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Vieja y nueva política

Zapatero y Carod hacen el indio por la "paz" de espaldas a Afganistán

Zapatero y Carod hacen el indio por la "paz" de espaldas a Afganistán El polémico líder republicano y vicepresidente de la Generalitat catalana, Josep Lluís Carod-Rovira, se nos ha ido de viaje. A la India, nada menos, ya que el nuevo Estatuto atribuye a sus instituciones regionales –embrión de Estado independiente- competencias en materia internacional. Nuestros impuestos han financiado algo tan necesario para el bienestar de los catalanes como un diccionario sánscrito-catalán. Pero eso no es lo peor del caso; lo peor, ay, es que Carod ha vuelto a hablar.

Para Carod, India y su historia representan "una enorme lección de convivencia", ya se sabe, variedad étnica y religiosa, mil millones de habitantes, 22 lenguas oficiales y Visnú sabrá cuántos dialectos. ¿El paraíso? Algo así parece pensar José Luis Rodríguez Zapatero, que en el libro de honor del monumento funerario de Gandhi escribió "Paz. Vivir en paz, la más grande utopía universal. Con emoción y admiración... a Gandhi. De España, un país en paz, un país para la paz". Eso es el dogma progre: tolerancia, multiculturalidad, paz.

 

Qué pena que ninguno de estos dos preclaros pacifistas sepa de qué está hablando. Gandhi murió asesinado en el umbral de la independencia de su país, que implicó un baño de sangre entre hermanos, desgarró en dos partes el viejo Imperio, desarraigó muchas de sus tradiciones más antiguas y creó nuevos problemas e injusticias que sólo con enorme vigor –del que ZP carece- han podido encauzarse hacia la paz.

 

La paz es un bien, pero la ausencia de violencia no es un bien absoluto, sino que se consigue de modo temporal e imperfecto, con esfuerzo, realismo y suerte. En cambio, "la guerra es terrible, es un mal en sí misma. Y en esto no hay ni muchas dudas ni muchas discrepancias, a la luz de los últimos cien años. Sin embargo, existe. Es una realidad de ayer, de hoy y de siempre. Se puede regular, se puede tratar de evitar, se puede intentar humanizar, pero desde que el hombre es hombre y mientras lo siga siendo habrá violencia". Para conseguir la paz no basta desearla, ni cabe pedírsela al Ratoncito Pérez. La mejor manera de no tenerla es apuntarse al buenismo e ignorar los hechos. India, la mayor democracia del mundo, es una potencia imperial con armamento nuclear, dispuesta de defender su unidad y su libertad. Ésa es la India real, y ésa es una paz real. No la imaginan así Zapatero y sus socios.

 

"Los pacifistas profesionales pueden ser en algunos casos personalmente respetables, pero políticamente son ajenos a cualquier realidad humana presente, pasada y probablemente futura. Por causa de ellos, la palabra paz –un deseo universal, éste sí- se ha desgastado, y lo que es ciertamente un bien, y en todo caso una necesidad de España y de Europa en este momento de su historia, se ha convertido en pancarta. La vida de una nación no se construye con pancartas, sino con hechos basados en realidades". No olvidemos, como ejemplo histórico, que "la Constitución española durante cuya vigencia más muertes y sufrimientos se han producido es la de 1931, la Constitución republicana que derivó –por una u otra razón- en la guerra civil de 1936... En aquel texto, jurídicamente brillante y estilísticamente más que aceptable, qué duda cabe, ´España renunciaba a la guerra como instrumento de la política´".

 

Ya entonces había ilusos y gentes dispuestas a cualquier claudicación en el intento de lograr la "paz". Pero no basta una sonrisa bobalicona y media docena de lugares comunes con los ojos puestos en blanco para lograr una verdadera paz. Que es obra de la justicia, como explicó el filósofo Ugo Spirito al hablar de la "férrea ley de la realidad". El gran problema es que padecemos una clase dirigente sin otra voluntad que la de imponer el nihilismo conservando el poder. Un tipo humano bien representado en Zapatero y en Carod, y también en su provecto amigo Jacques Chirac, que acaba de explicar que los conquistadores españoles eran sólo "hordas que fueron a destruir". Nuestros soldados, herederos de los conquistadores, mueren en Afganistán mientras nuestros gobernantes hacen el indio dándoles la espalda.

 

Pascual Tamburri

El Semanal digital, 22 de febrero de 2007

El verdadero 11-M al desnudo: del caso Dreyfus al complejo Aznar

El verdadero 11-M al desnudo: del caso Dreyfus al complejo Aznar

En el juicio se dirime la culpabilidad o inocencia de los 29 acusados y la veracidad de las pruebas. Buscar un resultado político sería peligroso sobre todo para la derecha.

Por la Casa de Campo de Madrid estamos viendo pasar lo mejor y lo peor del pasado reciente de España. Lo peor, los atentados, el crimen organizado, preciso y sin piedad, la interrupción sangrienta de la democracia, la fragilidad del poder ejecutivo, el uso oportunista del suceso y el barullo posterior. Lo mejor, la solidaridad popular en torno a las 192 víctimas, que son la razón de este juicio.

Javier Gómez Bermúdez, presidente de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional, está demostrando desde la presidencia del Tribunal encargado de juzgar todas las capacidades profesionales que se le suponían. Por encima de los intereses cruzados, busca hacer justicia; y no una justicia fuera del espacio y del tiempo, sino la que le corresponde impartir. El Tribunal no tiene como misión repartir culpabilidades políticas, ni juzgar la política exterior de José María Aznar –suponiendo que tuviese algo que ver con los atentados- ni valorar la coalición de enemigos internos del PP y su brillante gestión de la oportunidad política tras las explosiones. Nada de eso está siendo juzgado, sino sólo la culpabilidad o inocencia de los extranjeros y españoles para los que, tras la instrucción del proceso por Juan Del Olmo, la fiscalía y las acusaciones particulares piden penas.

 

¿Puede convertirse el juicio del 11-M en un juicio del zapaterismo?

 

Al Tribunal se le debe pedir que cumpla bien su función, pero sólo esa. Ninguna hipótesis periodística, de cualquier signo, está en el aula. Ningún interés político, por legítimo que sea, está siendo discutido allí. Que el Tribunal sea justo, riguroso y serio en su tarea, y que no se desvíe de ella. Porque hay tentaciones de pedirlo, pero el mayor perjudicado –junto a las víctimas- sería el Partido Popular.

 

La tentación está ahí. Acaba de conmemorarse el centenario de la absolución del capitán Alfred Dreyfus, y más de una vez en los últimos meses se ha comparado aquel caso con el del 11-M. Un delito humillante para la nación, juzgado a toda prisa; un presunto chivo expiatorio, judío en aquel caso, condenado con pruebas en parte hipotéticas; un centroderecha dubitativo, dividido y acobardado, sin control de los medios de comunicación y deseoso de pasar página; una izquierda radicalizada y laicista, decidida a montar un gran escándalo en la prensa; y la politización de la justicia o la judicialización de la política que llevaron a un cambio de régimen.

