSOE.

 

Unidad antiterrorista

 

El análisis hace hincapié en la voluntad de la ciudadanía de que socialistas y populares recompongan la unidad. Ocho de cada diez, con independencia de su ideologías, estiman «imprescindible» un «acuerdo» entre las dos fuerzas mayoritarias, pero pocos -el 30%- lo ven posible. La mitad de los españoles considera, no obstante, que no se puede «dar por muerto» el pacto antiterrorista.

 

La encuesta también ha abordado el tratamiento que se le da al colectivo de víctimas. La opinión pública, como en oleadas anteriores, piensa de manera mayoritaria -un 66 por ciento- que la sociedad española se comporta «muy o bastante bien» con los damnificados. No así, la «sociedad vasca». Más de la mitad de las personas preguntadas sostienen que las instituciones y ciudadanos de Euskadi hacen «poco o nada» por las víctimas. En el mismo sentido, son muy críticos con los partidos del Gobierno vasco. El 64 % dice que el PNV les tiene «poco o nada en cuenta».

 

En este sentido, la Iglesia vasca es el colectivo peor valorado respecto al trato que depara a las víctimas. Obtiene una nota media de 3,6 puntos. La presidenta de la Fundación de Víctimas del Terrorismo, Maite Pagazaurtundua, aseguró no sentirse sorprendida por el suspenso. «Las personas más inocentes y desprotegidas de la sociedad, que son las víctimas, no se han sentido amparadas por una institución como la Iglesia vasca, cuya bandera es la moral y la ética», denunció. Pagazaurtundua arremetió sobre todo contra el ex obispo de San Sebastián José María Setién, al que acusó de «identificarse en el fondo» con los planteamientos de ETA.

 

M. SÁIZ-PARDO

El Correo, 14 de noviembre de 2007

11-M, hace falta una tercera vía

11-M, hace falta una tercera vía Ha faltado y sigue faltando realismo. El resumen de la sentencia que el miércoles leyó el juez Javier Gómez Bermúdez en la Casa de Campo y las reacciones posteriores han puesto de relieve que falta lealtad con los hechos. Las dos construcciones dominantes sobre el 11-M no han respetado esa regla mínima que rige cualquier investigación que se precie. En eso consiste el realismo, en dejar que sean los datos los que determinen cómo se indaga y no en seleccionarlos, magnificarlos o silenciarlos en función de si son más o menos favorables a una determinada interpretación. Así es como funcionan las ideologías, no las de los libros, las otras, las de “andar por casa”, que son las más dañinas porque generan el escepticismo doméstico, el más pernicioso. No es casualidad que la sociedad española desde hace tres años y medio esté sometida a una creciente tensión ideológica. Esa tensión transformó rápidamente en ira el dolor y el desconcierto del atentado y, durante los últimos 40 meses, ha alimentado un frentismo en el que ya es difícil entenderse hasta en lo más básico.

 

Las dos construcciones tienen diferente naturaleza. Una, la de la Fiscalía, la que han sostenido el Gobierno y el diario El País, es cerrada: España sufrió el ataque porque Al Qaeda decidió golpear al país que José María Aznar había metido en la Guerra de Iraq. Toda esta interpretación tiene como objetivo poner en sordina cómo ganó Zapatero las elecciones. Parte de una “mentira fundacional” (el resultado de las elecciones habría sido el mismo con o sin atentado), es rígida, no admite cambio y tiene una obsesión paranoica por la propaganda. Prueba de ello es cómo engordó los indicios que hacían de “El Egipcio” el cerebro de la operación. La sentencia ha puesto de manifiesto que las pruebas eran insuficientes para acusar a Rabei Osman, pero había que meter a Al Qaeda por algún sitio. Y ahora tenemos a Rubalcaba forzando el texto del fallo porque no habla directamente de Iraq y sólo asegura que los terroristas eran yihadistas. Como todos los expertos en terrorismo internacional no están diciendo, Al Qaeda no es una organización sino una red. El que los terroristas hayan sido yihadistas no niega, más bien confirma, que Al Qaeda puede estar detrás. Pero, a pesar de todo, hay que conseguir el titular.

 

