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Vieja y nueva política

Henri Guaino: perfil de un desconocido. Todo sobre el “cerebro” de Nicolás Sarkozy

Henri Guaino: perfil de un desconocido. Todo sobre el “cerebro” de Nicolás Sarkozy

Sarkozy lleva muchos años en política. Incluso ha sido ministro. ¿Cómo es posible que ahora sea saludado como “algo nuevo”? El mérito está en el discurso. Y el mérito del discurso está en un hombre que la opinión pública española desconoce por completo: Henri Guaino. Él escribe sus discursos, pero es muchísimo más que un “negro”: alter ego político, rival íntimo en innumerables conversaciones, consejero cotidiano… A través de Guaino, Sarkozy abandonó la Vulgata neoliberal para abrazar el fervor nacional y republicano. Este es el retrato del “cerebro” de Sarkozy.

 

Poitiers, 26 de enero de 2006, viernes. El candidato Sarkozy debe pronunciar un discurso. Lo ha escrito el liberal Emmanuelle Mignon, típico producto de la ENA (Escuela Nacional de Administración), con su habitual estilo tecnocrático y neutro. Mignon lleva en el gabinete de Sarkozy desde 2002. El candidato lee el discurso con una mueca de disgusto: “Demasiado programático”, comenta. Y añade: “Llamad a monsieur Guaino”.

 

 

Monsieur Guaino es Henri Guaino, nacido el 11 de marzo de 1957 en la muy romana y taurina villa de Arles. Militante gaullista desde su primera juventud, viejo conocido de Sarkozy y profesional de muy alto nivel en la Administración francesa: miembro del Consejo de Cuentas. Guaino no procede de la ENA, sino que posee una formación universitaria plural, lo cual es un caso poco común en la Administración francesa: licenciado en Historia, diplomado en economía política y en ciencias políticas (en el Instituto de Sciences Po de París). Comenzó su carrera política antes de los cuarenta años, siempre en el área de lo que podríamos llamar “derecha soberanista”: director de la campaña de Philippe Séguin cuando el referéndum sobre el Tratado de Maastricht (1992), asesor del mismo Séguin cuando fue presidente de la Asamblea Nacional, consejero técnico en el gabinete del Ministro del Interior Charles Pasqua (1993-1995), asesor en la campaña presidencial de Chirac en 1995 (pero trabajando para Séguin, no para Chirac), Comisario General del Plan en ese mismo año, co-autor del informe Paro: el caso francés en 1997…

 

Guaino fue cesado cuando llegaron al Ejecutivo los socialistas de Jospin. Tomó entonces más intensidad su actividad de partido y participó en la creación del Rassemblement pour la France (RPF), un partido soberanista nacido de la lista que encabezó Pasqua en las elecciones europeas de 1999. Probó fortuna en las elecciones municipales de 2001, como cabeza de la lista de Séguin en el emblemático Quinto distrito (el de Notre-Dame, el Panteón, Cluny y San Nicolás de Chardonnet), con resultados catastróficos: 9,69% de los votos. Antes había escrito dos libros de fuerte contenido nacional: La extraña renuncia (1998) y Francia, ¿es soluble en Europa? (1999). Mientras tanto, actuaba como mentor de la asociación de jóvenes seguinistas “Appel d´R”, grupo de jóvenes gaullistas que, entre otras cosas, apoyó al candidato díscolo Chevenement, socialista de corte nacional. En esa época Guaino publicó un nuevo libro: La tontería de los modernos (2002). Se consagró como analista político en medios de la derecha republicana, como Les Echos, o católica, como La Croix. No será hasta 2006 cuando Sarkozy le llame para formar parte de su gabinete. Ahora Guaino ha pedido la excedencia de su cargo en el Consejo de Cuentas.

 

 

Desde aquel discurso de Poitiers, en enero de 2007, Guaino se ha convertido en la única e indispensable pluma de Sarkozy y el promotor, ante todo, de una idea clave: la política puede cambiar las cosas. La derecha española ve en él a un “liberal”, pero nada más lejos de la realidad. De hecho, Guaino se distingue por ser un economista antiliberal, hostil a la idea de un Mercado que lo domine todo sin intervención política alguna. Jean-François Kahn habla de su “pluma lírica, sus ideas republicanas, su visión a la vez pesimista y exaltada del destino de Francia, sus convicciones ultragaullistas”.

 

Kahn, en la revista nacional-republicana Marianne, preguntaba a Guaino cómo se sentía siendo el “cerebro oculto” de las ideas de Sarkozy. Guaino contestaba: “Mi oficio no es la escritura, no tengo vanidad de autor. Se trata de un compromiso político. Lo que me interesa es la manera de hacer política hablando a la inteligencia de la gente, no burlándose de ella; hablando al corazón y a la inteligencia de los que tienes enfrente. Es la forma más digna de hacer política. Y es lo que en el fondo espera la gente. Cuando se programaron los grandes mítines con los grandes discursos, todo el mundo le dijo a Sarkozy: “Ya no hay que hacer eso, está pasado de moda”. Y yo he constatado que cada vez, ante 10.000 personas, se obtiene un silencio absoluto durante más de una hora por parte de gentes que, al final, vienen a darte las gracias porque no les has tomado por imbéciles. De eso estoy orgulloso. De mí y también de él, de Sarkozy, porque es un riesgo, cuando le oigo pronunciar ese tipo de discurso”.

 

 

Este es Henri Guaino: la derecha nacional, gaullismo de segunda generación.

 

http://www.elmanifiesto.com/articulos.asp?idarticulo=174

 

La derecha vence, la izquierda fracasa y el centro no existe

La derecha vence, la izquierda fracasa y el centro no existe

Media Europa ha vencido moralmente con Nicolas Sarkozy. Otra media, que ha tenido el poder ideológico, intelectual y moral durante cincuenta años, se bate en retirada. Los últimos exponentes de esa Europa de los complejos, la decadencia y las derrotas son Romano Prodi y José Luis Rodríguez Zapatero. El presidente del Gobierno español se empeñó personalmente en la campaña de la socialista Ségolène Royal y ha perdido con ella. Prodi, más prudente, aguantó el chaparrón en silencio.

 

Royal, como Zapatero, era un vestigio del naufragio progre del siglo XX europeo. Como Sarkozy denunció en su discurso de cierre de campaña y recordó en estas páginas Luis Miguez, la derecha francesa apuesta fuerte por "pasar la página de Mayo del 68 y del relativismo moral e intelectual que ese movimiento introdujo en las sociedades occidentales, particularmente en las europeas".