 

¿Estamos seguros de quién sacaría partido?

 

Suárez Trashorras y los moros de Lavapiés no son, la verdad, Alfred Dreyfus. Los atentados han tenido graves consecuencias políticas en España, ya que el 14 de marzo Zapatero obtuvo una victoria que pocos esperaban, pero el vínculo entre los atentados y las urnas no lo crearon ni el PSOE, ni la SER, ni la masa de ciudadanos manipulados. Fue la débil gestión de la crisis desde el poder –es decir, desde el Gobierno de José María Aznar y especialmente desde el ministerio del Interior de Ángel Acebes- la que puso en bandeja el regalo. Fallaron los servicios de información, fallaron las decisiones políticas –ya que pudieron tomarse medidas contundentes que no se adoptaron- y se demostró el error de dejar en manos del rival político órganos esenciales del aparato del Estado y casi todos los medios de comunicación. Si se politiza este juicio lo primero que se va a juzgar es eso: no el zapaterismo, sino un aznarismo que ante otros retos sí se había mostrado osado y que en ese caso no lo hizo.

 

Eso es, también, la verdad sobre el 11-M. Emilio Zola está muerto y enterrado, y la derecha española no tiene capacidad de convertir este juicio en un juicio al régimen naciente. Buscar aliados ocasionales (e interesados) para un intento semejante podría ser un tiro por la culata de dimensiones imprevisibles, sobre todo porque quienes más agitan las aguas son algunos de quienes más contribuyeron a que Mariano Rajoy perdiese las elecciones de 2004. Ya que no han tenido el decoro de retirarse a su oficio, quienes lo tengan, deben tener presente que las elecciones que el PP debe ganar son las de 2007 y 2008 en las urnas, no las de 2004 en los tribunales ni en los medios.

 

Los españoles quieren saber la verdad sobre el 11-M. Las víctimas merecen justicia y reparación. España merece un Gobierno serio. Y como dijo Jacques Chirac recordando el verdadero caso Dreyfus, "todos tenemos la obligación de ser extremadamente vigilantes frente a las fuerzas oscuras". Que no están sólo a un lado. La cuestión es ir haciendo luz conforme a las reglas del juego, porque demasiadas cosas importantes dependen del PP como para entrar en juegos de azar, tal vez beneficiosos para algunas personas pero angustiosos para la nación.

 

Pascual Tamburri

El Semanal Digital, 19 de febrero de 2007

Abstención, la mayor crisis política del mundo libre

Abstención, la mayor crisis política del mundo libre

Nadie se lo había pedido, pero el editorial de El País se ha apresurado a recalcar la “incuestionable legitimidad” de la consulta popular sobre el reformado Estatuto andaluz. Sólo acudió a votar el 36% del electorado, con un agravante sobre el déficit democrático que, ya por sí solito, representa tan exiguo porcentaje: esta vez los dos partidos mayoritarios, PSOE y PP, remaban en la misma dirección, a favor del “sí”. De lo que podríamos sacar una conclusión similar a esta: en la llamada “cuestión territorial”, también conocida como unidad de España, no es que Juan Español esté de parte del PSOE o del PP, no es que sea centralista o separatista, es que a Juan Español los estatutos de autonomía y toda la parafernalia le importan un pimiento. “Otro estatuto innecesario” concluye el editorial de La Razón, sin duda el más atinado de la prensa española del lunes.

 

Y en esta ocasión no había bronca PSOE-PP, sino que la derecha, siempre acomplejada, decidió subirse al carro de las reformas estatutarias (con Valencia y otras) para no quedarse como un eterno “mister No”, algo que le agradecería muchísimo buena parte de la ciudadanía y el 100 por 100 de sus votantes.

 

Porque claro, si una abstención del 65% no deslegitima un resultado en democracia, ¿qué lo deslegitima? En todo Occidente, el divorcio entre la clase política y el pueblo se acentúa año a año y día a día. ¿España nacionalista? ¿España anti-nacionalista? No, España a-nacionalista. La cuestión territorial es cosa de políticos y a los ciudadanos les importa un bledo, salvo que se origine el caos.

 

ZP no tenía ninguna necesidad de meterse en el berenjenal de las reformas estatutarias. Como no tenía necesidad de meterse en el berenjenal del País Vasco, en el que ha logrado resucitar a un ETA moribunda. Lo hizo para marcar distancias con el Partido Popular, y lograr aislar a la derecha a costa de aliarse con los nacionalismos moderados, CIU y PNV. Ese intento de aislamiento sólo se ha conseguido a medias, y ya nos ha costado un precio demasiado alto. Pero, además, la tontuna zapateril ha provocado el replanteamiento de todos los Estatutos, un desastre que ya ha acabado donde debía: aburriendo hasta el mismísimo Llamazares, el de la república federal y cantonal, cromáticamente rojiverde.

 

En cualquier caso, la técnica del referéndum no gusta a la clase política. Lo mismo ocurrió con Europa, donde franceses y holandeses, para bien de todos, tumbaron en referéndum el Tratado Constitucional, tratado que tuvo mucho más éxito en aquellos países, como Alemania, donde fueron los diputados quienes dieron el visto bueno al texto (¡¿Una constitución aprobada sin referéndum?!). Es más, entre la clase política, cada día más profesionalizada -¡qué horror!- se percibe una tendencia a calificar como fascismo la democracia directa, asamblearia, plebiscitaria, popular… tendencia, por cierto, de lo más ilustrativa respecto al actual estado de cosas.

 

Es decir, como siempre hacen los políticos, ante un problema no ofrecen conclusiones, simplemente suprimen las premisas. Si los electores están desencantados con ellos, en lugar de convencerles para cambiar, deciden suprimir a los electores en nombre, claro está, de la democracia prístina.

 

Este divorcio entre la clase política y el pueblo, que se percibe en una abstención generalizada y creciente, constituye el mayor problema de la política en el siglo XXI. Porque, además, una sociedad que ama la abstención es carne de tiranía, es un pueblo que, antes o después, aceptará el autoritarismo. Quizás no haya que esperar mucho, aunque esta vez, naturalmente, la autocracia que terminará con las libertades llegará entre vibrantes y sonoras ovaciones de los abstencionistas, es decir, de los comodones, antes conocidos como mayoría silenciosa.

 

Aunque, eso sí, la legitimidad del referéndum sobre el nuevo Estatuto andaluz es “incuestionable”.

 

Eulogio López

Hispanidad.com, 19 de febrero de 2007

¿Nueva Derecha? O la reinvención del populismo frente al vacío de la izquierda

¿Nueva Derecha? O la reinvención del populismo frente al vacío de la izquierda Nuestra historia podría empezar quizá con una narración casi epopéyica sobre un vasto movimiento de tierras que amenaza con remover la historia. La emergencia de un nuevo movimiento político del que apenas podemos describir la fórmula: una combinación de innovación y conservadurismo, de agresividad rupturista y apelación a valores de rancio olor caduco. Este movimiento, que aspira a constituirse en un polo hegemónico de la política de nuestro tiempo, puede ser nombrado por convención --y sólo por esto- como “ND” (a partir de ahora, ND), designando así un conglomerado histórico que inaugurara quizá el reaganismo en Estados Unidos y el thatcherismo en Europa, pero que sin duda tiene prolongaciones tan diversas y complejas como las que corresponden a los movimientos sísmicos que mueven las placas tectónicas.