La otra construcción, la del diario El Mundo, sostenida por algunos miembros del PP, es más “abierta”: subraya el hecho evidente de que el objetivo fue cambiar a un Gobierno (algunos hablan impropiamente de golpe de Estado) y apunta a que se consiguió con una confluencia de tramas: no es descartable la participación de ETA, es posible la implicación de servicios secretos extranjeros, hay pistas falsas que pueden haber sido creadas para implicar con embustes a los “moritos de Lavapiés”, pueden estar implicados miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado... Sus defensores, y eso hay que agradecérselo, han sostenido siempre la necesidad de seguir investigando. Gracias a ellos se han practicado pruebas importantes, como la de los explosivos, y se han mantenido preguntas abiertas. Sus postuladores, mientras estuvieron a los hechos, realizaron una gran aportación pero hubo un momento en el que se dejaron arrastrar por el “vértigo” de las tramas y de la negación de la otra construcción. Supieron señalar, por ejemplo, con eficacia que el asunto de los explosivos estaba en manos de confidentes de la Policía Nacional y de la Guardia Civil que informaron de casi todo. De eso, curiosamente, ahora se habla poco. Pero luego llegó la ideología: engordaron, por ejemplo, por puro interés partidista, los indicios que apuntaban a ETA, querían tapar el error y la persistencia con la que el Gobierno de Aznar señaló a los terroristas de siempre como responsables. Y algunos de ellos, que están muy obsesionados por vender libros, han llegado a hacer afirmaciones delirantes. De la ideología se ha pasado, también en este caso, a la obsesión propagandística. Zaplana ha llegado a pedirle al Gobierno que reconozca que no sufrimos el atentado por la guerra de Iraq, como no dice explícitamente la sentencia... Los que han postulado la tesis de la multitud de tramas no están necesariamente mediatizados por un “embuste fundacional” como lo está el Gobierno y podrían deshacerse de la lógica de la “autojustificación”.

 

¿Acaso reconocer que sufrimos el atentado por la actitud de Aznar en la guerra de Iraq lo hace culpable y exonera a los terroristas? Se puede afirmar todo a la vez sin caer en la trampa de las “coherencias ideológicas”: que nos golpearon por Iraq, que querían cambiar el Gobierno, que lo consiguieron y que Aznar no es por ello culpable de los atentados porque los únicos culpables son los terroristas. Si los que han defendido la segunda  construcción volvieran a ser leales con los hechos, tendríamos esa tercera vía que tanto necesitamos en el 11-M, la del realismo. Lo que es una locura es lo de “pasar página” que reclama algún pepero. Se pude bajar el perfil político, no lanzarse a la cabeza los nuevos indicios, no volver a locuras pasadas, pero por sanidad social necesitamos saber si los condenados y los suicidas de Leganés son los únicos autores, si algunos miembros de la Policía y la Guardia Civil fueron negligentes… y muchas cosas más. En realidad, sabemos demasiado poco.

 

Fernando de Haro

Páginas Digital, 7 de noviembre de 2007

11-M. La verdad judicial y la ‘verdaz’ de Zapatero

11-M. La verdad judicial y la ‘verdaz’ de Zapatero La propaganda socialista ha tratado de presentar el fallo judicial como afín a sus teorías. Saben que son pocos los que leerán los 600 folios de la sentencia y se han apresurado a volver a vender una versión mítica que pueden usar como arma arrojadiza contra la derecha. Pero a la vez que esgrimen su teoría, empiezan a expresar su deseo de “pasar página” y que una espesa cortina de olvido caiga sobre este doloroso episodio de nuestra historia.

 

Los voceros del Gobierno y sus aliados mediáticos se apresuran y se afanan en vender la idea de que la sentencia del juicio por los atentados del 11-M confirma sus tesis y a continuación arremeten con fiereza contra aquéllos a quienes denominan defensores de la teoría de la conspiración.

 

En el saco de la supuesta teoría de la conspiración incluyen lo mismo a quienes ha intentado sembrar dudas con el único fin de desgastar al actual Gobierno y al PSOE, y a quienes han planteado interrogantes muy razonables con un ánimo sincero de ayudar a que la verdad aflorara, porque pensaron y piensan todavía que la verdad es el mejor bálsamo que nos podemos aplicar para seguir caminando como pueblo. Son dos posturas diferentes que no merecen ser tratadas por igual. De hecho, muchos interrogantes han servido para enriquecer el proceso judicial y hacerlo más riguroso y solvente.

 

Pero quienes ya tienen su teoría bien ahormada son, en cambio, los socialistas y sus aliados. Han elaborado una verdad (su verdad), un mito o una teoría que han usado y seguirán usando como arma arrojadiza contra la derecha y que es simple: “El atentado fue organizado por islamistas radicales; la ‘participación’ de España en la guerra de Iraq no fue la única causa de la ira de los terroristas pero sí la principal (“Aumentó el riesgo de sufrir un atentado”, dice textualmente Zapatero); ETA no tuvo nada que ver y el PP trató de engañar a todos desde el primer día hasta hoy”.

 

Evidentemente, para decir eso no hacía falta la sentencia que el pasado día 31 dictó el tribunal. De hecho, la sentencia no se dedica a confirmar estos extremos. Antes al contrario, hace tambalear algunos elementos de este esquema tan simplista, ya que deja a los atentados sin la supuesta conexión con el terrorismo yihadista internacional al no condenar a “El Egipcio” y al no implicar en los hechos a Yusef Belhadj y Hasan El Haski.

 

Ahora, los mismos que enarbolan esa teoría prefabricada (para la que no precisaban de ninguna sentencia judicial) expresan su necesidad de pasar página, de “mirar hacia delante” (Zapatero) y de olvidar esta página negra de nuestra historia. Es escalofriante, en este sentido, el artículo del director de Público, Ignacio Escolar, que ayer publicaba en este rotativo: “Nos podemos conformar con que el 11-M se desdibuje, desaparezca, se desvanezca del debate público. Dentro de unos meses, parecerá que lo hemos soñado. Dentro de unos meses parecerá que nunca sucedió”.