 

La izquierda europea y la parte de la derecha sumisa a ella han estado décadas predicando que "todo vale". Pues bien, para los ciudadanos que pagan y padecen las consecuencias de ese fanático e intolerante hedonismo individualista, "no todo vale". La corrección política del nihilismo y del relativismo sin matices ha sido vencida en las urnas. Europa, al borde del abismo, se resiste a rendirse a la flacidez del pensamiento débil.

 

Vuelve la política, gana Sarkozy

 

Para el presidente Sarkozy, "el pensamiento único había denegado a la política la capacidad de expresar una voluntad. Había condenado la política. Había profetizado su caída imparable… años después, todo el mundo sabe que la Historia no ha terminado, que siempre es trágica y que la política no puede desaparecer". Sarkozy se hace portavoz de "un deseo de política como rara vez se había visto desde el fin de la Segunda Guerra Mundial". Porque no todo da igual, porque los europeos no son átomos sin identidad, sino hijos de naciones ricas de siglos y orgullosas de su libertad y de su soberanía.

 

Vuelve la moral, pierden Prodi y Zapatero

 

Sarkozy ha recordado el lema de Mayo del 68 en las paredes de la Sorbona: "Vivir sin obligaciones y gozar sin trabas". Quienes han presidido la decadencia de Francia y de Europa han negado toda regla y toda jerarquía. Sarkozy pretende poner orden en la política francesa del mismo modo que Benedicto XVI quiere restaurar el orden en la Iglesia. Frente a ellos Zapatero y Prodi quedan como residuo de un tiempo histórico caducado, como "la izquierda que desde Mayo del 68 ha renunciado al mérito y al esfuerzo, que ha dejado de hablar a los trabajadores", y que reniega de la nación y de "una cierta idea del hombre, de un ideal de sociedad donde cada cual pueda encontrar su lugar, donde la dignidad de todos y cada uno sea reconocida y respetada".

 

El centro ha fracasado

 

François Bayrou, que obtuvo el tercer puesto en el primer turno de estas presidenciales con los votos de los resentidos contra Sarkozy, de los paleoliberales y los democristianos, quiso condicionar la elección del presidente negando su apoyo a la derecha. El vencedor no lo ha necesitado, y la UDF se descompone, perdiendo militantes y representantes. José Javier Esparza ha señalado que también Mariano Rajoy, con "la derecha social más movilizada de nuestra historia reciente" tiene una oportunidad de no caer en el error de los consensos, los complejos y las renuncias, siempre "que escuche a esa derecha social y responda a sus preocupaciones con ideas fuertes, que esté a la altura de las circunstancias". La claridad gana.

 

Le Pen, el eclipse anunciado

 

El Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen observa ahora a distancia el triunfo de Sarkozy. El vencedor llega al Elíseo con muchas de las reivindicaciones históricas de un Le Pen que durante dos décadas no ha hecho política, con un discurso marginal que sólo consideraba el improbable caso de una victoria total. Sarkozy levanta sus banderas más populares con la posibilidad de llevarlas a lo concreto. El nuevo presidente ha tenido los votos de Le Pen, los de Bayrou, los del vizconde Philippe de Villiers y hasta el de Dominique de Villepin. Una derecha unida y plural llena de esperanzas y promesas esta nueva presidencia. ¿Las defraudará?

 

Pascual Tamburri

El Semanal Digital, 7 de mayo de 2007

Impresionante discurso de Sarkozy (tienen que leerlo en el PP)

Impresionante discurso de Sarkozy (tienen que leerlo en el PP)

Nicolas Sarkozy ha pronunciado un discurso histórico. Las ideas expuestas bien podrían alimentar un fuerte debate en la derecha europea en general y española en particular. Sarkozy critica al mismo tiempo al “pensamiento único” neoliberal y a la ideología izquierdista de Mayo del 68. A esta última le reprocha haber destruido las referencias morales en la política, la economía y la educación. El candidato de la derecha francesa propone un nuevo concepto de ciudadanía que equilibre los derechos con los deberes, y llama a reconquistar ideas como nación, autoridad e identidad. Los objetivos económicos –dice– no son un fin, sino un instrumento. Ofrecemos a continuación algunos fragmentos especialmente significativos. No tienen desperdicio.

 

 

NICOLÁS SARKOZY

«El pensamiento único, que es el pensamiento de quienes lo saben todo, de quienes se creen no sólo intelectualmente sino también moralmente por encima de los demás, ese pensamiento único había denegado a la política la capacidad para expresar una voluntad. Había condenado la política. Había profetizado su caída imparable frente a los mercados, las multinacionales, los sindicatos, Internet. Se sostenía que en el mundo tal cual es hoy, con sus informaciones que se difunde instantáneamente, sus capitales que se desplazan cada vez más rápido y sus fronteras ampliamente abiertas, la política ya no jugaría más que un papel anecdótico y que ya no podría expresar una voluntad, porque el poder pronto estaría compartido, diluido, disperso en red; porque las fronteras estarían totalmente abiertas y los hombres, los capitales y las mercancías circularían sin obedecer a nadie. Pero la política retorna. Retorna por todas partes en el mundo. La caída del Muro de Berlín pareció anunciar el fin de la Historia y la disolución de la política en el mercado. Dieciocho años después, todo el mundo sabe que la Historia no ha terminado, que siempre es trágica y que la política no puede desaparecer porque los hombres de hoy sienten una necesidad de política, un deseo de política como rara vez se había visto desde el fin de la segunda guerra mundial.

 

Necesidad de nación

 

 

La necesidad de política tiene por corolario la necesidad de nación. La nación también había sido condenada. Pero aquí está de nuevo, para responder a la necesidad de identidad frente a la mundialización, vivida como una empresa de uniformización y mercantilización del mundo en la que ya no quedaría lugar para la cultura y para los valores del espíritu. Quizá la inquietud es excesiva, pero es bien real y expresa una necesidad de identidad muy fuerte. Por todas partes la he encontrado en esta campaña; en todas partes me han hablado de ella gentes de toda condición. Pero la nación no es sólo la identidad. Es también la capacidad de estar juntos para protegerse y para actuar. Es el sentimiento de que no se está solo para afrontar un futuro angustioso y un mundo amenazante. Es el sentimiento de que, juntos, se es más fuerte, y podremos hacer frente a lo que, solos, no podríamos afrontar.

