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Cuántos quieren un centroderecha sumiso, acomplejado y derrotado

Cuántos quieren un centroderecha sumiso, acomplejado y derrotado

Escucho algunas veces, y con mucho gusto, a Juan Carlos Girauta, un joven liberal que, además de intervenir en distintos medios de comunicación, acaba de presentar un libro, La eclosión liberal, defendiendo sus ideas, que son ya las de muchos. Cada vez más españoles se definen a sí mismos como liberales, y oponen al régimen zapateril vigente esa etiqueta ideológica.

 

Creo que es una buena noticia. Durante muchos años en España al imperio político, social y cultural de la izquierda –marxista de origen- sólo se oponía el silencio, o se añadía el nacionalismo antiespañol. Que haya liberales y que sean muchos y coherentes no hace más que enriquecer nuestra vida pública, y estimular por lo demás iniciativas vigorosas hoy muy necesarias. Es, como ha reconocido el propio Federico Jiménez Losantos, un "fenómeno sorprendente", que merece atención.

 

Hablamos de "una oleada de liberalismo joven que aprovecha las nuevas tecnologías para defender sus valores". Y eso está muy bien, siempre que se entienda tanto su naturaleza como sus límites.

 

Decir hoy "liberal" es casi no decir nada, o decir muchas cosas divergentes; y aquí no podemos lanzarnos a un curso de filosofía política. Decir liberal en Estados Unidos es decir Bill Clinton, y en Austria Jörg Haider. Liberales, en España, hemos tenido desde los afrancesados y su feroz enemigo, mi ilustre ancestro Francisco Espoz, hasta José Antonio Segurado, pasando por nuestro cojo más famoso, Romanones. Ser liberal puede significar asumir nuestro régimen político de libertades, o confundirlo con el viejo librecambismo económico, o añadirle matices morales, incluso anticlericales y desde luego agnósticos. ¿Por qué no? Todo eso fue, y puede seguir siendo, nuestro liberalismo.

 

La verdad es que el liberalismo es una flor con muchos colores. Y en España, hoy, es una planta sólo en parte joven que crece en las grietas del plan de Zapatero. Así que nuestros nuevos liberales, como dicen –y es verdad- "se pelean con los progres desde que sale el sol". Ahora bien, no toda la oposición a la avalancha de la izquierda es liberal, y pretenderlo sería una empresa vana cuyo único beneficiario sería José Luis Rodríguez Zapatero.

 

Girauta se pregunta "¿por qué los progres están nerviosos?", y la premisa es correcta: los progres están nerviosos porque se han topado, en el momento de su triunfo, con una sociedad civil que se resiste a la imposición de los dogmas revolucionarios, y con unas minorías intelectualmente activas que no refunfuñan en la nostalgia –como la vieja extrema derecha de Torrente- ni se consumen sólo en las urnas –como hizo, inevitablemente, la AP de Manuel Fraga en los 80-, sino que ofrecen respuestas a las sinrazones del progresismo. Los progres no sólo ven en peligro el poder logrado en 2004, sino también el control social heredado del franquismo.

 

Pero ¿es el liberalismo la única matriz de esa resistencia? Más bien no. Un liberal opone libertad individual –de base material, además- a identidad y comunidad; y si parte de la resistencia al zapaterismo nace en nombre de las identidades falsas, impuestas y falaces otra se hace, precisamente, en nombre de la identidad nacional española. El liberalismo es una de las "familias" de esta Resistencia, pero sabemos que la derecha, la resistencia, me da igual cómo quieran ustedes llamarla, es un frente plural que une cosas diferentes. Frente a Zapatero tenemos laicos y confesionales, centralistas y autonomistas, monárquicos y republicanos, liberales en muy diversas acepciones y ajenos al liberalismo, libertarios y socializantes, moderados y temperamentales: la misma variedad de "derechas" que en Francia estudiaron primero René Remond y después Jean-François Sirinelli.

 

¡Viva el liberalismo!, sí, pero sólo como parte de algo más amplio, de una gran coalición que se coloque en el centro de la sociedad y que, en el mejor de los casos, llegue a elaborar una nueva síntesis. Yo no creo que millones de hombres y mujeres hayan salido a nuestras calles dispuestos a luchar por el Mercado y por Von Mises; pero sí creo que, junto a las gentes normales y sencillas que sólo quieren defender España, el Derecho y la Fe hay sitio, y de honor, para quienes como Girauta hacen bandera de su propia idea de libertad. Aconsejaría mal a Mariano Rajoy quien le recomendase distanciarse del liberalismo; pero le aconsejaría aún peor quien le quisiese hacer sólo liberal. Porque una derecha monocarril, feliz de haberse conocido a sí misma, sería por muchos años oposición, en todos los sentidos.

