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Foro El Salvador

Vieja y nueva política

Sarkozy asegura que el cristianismo es “determinante” dentro de la identidad nacional

Sarkozy asegura que el cristianismo es “determinante” dentro de la identidad nacional Nicolas Sarkozy, candidato del UPM para las elecciones presidenciales en Francia, ha asegurado que el cristianismo es una pieza “determinante” dentro de la identidad nacional.

A pocos días de las elecciones presidenciales en Francia, el candidato del UPM, Nicolas Sarkozy, ha concedido una entrevista al semanario francés “Familia Cristiana”, donde ha recalcado el papel “determinante” del cristianismo en la llamada identidad nacional.

“El cristianismo ha visto nacer a nuestra nación” aseguró Sarkozy, que al mismo tiempo recordó el “inmenso legado patrimonial de valores morales, intelectuales y espirituales” que ha dejado nuestra religión. Asimismo, señaló la acción cultural que con los siglos ha cubierto Francia con “Iglesias, catedrales y monumentos”.

Sarkozy también señaló la importancia de las religiones, especialmente la católica, en los debates sociales, en los cuales “han de participar” ya que aportan “una dimensión moral y metafísica a todo lo que nos cuestionamos”.

 

En relación a la inmigración que ha vivido siempre Francia, el candidato del UMP, quiso remarcar “el fuerte papel de la Iglesia católica, recordado la necesidad de una apertura y recibimiento basado en la protección” de todos aquellos que llegan del extranjero.

 

Análisis Digital, 19 de abril de 2007

San Gil abandona temporalmente la política para recuperarse de un cáncer de mama

San Gil abandona temporalmente la política para recuperarse de un cáncer de mama La presidenta del PP vasco ha anunciado que abandona la política por razones de salud. En una rueda de prensa, María San Gil ha anunciado que su decisión, que adopta de forma temporal, se debe a que padece un cáncer de mama que le ha obligado a ser intervenida quirúrgicamente. La líder de los populares vascos ha preferido contar "con absoluta normalidad" una situación que padecen "miles de mujeres" y para el que cuenta con un pronóstico de "curación segura". San Gil ha adoptado esta medida a poco más de un mes de las municipales, lo que obligará a los populares vascos a prescindir de su presencia en los actos de campaña.

En rueda de prensa en San Sebastián y arropada por el portavoz del PP vasco, Carmelo Barrio, y la presidenta del PP en Guipúzcoa, María José Usandizaga, María San Gil ha anunciado que su decisión se debe a que padece un carcinoma en una mama. Con su habitual tono vitalista y sin mostrar ningún signo de abatimiento, recordó que lleva un mes sin comparecer ante los periodistas lo que no es habitual si se tiene en cuenta la actividad pública "bastante frenética" que suele tener.

 

Explicó que el motivo de su alejamiento no es precisamente la ausencia de noticias relevantes en el "panorama político" sino la necesidad de someterse a una intervención quirúrgica de la que se ha recuperado y se encuentra "estupendamente", aunque el proceso "no ha terminado".

 

San Gil explicó que no estará presente en la próxima precampaña y campaña por este motivo, aunque espera volver a incorporarse en los próximos meses a la actividad política. El anuncio se debe a que no desea que este asunto de su vida personal dé pie a "rumores y especulaciones" porque en los "próximos tiempos" no tendrá la presencia pública habitual.

 

Espera volver con "más fuerza todavía"

La presidenta del PP vasco manifestó que ha preferido contar "con absoluta naturalidad" una situación que padecen "miles de mujeres" y explicó que cuenta con "un magnífico pronóstico de curación segura". Los médicos le han asegurado que en este tipo de casos el porcentaje de curación es del cien por cien. "Contar la verdad", ha dicho, es siempre "el mejor camino" para acabar con los rumores.

Según San Gil, se está recuperando "magníficamente" de la operación y comentó que el tratamiento se prolongará durante los próximos meses, tras los cuales espera regresar a la actividad pública con la "misma o más fuerza" todavía. Tras lanzar un mensaje a favor de la prevención y "agradecer de corazón" el cariño y profesionalidad del personal del Instituto Oncológico de San Sebastián, concluyó la comparecencia con la promesa de reincorporarse pronto a la política con "más fuerza". "Estoy segura de que prontísimo nos volveremos a ver", concluyó.

 

Libertad Digital, 18 de abril de 2007

CiU acusa al Gobierno de Zapatero de "querer expulsar el hecho religioso de la sociedad"

CiU acusa al Gobierno de Zapatero de "querer expulsar el hecho religioso de la sociedad"

El secretario general de CiU, Josep Antoni Duran Lleida, ha denunciado este lunes la actitud por parte del Gobierno central, mucho más acentuada en el caso del Ejecutivo catalán, de "querer expulsar el hecho religioso de la sociedad". El líder socialcristiano ha criticado el "exceso de laicización" de un Ejecutivo en un país en el que la primera vez que se ha discutido sobre los límites de la libertad de expresión en temas religiosos haya sido por las caricaturas de Mahoma en un periódico danés y no cuando se han producido mofas acerca de la religión católica.