 

Yo he querido volver a poner la voluntad política y Francia en el corazón del debate político. La voluntad política y la nación están siempre para lo mejor y para lo peor. El pueblo que se moviliza, que se convierte en una fuerza colectiva, es una potencia temible que puede actuar tanto para lo mejor como para lo peor. Hagamos las cosas de manera que sea para lo mejor. Conjuraremos lo peor respetando a los franceses, manteniendo nuestros compromisos, respetando la palabra dada. Conjuraremos lo peor haciendo que la moral retorne a la política.

 

 

Contra los herederos de Mayo del 68

 

No me da miedo la palabra “moral”. Desde mayo de 1968 no se podía hablar de moral. Era una palabra que había desaparecido del vocabulario político. Hoy, por primera vez en decenios, la moral ha estado en el corazón de la campaña presidencial. Mayo del 68 nos había impuesto el relativismo intelectual y moral. Los herederos del 68 habían impuesto la idea de que todo vale, de que no hay ninguna diferencia entre el bien y el mal, entre lo verdadero y lo falso, entre lo bello y lo feo. Habían querido hacernos creer que el alumno vale tanto como el maestro, que no hay que poner notas para no traumatizar a los malos alumnos, que no había diferencias de valor y de mérito. Habían querido hacernos creer que la víctima cuenta menos que el delincuente, y que no puede existir ninguna jerarquía de valores. Habían proclamado que todo está permitido, que la autoridad había terminado, que las buenas maneras habían terminado, que el respeto había terminado, que ya no había nada que fuera grande, nada que fuera sagrado, nada admirable, y tampoco ya ninguna regla, ninguna norma, nada que estuviera prohibido.

 

 

Recordad el eslogan de Mayo del 68 en las paredes de la Sorbona: “Vivir sin obligaciones y gozar sin trabas”. Así la herencia de Mayo del 68 ha liquidado a la escuela de Jules Ferry en la izquierda francesa, que era una escuela de la excelencia, del mérito, del respeto, del civismo; una escuela que quería ayudar a los niños a convertirse en adultos y no a seguir siendo niños grandes, una escuela que quería instruir y no infantilizar, porque había sido construida por grandes republicanos que tenían la convicción de que el ignorante no es libre. Pero la herencia de Mayo del 68 ha liquidado esa escuela que transmitía una cultura común y una moral compartida, cultura y moral gracias a las que todos los franceses podían hablarse, comprenderse, vivir juntos. La herencia de Mayo del 68 ha introducido el cinismo en la sociedad y en la política. Han sido precisamente los valores de Mayo del 68 los que han promovido la deriva del capitalismo financiero, el culto del dinero-rey, del beneficio a corto plazo, de la especulación. El cuestionamiento de todas las referencias éticas y de todos los valores morales ha contribuido a debilitar la moral del capitalismo, ha preparado el terreno para el capitalismo sin escrúpulos y sin ética, para esas indemnizaciones millonarias de los grandes directivos, esos retiros blindados, esos abusos de ciertos empresarios, el triunfo del depredador sobre el emprendedor, del especulador sobre el trabajador.

 

La izquierda hipócrita

 

 

Los herederos de Mayo del 68 han degradado el nivel moral de la política. Todos esos políticos que reivindican la herencia de Mayo del 68, dan al prójimo lecciones que jamás se aplican a sí mismos, quieren imponer a los demás comportamientos, reglas, sacrificios que jamás se imponen a sí mismos. Proclaman: “Haced lo que yo digo, no hagáis lo que yo hago”. Ésa es la izquierda heredera de Mayo del 68, la que está en la política, en los medios de comunicación, en la administración, en la economía. La izquierda que le ha tomado gusto al poder, a los Privilegios. La izquierda que no ama a la nación porque no quiere compartir nada. Que no ama a la República porque no ama la igualdad. Que pretende defender los servicios públicos, pero que jamás veréis en un transporte colectivo. Que ama tanto la escuela pública, que a sus hijos los lleva a colegios privados. Que dice adorar la periferia, pero que se cuida muy mucho de vivir en ella. Que siempre encuentra excusas para los violentos, a condición de que se queden en esos barrios a los que ella, la izquierda, no va jamás. Esa izquierda que hace grandes discursos sobre el interés general, pero que se encierra en el clientelismo y el corporativismo. Que firma peticiones y manifiestos cuando se expulsa a algún “okupa”, pero que no aceptaría que se instalaran en su casa. Que dedica su tiempo a hacer moral para los demás, sin ser capaz de aplicársela a sí misma. Esa izquierda, en fin, que entre Jules Ferry y Mayo del 68 ha elegido Mayo del 68, es la que condena a Francia a un inmovilismo cuyas principales víctimas serán los trabajadores, los más modestos, los más pobres.

 

Ésa es la izquierda que desde Mayo del 68 ha renunciado al mérito y al esfuerzo, que ha dejado de hablar a los trabajadores, de sentirse concernida por la suerte de los trabajadores, de amar a los trabajadores; porque el valor trabajo ya no forma parte de sus valores, porque su ideología ya no es la de Jaurès o la de Blum, que respetaban a los trabajadores, sino que ahora la ideología de la izquierda es la del reparto obligatorio del trabajo, la de las 35 horas, la del asistencialismo. La crisis del trabajo es ante todo una crisis moral, y en ella la herencia de Mayo del 68 tiene una enorme responsabilidad. Yo quiero rehabilitar el trabajo, quiero devolver al trabajador el primer lugar en la sociedad.

 

 

Liquidar la herencia de Mayo del 68

 

La herencia de Mayo del 68 ha debilitado la autoridad del Estado. Esos herederos de los que en Mayo del 68 gritaban “CRS = SS”, toman sistemáticamente partido por los violentos, los alborotadores y los estafadores contra la policía. Lo hemos visto tras los incidentes de la Estación del Norte. En lugar de condenar a los violentos y de apoyar a las fuerzas del orden y su difícil trabajo, no se les ha ocurrido nada mejor que esta frase, que merecería ser inscrita en los anales de la República: “Es inquietante constatar que se ha abierto una fosa entre la policía y la juventud”. Como si los vándalos de la Estación del Norte representaran a toda la juventud francesa. Como si fuera la policía la que estaba actuando mal, y no los violentos. Como si los violentos hubieran destrozado todo y saqueado los comercios para expresar una revuelta contra una injusticia. Como si el hecho de ser jóvenes lo excusara todo. Como si la sociedad fuera siempre culpable y el delincuente siempre inocente. Ésos son los herederos de Mayo del 68, que denigran la identidad nacional, que atizan el odio a la familia, a la sociedad, al Estado, a la nación, a la República.