 

Una vez que se acaba de remachar la teoría, el mito, la ‘verdaz’ (con Z de Zapatero); una vez que los politólogos y sociólogos han certificado la defunción del 11-M como argumento electoral eficaz, ha llegado la hora de diluir a los 192 muertos y 1.700 heridos en la nada, en el olvido o, en el mejor de los casos, en un mal sueño. Ya no son útiles estos muertos, ya no es útil es dolor de las víctimas. Ya no es útil, como lo fue los tres días posteriores a los atentados, la ira, la impotencia, la rabia de los ciudadanos. En aquel momento los socialistas pudieron canalizar gran parte de esa indignación hacia su rival político y cambiar el signo de las elecciones. Pero ahora quieren pasar página y mirar hacia adelante.

Aunque si esto ocurre, el mal de los terroristas habrá obtenido tres victorias: la muerte primero; la confusión y la división de los demócratas después; y, por último, el olvido. “Parecerá que nunca sucedió”. ¿Con esto nos conformamos?

 

Ignacio Santa María

Páginas Digital, 5 de noviembre de 2007

11-M: Interesados y obsesionados

11-M: Interesados y obsesionados

Ante la confusión, repetición. Faltan horas para que se haga publica la sentencia del 11-M, sentencia que no aclarará casi nada, porque en esta historia hay dos tipos de personas: los interesados y los obsesionados. 

Si yo fuera familiar de alguna de las víctimas, no estaría contento con nadie. Ante una confusión de este calibre, sólo vale la teoría del catecismo:

1. ¿Fue ETA la autora de la matanza? No, fueron islámicos, independientemente de que todos los grupos terroristas se apoyen porque tienen el objetivo común de provocar terror, y eso se consigue causando el mayor daño posible. La teoría de la Conspiración no es sino el invento de dos periodistas, Pero J. Ramírez y Federico Jiménez Losantos, lo suficientemente soberbios como para creerse sus propias mentiras, si esas mentiras les convierte en centro de atención nacional.

2. ¿La causa del 11-M fue el apoyo -me niego a calificarlo de intervención- de Aznar a George Bush en la injusta guerra de Irak? Sí, pero una cosa es ser causante, otra ser culpable. También la ecuatoriana del tren de Barcelona agredida por un sinvergüenza es la causa -por ser inmigrante- del hecho racista, pero no es la culpable, es la víctima.

3. ¿Mintió el Gobierno Aznar al atribuir el crimen a ETA? No, no mintió, pero confundió sus deseos con la realidad. Obsesionados como estaban con ETA y preocupados por la influencia electoral, decidieron que había sido ETA y que Otegi mentía cuando lo negaba. Otegui es un canalla pero, ¿por qué iba mentir en ese momento?

4. ¿El PP fue traicionado ese día? Sí, especialmente por el director de la inteligencia CNI .entonces CESID-, Jorge Dezcallar, quien miente interesadamente a Acebes señalando a ETA. Y no, no era tonto: los sucesos posteriores y su comparecencia ante la Comisión Parlamentaria del 11-M demuestran su dolo, demostración ratificada por haber sido uno de los escasos altos cargos del PP bien tratado por el Gobierno ZP. 

5. ¿Utilizó el PSOE el múltiple asesinato para ganar las elecciones? Sí, de la forma más descarada, apoyado por Jesús Polanco y sus medos, principales instrumentos hasta el 14-M; una utilización lógica salvo cuando se empleó la mentira (como en los terroristas suicidas de la SER o el golpe de Estado que se inventó Pedro Almodóvar). Prueba: 22 encuestas daban ganador al PP y ninguna al PSOE antes del 11-M. En tres días se producto el vuelco.

6. ¿Fue legal la victoria de ZP tres días después? Sí, fue legal, aunque ha vivido toda una legislatura negando una verdad evidente: Es presidente gracias a 192 cadáveres. Él no es culpable, pero es presidente gracias al atentado. Lo que provocó crispación es su obsesión en negarlo, al igual que la manía del PP por alentar a los de la conspiración.

Ahora bien, otros países han sido víctimas de Ben Laden, de esa nebulosa que es el terrorismo islámico, y que no obedece a la conspiración internacional sino a los esquemas del consenso islámico-oriental contra la civilización occidental, que no es otra osa que la civilización cristiana. Y es que mientras los pueblos norteamericanos (a pesar de la guerra de Iraq), británico o australiano se unieron tras el hachazo terrorista frente al enemigo común, España se dividió, obedeciendo a su cainismo secular. Una lástima, además de una oportunidad perdida, porque si algún líder decide romper con ese cainismo, a lo mejor ganaba las elecciones. No digo que para bien, pero desde luego, las ganaría.  

Por lo demás, no se preocupen: la sentencia del 11-M no aclarará nada.