L D (EFE) El secretario general de CiU, Josep Antoni Duran Lleida, criticó el "exceso de laicización" del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero que conduce, a su juicio, a una sociedad secularizada y a un abandono de los valores cristianos y explicó que esta voluntad de "expulsar el hecho religioso" no se produce necesariamente a través de medidas gubernamentales, sino que se trata de "actitudes".

 

En este sentido Duran lamentó que la primera vez que se ha discutido en España acerca de los límites de la libertad de expresión sobre temas religiosos haya sido a raíz de las caricaturas sobre Mahoma en un periódico danés y no se haya abierto el debate cuando se han producido mofas acerca de la religión católica.

 

A favor de la familia

 

Además, Duran reclamó más políticas en España para incrementar la demografía y a favor de las familias, y lamentó que todo el debate se centre alrededor del terrorismo, que debería ser un tema común de todos los partidos.

 

Por otra parte, en declaraciones a Punto Radio, Duran se refirió a las próximas elecciones municipales, en las que confía que CiU podrá ganar alguna alcaldía de una ciudad grande catalana, y auguró el crecimiento generalizado de la federación en las ciudades de más de 50.000 habitantes.

 

En el ámbito español Duran cree que no se producirán grandes variaciones y, en cualquier caso, el único cambio podría ser que los socialistas perdieran alguna comunidad autónoma.

 

Libertad Digital, 16 de abril de 2007

Un plan inconfesable

Un plan inconfesable


Los peores augurios se van confirmando y, a tan sólo una semana de que concluya el plazo para presentar candidaturas a las elecciones del 27-M, vemos cómo a Batasuna se le abre la puerta para presentar listas bajo su control con la complacencia del Gobierno. El Ejecutivo de Zapatero sigue cediendo a las presiones de ETA ¿por qué razón?

Tan sólo 48 horas después de que saltara la noticia de la presentación en Navarra y en el País Vasco de una candidatura con el nombre de Acción Nacionalista Vasca, la vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, se apresuraba a conceder un importante aval a esta misteriosa formación al manifestar, en la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros, que cumplía “todos los requisitos legales” y que había manifestado “explícitamente su rechazo a la violencia”.

Acción Nacionalista Vasca (ANV) nació como partido el 30 de noviembre de 1930, con la firma del llamado Manifiesto de San Andrés por parte de un grupo de militantes desencantados del PNV, que percibían la necesidad de crear un partido nacionalista que se acercara al ideario de izquierdas y republicano. Ya en aquel momento, los firmantes se declaraban favorables a la autodeterminación y a la unificación de los territorios vascos y Navarra, mientras rechazaban de plano la impronta católica que impregnaba el nacionalismo imperante. Después de la guerra civil y del franquismo, la ANV vuelve a registrarse como partido en 1977 pero, tras obtener unos pésimos resultados electorales y con el abandono de líderes históricos como Valentín Solagaistúa al inicio de la década de los 80, la formación pierde su independencia y acaba diluida por completo en Herri Batasuna. Desde entonces, jamás ha condenado un atentado de ETA.

 

Los abertzales siempre han considerado a los ekintzales (militantes de la ANV) sus antepasados políticos directos por defender sus mismos postulados. La reactivación de este antiguo partido en este momento es, con toda probabilidad, la última estratagema de Batasuna para burlar la Ley de Partidos y presentarse a las elecciones municipales sin tener que condenar la violencia. Con la reconstituida ANV, con el PCTV y con las agrupaciones de electores que ha puesto en marcha, el brazo político de ETA no necesitará ya de ninguna nueva marca para volver a los ayuntamientos.

 

Un estudio elaborado por el Instituto de Análisis Industrial y Financiero de la Universidad Complutense, por encargo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo, cifraba en 196 millones de euros el dinero público que ETA-Batasuna gestionaría al año si vuelve a obtener unos resultados similares a los que lograba en el pasado. Además recibiría unos 700.000 euros en ayudas directas. Los proetarras tendrían acceso a los datos del censo electoral y a los de los concejales de las otras formaciones políticas. Pero lo peor de todo es que volverían a recuperar el poder político sin haber renunciado al tutelaje de ETA y sin que esta última haya dado la más mínima muestra de querer abandonar la violencia.

 

Teniendo en cuenta todo esto, y viendo cómo cada semana se acumulan nuevos datos sobre la subordinación de Batasuna a los terroristas, así como de la intensificación del rearme, el chantaje, la extorsión y la amenaza por parte de ETA, cabe preguntarse: ¿de dónde surge este empeño y entusiasmo de la vicepresidenta por garantizar la fiabilidad de la ANV?