 

Pascual Tamburri

El Semanal Digital, 28 de diciembre de 2006

FRANCO ANTE HITLER

FRANCO ANTE HITLER

La carta de Hitler destruye además la retorcida pretensión de que en la conferencia de Hendaya, dos meses y medio antes, Hitler no había mostrado mayor interés ni presionado a Franco para que entrase en la guerra. El propio Führer lo aclara sin lugar a dudas: “Cuando nos reunimos, mi prioridad era convencerle a Vd., Caudillo, de la necesidad de una acción conjunta de aquellos Estados cuyos intereses, al fin y al cabo, están indisolublemente asociados”. Una prioridad.

 

Pero Franco pensaba de otro modo. Hizo llegar a Berlín un memorando con desorbitadas peticiones de material de guerra, cereales y vehículos, y sólo contestó a Hitler veinte días más tarde, aplazando todavía otros diez días la entrega de la carta. La cual, con extraña insolencia ante quien tanto le había insistido en la importancia del factor tiempo, empezaba así: “Su carta del 6 de febrero me induce a contestarle de inmediato”. El resto, pese a las protestas de lealtad y fe en la victoria germana, no podía causar mayor decepción a Hitler.

 

El dictador alemán se había molestado en demoler la argumentación dilatoria de Franco: “Alemania ya se declaró dispuesta a suministrar también alimentos –cereales—en las máximas cantidades posibles tan pronto España se comprometiera a entrar en la guerra (…) Porque, Caudillo, sobre una cosa debe haber absoluta claridad: estamos comprometidos en una lucha a vida o muerte y en estos momentos no podemos hacer regalos ¡Por ello sería una falsedad afirmar que España no pudo entrar en la guerra porque no recibió prestaciones anticipadas!” [subrayado en el original]. Ofrecía de inmediato cien mil toneladas de cereales y señalaba la poca solidez de las excusas de Franco. Éste había insistido en la necesidad de alimentos, pero, recuerda Hitler, “Cuando yo volví a hacer constar que Alemania estaba presta a comenzar el envío de cereales, el almirante Canaris recibió la respuesta definitiva de que tal suministro no era lo decisivo, pues no podía alcanzar un efecto práctico su transporte por ferrocarril. Luego, tras haber dispuesto nosotros baterías y aviones de bombardeo en picado para las islas Canarias, se nos dijo que tampoco esto era decisivo, ya que las islas no podrían sostenerse más de seis meses, por la escasez de provisiones”.Con lógica y cierta exasperación, Hitler había concluido: “Que no se trata de asuntos económicos sino de otros intereses queda patente en la última declaración, pretendiendo que también por causas meteorológicas no podría realizarse un despliegue [en España] en esta época del año (…) No puedo entender cómo sería imposible por razones meteorológicas lo que antes se quiso considerar imposible por razones económicas (…) No creo que el ejército alemán se vea dificultado en un despliegue de enero por el clima, que para nosotros no tiene nada de extraño”.

 

La argumentación hitleriana era bien clara, pero Franco, en su respuesta, la pasaba simplemente por alto, reiterando que la economía “es la única responsable de que hasta la fecha no se haya podido fijar el momento de la intervención de España”. E interpretaba de forma casi ofensiva las frases de Hitler sobre la pérdida de tiempo y de ocasiones estratégicas: “El tiempo transcurrido hasta ahora no es tiempo totalmente perdido. Desde luego que no hemos recibido tanta cantidad de cereales como la que Vd. nos ofrece (…) pero sí una parte de las necesidades diarias del pueblo para el pan cotidiano”. Exponía el deseo de que “las negociaciones se aceleren todo lo posible. Para este fin le he enviado hace unos días algunos datos sobre nuestras necesidades” (las exageradas peticiones recientes), y añadía, para mayor injuria: “Estos datos se pueden revisar de nuevo, ordenar, justificar y volver a tratar sobre ellos”, con el fin de “llegar a una decisión rápida” (¡!). Con auténtico descaro explicaba su observación sobre la meteorología como “solamente una respuesta a su indicación, pero en ningún caso un pretexto para aplazar indefinidamente lo que en el momento adecuado será nuestro deber”. Mostraba su acuerdo con el cierre de Gibraltar, pero exigía el simultáneo de Suez. Negaba que sus reivindicaciones coloniales fueran abusivas, “mucho menos cuando se tienen en cuenta los enormes sacrificios del pueblo español en una guerra que fue precursora de la guerra actual”. En fin, “El acta de Hendaya, permítame que se lo diga (…) debe considerarse hoy como obsoleta”. El acta especificaba el compromiso español de entrar en guerra, aunque sin fecha definida.