Eulogio López

Hispanidad, 30 de octubre de 2007

Balance legislatura I. Raíces antropológicas y culturales de la política de Zapatero

Balance legislatura I. Raíces antropológicas y culturales de la política de Zapatero

“No es la verdad la que nos hace libres, sino la libertad la que nos hace verdaderos”. Esta frase resume la orientación cultural de la legislatura Zapatero: la acción política no debe tener una referencia antropológica y moral, no está vinculada a tradiciones filosóficas o espirituales, sino que es la expresión de la autodeterminación total: los deseos individuales se convierten en derechos, y el poder es la garantía de que eso se cumple. Es la política de “extensión de los derechos”, que Zapatero sitúa como la perla de su legislatura.

 

El ser humano y la vida social serían como una página en blanco, son susceptibles de reinventarse por completo en función de un consenso social, que en la práctica es tremendamente moldeable por el poder (político, mediático y cultural). En el fondo es la victoria política de la corriente cultural del 68. Entonces fue derrotada políticamente, pero ha ido ganando palmo a palmo en el terreno de la cultura-mentalidad social. Es sintomática la admiración que el “atrevimiento” de Zapatero suscita en algunos intelectuales emblemáticos del progresismo. Paolo Flores d’Arcais lo demuestra durante su larga entrevista al presidente español en la revista Micromega. Es como si dijera: “tú te has atrevido a llevar a cabo en la realidad lo que nosotros manteníamos como hipótesis intelectual”.

 

Digamos, aunque sólo sea como apunte, que esta base nihilista del proyecto radical de ZP no explica sólo las políticas en materia de familia, bioética, educación y libertad religiosa, sino que está en el fondo de su aventura del pacto con ETA y la nueva configuración de España (la segunda Transición). De hecho, como señala el documento “Orientaciones morales ante la situación actual de España”, de la CEE, la Transición se basó en el ethos cristiano que compartía la inmensa mayoría de la sociedad española a finales de los setenta. Hoy la situación es distinta, y lo que queda de ese ethos sufre un verdadero fuego cruzado. Entre otras cosas, también por eso ZP desea una nueva Transición, basada sobre otra matriz cultural y de valores.

 

Lógicamente, aquellas tradiciones e instituciones que han moldeado nuestra historia común y que todavía hoy tienen un papel vertebrador, generador de comunidad y transmisor de valores, suponen un obstáculo para esa política de tabla rasa. El desprecio, más aún, la hostilidad hacia ese tejido de sociedad civil organizada ha sido una constante de la legislatura, y ello porque el poder se concibe como salvador, como educador y configurador de la sociedad. Así pues, no es difícil de entender que la Iglesia católica y la familia basada en el matrimonio hayan estado en el punto de mira.

 

Zapatero no ha ahorrado referencias a una sociedad marcada por una moral “carca”, atrasada en el desarrollo científico y cultural debido a los prejuicios religiosos y morales que traban todo su desarrollo. Aquí se perfila la idea de modernización que tanto gusta al PSOE, y que acaba de ser repropuesta como bandera para la próxima legislatura: ZP ha pedido cuatro años más para completar la modernización de España.

 

El punto de partida es claro: la España que conocemos es fruto de un complejo proceso histórico que nuestra izquierda no termina de digerir, y por eso pretende modelarla de una vez por todas según sus propios parámetros ideológicos. La política llevada a cabo en materia de familia, investigación biomédica, cultura y libertad de educación no deja lugar a dudas. Es significativo que los fichajes-estrella del Gabinete Zapatero en los últimos tiempos hayan sido los ministros Bermejo y Soria, caracterizados ambos por un fuerte componente anticatólico y una cultura política radical. Y no es difícil presumir que en el horizonte de esa modernización todavía incompleta, el PSOE de Zapatero contemple ya el dossier de la eutanasia (Bernat Soria ya lo ha dejado caer) y una revisión a la baja de los Acuerdos Iglesia-Estado (tal como reclaman los círculos de Peces-Barba, que llevan años calificándolos de “anomalía preconstitucional”).

 

La consolidación de la asignatura de Educación para la Ciudadanía, cuyo afeitado no está dispuesto a aceptar de ningún modo el Gobierno, es parte esencial de esa estrategia “modernizadora”. Se trata de “modelar” al buen ciudadano, que sólo podrá serlo si se alimenta de los valores definidos por un consenso que en última instancia controla y pilota el Estado a través de diversos instrumentos. Como ha dicho en varias ocasiones Peces-Barba, un católico, en cuanto tal, no puede ser un buen ciudadano; o con una formulación más blanda, no puede ser protagonista político.

 

José Luis Restán

Páginas Digital, 25 de octubre de 2007

Y ZP cegó al Partido Socialista de Navarra.

Y ZP cegó al Partido Socialista de Navarra.

Aunque no lo pretendiera; no en vano, algunos socialistas navarros no quisieron –o no pudieron- entenderle.

 

La crisis institucional que sufrió Navarra durante varios meses, después de las últimas elecciones forales y municipales, arrastró un mito: el de la fortaleza de la tradición socialista navarra y, más en concreto, el de la inexpugnabilidad de su españolísimo bastión ribero.