 

 

En estas elecciones se trata de saber si la herencia de Mayo del 68 debe ser perpetuada o si puede ser liquidada de una vez por todas. Yo quiero pasar la página de Mayo del 68. Pero tiene que ser más que un gesto. No hay que contentarse con poner banderas en los balcones el 14 de julio y cantar la Marsellesa en vez de la Internacional en los mítines del Partido Socialista. No se puede decir que se desea el orden y tomar sistemáticamente partido contra la policía. No es posible seguir denunciando la “provocación” y el “Estado policial” cada vez que la policía intenta hacer respetar la ley. No se puede decir que uno apuesta por el valor del trabajo y, al mismo tiempo, generalizar las 35 horas, seguir cargándolo con impuestos y estimular la mentalidad del asistido, del que cobra del Estado para no trabajar. No se puede decir que se desea obstaculizar las deslocalizaciones y al mismo tiempo rechazar cualquier experimentación del IVA social, que permite financiar la protección social con las importaciones. No es posible proclamar grandes principios y negarse a inscribirlos en la realidad. Yo propongo a los franceses romper realmente con el espíritu, con los comportamientos, con las ideas de Mayo del 68, con el cinismo de Mayo del 68. Propongo a los franceses devolver a la política la moral, la autoridad, el trabajo, la nación. Les propongo reconstruir un Estado que haga realmente su trabajo y que, en consecuencia, domine las feudalidades, los corporativismos y los intereses particulares. Les propongo rehacer una República una e indivisible contra todos los comunitarismos y todos los separatismos. Les propongo reedificar una nación que de nuevo esté orgullosa de sí misma.

 

Ciudadanía de deberes

 

 

Al poner sistemáticamente los derechos por encima de los deberes, los herederos de Mayo del 68 han debilitado la idea de ciudadanía. Al denigrar la ley, el Estado y la nación, los herederos de Mayo del 68 han favorecido el crecimiento del individualismo. Han incitado a cada cual a no pensar más que en sí mismo y a no sentirse concernido por los problemas del prójimo. Yo creo en la libertad individual, pero quiero compensar el individualismo con el civismo, con una ciudadanía hecha de derechos pero también de deberes. Quiero derechos nuevos, derechos reales y no virtuales. Quiero un derecho real a un techo, al alojamiento. Un derecho real al cuidado de los hijos, a la escolarización de niños con minusvalías, a la dependencia para los mayores. Quiero el derecho a un contrato de formación para los jóvenes de más de 18 años, y a la formación a lo lago de toda la vida. Quiero el derecho a la caución pública para aquellos que no tienen padres, para los que no tienen relaciones, para los enfermos a los que no se les quiere prestar porque se considera que representan un riesgo demasiado elevado. Quiero el derecho a un contrato de transición profesional para los que están en paro.

 

Pero quiero que estos derechos estén equilibrados con los deberes. La ideología de Mayo del 68 habrá muerto cuando la sociedad se atreva a recordar a cada cual sus deberes, cuando en la política francesa se ose proclamar que, en la República, los deberes son la contrapartida de los derechos. Ese día al fin se habrá realizado la gran reforma moral e intelectual que Francia necesita una vez más. Entonces podremos reconstruir sobre cimientos renovados esa República fraternal que es el sueño siempre inacabado, nunca realizado de Francia desde el primer día en que tuvo conciencia de su existencia como nación. Porque Francia no es una raza, no es una etnia, ni sólo un territorio; Francia es un ideal incansablemente perseguido por un gran pueblo que, desde su primer día, cree en la fuerza de las ideas, en su capacidad para transformar el mundo y hacer la felicidad de la humanidad.

 

Quiero decírselo a los franceses: el pleno empleo, el crecimiento, el aumento del poder adquisitivo, la revalorización del trabajo, la moralización del capitalismo, todo eso es necesario y es posible. Pero eso no son más que medios que deben ser puestos al servicio de una cierta idea del hombre, de un ideal de sociedad donde cada cual pueda encontrar su lugar, donde la dignidad de todos y cada uno sea reconocida y respetada.»

 

 

 

Discurso de Bercy, 29 de abril de 2007. Ver el discuso completo aquí (en francés): www.u-m-p.org/site/index.php/ump/s_informer/discours/nicolas_sarkozy_a_bercy

 

http://www.elmanifiesto.com/articulos.asp?idarticulo=137

 

Por qué ha fracasado Le Pen

Por qué ha fracasado Le Pen Ha sido la sorpresa de las elecciones francesas: el fracaso de Le Pen. Hace cinco años pasó a la segunda vuelta: un éxito histórico para el Frente Nacional. Desde entonces, los problemas que Le Pen denunciaba se han convertido en realidad dramática: la violencia “étnica”, la mala integración de la segunda generación de inmigrantes, la inseguridad, el colapso social… Y sin embargo, con todo a favor, sus resultados lectorales han sido los peores en veinte años. ¿Qué ha pasado? Los analistas apuntan a un error estratégico de la jefe de campaña, Marine Le Pen, hija del líder del FN. Lo explicamos.


EMC (París)

Rara vez el contexto político electoral había sido tan favorable a Jean-Marie Le Pen como en la elección presidencial del 22 de abril de 2007:

 

 

- Primero, por la gran visibilidad de sus temáticas tradicionales: la opinión pública no podía dejar de lado su preocupación por los problemas de la inmigración y la inseguridad, sobre todo porque el recuerdo de las violencias del otoño de 2005 fue avivado por las recientes violencias de marzo y abril, directamente atribuibles a “bandas étnicas”.

 

- Después, porque Jean-Marie Le Pen se ha beneficiado de una muy buena cobertura mediática: a diferencia de 1988, 1995 o 2002, ahora ha sido constantemente presentado –y con razón- como uno de los cuatro finalistas posibles en la segunda vuelta.

 

- Por último, porque el “voto útil”, en la derecha, no tenía esta vez “razón técnica” de ser, ya que la calificación de Sarkozy para la segunda vuelta era evidente. Un voto Le Pen en la primera vuelta no corría el riesgo de privar al elector de la posibilidad de elegir, en la segunda vuelta, entre su primera y su segunda opción.