 

¿Qué relación guarda el entusiasmo y la urgencia de De la Vega en avalar el partido recién desempolvado con la aparente firmeza y rapidez del fiscal general Conde-Pumpido en ilegalizar hace dos semanas a Abertzale Sozialisten Batasuna (ABS), partido señuelo de la propia Batasuna?

 

Parece que la formación que lidera Otegi repite la jugada que cuadró en las pasadas elecciones autonómicas vascas mostrando el cebo de Auzkera Guztiak para a la vez situar al PCTV en el Parlamento vasco. Resulta difícil pensar que estas artimañas no cuentan con el beneplácito del Gobierno y de la Fiscalía. Con sus afirmaciones, la vicepresidenta no sólo ha tolerado la burda maniobra, sino que la ha facilitado.

 

¿Cuál es el motivo?

 

Pero, ¿por qué razón seguiría el Gobierno empeñado en salvar y fortalecer a Batasuna y, por ende, a ETA, cuando además la tregua ha resultado un fraude? Ya no es posible pensar que Zapatero mantiene vivo el mal llamado ‘proceso de paz’ por un electoralismo de corto plazo, pues lo cierto es que, tras el atentado de la T-4, decisiones como la excarcelación de De Juana Chaos o la retirada de cargos contra Otegi están perjudicando al PSOE en las encuestas. Entonces, ¿por qué el Ejecutivo sigue dando alas a ETA y a Batasuna?

 

Tal vez existe una razón oculta e inconfesable, un plan que avanza con disimulo pero sin vacilaciones. La clave podría estar en palabras como las que pronunció, hace ya cuatro años, Jaime Mayor Oreja en el Club Siglo XXI de Madrid: “Esa radicalización (de la izquierda) no afecta tanto a planteamientos ideológicos de fondo cuanto a planteamientos estratégicos y tácticos (...) y, sobre todo, a que parte de esa izquierda ha llegado a la conclusión -democráticamente inaceptable- de que ‘el fin justifica los medios’ y de que, en consecuencia, todo vale para tomar el poder (o mantenerlo)”.

 

Para aislar al Partido Popular e impedir a cortar de raíz sus posibilidades de llegar a La Moncloa, el PSOE de Zapatero ha ideado un gran frente de fuerzas de izquierda y nacionalistas. Este frente funciona ya como un marco de alianzas estratégicas en la actividad política cotidiana pero todavía no está lo suficientemente cohesionado y el lugar por donde se puede unir o romper definitivamente es el País Vasco (y Navarra).

 

Y de este modo, en un contexto de nihilismo moral, ETA-Batasuna podría dejar de ser, a ojos de la clase gobernante, una mera organización terrorista para convertirse en la piedra angular de ese edificio común donde convivan la izquierda y el nacionalismo, y desde el que se opongan al orden constitucional. Podría ser éste el inconfesable proyecto del Gobierno.

 

Ignacio Santa María

Páginas Digital, 16 de abril de 2007

No volvió a reír su primavera

No volvió a reír su primavera Leyendo las Memorias de ultratumba he tropezado con la siguiente reflexión del melancólico aristócrata Chateaubriand sobre el destronado rey Carlos X y su sobrino Enrique, pretendiente en 1833 al trono de Francia: «Os digo, señora, con pena» -escribe Chateaubriand a la duquesa de Angulema- «es posible que Enrique V no pase de ser un príncipe extranjero y desterrado; un joven y nuevo despojo de un antiguo edificio derruido y, al fin, y al cabo, una ruina».

Pues bien: la situación de la ultraderecha en España se parece, por fortuna, a la de estos Borbones franceses del siglo XIX. Políticamente, está compuesta por un disperso, sonámbulo y apenas testimonial rebaño momificado. Y es que de nuestra actualidad política se pueden decir muchas cosas, para bien o para mal, según el gusto de quien hable. Pero en ningún caso que las iracundas escuadras que bordaban la vieja camisa nueva ayer vayan a tragarse el país de un bocado.

 

Sólo manipulando la exacta realidad se pueden ver peleonas muchedumbres en lugar de cuatro gatos con una bandera rota bajo el brazo. Sólo sacándolos de su contexto de exiliados sin reino por medio de una interpretación maliciosa puede atribuirse un esplendor amenazante a lo que sólo tiene esqueleto de penumbra. Unicamente dejándose llevar por un extracto aislado de la imagen o una complaciente melancolía antifranquista puede pensarse en nuevas invasiones bárbaras.