 

Se consideraba, acríticamente, que la Ribera era el gran vivero de votos españolistas y navarristas. Y, en buena medida, así sigue siendo; pero no tanto por los méritos del PSOE, como por el fuerte arraigo allí conseguido por Unión del Pueblo Navarro. Así, la reciente convulsión socialista navarra, que ha impactado especialmente entre su militancia ribera, ha destapado una amplia crisis de identidad colectiva; aunque camuflada en la frustración generada, en un sector de sus dirigentes locales, por la imposibilidad de un acuerdo final con Nafarroa Bai e Izquierda Unida. Ya se sabe: el poder desgasta, pero mucho más el no tenerlo…

 

Con todo, algunos no han logrado comprender qué ha pasado en Navarra. En definitiva, y si el PSOE ha sido capaz de pactar con el Bloque Nacionalista Galego, Esquerra Republicana de Catalunya, el PSM-Entesa Nacionalista, etc., ¿por qué no podía suceder algo análogo en Navarra?

 

Un tripartito a la navarra entraba perfectamente en la lógica, desarrollada por el PSOE de José Luis Rodríguez Zapatero, tendente a aislamiento del Partido Popular y a unos acuerdos con las fuerzas nacionalistas que posibilitaran un nuevo marco territorial y, acaso, constitucional.

 

Pero, finalmente, Ferraz impidió esa posibilidad. Y algunos socialistas no lo entendieron; lo que no deja de ser sorprendente, pues la inmensa mayoría de los ciudadanos sí ha entendido las razones de esa decisión.

 

Entonces, ¿qué había sucedido para que Navarra fuera la excepción de ese creciente escenario de “gobiernos de progreso”?

 

Ante todo, una constatación: ETA había roto “oficialmente” la tregua, ya finiquitada de hecho con el atentado contra la T4 de Barajas. En este contexto, un pacto en Navarra con una fuerza nítidamente nacionalista y anexionista, como es Nafarroa Bai, podía acarrear al PSOE un serio coste electoral a nivel nacional; un riesgo que ZP y sus asesores no estaban dispuestos a correr. Además, con ello se le quitaba un buen argumento a Mariano Rajoy: Navarra no se vende; ni se ha entregado; ni existe proceso que la amenace. Y todo ello, confirmado el día 17 de octubre por nuestro presidente Miguel Sanz después de su entrevista con ZP. Bueno, si lo dice Miguel… De modo que la razón última de la frustración de tan deseado tripartito fue, ante todo, de naturaleza táctica, y no estratégica.

 

Pero, aunque sus plausibles aliados hayan quedado descolocados por la rectificación socialista, afeándoles su comportamiento –eso sí- con toda una batería de alegatos políticos y personales, no descartan en absoluto que tal posibilidad vuelva a plantearse: después de las elecciones generales; o algún año más tarde. No en vano, sin el PSOE no podrán acceder al Gobierno de Navarra, aunque le hayan desbordado electoralmente, por lo menos a medio plazo.

 

Por su parte, El PSOE, de la pluma de ciertos dirigentes navarros, viene repitiendo algunas ideas-clave explicativas de sus discutidas maniobras y, en cierto modo, orientadoras de su línea futura. Así, Román Felones afirmaba recientemente en Diario de Navarra que el PSOE “es el partido de las personas”; equidistante del “navarrismo conservador” y del “nacionalismo identitario”. Sorprendente. La primera afirmación es totalmente ajena a la tradición socialista. Para el socialismo, la clase, la colectividad social, está por encima de la persona; un concepto cristiano. Ya nos explicarán, en consecuencia, qué tipo de persona contempla cuando su primera iniciativa en el Parlamento Foral ha sido la exigencia al Gobierno de la libre práctica de abortos en la sanidad pública navarra. Un partido que dice defender a la persona… la niega de raíz.

 

Más sentido tiene la segunda parte de su afirmación: ese marcar distancias con el “navarrismo conservador” y con el “nacionalismo identitario”. Efectivamente, el socialismo es contradictorio con toda forma de nacionalismo y de particularismo regionalista en los que siempre ha visto intereses burgueses orientados hacia el fascismo. “La única patria, la humanidad”, ¿recuerdan? Pero, dado el espacio central que el PSN-PSOE ha alcanzado desde una perspectiva matemática y política -aunque más por ambigüedad que como resultado de una propuesta sólida- bien puede tender puentes hacia uno o hacia otro. Es la novia deseada; aunque sólo sea por interés. Tiene una buena dote.

 

Así, el PSN-PSOE asegura seguir apostando por la identidad foral de Navarra y por su autonomía; excluyendo su integración en la Comunidad Autónoma Vasca. Su apuesta política, entonces, es por un “navarrismo” progresista, por calificarlo de algún modo; si bien el término no les gusta nada. No deja de sorprender cómo se ha alejado progresivamente de ciertos términos, como este “navarrismo”, pero también de “españolismo” e, incluso, de “constitucionalismo”. Acaso se deba a su debilidad doctrinal y a la pérdida de algunas de sus señas de identidad; vapuleadas también con este salto al vacío impulsado por José Luis Rodríguez Zapatero con el que parece dejar de lado a la España que conocemos en aras de nuevos, ignotos y utópicos paraísos.