 

Un fracaso manifiesto.

 

 

Ahora Le Pen no sólo no accede a la segunda vuelta, sino que debe contentarse con el cuarto lugar. No ha sido capaz de reunir todos los votos de su corriente (un total del 19,3% con los votos de Bruno Mégret, que le había dado su apoyo) y ni siquiera el total de sus propios votos personales (16,9%).

 

Semejante fracaso se explica por causas profundas que hay que buscar, por un lado, en el desmantelamiento de todo el aparato militante de conexión entre la dirección del Frente Nacional y los electores, y por otro, en una cierta laxitud de estos últimos (que se han preguntado: “Después de todo, ¿para qué?”).

 

 

Pero el fracaso es también, y quizá sobre todo, consecuencia de decisiones estratégicas inspiradas por Marine Le Pen, hija del líder y directora de la campaña. Errores estratégicos que han sido sobre todo dos : basarse de manera casi exclusiva en la seducción de los medios de comunicación y mostrarse demasiado próximo a Nicolás Sarkozy.

 

Marine Le Pen

Primer error: haber buscado ante todo gustar a los medios de comunicación.

 

 

La “directora estratégica” de la campaña de Jean-Marie Le Pen, su hija Marine, ha impuesto una línea clara: desdiabolizarse banalizándose; complacer a los medios normalizando el discurso respecto a la ideología dominante. Así el lugar simbólico habitual de lanzamiento de la campaña (en 1988, 1995, 2002), el Monte Saint-Michel, ha sido sustituido por Valmy: un lugar republicano abstracto donde se pronunció un discurso clásico sobre la República y la nación como cualquier otro dirigente político podía haberlo hecho. Además de eso, el cartel clave de la campaña representaba a una mujer mestiza con aire de “liberada”. La justificación que dio Marine Le Pen para esta elección iconográfica fue la siguiente: “La candidatura de unión del pueblo francés desembarazado de sus especificidades étnicas, religiosas e incluso políticas, esa es la candidatura de Jean-Marie Le Pen”. Pero un pueblo francés desembarazado de toda especificidad, ¿qué necesidad tendría ya de una candidatura Le Pen? Para defender una Francia republicana puramente abstracta hay otros que son a la vez más creíbles y más eficaces. Por último, el “golpe” final de la campaña se celebró en Argenteuil, donde Jean-Marie Le Pen explicó ante un parterre de mujeres con velo que los mestizos y los africanos son “ramas del árbol Francia”. Discurso que Bayrou, Royal o Sarkozy habrían podido igualmente mantener.

 

A este conjunto de decisiones estratégicas hay que reconocerle el mérito de la coherencia: aspiraba a vincular al Frente Nacional a la concepción hoy dominante de una nación francesa abierta al mundo y desencarnada, a la cual se pertenecería por simple localización geográfica y adhesión ideológica minimalista; concepción que sin embargo se aleja de esa doble realidad que son los persistentes problemas en los suburbios y el fracaso de las políticas de integración.

 

 

Antaño, Jean-Marie Le Pen ironizaba ampliamente sobre sus rivales que le copiaban, diciendo que los electores prefieren siempre el original a la copia. Esta vez es Jean-Marie (o Marine) Le Pen quien ha copiado a los otros… y los electores, efectivamente, han preferido el original.

 

Segundo error: restringir social y geográficamente la diana electoral.

 

 

Jean-Marie Le Pen y el Frente Nacional han mantenido durante mucho tiempo un discurso global que se dirigía a todas las categorías de la población. Y su electorado también ha sido diverso sociológicamente: Neuilly y Nanterre daban frecuentemente resultados comparables. Esta vez, bajo la influencia del brillante ensayista marxista Alain Soral, Marine Le Pen ha impulsado la izquierdización del discurso y la búsqueda preferencial del voto de los “suburbios”. Pero los suburbios no son una buena reserva de votos para el Frente Nacional: porque los franceses que más sufren el exceso de inmigración se han marchado; porque si es verdad que hay franceses de origen inmigrante que votan al FN, éstos siguen siendo minoritarios; y porque los beneficiarios de los servicios asistenciales, cuando votan, lo hacen más bien por los partidos de izquierda que los han “clientelizado”. Y al contrario, algunos acentos de demagogia obrerista han podido contribuir a que el FN pierda a los trabajadores sensibles a la evocación del “valor trabajo” que han recuperado Nicolas Sarkozy y Ségolène Royal. Señalemos, de paso, que la clase obrera está sociológicamente en vías de desaparición y que las categorías socioprofesionales en expansión, que son las de los empleados y profesiones intermedias, no son sensibles a la misma liturgia ideológica y política. El análisis en términos de clase no ha perdido necesariamente su sentido, pero debe ser actualizado.

 

Tercer error: cuidar a Nicolas Sarkozy.

 

 

Jean-Marie Le Pen ha dado la impresión de abandonar sus temas predilectos en el mismo momento en que sus principales adversarios los tomaban, al menos en la forma: Royal lanzaba en Vitrolles una campaña de unificación “de lo social y de lo nacional” para reivindicar después a Juana de Arco, la bandera tricolor y la Marsellesa; Nicolás Sarkozy presentaba su visita al Monte Saint-Michel como un hito esencial de su campaña antes de preconizar la creación de un “ministerio de la inmigración y de la identidad nacional”. Y si el líder del Frente Nacional ha atacado a Ségolène Royal, a veces en términos un poco machistas, por el contrario ha favorecido a Sarkozy hasta el punto de dejar entender que sería posible llegar a acuerdos con él… ¡lo que equivalía a autorizar a sus electores a votar por Sarkozy desde la primera vuelta! Sarkozy ha sacado una ventaja notable de esta actitud ambigua: se le ha ahorrado toda crítica de su balance y toda denuncia de sus contradicciones y sus posturas. Resultado: eso, más los ataques diabolizantes de la izquierda, han podido persuadir a bastantes electores del Frente Nacional de que Sarkozy era una opción interesante, porque él podría hacer mañana lo que Chirac no le dejó hacer ayer y que Le Pen, después de todo, no iba a poder hacer. Al cuidar tanto a Sarkozy, los dirigentes del Frente Nacional han desplegado para él la alfombra roja del voto útil.

 

Le Pen ha sentido crecer el peligro en los últimos días de la campaña y ha optado, tardíamente, por atacar a Sarkozy, y ello menos por su política de los años anteriores como por sus orígenes griegos y húngaros, arriesgándose así a pasar por incoherente tras haber explicado y repetido que los franceses nacidos de la inmigración (árabe y africana) eran tan franceses como los demás.