Por eso resulta difícil de entender que no pocos políticos e intelectuales orgánicos se encuentren hoy enredados en un soliloquio repetido hasta la saciedad: «Señores, señoras, ¡la extrema derecha en la calle!, ¡el ave rojigualda sobrevolando los cielos de Madrid!, ¡la Guerra Civil!, ¡el 18 de julio!...». Porque los autores que han investigado seriamente los pasos de la ultraderecha española, desde los estertores del régimen franquista hasta nuestros días, relatan, precisamente, la historia contraria. Cuentan la crónica de un fracaso. De sus páginas surge un rostro completamente distinto al que quieren esculpirnos en la mirada los pintureros y comediantes que, a base de anécdotas aisladas, piden espuela con discursos prefabricados, empleados como una ametralladora: «¡Señores, señoras, que viene la ultraderecha!».

 

La realidad es menos romántica. Basta leer los libros de Xavier Casals para convencerse. Dice este historiador que resulta muy poco probable que, a corto plazo, se produzca un wagneriano ascenso de los muy marginales nietos del Cid. Varias son las razones que avalan esta tesis: satelización de su escaso voto útil por la órbita del Partido Popular, falta de unidad y atomización de su espectro político en formaciones de distinto perfil, así como carencia de líderes y programas conocidos.

 

Los hechos, además, insisten como los muertos de Edgar Allan Poe: regresan como un ruido sordo, continuo, semejante al producido por un reloj envuelto entre algodones. Desde 1979, cuando el candidato de Unión Nacional, Blas Piñar, consiguió hacerse con un escaño por Madrid, en ninguna de las elecciones generales, en ninguna de las elecciones europeas ni en ninguna de las elecciones autonómicas, la extrema derecha ha alcanzado una votación que la situara en perspectivas de acariciar representación política alguna. Y eso en un contexto europeo en que los nacional-populismos han vuelto a manifestar su capacidad movilizadora y su poder de crispación. Recuérdese el Frente Nacional de Le Pen, que vive de los miedos del hombre, de lo negativo, y cuál fue su posición alcanzada en las Presidenciales francesas del año 2000. O los enfrentamientos y odios étnicos que han entretejido la negra trama del fin de Yugoslavia.

 

Como escribe Ferrán Gallego (Una patria imaginaria. La extrema derecha española 1973-2005), lo propio de la España posterior a la Constitución de 1978 ha sido la ausencia de una ultraderecha visible y con incidencia en la política real. Invisibilidad que no debe hacernos pensar -como mitinean ciertos sectores de la izquierda y los nacionalismos- que Aznar y Rajoy son dos delfines franquistas. Asignar al Partido Popular el código genético del franquismo es una pura necedad. Política de folletín que confunde el voto útil de personas de extrema derecha a un partido con la naturaleza misma de esa formación. Lo cual podría llevarnos a desconcertantes reflexiones acerca de los partidos democristianos, liberales o conservadores, artífices de la reconstrucción europea tras la Segunda Guerra Mundial, que no dejaron de recibir el voto de antiguos simpatizantes del nacionalsocialismo alemán o del fascismo italiano.

 

Las mayúsculas con que se habla a menudo de la ultraderecha en España caen como hojas secas al contemplar cara a cara la realidad. Hasta un niño podría ver lo que algunos se empeñan en no querer ver, si en la infancia se tuviera ya noción de las pueriles -en la forma y en el fondo, aunque a veces pueden tener resultados descorazonadores por la esfera en que se producen- trapatiestas de nuestra vida pública.

 

No sólo a Don Quijote se le convierten los molinos en gigantes. Por desgracia, ésa es una desdicha muy española. Por supuesto que trocar la mitad del país y los líderes del Partido Popular en batallones neofascistas dispuestos a merendarse pantagruelicamente la democracia fundada en 1978 da risa. Una risa amarga.

 

Y, por supuesto, que ahí se descubre lo grotesco de una izquierda siempre dada a identificar, en régimen de monopolio, la defensa de la libertad y las buenas intenciones con ella misma. Pero ésa es, precisamente, nuestra tragedia. Que vivimos rodeados de progresistas de alma reaccionaria, incapaces de comprender que lo que más pierde a los seres humanos son sus vanos sueños y que aquello que más les encumbra y fortalece, incluso a los poetas, es el exacto sentido de la realidad.

 

Desconocer que la extrema derecha no defiende el ámbito constitucional ni el Estado de las Autonomías no se sitúa en una internacional de origen democristiano y definición liberal y centrista. Y supone, además, no conocer la historia de este marginal y desvencijado movimiento. Desconocer que el Partido Popular es un partido que sí defiende y respira todo lo anterior, que lucha legal y cívicamente en las conciencias y las voluntades para vencer en las urnas, y que no pide fusiles, sino votos, y no quiere destruir la democracia española sino gobernar en ella -porque, al igual que el PSOE, entiende que gobernaría mejor-, es mucho más grave: es desconocer la Historia de las últimas décadas.