 

Si la tradición socialista navarra hubiera sido tan fuerte, como se venía afirmando, habría podido contener esos nuevos aires evitando unas ambigüedades que tan caras les han resultado. No. Los socialistas navarros no entendían a ZP y sus asesores; quienes consideran que la España de las Autonomías es un marco superado, de modo que el nuevo interlocutor privilegiado jamás podrá ser un Partido Popular, “anclado en el pasado”, y que encarna todo lo que quiere derruir, sino los partidos nacionalistas periféricos que vienen elaborando e imponiendo nuevos conceptos y nuevas tendencias culturales, sociales y políticas.

 

Con el nacionalismo identitario tampoco parece que lo tengan fácil. El socialismo siempre se ha considerado incompatible con los nacionalismos merced a sus análisis más o menos marxistas. Pero, sorpresa, sorpresa, se han topado de golpe con la coalición Nafarroa Bai (dominada por los post-marxistas-leninistas-nacionalistas de Aralar): todo un poderoso rival que le está dando la batalla en su propio terreno. Nacionalistas, sí, pero PROGRESISTAS. La cuadratura izquierdista del círculo… Además, estos izquierdistas de nuevo cuño, los Zabaleta, etc., traen consigo toda una artillería dialéctica y cultural; una producción teórica que alimenta diversas organizaciones sectoriales que ya quisieran para sí unos aburguesados socialistas navarros más preocupados por “pisar moqueta” que por la reelaboración de su desdibujada y desvitalizada identidad.

 

Retomemos el interrogante anterior. Hoy día, el PSN-PSOE, ¿cómo se va a concebir como navarrista? Es un término que bien podría albergar a todos los que defienden la autonomía de la Navarra española; de derechas o de izquierdas, conservadores o progresistas. Pero, al igual que los de “españolista” y “constitucionalista”, viene sufriendo una tremenda erosión desde varios frentes: el del nacionalista vasquista y toda su legión de intelectuales orgánicos y plastas activistas callejeros; el de los cultivados cosmopolitas que desprecian lo propio por provinciano; el de los napartarras más o menos conscientes, destructivos en su contradicciones e impulsos. En resumen: lo progresista, “lo que se lleva”, es alejarse de toda manifestación “navarrista”; a lo que ha contribuido, con unas maneras más bien torpes, una derecha que nominalmente ha intentado apropiárselo para su empleo como baza electoral.

 

No lo tienen fácil lo socialistas navarros. Y buena prueba de ello es la entrevista concedida por Carlos Chivite Cornago, secretario general del PSN-PSOE y senador, a Diario de Navarra el pasado 14 de octubre. En ella encajó como pudo las preguntas directas de Beatriz Arnedo, su entrevistadora. Pero, o bien le fallaba la memoria, o no quería acordarse, o contaba lo que le convenía, o trasladaba al terreno de la incierta interpretación los reproches de sus posibles aliados y sus idas y venidas en aquella negociación que casi nos vuelve locos a todos.

 

Una entrevista que aburría; pero, además, sus excusas y lagunas mentales no aportaron nada al necesario debate que el futuro de Navarra tiene pendiente. Dos páginas, nada menos, de cuestiones tácticas y, apenas, ninguna estratégica. Como dirían nuestros paisanos: “mucha politiquería y poca política”. Aunque, al menos, una buena noticia: “Juan José Lizarbe ya es pasado en este partido”. Algo es algo.

 

Les deseamos suerte. La necesitan; y también los demás navarros. Si, en buena lógica zapateresca, el marco territorial actual se les ha quedado pequeño, ¿hacia dónde se encaminarán? Si ya no se identifican con el “navarrismo”, progresista, conservador, o sin adjetivos, ¿se dirigirán irremediablemente hacia la Euskal Herria post-española, al igual que sus correligionarios se han adscrito a la Catalunya excluyente?

 

Sería ilógico. Mas ahí están las claves de un debate al que no debemos temer; pero sí la debilidad doctrinal y la pérdida de referencias. Cuando dos proyectos políticos antagónicos compiten implacablemente, por la conquista del futuro, desde planteamientos territoriales e identitarios muy concretos, no caben ambigüedades; ni salirse por la tangente con eso de “el partido de las personas”. Y si el PSN-PSOE pretende una “tercera vía”, que nos explique en qué consiste: ¿acaso en un órgano común permanente?, ¿una eurorregión?, ¿...?

 

El PSN-PSOE, a pesar de todo, cuenta con unas decenas de miles de votos muy fieles. Y eso puede ser muy bueno. Le permitirá tocar suelo y, con ello, tal vez evitar una debacle que únicamente traería tensiones e incertidumbres a Navarra. Pero, en todo caso, sería deseable que redescubriera sus raíces y las razones de su propia historia: más cultura política, por favor. Y no agacharse ante cada visión de ZP.