 

 

Cuarto error: la casi ausencia de toda campaña sobre el terreno.

 

Históricamente, el Frente Nacional siempre ha trabajado a la vez sobre dos vías: la captación del voto sobre el terreno, a través de su aparato militante, y los medios de comunicación, mediante la presencia de su carismático presidente. Pero hoy casi ha desaparecido el aparato conducido y construido por Jean-Pierre Stirbois, Bruno Mégret y Carl Lang. Marine Le Pen ha visto en él –y desde su punto de vista, con razón- un peligro para su estrategia de normalización mediática, porque uno puede hablar con más libertad cuando está solo que cuando tiene alrededor un gran número de hombres y mujeres comprometidos. De ahí esa actitud un tanto despectiva hacia los cuadros y cargos electos del Frente Nacional. Estas decisiones y estas actitudes han tenido al final muchas consecuencias. Primero, porque han conducido a ir cada vez más lejos en el sentido de un discurso que gustara más en las redacciones de los medios que en las profundidades de la opinión. Después, porque eso ha contribuido a desmovilizar a las últimas buenas voluntades que habrían podido ayudar a la campaña lepenista en sus terrenos tradicionales, pero también y sobre todo en Internet. Y en una campaña marcada por la incertidumbre, como era esta, lo que inclina la balanza de los indecisos son las acciones individuales de los convencidos en el ámbito de sus familiares y sus amigos.

 

 

Quinto error: el débil interés por las nuevas tecnologías.

 

La campaña de Le Pen ha estado muy lejos de conceder a Internet la misma amplitud que las de Ségolène Royal (su blog desirdavenir.org y sus blogueros) o la de Sarkozy, que no ha dudado en difundir entre los internautas mensajes en su favor.

 

 

Esta debilidad de la campaña en Internet de Jean-Marie Le Pen se explica por dos razones. Primero, tanto los lastres sociológicos y administrativos del Frente Nacional como los intereses de los grandes barones encargados de las manifestaciones y la propaganda han conducido a efectuar inversiones financieras más en los métodos habituales que en los métodos nuevos. Así el uso del melbombing o de Youtube ha sido marginal. Por otro lado, y esto es lo esencial: Internet es un útil descentralizado y militante animado por constructores de opinión que sólo actúan si están suficientemente motivados. Pero la centralización mediática de la campaña era más bien desmovilizadora, además de que los temas y símbolos escogidos no podían sino desanimar a los bloggers nacionales o identitarios. Marine Le Pen, que ya había registrado unos resultados muy mediocres en las elecciones regionales de Ile-de-France en 2004, ignora manifiestamente que la primera regla de una elección, sobre todo en la primera vuelta, es ante todo la movilización de sus partidarios.

 

El Frente Nacional: ¿del faro a la sirena?

 

 

El fracaso de Jean-Marie Le Pen va a reabrir las especulaciones sobre su sucesión. A ojos de los medios que influyen en la opinión, la cosa está clara: Marine Le Pen lo habría hecho mejor que su padre. Pero eso es una paradoja, porque es precisamente su estrategia, seguida escrupulosamente, lo que explica el mediocre resultado obtenido.

 

También conviene subrayar que, al margen de las estrategias seguidas por los candidatos, hay una gran inercia en los fenómenos políticos y electorales. Por eso el resultado no ha sido aún peor: el peso y la velocidad adquiridos en las elecciones anteriores explican que la catástrofe haya sido limitada.

 

 

Sea como fuere, en el casting mediático-político de mañana, el establishment dirigente ha concedido ya a Marine Le Pen su papel: hacer progresar la ideología dominante en el sector de opinión que hasta ahora se había mantenido más reacio, es decir, los electores y simpatizantes del Frente Nacional.

 

Con sus virtudes y sus defectos, con su temperamento, Jean-Marie Le Pen ha trabajado durante mucho tiempo sobre la parte más nacional de la opinión, e incluso más allá de esta, jugando el papel de un faro: punto de referencia para unos, de advertencia para otros. Hasta el punto de que todo el mundo reconoce hoy, como el socialita Fabius hace veinte años, que Le Pen ha planteado “problemas verdaderos”.

 

 

Hoy su hija Marine le va a robar protagonismo. Gusta mucho a quienes no votan al Frente Nacional, que van a ayudarle a jugar el papel al que la han destinado: el de la sirena cuya música engañosa precipita a los marinos en los arrecifes.

 

Elmanifiesto.com, 30 de abril de 2007

Varios miembros del PSOE denuncian el "discurso antijudío" de la izquierda y piden a Zapatero un cambio de política

Varios miembros del PSOE denuncian el "discurso antijudío" de la izquierda y piden a Zapatero un cambio de política Esta tarde se presentará en Madrid, en el Círculo de Bellas Artes, un manifiesto en defensa de Israel con la presencia de destacados miembros del PSOE como Nicolás Redondo Terreros, Enrique Múgica o Juan Barranco. José Acosta será el encargado de leer el texto, que quiere romper el "pesado silencio de la izquierda española" en defensa del Estado de Israel, cuyos valores son "perfectamente homologables a cualquier Estado democrático de Occidente". Este manifiesto denuncia el "discurso antisemita, antijudío y antiisraelí pretendidamente de izquierdas". En el acto pedirán un cambio de política a Zapatero sobre Israel y en torno a su apuesta por la Alianza de Civilizaciones.

Israel y la defensa del progreso democrático en España

El manifiesto que se presentará esta tarde lleva el título de "Israel y la defensa del progreso democrático en España", y lamenta el "discurso antisemita, antijudío y antiisraelí, pretendidamente de izquierdas" que "está anclado en consignas elaboradas en Europa desde finales de los años 60 del pasado siglo". Los firmantes declaran que "quienes rechazamos tanto el legado intelectual soviético como el utilitarismo político de la extrema derecha, buscamos usar los rigurosos instrumentos del pensamiento crítico en defensa de los valores occidentales de libertad, igualdad, justicia y fraternidad".