 

Según la peculiar interpretación de Preston, la carta de Franco “revela entusiasmo por la causa del Eje”. Hitler, desde luego, la entendió de otro modo, y no es de extrañar. Aun más curiosa esta consideración del historiador inglés: “El 26 de febrero Franco respondió por fin a la carta de Hitler de hacía tres semanas. Con la caída de Yugoslavia y Grecia ante el general Rundstedt y con Rommel reforzando las fuerzas del Eje en el norte de África, Franco estaba de humor para volver a la subasta, pero su precio se había elevado”. La situación era la contraria. Las campañas de Rundstedt y Rommel no comenzarían hasta casi un mes y medio más tarde, y en aquel momento el Eje se hallaba ante el fracaso de la batalla de Inglaterra y las tremendas derrotas italianas en África. Precisamente estos hechos impulsaban en mayor medida a Hitler a buscar la intervención de España.

 

La carta de Franco obliga a replantearse sus verdaderas motivaciones. Tenía, por fuerza que estar de acuerdo con Hitler en que sus intereses caían del lado del Eje, en que las democracias “nunca le perdonarían su victoria” en la guerra civil, y en que la derrota alemana significaría el fin del franquismo. Sabía que Alemania solo podía abastecerle parcialmente, pero también que una Inglaterra acosada estaba en la misma situación, y además interesada en reducir a España a la penuria, como realmente hacía.

 

Y no solo contaban los intereses generales, sino también la máxima probabilidad, por entonces, de la victoria germana. Hitler había fracasado, al menos de momento, en la invasión de Inglaterra, pero Churchill no podía pensar siquiera en invadir el continente para vencer a su enemigo. Solo podía tratar de ganar tiempo hasta que interviniera Usa, y antes de que ello ocurriera podía haber recibido tales golpes que se viera obligado a pedir la paz. Sin duda la contienda traería a España hambre masiva y la probable pérdida de las Canarias y otros daños, pero, en la perspectiva de una victoria final del Eje, serían sacrificios pasajeros, que no podían preocupar a un dictador sediento de sangre e insensible a los sufrimientos de las masas, según suele presentársele (contra muchas evidencias). Por otra parte, la promesa churchilliana de sangre, sudor, esfuerzo y lágrimas, valía también para España en una situación extrema. Por tanto, entrar en guerra permitiría a Franco participar en el Nuevo Orden europeo, mientras que abstenerse le llevaría a chocar con un Führer defraudado y hostil, que lo derrocaría sin mucho trabajo.

 

Parece poco creíble, pues, la imagen de un Caudillo empeñado en preservar la no beligerancia, como le han presentado algunos franquistas posteriormente. Todas las razones militaban para él, en principio, a favor de la guerra. Y seguramente era sincero cuando la prometía al Führer. Entonces, ¿por qué no cumplía? Probablemente era menos sincero cuando afirmaba que no pensaba dejar que alemanes e italianos corrieran con la sangre y los sacrificios para sacar tajada en el último momento. En realidad era eso, justamente, lo que quería, como él había indicado a Serrano Súñer: guerra corta, sí, sin vacilar; guerra larga, solo cuando estuviera prácticamente resuelta. Y como la guerra se prolongaba, había que esperar el momento oportuno. De una guerra larga España podría salir vencedora al lado de Alemania, pero exhausta y destrozada, y por ello supeditada por completo al auténtico vencedor. Franco tenía constancia de las ambiciones nazis de satelizar España, y eso nunca lo aceptó, aunque se viera obligado a hacer concesiones ocasionales. Él quería llegar al Nuevo Orden con la mayor fortaleza posible, y sus exigencias coloniales en África formaban parte de ese designio.