 

 

Fernando José Vaquero Oroquieta

Diario Liberal, 19 de octubre de 2007


Por un puñado de lentejas

Por un puñado de lentejas

Quien hace unos meses se presentaba a sí mismo como el Cid Campeador, en estos momentos no es más que un visitador monclovita entusiasta y deslenguado. La misma persona que iba a plantar cara al nacional-socialismo vasco se despacha en una conferencia de prensa con esta desfachatez del domesticado orgulloso:

 

“Negó haber dicho alguna vez que Zapatero entregó Navarra a ETA durante el proceso de negociación: "yo dije que Navarra estaba inmersa en el llamado proceso de negociación (...) pero nunca hablé de entregar Navarra".”

 

Y el mismo día en que el comunista Bermejo gritaba en el Congreso que "se volverán a dar condiciones para que la resolución de esta Cámara vuelva a tener vigencia. Esa resolución que dijo que la política puede y debe contribuir al fin de la violencia", el todavía presidente de Navarra, Miguel Sanz, insultaba a la inteligencia de los navarros y resto de españoles que una vez confiaron en él:

 

"En estos momentos no existe proceso de negociación con el que yo me mostré muy crítico, y como no existe ahora no tengo motivos para criticar algo que no existe."

 

Si la política hace extraños compañeros de cama, un puñado de lentejas obra milagros:

 

“La Comunidad Foral de Navarra no seguirá adelante con su recurso ante el Tribunal Constitucional contra el desarrollo de la ley de dependencia, tras llegar a un acuerdo con el Gobierno español que responde a sus reivindicaciones de reconocimiento de la especificidad foral.”

 

Ahora sólo queda esperar que, si Rodríguez reedita desgobierno, lo primero que haga sea poner en marcha una moción de censura en Navarra para echar a patadas a Sanz, al tiempo que vuelve a declarar a Otegui hombre de paz y a Batasuna interlocutor válido. Eso hará que Sanz y todos los comedores agradecidos de lentejas se traguen sus palabras o, quién sabe, quizá incluso se unan al coro sin el menor reparo. En cualquier caso, el PP deberá tomar buena nota y elegir compañeros de viaje de los que temer una traición por algo más que un puñado de lentejas.

 

Joan Valls

http://www.debate21.com/, 18 de octubre de 2007

 

 

 

 

 

España, nación de ciudadanos libres e iguales

España, nación de ciudadanos libres e iguales

Los españoles volvemos a estar inquietos por el futuro de nuestra nación. Parece como si España padeciera un siniestro maleficio y estuviéramos condenados a replantearnos una y otra vez lo que fuimos, lo que somos y lo que queremos ser. Presumimos, y con razón, de ser uno de los países más prósperos del mundo. Hemos alcanzado cotas de bienestar inimaginables hace unas décadas. Somos la octava potencia industrial, al menos según las estadísticas. Disfrutamos de un régimen de libertades fruto de la voluntad de concordia y entendimiento de nuestro pueblo. Llevamos 30 años de democracia ejemplar. Y, sin embargo, los gérmenes de la disgregación y el desencuentro han anidado entre nosotros. ¿Qué nos ocurre?

Somos la nación más antigua de Europa. Pronto se cumplirán 500 años de vida en común. En todo este tiempo ha habido momentos de gloria de los que podemos sentirnos orgullosos. Pero cuando nuestra estrella declinó en el concierto europeo, nos aislamos del mundo exterior y vino un largo periodo de discordia interior. La memoria histórica nos recuerda terribles episodios de enfrentamiento civil. Entre 1808 y 1936 fueron demasiadas las veces en que los españoles tratamos de resolver nuestras contiendas políticas a garrotazos.

Todo ese triste pasado creíamos haberlo enterrado en 1978. El Rey Juan Carlos, a la cabeza del pueblo español, y la nueva clase política de la democracia demostraron que se había aprendido de los errores del pasado. Hubo acuerdo en la forma de gobierno -la Monarquía parlamentaria-, en los símbolos nacionales -la bandera-, en la plena subordinación del Ejército al poder civil, en la separación de la Iglesia y el Estado, en la garantía de los derechos y libertades fundamentales -entre ellos, la libertad de enseñanza-, en la economía social de mercado y, por último, en la sustitución del viejo centralismo por un Estado autonómico compatible con la igualdad básica de todos los españoles. Recuperamos así la confianza en nosotros mismos y en la capacidad de nuestra nación para transformarse en una sociedad moderna y avanzada. Poco a poco, nuestro prestigio creció en un mundo cada vez más globalizado e interdependiente, y después de ingresar con fuerza y determinación en la Europa unida salimos del rincón de la Historia.

La unidad de España, lejos de toda imposición, se convirtió en el fundamento del orden constitucional democrático. Todo el edificio institucional del nuevo régimen democrático, comenzando por la Monarquía parlamentaria, se asienta en ella. La unidad nacional ha sido la clave de la estabilidad política y del progreso económico, social y cultural de la nación española en las últimas décadas.