En el texto declaran que "desde hace años, hay un pesado silencio en la izquierda española en lo que concierne a la defensa del Estado de Israel" cuyos valores "democráticos, políticos, sociales, económicos, culturales y religiosos", son comparables a "cualquier Estado democrático de Occidente". Ese silencio "es el de miles de hombres y mujeres de izquierdas que asistimos con tristeza a los reiterados ataques políticos, intelectuales y periodísticos contra Israel" y se quiere romper esta tarde en una declaración de defensa del Estado judío frente a la actitud de otra izquierda, a la que se ha sumado Rodríguez Zapatero.

Pero, continúa el manifiesto, "no somos pocos los izquierdistas en España que apreciamos y valoramos el valor ético y político que supone para la Humanidad la existencia de Israel en un mundo amenazado por la intolerancia y el fundamentalismo". Tampoco "los que militando en los partidos, sindicatos y asociaciones de izquierdas en España podemos y debemos contribuir a que las manipulaciones y las extorsiones que se producen en contra de Israel sean combatidas dialéctica y democráticamente".

Este grupo de personalidades de la izquierda proclama que "la bandera de la causa de Israel no puede quedar sólo en manos de quienes desde la derecha española pretenden ostentar la exclusividad en su defensa". Es más, "la defensa de Israel no es exclusivo deber de ningún partido u organización ideológica, sea de izquierdas o de derechas, sino deber de todos los demócratas". El texto considera que "en las orillas occidental y oriental del Mediterráneo, centenares de miles de hombres y mujeres libres, ciudadanos de Israel y España, estamos unidos por un mismo ideal sostenido a lo largo de generaciones. Cada mujer y cada hombre tienen derecho a ser quien quiera ser y serlo viviendo con la seguridad que sólo brinda la libertad individual y política".

El texto recuerda el establecimiento de las relaciones de España con Israel en 1986 y sale en "defensa del derecho del pueblo israelí a tener su propio Estado-nación conforme a lo dictaminado en todas las resoluciones de la ONU desde noviembre de 1947".

El acto de esta tarde convocará a varios socialistas de renombre, como el Defensor del Pueblo, Enrique Múgica, el dirigente Nicolás Redondo Terreros, el ex alcalde de Madrid Juan Barranco o ex ministros como Julián García Vargas o Javier Sáez de Cosculluela, mayoritariamente en pertenecientes al sector guerrista. El manifiesto ha sido iniciativa de la Asociación Solidaridad España-Israel.

Se puede enviar una adhesión escribiendo a la dirección de correo electrónico manifiesto@aseiweb.net.

 

Libertad Digital, 25 de abril de 2007

Es la política social, Mariano, la política social...

Es la política social, Mariano, la política social... Mariano Rajoy abandonó los estudios de TVE, el jueves pasado, satisfecho. En las dos horas del programa Tengo una pregunta para usted, a pesar de lo endiablado de las preguntas, pudo mostrar su talante amable, su perfil de hombre de Estado.

Las buenas sensaciones se convirtieron en un auténtico subidón cuando le comunicaron que había conseguido medio millón y medio más de audiencia que Zapatero. Pero algo le inquietaba y en las escasas horas de sueño de esa noche y en el viaje del día siguiente a Granada acabó de darle forma al azogue que le consumía. Lo soltó tan pronto como tuvo un micrófono delante: “Hay muchas otras cosas de las que me hubiera gustado hablar, de la política familiar, por ejemplo”. De política familiar en realidad había hablado al anunciar que acudiría a la boda de un posible hijo homosexual, lo que supuso anunciar indirectamente que el PP no va a derogar la reforma del Código Civil que permite el matrimonio entre personas del mismo sexo.

Pero llevaba razón Mariano, no había hablado de políticas familiares. Y es que no les sale, no les sale hablar de políticas sociales a los del PP. Rajoy hizo alguna referencia al desastre de nuestro sistema educativo y a la necesidad de reformarlo porque la mejora de su calidad es condición para conseguir más capacidad de competir. En realidad, en cuanto se plantea el problema se le da un enfoque económico.

 

La economía y la política antiterrorista siguen siendo los platos fuertes del discurso “pepero”. Lo reconocen personas muy cercanas al propio Aznar, cuando se relajan y hace balance sincero de su gestión: “hubo dos hombres fuertes, Mayor Oreja y Rato. Tuvimos políticas fuertes en sus áreas que eran decisivas, pero en el resto nos faltó proyecto”. Esa debilidad se ha trasladado del Gobierno a la oposición.

 

Las generales están a la vuelta de la esquina. Y en Génova están convencidos de que todo dependerá de cómo acabe el mal llamado proceso de paz. Ha dado buenos resultados denunciar la cesión con el caso De Juana y puede dárselos también la presencia de Batasuna en los comicios municipales. Pero olvidada la economía, mientras siga creciendo el PIB a tasas superiores al 3 por ciento, no basta la política antiterrorista para hacer oposición. El proceso seguramente quedará en tablas (“no lo ha conseguido, pero debía intentarlo”, dicen ya muchos) y los españoles, además de estar preocupados por ETA, necesitan un mensaje claro sobre educación, familia y sobre el sistema de protección social.

 

El “equipo social” de Génova está muy cercano a Mariano Rajoy pero no ha definido claramente sus propuestas y no tiene el peso que otros “negociados”. Son buenos técnicos y están intentando ganar protagonismo. Alguno de ellos conoce bien los cambios que se están produciendo en el sistema de servicios sociales europeos (no definidos en muchos casos como servicios sociales públicos sino como servicios públicos de interés general) y está en condiciones de ofrecer un modelo que acabe con el ineficiente estatalismo que domina este campo para dar más espacio a la iniciativa social. Pero esos conocimientos no se han transformado en una apuesta sencilla y fácil de comunicar en favor de la subsidiariedad. Sin fórmulas claras, los peperos de lo social no ganan peso en el partido.

 

Algo semejante o más grave ocurre en el ámbito de la educación. El liderazgo de la oposición a la LOE ha sido de la calle, de las organizaciones sociales. El PP ha ido por detrás. Y ahora todavía no consigue precisar el mensaje alternativo. En Génova barajan la idea de incluir entre sus promesas electorales una renovación del modelo de conciertos. Por desgracia, la idea no prosperará porque hay miedo. Desde el entorno de FAES, la gran apuesta es un pacto nacional de educación que nos les obligue a hablar de una nueva contrarreforma educativa. Piensan que el argumento a favor de la tardía e inaplicada LOCE es suficiente: “nuestro sistema educativo genera ignorantes y los ignorantes no pueden competir”.