 

El argumento --tan previsible como eficaz- que normalmente se vierte para explicar el irresistible ascenso de la derecha renovada es que su poder se debe menos a la instauración de una máquina demoledora de toda resistencia como, en primera instancia, a su capacidad para generar adhesiones y producir medios de subjetivación que hacen de la ND algo “más popular” que la izquierda. Por eso es mucho más conveniente hablar del ascenso de una nueva hegemonía, en términos de Gramsci (constelación de poderes y de ideas capaz de presentarse como interés general), e intentar comprender la química de este nuevo bloque de alianzas, que reutilizar los viejos clichés izquierdistas sobre la estulticia del pueblo, la alienación generalizada o un subrepticio fascismo de masas. La voluntad hegemónica se manifiesta fundamentalmente en relación y en contra de las derechas clásicas, por medio del desmarque de la extrema derecha de corte netamente fascista y de la democracia cristiana, a quienes acusa de ser, respectivamente, extremista o pusilánime.

 

Tres rasgos salientes son inmediatamente reconocibles en la ND:

 

 

1. En el orden de los discursos y en la tonalidad de las prácticas, la marcada agresividad de la ND. Una ofensiva que hace de la derecha moderada, democristiana, comprometida con el estado social de la década de 1960, un pálido fantasma de otro tiempo, que ciertamente todavía circula como el viejo papel moneda, pero que tiende a desaparecer en el mercado del mainstream. Contra ésta y sus representantes (por ejemplo en España, las líneas políticas de Gallardón, Arenas o Piqué han sido minorizadas tras el ascenso de los neoconservadores Acebes, Zaplana, Aguirre, etc.), la ND, en sus discursos y en sus propuestas, no sólo trata de quebrar el viejo juego de reglas políticas, sino que adopta sin ambages la imagen invertida de la revolución permanente. Escenifica una pieza teatral en la que su papel es el de la vieja fuerza ordenadora en un mundo inestable y amenazado, sometido a terrorismos de enorme ubicuidad y a fuerzas morales perversas (la reintroducción de categorías morales en política es quizá una de las principales innovaciones de las nuevas ideologías conservadoras). El diagnóstico de la ND sólo puede recetar así una permanente contrarrevolución que trate de restaurar un orden dañado y corrompido (el que se deduce de las crisis derivadas de la reestructuración capitalista de las últimas décadas), que naturalmente exige medidas tan drásticas como la guerra (contra el terrorismo, desde luego, pero también contra la delincuencia, la droga o cualquier elemento susceptible de convertirse en “enemigo interno”) y la autodefensa preventiva (que supone la ruptura de los viejos ordenes jurídicos garantistas y el advenimiento de la policía y las medidas de excepción como norma de gobierno). Contra el pensamiento postmoderno, la ND escenifica una puesta en escena de valores sustantivos, fuertemente morales, en sociedades erosionadas en parte (y ésta es la paradoja) por la propia política desarrollada bajo sus criterios (el neoliberalismo). La ND genera así un curioso círculo virtuoso de autolegitimación.

 

 

2. En el orden de las percepciones subjetivas (sobre las que se construyen los proyectos de hegemonía), la ND parece representar mejor los problemas de amplios sectores sociales de lo que lo hace una izquierda cada vez más autocomplaciente. De hecho, el proyecto neoconservador se construye a partir de la fragilidad y derrota de los movimientos sociales, tanto los tradicionales ligados a la clase obrera como los nuevos protagonizados por minorías, ecologistas, feministas y el amplio elenco de comunidades y formas de vida emergentes de la vasta experimentación del 68 y la contracultura. La izquierda institucional que siguió a esta derrota (muchas veces orquestada con su absoluta complicidad), y que en muchos casos se hizo con el gobierno durante los años 80 y 90, ha utilizado la herencia del 68 como simple recurso ideológico de su propia legitimación. Numerosos comentaristas y ensayistas repiten que las llamadas élites liberales viven en realidades paralelas, que sus discursos y sus prácticas atraviesan sólo de forma tangencial las preocupaciones y los intereses corrientes y, en general, que este cuerpo social minoritario se ha blindado en un estatuto privilegiado. Una lectura que parece congruente con los análisis que señalan el extremado corporativismo de las burocracias sindicales, la esclerotización del viejo sistema de partidos y la escasa permeabilidad de los medios de comunicación y de sus élites culturales a la emergencia de nuevos fenómenos sociales y políticos. En este contexto, la ND se puede presentar, como antes lo hiciera la izquierda, como adalid del hombre común, de sus expectativas y sobre todo de sus miedos, en un espacio (el viejo espacio de las clases medias y el Estado asistencial) que efectivamente se está desmoronando. Esto es lo que le otorga su carácter populista.

 

 

3. La ND opera en el contexto de la innovación comunicativa, de la revolución mediática y de la emergencia de nuevas formas de expresión. Su principal audacia consiste en haber entendido esa nueva realidad como oportunidad política, reinventando la publicística como arma de propaganda. De nuevo, la ND aprovecha el contexto de crisis que dejó por un tiempo en la cuneta al proyecto conservador, esto es, la crisis de los sistemas de representación política tradicionales. En cierta medida, en un mundo altamente fragmentado y en el que los viejos grupos sociales y las instituciones que constituían la esfera pública han naufragado definitivamente, el universo mediático se apunta como la única esfera pública tangible, más aún que los sistemas de representación tradicionales: no en vano, en las manifestaciones convocadas por la ND en España no se jalea tanto al PP como a la COPE. La ND (aún en la era Internet y en la pluralidad de voces que se reconocen en ella) explota este universo como medio de comunicación directo con una sociedad que en buena medida carece de espacios autónomos de expresión. Y sobre esta ausencia descubren la comunicación como arte de la performance (en una línea evolutiva de la vieja propaganda) y la retórica como herramienta de construcción de realidad.

 

 

El modelo precedente (radicalidad y moralismo, populismo y nueva inteligencia comunicativa) parece encajar bien en el caso de los neocons estadounidenses o del gobierno Berlusconi, paradigma del uso provechoso de los medios como herramienta de hegemonía política más allá de las mediaciones institucionales y de los mecanismos de representación. Pero, ¿es un modelo de explicación aplicable a algunas de las realidades políticas españolas? O, en otras palabras, ¿existe un campo de innovación de la derecha más allá de la imagen tradicional conservadora, españolista, católica, sociológicamente franquista, de la derecha española?