 

Pintar a sus líderes con uniforme falangista o bajo bandera aguilucha es ignorar que hace ya tiempo que la derecha ha abandonado las histriónicas elucubraciones sobre el trono y el altar, la cruz y la espada, y que vive con naturalidad su moderna y nítida formulación de 1978. Lo que no puede decirse, por cierto, de los compañeros de viaje del Gobierno de Zapatero -los nacionalistas-, aún prisioneros de la esquizofrenia identitaria y de concepciones tales como derechos colectivos o derechos históricos, derechos del ayer mítico sobre el hoy, imposiciones de los muertos sobre los vivientes; siempre dispuestos a deslegitimar las instituciones del Estado en beneficio de la Tierra prometida y proclamar un glorioso futuro con boca saciada y, sin embargo, insaciable.

 

Como en el Antiguo Régimen, cuando Chateaubriand escribía sobre la imposibilidad de que la aristocracia y la clericatura pudieran ser restauradas en Francia, el franquismo es hoy un mundo desaparecido. Dejémoselo de una vez y para siempre al novelista y al historiador. Fijémonos en los hechos y no repitamos el eco de los loros que no tienen mejor cosa que hacer que jugar a revolucionarios, y a estas horas se entretienen con dieciochos de julios y feroces falangistas salidos de su propio mal sueño. No busquemos buzones en el cementerio. Hoy el general ya no tiene quien le escriba.

 

Porque, además, de producirse una irrupción de la extrema derecha, no sería, en absoluto, como nos dicen aquéllos que comparan a Rajoy con Macbeth. No sería desde arriba, a través de unas elecciones generales, europeas o autonómicas. Sino justo lo contrario: desde abajo, desde el bullir populista, en comicios municipales. Y sería, muy probablemente, una extrema derecha no adscrita a genealogías históricas ni identificada con época pasada alguna, sino centrada en cuestiones de inmigración e inseguridad, como refleja la llamada Plataforma de Cataluña, que en el 2004 obtuvo cuatro concejales en pequeñas ciudades (Xavier Casals, Ultracatalunya).

 

En todo caso, la mayor amenaza de fractura en el actual y bien consolidado régimen político no late bajo el hueco patetismo de una decrépita extrema derecha, sino en la ceguera de quienes deben constituir un fiel y firme apoyo de la Constitución, en el discurso solemne de aquéllos que se hacen dueños de las palabras y se empeñan en negar legitimidad democrática a un partido político que cuenta con el apoyo de la mitad del país.

 

Fernando García de Cortázar

El Mundo, 4 de abril de 2007

Necesitamos un gobierno que no nos engañe

Necesitamos un gobierno que no nos engañe Tres hechos han enmarcado la actualidad de esta semana en la vida política española. Uno es el viaje del Ministro Moratinos a Cuba, el segundo es la situación que ha puesto al descubierto la detención del comando de ETA por la Guardia Civil, y el tercero lo que significa para los ciudadanos la dimisión de Conthe de la presidencia de la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV).

La visita de Moratinos a Cuba sin forzar, porque el régimen cubano no lo habría aceptado, un contacto con la disidencia democrática de aquel país, puede presentarse como un acto de “real politik”, pero también como un abandono de quienes trabajan por la democracia y sufren por la dictadura en Cuba.

Baste con situar un paralelismo. En la fase final del franquismo, a principios de los setenta, ¿cómo hubiera interpretado el PSOE la visita y el apoyo de un gobierno democrático, digamos por ejemplo Francia o Gran Bretaña al régimen de Franco eludiendo todo contacto con la oposición democrática española? Ponerse en el lugar del otro siempre sirve para entender mejor las situaciones.

 

Por otra parte no puede predicarse solo el realismo en política exterior y al mismo tiempo tener un discurso en este campo basado, como hace poco ha escrito un alto cargo del Ministerio, en los Derechos Humanos. Es contradictorio asimismo con la pretendida Alianza de Civilizaciones que se basa en el diálogo, porque el único diálogo que se puede propiciar hoy en Cuba es el del régimen con la oposición democrática. Moratinos va a hacer exactamente lo contrario.

 

La detención del comando Donosti ha revelado los atentos preparativos estaba realizando ETA para atentar que: listas de nombres, material explosivo, armamento. No casa esta actividad con las conversaciones para la paz, con el discurso de Zapatero ni tan siquiera el planteamiento de Otegui. Es absurdo pretender que existe tal diálogo mientras miembros de ETA se organizan y hacen listas para matar.

Rodríguez Zapatero una vez más ha generado confusión y está quemando en el altar de su trivialidad un concepto básico: el diálogo es necesario, pero lo es, no a machamartillo y en cualquier momento, sino solo cuando se dan las condiciones para ello, y ETA una vez más demuestra que la única condición que entiende es la de su desmantelamiento.

 

Todo el largo serial de las OPAS sobre Endesa tienen ahora un aparente final que debe preocuparnos como ciudadanos y que ejemplifica la dimisión del presidente de la CNMV. Este organismo nació para asegurar la independencia y transparencia de las operaciones bursátiles y su alejamiento de todo juego de privilegios y presiones políticas.