 

Esperan que el deterioro de la enseñanza provoque una auténtica movilización social en pro de la calidad. Calidad y disciplina. “No nos podemos meter en otras cosas”, explican, “la gente no las entendería”. Es un mensaje cierto pero parcial, que tiene mucho que ver con el entorno neoliberal de FAES, en el que las cuestiones del sentido y del protagonismo de la sociedad civil en materia educativa no acaban de entrar.

 

Se equivocarían si no hacen una promesa que dé respuesta al hambre de libertad educativa despertada en esta legislatura. Como se equivocarían si no hay dos o tres propuestas nítidas para mejorar la política familiar. Las organizaciones sociales que tanto han hecho en los tres últimos años por denunciar los excesos de Zapatero deberían tener ahora como objetivo prioritario condicionar la agenda electoral del PP. Quizás de las filas de esas organizaciones pudiera salir un hombre o una mujer fuertes que hiciera el papel que en un tiempo hicieron Rato y Jaime Mayor.

 

Fernando de Haro

Páginas Digital, 25 de abril de 2007

Le Pen no impide una victoria de Sarkozy que une la derecha francesa

Le Pen no impide una victoria de Sarkozy que une la derecha francesa La extrema derecha tiene su peor resultado en décadas. Sarkozy ha tomado la medida a Le Pen, porque ofrece soluciones y con los votos toda la derecha puede derrotar a Ségolène.

23 de abril de 2007. Nicolas Sarkozy, muy a pesar del presidente Jacques Chirac, recortó la ventaja inicial de Ségolène Royal hasta derrotarla en la primera vuelta de las elecciones de ayer. Un candidato de izquierda y otro de centroderecha se enfrentarán en la segunda vuelta de las presidenciales francesas. La izquierda se ha unido, pero ha perdido. La derecha ha ido a las urnas dividida en tres, pero Nicolas Sarkozy ha conseguido por primera vez que Jean-Marie Le Pen retroceda. En su propio terreno.

Le Pen da miedo. Causa extrañas reacciones a izquierda y derecha. Demasiados miedos para tratarse de un político que ha ocupado cargos electivos desde la década de 1950, que cuenta con una base amplia de votantes y que ha asumido el sistema democrático con aparente lealtad. Si Le Pen cumple las leyes y los franceses le votan, su persona, sus propuestas y sus formas podrán no gustar -por definición, en democracia los ciudadanos serán libres de votarle o no-, pero lo incomprensible es que se hable de él como de un apestado. Sarkozy ha tenido el acierto de no caer en esa trampa, aceptó el desafío de Le Pen y le arrebató la iniciativa entre su propio electorado.

Le Pen no es el problema. Cada vez más franceses están sorprendidos y atemorizados por los cambios de las últimas dos décadas. El Estado de Bienestar se tambalea, no hay seguridades colectivas hacia el futuro. Millones de extranjeros han llenado las calles, sin que quienes se benefician de su trabajo tengan que convivir con ellos y sin que nadie atienda a sus necesidades ni a sus identidades. La violencia, en todas sus formas, aumenta, y el Estado no acierta a impedirla, anulando así el fundamento de su propia legitimidad. Muchos ciudadanos sienten miedo. Le Pen no lo ha creado, se limita a aprovecharlo y a señalar cómo los políticos convencionales, como Chirac, olvidaron a la gente normal.

Le Pen no es la solución. No lo es, desde luego, para los problemas que plantea. El "lepenismo" ha consistido en anunciar el Apocalipsis en tono vociferante, recaudando votos a cuenta de problemas reales pero asumiendo que la única solución era el propio Le Pen. Durante tres décadas el Frente Nacional ha crecido hablando a la gente de preocupaciones que los demás partidos silenciaban. Pero nunca ha hecho política práctica, porque sólo aceptaba el poder en primera persona: el "cordón sanitario" se convirtió en un arma de doble filo; gracias a él Le Pen llegó a la segunda vuelta de las presidenciales de 2002 y esperaba hacerlo en 2007, pero por la misma razón Sarkozy se convirtió ayer en el líder único de toda la derecha francesa.

Sarkozy tiene la palabra. Es muy fácil agitar una bandera vieja o nueva y reunir personas en nombre del miedo, de la nostalgia, del odio, de una cierta demagogia o de una cierta amenaza. Es fácil, sobre todo, cuando la amenaza y los problemas existen. Pero es una gigantesca, aunque bienintencionada, estafa. Los políticos no están para imitar a Jeremías y para mantener un digno aislamiento, sino para asumir parcelas de poder y solucionar, en la medida de su fuerza electoral, los problemas que ven. Sarkozy ha conseguido muchos votos que antes fueron a Le Pen proponiendo soluciones que éste comparte pero que jamás podrá aplicar. Ahora el veterano candidato deberá demostrar su ostentado patriotismo y elegir a quién apoya en la segunda vuelta.

 

Pascual Tamburri

El Semanal Digital, 23 de abril de 2007

Perdemos el patrimonio de la reconciliación

Perdemos el patrimonio de la reconciliación

El acuerdo entre el PSOE e Izquierda Unida para sacar adelante la Ley de Memoria Histórica supone que no se quede solo en cuestiones simbólicas. Se declaran ilegítimos los tribunales y las sentencias franquistas, lo que abre la vía a que se declaren nulos los fallos. Muchos de esos juicios probablemente no fueron justos, como tampoco lo fueron los del bando republicano, pero es un error garrafal abrir la puerta a la inseguridad jurídica.

Se intenta, de nuevo, hacer saltar por los aires el pacto básico de la Transición. El espíritu de reconciliación que hizo posible la Constitución del 78 se basaba, entre otras cosas, en no avivar los resentimientos y en no establecer ni culpabilidades ni responsabilidades “oficiales” sobre lo sucedido en la guerra y en la postguerra civil. El debate quedaba para los historiadores. Aquella reconciliación nacional fue posible gracias a la generosidad de muchos españoles, a la generosidad de muchas personas que habían perdido a padres, madres, hijos en los dos bandos.

Todo ese gran patrimonio, esa herencia que han disfrutado las nuevas generaciones, salta ahora por los aires por el acuerdo de un Gobierno de Zapatero y por una Izquierda Unida que, a diferencia de lo que hicieron los socialistas y los comunistas de los años 70, se empeñan en reabrir viejas heridas. Si Zapatero quiere distraer la atención por el fracaso del mal llamado proceso de paz más nos valdría que siguiera hablando de economía.

 

F.C.

Páginas digital, 20 de abril de 2007