 

La respuesta, por paradójica que parezca, es que esta ND, como una específica versión del “vodevil hispano”, existe acá; y que la agresividad de la política de la última legislatura del gobierno Aznar, y sobre todo de los consensos (hasta los atentados del 11-M) que supo generar, ya muy alejados del centrismo de su primera legislatura, en cierto modo es inexplicable sin la incorporación de algunos de los elementos señalados antes.

 

Sin embargo, la punta de lanza de esta ofensiva se encuentra en la propia esfera comunicativa y no inmediatamente en el medio político convencional: en la emergencia de un conglomerado de medios de comunicación de gran audiencia, promovido por un grupo de periodistas y ensayistas. Este conjunto de periodistas y opinadores profesionales se sitúan a la vanguardia neoconservadora, por delante del PP. De hecho, en ocasiones es el partido quien es utilizado por la ND mediática (invirtiendo el paradigma de la manipulación informativa que la izquierda suele denunciar), aunque habitualmente se puede reconocer una relación simbiótica entre la derecha mediática y su representación partidista. El sector más reconocible, la versión hispana más agresiva si se quiere de la ND, podría englobar a un buen número de sectores del periódico El Mundo, pero desde luego las experiencias más originales e interesantes deberían encontrarse en Libertad Digital, en Radio Intereconomía, en los programas de La COPE y en firmas como Pío Moa, Jiménez Losantos, Gabriel Albiac, Cesar Vidal, Alberto Recarte, etc.

 

Una evidencia, que sólo en apariencia es sorprendente y señala por sí sola la novedad de la ND, aunque sólo sea en términos sociológicos, es que la mayor parte de sus protagonistas declaran un manifiesto origen izquierdista. Son antiguos tripulantes de las experiencias políticas más extremas de la década de los 70: en este pull amplio de nombres, se reconocen muchos ex-maoístas de línea dura, ex-leninistas que en los viejos tiempos ejercían un purismo insufrible y libertarios con antiguas posiciones provocadores, además de un largo etcétera de otras apuestas radicales que llevaron a muchos a justificar el aventurismo armado o incluso a emprender en primera persona algunas de aquellas empresas, hoy tan decididamente “terroristas”.

 

Uno de los legados vivos de esta herencia es que su estilo de comunicación no es ajeno a algunas tradiciones izquierdistas. Aunque con una retórica exactamente opuesta a la de sus años de juventud, beben de la tradición publicística de la extrema izquierda. En oposición al formalismo informativo de los medios serios, de la distinción entre opinión e información, reinventan el lenguaje periodístico, apuestan sin vergüenza por una comunicación que calcula sus efectos en términos políticos, que decidida y descaradamente quiere producir realidad. A propósito de cada punto central de la agenda del país, despliegan una estrategia comunicativa que busca menos la “verdad”, con toda la parcialidad de la palabra, que aprovechar cualquier oportunidad de manera instrumental y populista para ampliar su influencia y generar una corriente de opinión favorable.

 

No practican un periodismo de información, y mucho menos de investigación, en el que la interpretación se funda a veces en una ardua acumulación de pruebas y datos. Tampoco buscan un escenario, por aparente que sea, de neutralidad del juicio, contraponiendo posiciones y argumentos. Su voz es declaradamente parcial, la acusación y la denuncia se utilizan como un arma que, a falta de pruebas, trata de producir sospecha sobre los discursos del enemigo. Retórica y simplificación son rasgos clave.

 

El uso de la soflama, del sarcasmo, la hipérbole permanente respecto a las amenazas, la exaltación en la expresión, la indignación moral, se vuelven moneda corriente en un esquema argumental a veces extremadamente sencillo y pobre, uno de los elementos esenciales de su éxito. Esta actividad comunicativa se comprende mejor en relación a algunos acontecimientos concretos. Por ejemplo, el 11-M, reinterpretado como una suerte de golpe de Estado, es un campo de juego perfecto, en el que se recurre a toda clase de connivencias imposibles y de interpretaciones conspiranoicas. La derecha populista es capaz de afirmar, indistintamente, que la autoría está relacionada con ETA, con la masonería de influencia francesa, con los servicios secretos de Marruecos, con los mandos de la policía y la guardia civil, con redes del narcotráfico a pequeña escala... ¡e incluso con la conjunción diábolica de todos ellos! “Buscar la verdad” es el lema, pero lo único realmente importante es desgastar la imagen del PSOE y sugerir que éste llegó al poder de manera ilegítima.

 

El origen izquierdista de los actores principales de la ND y su actual trayectoria reflejan el tránsito de toda una generación inmersa en los procesos de lucha y politización durante los años 70, que se impregna sucesivamente de la atmósfera de “desencanto” durante los años 80 y más tarde del resentimiento producido por los largos años de gobierno aplastante del PSOE. La destrucción caníbal de la extrema izquierda tras las elecciones del 79, la extrema torpeza del PCE y la fragilidad del desarrollo de IU y, sobre todo, la prepotencia del “socialismo en el gobierno” dieron al traste con la posibilidad de cualquier continuidad política de la experiencia de los años setenta.

 

La propia composición del “bloque hegemónico” durante el gobierno socialista confirma en términos de prestigio y posición económica el vacío político de una parte de la generación que lucha en los 70. En efecto, la expansión de los cargos públicos en el Estado de la autonomías, la consolidación de un élite cultural (esencialmente, en torno a la industria cultural, la expansión de los mass media y la creación de la red de instituciones culturales públicas) y la promoción de pequeños y medianos empresarios a la categoría de proveedores y clientes del Estado (especialmente en la construcción y en el sector financiero), dejó a un sector no despreciable de ambiciosos “escaladores sociales” y de “intelectuales con pretensiones” en la cuneta de aquellos años “dorados”. Un sector de gente que, por juventud, falta de agilidad a la hora de aprovechar el ascenso institucional del PSOE u honestidad, con carreras vocacionales de escaso rendimiento, en términos de capital simbólico o económico, se quedaron “sin premio” y al margen del clima de optimismo, muchas veces chabacano, de lo que se conoció como los años del “pelotazo”. En ese sector de gente se encuentran muchos de los adalides de la ND y buena parte de su público.

 

En otras palabras, y aquí se encuentra la clave de la ampliación de su público o de su éxito social, la retóricas de la COPE, Albiac o Intereconomía explotan un determinado “régimen de las pasiones” caracterizado por el resentimiento hacia los “ganadores” de los años 80: por esa razón, el disparo apunta siempre a los lugares comunes del “progresismo” como herencia ideológica de la instauración democrática. Una tarea ciertamente sencilla y que presenta grandes probabilidades de éxito social, porque simplemente desvela la propia mezquindad de la constitución genética de la democracia española.

 

Igualmente, el ataque al lenguaje “políticamente correcto” defendido por la izquierda se convierte en una tarea de desenmascaramiento del cinismo que esconde. Por el contrario, el uso directo de argumentos homofóbos, clasistas o racistas “deja de ocultar la realidad”, “llama a las cosas por su nombre” y expresa lisa y llanamente “lo que muchos piensan y no se atreven a decir”. La superioridad mediática de la ND frente a la cultura progre se basa en la sustancia de sus enunciados, por perversos que sean, frente a la retórica vacía y la carcasa liberal de las “clases medias progresistas”, que no alcanza ni de lejos a hablar al corazón de los efectos sociales de la gran transformación capitalista de las últimas décadas (precarización generalizada de la vida, etc.).