Sólo un grupo de españoles, herederos de lo peor de nuestro pasado, siguió enfrentado a la voluntad popular y a los anhelos de libertad. Cuanto más avanzaba la democracia, más nos golpeaba el terrorismo criminal de los últimos totalitarios de nuestro país. Después de 30 años asistimos todavía a los últimos coletazos de quienes se creen legitimados para matar en nombre de una nación que sólo existe en su imaginación calenturienta y enloquecida.

No contábamos, sin embargo, con que ciertos nacionalismos iban a aprovecharse de una ley electoral, llena de buena voluntad pero manifiestamente injusta, para condicionar la vida política española. Digo injusta porque no tiene sentido que en el Congreso haya formaciones políticas nacionales con casi un millón y medio de votos que sólo cuente con un minúsculo grupo parlamentario mientras partidos nacionalistas, numéricamente insignificantes en el conjunto nacional, constituyen poderosos grupos parlamentarios, lo que les ha permitido imponer su voluntad al gobierno de turno si no está sustentado por una mayoría absoluta difícil de alcanzar.

No contábamos tampoco con que ciertos gobiernos nacionalistas acabaran haciendo uso y abuso de sus profundas competencias autonómicas para imponer su peculiar visión de la Historia y, so pretexto de promover las lenguas vernáculas, hayan implantado auténticas barreras lingüísticas que amenazan con convertirse en fronteras políticas capaces de hacer saltar por los aires el fundamento mismo de la Constitución.

Resulta paradójico que el lehendakari Ibarretxe presuma ante el Parlamento vasco de que la renta per cápita del País Vasco supera en un 28% a la media europea y de que los niveles de calidad de vida alcanzados son los más elevados de toda su Historia, para, a renglón seguido, plantear un nuevo desafío al Estado con el anuncio de la convocatoria de un ilegal referéndum secesionista. Y no menos esperpéntico es que el presidente vasco proclame que la única Constitución de su «país» son los imaginarios «derechos históricos» de un País Vasco que nació políticamente a la Historia en virtud del Estatuto de Guernica, anclado en la Constitución española de 1978, gracias a la cual el pueblo vasco ha podido llegar hasta donde está.

En Cataluña, a la que muchos envidiábamos en otro tiempo por ser el lugar más europeísta y abierto de España, brotan grupúsculos, cada vez más agresivos y radicales, fruto del adoctrinamiento nacionalista, que para demostrar su odio a España queman retratos del Rey. Olvidan que bajo su reinado democrático y constitucional los catalanes han protagonizado la verdadera renaixença de sus instituciones de autogobierno. Es una lástima que el seny catalán haya hecho mutis por el foro. Mirar hacia otro lado, como lo hace buena parte de la clase política catalana, no sirve para resolver los problemas, sino para agravarlos.

Conviene recordar que en las Cortes constituyentes, y en nombre del nacionalismo catalán, Jordi Pujol defendió la Constitución por haber alumbrado un Estado fuerte y eficaz, compatible con la autonomía política de Cataluña. Y acabó diciendo que España no podía permitirse un nuevo fracaso colectivo.

Con ocasión de la celebración de la Fiesta Nacional del 12 de octubre, la propaganda gubernamental está empeñada en hacer creer a la opinión pública que el mensaje de «España se rompe» es un engaño a los españoles lanzado por espurios motivos electorales. Olvida el presidente Zapatero que el nacionalismo secesionista pone en marcha un proceso a medio o largo plazo avanzando siempre hacia la puerta de salida a nada que se lo permita la ingenuidad o la debilidad de los gobiernos de «Madrid».

En este último sentido, lo ocurrido en esta legislatura no puede ser más negativo. Se ha despojado al Estado de competencias vitales para mantener la cohesión nacional y la igualdad básica de los españoles. Se han introducido elementos soberanistas en el Estatuto catalán y se tiene a Cataluña por nación. Se ha negociado con ETA y se ha transmitido la idea de que esa ensoñación llamada Euskal Herria podría ser reconocida como nación, aunque en el último minuto y por razones electoralistas se hubiera puesto freno y marcha atrás. Se ha llegado al asombroso extremo de proclamar ante el Parlamento europeo que el «final dialogado» es la única forma de resolver el «conflicto vasco». Todo eso han sido cargas de profundidad que el buenismo del presidente intenta ahora desactivar al menos hasta después de las próximas elecciones, excepción hecha de la desdichada recuperación de la memoria histórica con orejeras de izquierda.

Aún estamos a tiempo de evitar un nuevo fracaso colectivo. España debe ser ajena a la dialéctica izquierda-derecha. Si el presidente Zapatero fuera sincero, debería convocar al líder de la oposición para reivindicar juntos el espíritu de la Transición y asumir la defensa de la unidad nacional, de la Monarquía de todos, de los símbolos de la nación; en suma, de la Constitución. No estaría de más una gran convención constitucional para reforzar los factores de cohesión y garantizar que somos una gran nación de ciudadanos libres e iguales.

 

Jaime Ignacio del Burgo es diputado de UPN en el Congreso.

EL MUNDO, TRIBUNA LIBRE, 12 OCTUBRE DE 2007