El gobierno de Zapatero después de un pacto político con su homólogo italiano ha demostrado que esa independencia de la CNMV no existe. Una vez más se constata que entre las palabras del presidente del gobierno y su práctica hay un abismo, que a veces asusta, otras irrita y siempre preocupa.

 

Editorial de Forum Libertas, 4 de abril de 2007

 

Maricomplejines tiene la cara de Díaz de Mera

Maricomplejines tiene la cara de Díaz de Mera Tanto debate sobre Maricomplejines, el personaje que Federico Jiménez Losantos creó para fustigar los que considera vicios del centroderecha, y resulta que lo teníamos al alcance de la mano. Ni Rajoy ni Gallardón, señores: la primera cara de Maricomplejines es la del eurodiputado del PP Agustín Díaz de Mera. Eso sí, todo tiene su explicación, y no es sólo él quien debería darla.

Díaz de Mera era director general de la Policía el 11 de marzo de 2004. Afirma saber, a partir de un informe policial, que hubo una relación entre los atentados de Atocha, los islamistas y ETA. Pero se ha negado a revelar al juez Gómez Bermúdez la identidad de su informante. Maricomplejines tiene miedo.

Que hablen ahora o callen para siempre

Yo no creo que Díaz de Mera, Ángel Acebes, entonces ministro del Interior, Santiago López Valdivielso, director general de la Guardia Civil, y Jorge Dezcallar de Mazarredo, jefe del espionaje, sean responsables de los atentados del 11-M. Los únicos responsables fueron sus autores, independientemente de su origen y móviles, que algún día tal vez sepamos mejor que hoy. Pero los responsables de la seguridad de los españoles, entonces, y distinguidos representantes del centro derecha ahora, algunos de ellos al menos, tienen algunas otras cosas que explicar.

 

Díaz de Mera siente miedo y prefiere ser condenado por no decir lo que sabe; y eso significa que en 2004, después de ocho años de gobierno "popular", las fuerzas y servicios de seguridad no eran plenamente seguras, y que no lo son ahora. Si los resultados de una investigación pueden dar lugar a represalias –y es la única conclusión que puede sacarse de la actitud de Díaz de Mera y asociados- algo se hizo mal cuando se pudo y se debió hacer bien.

 

Maricomplejines espera que las cosas se solucionen solas. A partir de 1996 confió en que los servicios del Estado se autopurgasen por generación espontánea, y se mantuvo y se promocionó a destacados felipistas. Maricomplejines tuvo en 2004 el justo pago de tanta generosidad. Y espera ahora que el informe de Díaz de Mera aparezca solo, sin dar la cara.

 

Hay que jubilar a Maricomplejines

 

Respeto personalmente tanto a Díaz de Mera como a sus compañeros. Pero España merece más de su derecha política, en esta situación extrema. Un PP situado en el centro de la sociedad española, una derecha social como la que ayer reivindicaba (laus Deo!) ABC en su suplemento, una potencia plural y firme como la descrita allí mismo por Germán Yanke, no puede andarse por las ramas. Ignacio Camacho cree que es autolesionismo; y probablemente sea el mismo canguelo que les lleva a explicar mal lo que hacen bien y a hacer mal lo que saben hacer bien.

 

Díaz de Mera es sólo un representante –no el peor- de una derecha timorata y acomplejadita. Los hijos del franquismo están convencidos, inconscientemente y hasta el tuétano, de la superioridad moral, intelectual y cultural de la izquierda; y aspiran a gobernar, pero poco, y a que no les llamen cosas feas por la calle. Gramsci ganó su corazón. Son los mismos que te miran de arriba abajo si les dices que vas a ver 300, porque creen que el cine europrogre en general y las mamarrachadas de Almodóvar en particular son preferibles, aunque el ilustre pensador manchego los trate como a perros. Son los mismos que presumen de su afición al arte feo –al que insisten en llamar moderno-, desdeñan las artes figurativas contemporáneas y ponen cara de orgasmo en las exposiciones de hierros retorcidos que pagan caras para no parecer fuera de lugar. Sin darse cuenta de que es así como confirman su condición de derecha. Derecha con complejo de inferioridad, claro.

 

Mariano Rajoy tiene en su mano jubilar a Maricomplejines. Es el momento. Este espectáculo no debe repetirse.

 

Pascual Tamburri

El Semanal Digital, 2 de abril de 2007

España. La leyenda negra de la derecha

España. La leyenda negra de la derecha Lo de derecha e izquierda en política comienza, como se sabe, por la ubicación de los miembros de la Asamblea Nacional en la Revolución francesa. Vaya por delante que, visto con perspectiva, muchos de los que se sentaban a la izquierda de la presidencia, jacobinos y cordeleros, fueron inmediatamente después protagonistas del Terror y del desastre económico e institucional. La burguesía ilustrada sentada a la derecha demostró, en la inmensa mayoría de los casos desvinculada del Antiguo Régimen, más moderación e inteligencia y mucho menos fervor por la violencia.