 

En el terreno de los valores, se repite incansablemente la “fórmula mágica” de que la raíz de todos los problemas sociales se encuentra en los valores permisivos y libertarios de la época licenciosa del 68: en materia educativa, la falta de disciplina y la acomodaticia pasividad social generan la crisis de la escuela; en lo relativo a la familia, la ausencia de valores fuertes, como el compromiso, multiplican los casos de hogares destrozados o “aberraciones” como el matrimonio gay, etc.

 

Pero es en la lucha contra los nacionalismos menores o “periféricos” donde la ND adquiere una mayor eficacia. Sin disimular un españolismo acérrimo, la crítica se dirige a negar la legitimidad de una situación política dominada por cierto foralismo de nuevo cuño. Implacables contra el etnicismo y las situaciones de privilegio económico y fiscal de las “naciones históricas” frente al resto del país, desvelan toda una trama de clientelas políticas y económicas y la rancia atmósfera cultural promovida por los gobiernos autonómicos. La ampliación de las clientelas políticas, culturales y económicas en torno a las comunidades autónomas fue uno de los pilares constitutivos del “bloque hegemónico” tras la transición española. Paradójicamente, la ND se presenta así como adalid de la España constitucional, rememorando incluso los viejos ideales republicanos de la igualdad ante la ley y de la igualdad de oportunidades de la personas y de las regiones, sin que tristemente nadie parezca oponerles argumentos más fuertes en términos de democracia y de construcción de singularidades lingüísticas y sociales que no se clausuren en realidades exclusivamente identitarias.

 

La audacia informativa de la ND no se especializa únicamente en los ataques a la izquierda “oficial”. Quizá una de sus mayores provocaciones consista en reformular la posición de la derecha en la historia del país, reivindicando para sí una tradición democrática y liberal que “sólo se vio truncada por la fuerza de la necesidad y el irresuelto golpismo e insurreccionalismo de la izquierda” (que hoy se expresa en los “separatismos”, las “complicidades con el terrorismo”, la legitimación neoestalinista de Castro, Corea del Norte, Sadam, Chávez o Evo Morales --todos juntos, por supuesto, en el mismo paquete). De igual modo, este revisionismo histórico encuentra un campo de expansión inusitado, que aprovecha la propia debilidad de las interpretaciones al uso de las dos grandes bisagras del siglo: la guerra civil y la Transición a la democracia. La guerra y la imposición de la dictadura se presentan desde la ND como una respuesta necesaria al golpe “izquierdista” de la revolución del 34 y a la inestabilidad social y política impuesta por las organizaciones de izquierda. Básicamente, atacan la visión liberal republicana o la interpretación historiográfica animada durante la década de 1970 por el izquierdismo más oficial (próximo igualmente al PCE o al PSOE), que considera el levantamiento como un golpe de estado contra un régimen legítimamente constituido, pero que ignora igualmente la riesgosa e imprudente política de los gobiernos republicanos (una república de “orden”, que pronto consiguió la oposición de los movimientos libertarios pero que a un tiempo abrió todos los frentes sociales: el laicismo, la reforma del ejercito, ciertas medidas antioligárquicas, etc.), el doble juego retórico del PSOE y la UGT (a caballo entre el apoyo a Primo de Rivera y el radicalismo revolucionario, siempre más retórico que real) y, en general, la estrecha identificación de su base social en las clases medias urbanas...

 

Respecto a la Transición, la ND defiende una línea de continuidad con el franquismo más liberal y “aperturista”, una evolución “natural” del fin del régimen. En cierta medida, se podría decir que el revisionismo histórico de la ND, ciertamente de escasísimo calado científico, pero de enorme éxito social (las pequeñas novelas de Pio Moa y Cesar Vidal se venden por decenas de miles), se construye sobre una base histórica común a cierta izquierda: el olvido, compartido con la versiones “al uso” de la izquierda oficial, de la capacidad constituyente y democrática de los movimientos sociales, banalizados como “antifranquismo universitario” y relegados a un segundo plano ante el savoir faire de las élites políticas conscientes de la oportunidad de negociar. Algo que evidencia, por inconsciente que sea esta omisión, una voluntad de eludir un problema de fondo de la transición y la democracia: el establecimiento del sistema de partidos pasaba inevitablemente por desactivar los procesos de autonomía y autoorganización que abrieron brechas en el régimen franquista y socializaron una cultura democrática en el sentido más lato del término.

 

Respecto a si existe un verdadero think tank de la ND española, se puede decir que no se ha traspasado todavía el nivel de la propaganda y la retórica, y que quizá éste no sea uno de sus objetivos. En el terreno teórico no se propone nada innovador: por ejemplo, un marco de reformas políticas que pudiese impulsar inesperadamente un nuevo imaginario político, un proceso de subjetivación inédito como el que en su tiempo representaron el fascismo o las corrientes de la derecha republicana del siglo XIX. Desde luego, la ND española carece de la audacia de los neocons americanos, con su proyecto de reordenación imperial del planeta. De hecho, sus afirmaciones programáticas defienden filiaciones que sólo de forma muy superficial se pueden considerar modernas. El liberalismo de todos (en un sentido que entronca con la tradición liberal doctrinaria española) y el catolicismo de alguno parecen ser elementos que quieren destacar una filiación genética con una tradición política liberal, formalmente democrática, que históricamente tiene expresiones puramente defensivas del status quo (los largos años de la Restauración monárquica que siguieron a la I República). En este sentido, la reinvención de la tradición liberal que propugnan (véanse el “catolicismo liberal” de Losantos, la declaración de principios de la FAES [1] ), se debe ver menos en términos sustantivos o programáticos que como recurso defensivo de lo que ha representado ese liberalismo doctrinario o moderado en la historia del país: la defensa del status quo social, el conservadurismo político y el reforzamiento del propio bloque hegemónico. Su mejor arma, como hemos explicado, es el populismo: el juego permanente y sistemático de detección y desmantelamiento de los “agujeros” del discurso izquierdista.

 

Sin demasiada vocación de videntes acerca del futuro de estas formas de expresión populistas, podríamos decir que es más que probable que este discurso haya tocado techo, que su “activismo” no consiga fomentar/redirigir el resentimiento de masas, e incluso que este experimento, que no deja de ser patéticamente primitivo (recursos a un casticismo y un españolismo inveterado, retóricas demasiado retorcidas y conspiranoicas, un sarcasmo fácil y poco inteligente), se agote en sí mismo como resultado de la pérdida de su “efecto de novedad”. Puede ocurrir también incluso que, en su afán por escorar lo más a la derecha posible la representación institucional de la derecha, la ND deje de ser funcional a su polo político, el Partido Popular, y éste se vea en la necesidad de construir una imagen de mayor seriedad y más centrista para gobernar. Pero más allá de su improbable éxito, lo que sin duda evidencia es el enorme vacío de la izquierda, el colapso de la imaginación política en la construcción de alternativa y oposición (incluso a nivel exclusivamente discursivo) y la irremediable crisis social de las instituciones de representación. En definitiva, se podría decir que la ND ha impreso en un negativo el campo político posible para la construcción de una nueva autonomía social.

 

 

Emmanuel Rodríguez es autor de El gobierno imposible. Trabajo y fronteras en las metrópolis de la abundancia (Madrid, Traficantes de Sueños, 2003). En Archipiélago puede leerse: “la rehabilitación de la política” (nº 41); junto a Zyab Ibañez, la entrevista a Richard Sennett que se publicó en el número 48 con el título de “La flexibilidad laboral: aparato ideológico y dispositivo disciplinario”; en el nº 54 “Límite y tragedia. La libertad en Castoriadis; en el nº 55 “España: zero tollerance”; y en el número 62, “Ecología del la metrópolis. Algunas notas para un programa de investigación”.

 

 

© Emmanuel Rodríguez e Hibai Arbide, 2006. Este artículo ha sido publicado en el número 72 de la revista Archipiélago bajo una licencia Creative Commons. Reconocimiento-NoComercial SinObraDerivada 2.5. Se permite copiar, distribuir y comunicar públicamente el texto por cualquier medio, siempre que sea de forma literal, citando la fuente y sin fines comerciales.

 

 

 

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[1] Al servicio de España y de sus ciudadanos, FAES busca fortalecer los valores de la libertad, la democracia y el humanismo occidental. El propósito es crear, promover y difundir ideas basadas en la libertad política, intelectual y económica”

 

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=42224

Izquierda y derecha

Izquierda y derecha

Una de las tareas básicas de las ciencias, tanto naturales como sociales, consiste en proporcionar definiciones precisas. Así se evitan las confusiones y se sabe de qué se está hablando. Existe una gran confusión cuando se habla de izquierda y derecha, precisamente, por falta de definiciones.

 

Algunos autores se pasan la vida explicando que los conceptos izquierda y derecha tienen que ver con la situación de los escaños que ocupaban siglos atrás los parlamentarios franceses; otros dicen que la izquierda es la corriente que se preocupa por la suerte de los pobres y que la derecha aboga por los intereses de los ricos, como si fueran cosas irreconciliables. Se ha dado pábulo a estigmas sin fundamento y a glorificaciones igualmente infundadas, de tal forma que la nube de confusión sigue creciendo. Es necesario adoptar definiciones claras, a fin de distinguir el color de los discursos y de las medidas políticas y económicas que se adoptan.

Para definir a la izquierda y a la derecha precisamos del concepto de propiedad privada. Se puede decir que un individuo posee la propiedad privada de, digamos, una bicicleta si tiene el derecho de intercambiarla, darla como garantía, regalarla o destruirla, si así lo desea, sin que un tercero lo impida, lo regule o lo controle. Estas cuatro acciones definen con precisión el concepto de propiedad privada: basta que uno de los requisitos no se cumpla para que el concepto se mueva en el terreno de lo nebuloso. Armados de esta definición, podemos pasar a la que nos interesa.

Podemos definir la izquierda como la corriente filosófica, política y económica que cree, aboga y lucha por construir un mundo sin propiedad privada. La derecha, por el contrario, cree que es mejor asentar el mundo sobre la propiedad privada. Con estas definiciones se puede entender muy bien el antagonismo entre izquierda y derecha, pues pugnan por principios diametralmente opuestos: una insiste en el respeto por la propiedad privada, la otra quiere destruirla.

La izquierda cuenta con multitud de grandes pensadores. El más representativo es Karl Marx, quien claramente propone, en el Manifiesto comunista, la abolición de la propiedad privada para conformar, sin ella, una nueva sociedad. Otros pensadores de izquierda son Friedrich Engels (a pesar de que era empresario), Vladimir Illich Lenin, Stalin, Pierre-Joseph Prouhdon, Mao Zedong, Charles Bethelheim, Rosa Luxemburgo, León Trotski, Oscar Lange, Eduardo Galeano, Norberto Bobbio. Nótese que estos autores nunca defendieron la propiedad privada; al contrario, la consideraban un mal de la sociedad, un engendro del diablo que había que erradicar.

Los más representativos teóricos de la derecha son Richard Cantillon, Frédéric Bastiat, Juan Bautista Alberdi, Carl Menger, Böhm-Bawerk, Ludwig von Mises, Friedrich von Hayek, Milton Friedman, Murray Rothbard, Hans-Hermann Hoppe, Jesús Huerta de Soto. Es posible que estos mismos autores nunca se hayan calificado como "pensadores de derecha", pero todos ellos defienden la propiedad privada como pilar de una sociedad civilizada.

Viejos estadistas de izquierda fueron Lázaro Cárdenas, Adolfo Hitler, Benito Mussolini, Fidel Castro y Pol Pot. De entre los estadistas de derecha podemos recordar a Thomas Jefferson, a Juan Bautista Alberdi, a Porfirio Díaz, a Margaret Thatcher, a Ronald Reagan, a Václav Klaus, a Deng Xiaoping.

También podemos distinguir a los actuales Gobiernos de derecha, como los de Irlanda, Estonia, Nueva Zelanda, Hong Kong y China, que están tratando de reconstruir la sociedad sobre la base del respeto a la propiedad privada (desregulan, privatizan, reducen impuestos, etc.), de los de izquierda, por ejemplo los de Corea del Norte, Cuba, Bolivia, Venezuela y Zimbabue, que destruyen la propiedad privada: suben los impuestos, imponen reglamentos, acometen nacionalizaciones y tratan de pasar todo a manos del Estado.

Por cierto, el mundo está gobernado por la izquierda en más del 80%. También hay que reconocer que hay Gobiernos que caminan a oscuras y se llaman de centro, para mostrar su indefinición.

En resumen, para saber si una política, propuesta o anhelo es de derecha o de izquierda basta saber qué posición adopta ante el concepto de propiedad privada. Y si alguien quiere saber si es de derecha o de izquierda, basta con que se pregunte: ¿respeto la propiedad del prójimo, o trato de robar, traspasar o destruir la propiedad de otros?

© AIPE

Por SANTOS MERCADO REYES, profesor de Economía en la Universidad Autónoma Metropolitana (México).

Libertad Digital, suplemento Ideas, 31 de enero de 2007

Mariano no pedalea

Mariano no pedalea

A Rajoy le pirra el ciclismo. Le gusta subirse en una bicicleta y en algún caso ha llegado a hacer de comentarista deportivo de la Vuelta a España. Pero ahora, que se ve ya el cartel de meta de la legislatura y cuando se ha cumplido un mes del atentado de la T4, Mariano no le da los pedales con suficiente brío. Ni dentro ni fuera del partido.