La paradoja es, sin embargo, que, con el paso del tiempo, la izquierda ha gozado de mejor prensa, por decirlo de algún modo, que la derecha. Es acertada la expresión de mejor prensa porque, a la postre, su buena imagen viene por el mayor éxito de esas posiciones ideológicas entre intelectuales, académicos y publicistas. Aún hoy, en España, hay una cierta actitud refractaria a definirse políticamente como de derechas, tanto entre los ciudadanos (no hay una correlación lógica entre el voto en las urnas y el modo en que los votantes se definen en las encuestas) como entre los ciudadanos que representan a partidos que son, evidentemente, de derechas. Ellos son, lo escuchamos a diario, de centro o, en todo caso, de centro-derecha. Paradoja por paradoja, José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange, quería que los suyos estuvieran sentados en el centro de los escaños del Congreso precisamente por oponerse a la división ideológica entre izquierda y derecha.

Si, como se repite con razón, en nombre de la libertad se han cometido muchos crímenes, se puede también afirmar que, en nombre de unos supuestos valores de la derecha, se han cometido también y se han vulnerado las reglas más elementales de la democracia y el Estado de Derecho. Pero esa no es una característica de la derecha, sino de la degradación humana y del empeño por salirse con la suya en vez de ser razonables. En la historia de la izquierda política hay tantos crímenes y tantas dictaduras como en el otro lado del espacio político, algunas —muy significativas— aún vigentes. Muchas de las recientes vulneraciones de la democracia en Iberoamérica se definen como movimientos de izquierda, más o menos revolucionarios. Si nos fijamos en las grandes dictaduras del siglo XX en Europa, por cierto, observamos que unas se veían a sí mismas como la representación primigenia de la izquierda y otras, qué curioso, se negaban a definirse como de derechas.

También las ha habido, por la peculiar manera de imponer autoritariamente algunos valores que podemos denominar conservadores, de derechas. El franquismo, por ejemplo. Tan larga dictadura, aún con diferentes fases, ha alimentado en España la leyenda negra de la derecha y, sorprendentemente, todavía pesa sobre el debate político. Sorprendentemente, a mi juicio, porque la curiosidad ideológica —o más bien sociológica— del momento es que la mayoría de la derecha quiere dejar atrás el franquismo y una parte de la izquierda actual quiere ser antifranquista hoy aunque no lo fuese mientras el dictador vivía. O, en todo caso, parece querer serlo ahora más que entonces.

A esos intereses sirve, no hay duda, la construcción de una caricatura (la derecha siempre dogmática, antidemocrática, franquista, etc.) que es más fácil de combatir que la realidad que constituye. Por otra parte, la leyenda negra de la derecha, que adquiere ya tintes ridículos, abona el desatino de otorgar a la izquierda una suerte de pretendida hiperlegitimidad. Si la izquierda gana se trata de un dictado de la Historia, ante el que los ciudadanos asienten salvo que estén equivocados u ofuscados, porque la derecha representa el error, la dictadura y la falta de libertad. A todo ello responde la continuada manía de utilizar las instituciones como sede para juicios y condenas históricas, casi siempre parciales, y presentarse como los guardianes de la memoria del antifranquismo. El invento de la «memoria histórica», en esta última etapa de Gobierno socialista, es la continuación de ese proceso.

Pensar que sólo hay «una» opción democrática —y actuar en consecuencia— para conducir al infierno a la o las otras es un vicio antidemocrático. La expresión «fundamentalismo democrático» tiene origen en la izquierda y hay quien asegura que se trata de un hallazgo de Gabriel García Márquez. Se utiliza para afirmar tanto que la democracia no ofrece siempre el mejor resultado (lo que vale cuando el adversario gana las elecciones) como para criticar el punto de vista según el cual la minoría no coincidente con la mayoría se convertiría en «no democrática» por no aceptar los presupuestos de aquella. Desgraciadamente, la izquierda argumenta hoy de esta manera con un exceso lamentable.

Sano escepticismo

Hay, claro, muchas derechas. Como hay muchas izquierdas. Pero negar la existencia de una derecha democrática raya en el absurdo o en la injusticia dialéctica. De hecho, la derecha liberal se desentiende mejor del dogmatismo que la mayoría de las izquierdas. Estas suelen abanderar el dogma reformista, el convencimiento de que los poderes públicos pueden lograr siempre los objetivos que comportan felicidad y bienestar. Todo a su alrededor pertenecería a una impresionante conspiración privada a favor de intereses particulares. Estos presupuestos son dogmáticos, pertenecen a lo que Michael Oakeshott llamó «política de la fe», que nada tiene que ver con la religión, sino con la fe en la capacidad gubernamental para «volar, colectivamente, tras la perfección».