 

“A Aznar esto no se le hubieran hecho, Zaplana no se habría atrevido a mover un dedo”. Con esta frase comentaba uno de los que fuera dirigentes del PP en las anteriores legislaturas el enfrentamiento del portavoz de los populares en el Congreso de los Diputados a cuenta de la renovación de cargos en la Caja de Ahorros del Mediterráneo (CAM).

 

Zaplana durante semanas le ha estado haciendo la cama a Francisco Camps por la renovación de los cargos en la caja alicantina, su tradicional feudo. El actual presidente de la Generalidad de Valencia ha tenido que soportar en silencio cómo Zaplana montaba una lista alternativa pactada con los socialistas para renovar los cargos. El clima ha sido tan tenso que el entorno de Camps se sobresaltó cuando el consejero portavoz de la Generalidad confirmó tímidamente las reuniones entre socialistas y zaplanistas.

 

Mariano ha creado un clima laxo en el que el zaplanismo, que tiene unos largos tentáculos muy influyentes en los pocos medios críticos con el Gobierno, campa a sus anchas y condiciona de forma poco conveniente su agenda. No hay debate de ideas, ni siquiera una discusión táctica sobre cómo aprovechar mejor el momento de debilidad por el que atraviesa Zapatero. Al menos en Madrid, el duelo entre Gallardón y Aguirre ha tenido cierta riqueza, se trata de dos pesos pesados. Pero lo de Valencia ha sido una lucha de poca altura por el feudo, una lucha fruto de ese dejar pasar, de ese dejar hacer tan característico de Mariano. Menos mal que Aznar le dejó el partido cohesionado.

 

El último mes nos ha dejado el retrato más característico del actual presidente del PP. Tuvo una intervención firme tras su reunión en la Moncloa con Zapatero, tuvo una tarde contundente –que no brillante- en el Congreso cuando compareció Zapatero. Pero en uno de los momentos más críticos de la legislatura se le ha visto sin arranque, sin capacidad para suscitar entusiasmo o al menos curiosidad en una opinión pública que buscaba referentes consistentes.

 

El siempre hábil Rubalcaba ha conseguido darle la vuelta a la situación; ha conseguido que Mariano no asistiera a la manifestación convocada por los sindicatos y no pudiera justificar su ausencia; ha conseguido que el PP aparezca como el culpable de que el Pacto Antiterrorista haya sido enterrado. La falta de iniciativa, lo repetitivo de un discurso verdadero pero cansino y el dejarse enredar en un zaplanismo que dice no a todo con arrogancia han dejado a Rajoy durante este mes en un segundo plano.

 

Sólo ha ganado terreno cuando ha sido propositivo. Sólo consiguió un tanto cuando hizo una propuesta sobre la política antiterrorista y el resto de los grupos parlamentarios se negó a debatirla. Entonces consiguió romper ese cerco mediático del que tanto se quejan en el PP, como si tuvieran derecho a que alguien les regalara algo.

 

Este mes la oposición la han hecho los jueces independientes. Mariano nos ha obligado a rescatar del olvido a los que también fueron candidatos a suceder a Aznar.

 

Fernando de Haro

Páginas Digital, 31 de enero de 2007

Liberalismo morboso

Liberalismo morboso

En el discurso que pronunció en Alcalá de Henares al recibir el premio Cervantes de manos de S. M. el Rey, Octavio Paz estuvo, más que a la altura de las circunstancias, a la altura de sí mismo, que es como decir que estuvo por encima de las circunstancias. Quiero decir con esto que, en lugar de salir del paso con un discurso de circunstancias, como ha hecho más de uno, aprovechó la circunstancia para darnos a los españoles la lección de que hoy estamos más necesitados, que es la lección de la convivencia. Esa lección estaba ya en nuestra tradición literaria; estaba implícita en Cervantes y explícita en Galdós, y fue Antonio Machado, y esto también Paz lo sabía muy bien, quien la resumió en el concepto de la otredad. Alguna vez he dicho que El Niño de la Bola de Alarcón y Doña Perfecta de Galdós constituyen el díptico del fanatismo hispánico. Esta perfecta simetría la funde el propio Galdós, como recordaba Paz, en la segunda parte de los Episodios Nacionales, concretamente en el titulado Un faccioso más y algunos frailes menos, en una sola moneda, que es la que forman progreso y tradición.

 

Sin embargo, junto a esta moneda de buena ley, que es la de la indisoluble convivencia fraternal de dos Españas opuestas, Octavio Paz trataba de hacer pasar otra moneda, hoy fuertemente devaluada, que es la que forman la democracia y la libertad. La devaluación de esa moneda consiste en que democracia y libertad constituyen una aleación falsa, puesto que se trata de una aleación de metales blandos. Para poder fundirse adecuadamente necesitan otros dos metales, dos metales duros, que son la autoridad y la jerarquía. Libertad y democracia, mejor dicho, libertad e igualdad en estado puro no sólo son conceptos distintos, sino antagónicos; a más libertad menos igualdad, y viceversa. Para que ambos conceptos sean compatibles y complementarios; para que no choquen al entrar en contacto; para que la libertad no degenere en anarquía ni la igualdad en despotismo, han de atemperarse respectivamente, la libertad con la autoridad, la democracia – o la igualdad – con la jerarquía. La democracia liberal sería una contradicción en los términos si no compensara la teoría democrática de la voluntad de la mayoría con la teoría liberal de los frenos y balanzas. Como la paloma la resistencia del aire, la libertad necesita el freno de la autoridad y la igualdad la balanza de la jerarquía. La oración puede volverse por pasiva en el supuesto de regímenes que den primacía a la jerarquía y a la autoridad que, en estado puro, sin los correctivos de la igualdad y la libertad, llevan al despotismo y a la injusticia. El despotismo es un abuso de la autoridad, la injusticia es un abuso de la jerarquía, como la anarquía es un abuso de la libertad y el desorden un abuso de la igualdad. Un país goza de buena salud política cuando esos cuatro elementos están equilibrados.

 

Que España está políticamente enferma no es cosa que nadie pueda negar, y el que otras naciones también lo estén sólo a los tontos puede servir de consuelo. Sólo un diagnóstico superficial puede achacar la enfermedad política a un régimen político. Un régimen político no es más que el resultado de un estado moral, y a ese estado moral patológico es al que hay que achacar las dolencias políticas. La enfermedad moral que padece Europa, y con mayor agudeza los países mediterráneos, se llama liberalismo morboso, como la enfermedad política se llama democracia morbosa. La democracia morbosa ya nos dijo Ortega lo que era: la manía de introducir la igualdad en zonas de la vida en las que es in dispensable la jerarquía. El liberalismo morboso es, correlativamente, la manía de extender la libertad a zonas en las que es indispensable la autoridad.

A un acceso de democracia morbosa quise atribuir otras palabras atribuidas a Octavio Paz en el curso de una entrevista aparecida con posterioridad al discurso del premio Cervantes, en la que, después de decir, muy acertadamente, que “la modernidad significa la existencia de la crítica, el reconocimiento de la verdad ajena”, añadía: “El fundamento de la modernidad es la democracia, y una modernidad no democrática, para mí es pura barbarie”. Esto, para mí, con todos los respetos, es una barbaridad; tan barbaridad como decir que sería barbarie una modernidad no autoritaria. Que esta calificación de barbarie la apliquen los profesionales de la democracia es cosa que se califica por sí sola; que la aplique un profesional del humanismo, es incalificable. Octavio Paz se ponía aquí sin darse cuenta – si es que no se la ponía la autora de la entrevista – lo que él mismo llamó en su discurso la “máscara democrática de la tiranía jacobina” y “armado de una teoría general de la libertad…intimida al adversario…con las ondulaciones de la dialéctica”.

 

La modernidad no puede vincularse a tal o cual régimen político, porque quien tal haga puede llevarse sorpresas muy desagradables. La teoría tiene que contrastarse con la práctica, y la práctica nos dice, en el caso concreto de la España contemporánea y por lo que toca a la convivencia de los españoles en los últimos años, algo que no voy a repetir ahora, entre otras cosas, porque no me lo van a permitir los que saltaron, como decía Paz, “de la Inquisición al Comité de Salud Pública sin cambiar de sitio”.

Aquilino Duque, Escritor

Análisis Digital, 31 de enero de 2007

 

Sam Brownback, un católico converso en carrera a la Casa Blanca

Sam Brownback, un católico converso en carrera a la Casa Blanca

El voto cristiano, pro-familia y pro-valores, busca su candidato en EEUU, y Brownback cumple el perfil

 

 

El senador de Kansas, el republicano Sam Brownback, se ha presentado para ser presidente de los Estados Unidos en 2008. Tiene 49 años, está casado y tiene cinco hijos, de los cuales los dos más pequeños son adoptados, un niño de Guatemala y una niña de China. Era evangélico hasta que hace cuatro años se convirtió al catolicismo. (Es una especie de "mini-boom": otros dirigentes republicanos conversos al catolicismo son Jeb Bush, gobernador de Florida, hermano del presidente Bush; y Bobby Jindal, hijo de emigrantes indios, senador por Lousiana desde 2004).

Los evangélicos no le guardan rencor: "Me encanta Sam Brownback", declaraba en USA TODAY el presidente de la comisión de ética y libertades religiosas de la Convención Baptista del Sur, Richard Land. "Es un gran hombre, y un gran senador. Si es un candidato creíble a la presidencia, es Sam quien tiene que demostrarlo".

El Partido Republicano busca su candidato principal. La era Bush acaba. Hay líderes republicanos de renombre, pero no son pro-vida y pro-familia y el votante cristiano quiere firmeza en estos temas, que son eliminatorios. Rudy Giuliani, ex-alcalde de Nueva York o el actual gobernador de ese estado, George Pataki, no sirven fuera de esa capital. Apoyan los matrimonios gays y el aborto. Otros líderes que parecían prometedores, como el senador Bill Frist de Tennessee o el gobernador de Massachusetts, Mitt Romney, tampoco aparecen como de total confianza al votante cristiano.

Sam Brownback es poco conocido (en junio, 3 de cada 4 americanos no sabían quién era o qué pensar de él), pero es cristiano. Muy cristiano. Puede atraer a ese 78% de evangélicos blancos que votaron por Bush en el 2004. Puede atraer al voto católico. Tiene fama de conservador compasivo pero pragmático (como su plan de dar 9.000 dólares a parejas de bajos ingresos si se casan, para fortalecer el matrimonio). Y tiene una estrategia para emprender su camino -lejano, complicado- a la Casa Blanca.

La estrategia de Carter

Toda la carrera electoral a la Casa Blanca pasa por la conservadora Iowa, vecina al más conservador aún estado de Kansas, territorio de Bronwback. Un candidato que no sea pro-vida, pro-familia y pro-valores se estrellará en Iowa, y el efecto de "eco" le hará fracasar en las elecciones de otros Estados. En 1976 Jimmy Carter pasó de ser un semidesconocido a presidente de EEUU por haberse trabajado al electorado de Iowa. Allí tumbó el muy evangélico Pat Roberson a George Bush padre en 1988.

En Iowa y sitios similares, los grupos cristianos y pro-familia pueden ponerse de acuerdo para vetar la carrera de cualquier candidato que no sea de confianza. Además, grupos como Family Research Council, Focus on the Family, American Values, etc... han aprendido a pensar estratégicamente y unir esfuerzos.

"Los conservadores religiosos han aprendido a ser pragmáticos; quieren ser pragmáticos", explica a USA TODAY Michael Cromartie, líder de un programa de activación de los evangélicos en política en el Centro de Ética y Política Pública. "Pero también quieren ser puristas tanto como puedan", añade.

Los temas de Brownback

El senador de Kansas no sólo trabaja los temas de familia y vida. Una de sus últimas campañas consiste en animar a la industria y las finanzas norteamericanas a retirar sus fondos de compañías de Sudán que están implicadas con este gobierno en el genocidio de Darfur. Para dar ejemplo, la familia Brownback ha retirado su dinero de la compañía petrolera francesa Schlumberger y de la china Petrochina. El senador hace tiempo que insiste en la tragedia de Darfur: "han matado unas 400.000 personas y ha habido 2,2 millones de desplazados desde el 2003", recuerda en una carta a 44 gobernadores de estados.

La semana pasada acudió a la Marcha por la Vida que reunió en Washington a "decenas de miles de personas" (Washington Post). "Lo que siempre he defendido es que no debemos usar el dinero de los contribuyentes para financiar abortos. Punto. Ni en EEUU ni en el extranjero", declaraba a la web canadiense LifeSite.net. "El país se mueve en dirección pro-vida así que tenemos que movernos hacia allí", señaló. Efectivamente, en EEUU la población es cada vez más pro-vida: según una encuesta reciente de CBS News, sólo un 31% de los norteamericanos apoyan el aborto libre -lo que permite actualmente la ley-; el 30% lo permitirían sólo en casos de violación, incesto y para salvar la vida de la madre (caso que médicamente es inexistente hoy).

Brownback tiene un enfoque personal sobre el aborto. Su hija adoptada en Shantou, China, cuando tenía 20 meses, fue abandonada en un orfanato con una cicatriz en el estómago. Al parecer la madre la marcó para reconocerla quizá algún día en el futuro. En un país tan abortista como China "alguien luchó por ella, y por eso yo tengo una muchachita para dar un beso de buenas noches; alguien luchó por ella y por eso ella está viva", señala el candidato de Kansas.

Web de Brownback en el Senado, en español:

http://brownback.senate.gov/espanol/index.cfm

Web de Brownback con su candidatura a presidente de EEUU:

http://www.brownback.com

 

Propuesta de Brownback: hasta 9.000 dólares para pobres ¡si se casan!

http://www.forumlibertas.com/frontend/forumlibertas/noticia.php?id_noticia=3779

 

Forum Libertas, 30 de enero de 2007