La derecha liberal se inscribe en la «política del escepticismo». Acepta la falibilidad humana, la incapacidad de los poderes públicos para conseguir toda la información posible y dar así siempre con lo conveniente e incluso para imponer lo conveniente más allá de las voluntades individuales. Se inscribe en una tradición que Popper definió como la disposición «a exponer las ideas a la aventura de la refutación» y se opone, por ello, al dogma de la planificación y el intervencionismo.

Y es precisamente esa concepción la que lleva a la derecha a defender instituciones críticas con los propósitos totalizadores o los planes públicos de ordenamiento y reconstrucción de los asuntos humanos. Esas instituciones son las de la democracia liberal que, en palabras de Raymond Aron, no trata de mitificar el sistema, sino de lograr que es el mejor método para conseguir dos objetivos: el establecimiento de las mayores garantías para los ciudadanos y, en concreto, la garantía de los derechos de las minorías.

Presentar a la derecha como antidemocrática es una idiotez y fundamentar esta aseveración convirtiéndola en una herencia del franquismo otra aun mayor. Ni responde sociológicamente a la realidad española ni tiene sustento teórico. Ni tampoco se puede deducir tal extremo de la concreción partidista de la derecha española en el PP. Por muchas que sean las discrepancias con su programa, o con el modo estratégico con el que pretende defenderlo, el PP es un partido democrático que, no hay que olvidarlo, ha respondido mejor a las exigencias del Estado de Derecho en el pasado reciente que muchos de sus adversarios.

La derecha liberal sólo acepta las decisiones políticas democráticas, las que responden al principio de la mayoría, pero concibe el procedimiento como un medio y no como un fin. Es decir, entiende que las decisiones de la mayoría, en una verdadera democracia, están sujetas a límites. Antes he citado los objetivos establecidos por Aron que se corresponden, en palabras de Hayek, a la necesidad de que las decisiones de la mayoría tengan también el sustento de «un acuerdo más amplio sobre principios comunes». La soberanía no es ilimitada ni ilimitable y esos acuerdos básicos son los que convierten a los seres humanos en una colectividad política.

La posición actual de la derecha española, puesta en cuestión por la propaganda de una cierta izquierda, debe considerarse desde esa perspectiva. Excluirla, tratar de convertirla en marginal y ajena a los consensos necesarios, no la convierte en antidemocrática, sino que devalúa la democracia misma. Obsérvese que, en el debate nacional actual, se opone a la derecha, una y otra vez, el principio de la mayoría. Si se intenta, como a veces ocurre, queriendo colocarla fuera del sistema, el diagnóstico no resiste la más elemental criba intelectual. Si se pretende con ello evitar que, ante la mayoría parlamentaria gobernante, no defienda con la intensidad que desee sus propuestas alternativas, es la izquierda la que debe repasar urgentemente su concepto de la democracia.

Un teórico socialista, Ralph Miliband, ha insistido en el compromiso de la izquierda con «las formas democráticas», negándoselo a la derecha. No tiene sentido. La izquierda debería aceptar también —como hace la socialdemocracia en la Europa de hoy— que no tenía razón, a finales del siglo XIX, Joseph Chamberlain al pensar que los controles y los límites servían para la Corona pero no para el Gobierno que es expresión de la voluntad del pueblo. Alexis de Tocqueville, por volver a una de las figuras políticas e intelectuales de los cambios propiciados por la Revolución francesa, escribió que, antes o después, las sociedades se encuentran ante la disyuntiva de elegir entre «la libertad democrática o la tiranía democrática». Esta última es la que se fundamenta en la ficción dogmática de que un pueblo «no puede nunca, por definición, desbordar los límites de la justicia y de la razón, y por lo tanto no se debe temer dar todo el poder a la mayoría que le representa».

Ideas más que creencias

Además, sólo en ese marco termina por tener sentido el debate político eficaz y razonable entre la izquierda y la derecha. Evidentemente, el espacio de discusión se ha reducido. La experiencia hace perder aristas a los maximalismos de unos y otros. La derecha se va inclinando más hacia las ideas (que «se tienen» según Ortega) que a las creencias («en las que se está») y la izquierda constata las limitaciones del intervencionismo público. Pero hay un espacio de diferencias y opciones diversas sobre el papel de los poderes públicos y la iniciativa privada, sobre la tensión entre la libertad y la igualdad. Esa confrontación —ordenada por consensos básicos— es la que relativiza las ideologías y conduce al progreso.

La izquierda, hoy mayoritaria en el arco parlamentario, puede negarse a ver dónde está la derecha democrática si quiere, como decía antes, preferir salirse con la suya a ser razonable. Pero puede también abrir los ojos y ver que esa derecha está ahí mismo, visible.

 

POR GERMÁN YANKE

ABC, 1 de abril de 2007