 

Por supuesto, Franco no podía ignorar los muy graves contratiempos que ocasionaba a sus amigos, y no cabe pensar que deseara sabotearlos. Pero obraba en la confianza de que no les causaba perjuicios irreversibles. Por otra parte le interesaba la victoria hitleriana… pero no tan apabullante que redujera al resto del continente a la impotencia. Así, pese a desear hacerse con varias colonias francesas, le convenía una Francia potente, como contrapeso a la hegemonía alemana. Y una Italia fuerte, a pesar de que sus planes sobre el Magreb entrasen en conflicto con los españoles. Algo parecido cabe decir de Inglaterra, con la cual procuraba mantener relaciones aceptables, a pesar de todo. De ahí que su política se nos presente como una serie de medidas contradictorias. Hacía ofertas y promesas a Berlín, y al mismo tiempo buscaba acuerdos y créditos en Londres y Washington; proclamaba su amistad con Mussolini, pero tomaba medidas en Tánger y Marruecos contra los intereses italianos; exigía parte del imperio francés, pero procuraba mantener buenas relaciones con la Francia de Vichy; afirmaba que su acercamiento a Portugal perseguía alejar a éste de la órbita inglesa, cuando cualquiera podía entender lo contrario…

 

En realidad, la situación no podía ser más compleja, y creo que solo teniendo en cuenta los embrollados y contradictorios intereses en juego se pueden entender las aparentes contradicciones de la política franquista. El eje de ella consistía en entrar en la guerra solo en el momento oportuno y con los menores sacrificios para España; mientras tanto, procuraba ganar tiempo y no perder bazas, lo cual implicaba asumir serios riesgos, como el de una invasión de la Wehrmacht o un asfixiante bloqueo británico. Al final, el momento oportuno nunca llegaría, y este cálculo oportunista demostró ser, finalmente, el más prudente y beneficioso para todos. Menos, paradójicamente, para sus amigos del Eje.

 

Pio Moa

 

Las preguntas que no responde Patxi Zabaleta

Las preguntas que no responde Patxi Zabaleta

 

Este miércoles se cumple un mes desde que Reportero Digital Navarra envió un serial de preguntas al candidato de Nafarroa Bai a la presidencia del Gobierno de Navarra.

 

En las reiteradas llamadas telefónicas a la sede de Aralar su responsable de prensa se ha escudado durante semanas en una frase: "la envío ahora mismo". A pesar de que la misma persona rechaza que su intención sea no contestar, tras un mes de espera estas son las cuestiones a las que Patxi Zabaleta no ha respondido.

 

1. ¿Qué espera Nafarroa Bai de las próximas elecciones?

 

2. ¿La apuesta posible es un tripartito similar al de Cataluña?

 

3. En caso de negociar un pacto de gobierno, ¿qué consejerías serían las más importantes para Nafarroa Bai y qué políticas querría impulsar desde ellas?

 

4. ¿Por qué cree que Fernando Puras se niega a hablar de pactos postelectorales?

 

5. Según las últimas encuestas, Nafarroa Bai obtendrá más apoyos que el PSN, ¿se ve como presidente de Navarra? ¿Qué cambiaría?

 

6. Defina ETA.

 

7. Como candidato de Nafarroa Bai tiene en su agenda condenar los ataques de ETA?

 

8. ¿Cree que la crisis del proceso acabará con el "alto el fuego permanente"?

 

9. ¿Sólo con el derecho de autodeterminación acabará la violencia?

 

Pese a que tras un mes Reportero Digital no ha recibido respuestas, seguiremos intentándolo...

 

José Ponente, Reportero Digital Navarra, 27 de diciembre de 2006

CONFERENCIA DE MACIEJ GIERTYCH EN LA UNIVERSIDAD CEU-SAN PABLO

CONFERENCIA DE MACIEJ GIERTYCH EN LA UNIVERSIDAD CEU-SAN PABLO

El profesor habló de la importancia que tenía el catolicismo como entraña de su nación y de como el Primado de la Iglesia, ocupaba históricamente el puesto de regente del Estado cuando no había monarca en el país

 

La pasada semana, el eurodiputado Maciej Giertych clausuró las jornadas que sobre La identidad católica de Polonia venía desarrollándose en el 25 aniversario de la fundación de Solidaridad, en la Facultad de Humanidades y CC de la Comunicación de la Universidad CEU San Pablo, a iniciativa del Dpto de Historia y Pensamiento y del Foro Arbil. En esta ocasión, el Dr. Giertych expuso la importancia de la familia en la sociedad polaca, de su origen en una familia que vivió la persecución del nazismo y del comunismo, y de como su padre tuvo que exiliarse a Gran Bretaña. El propio Maciej Giertych se formó en Oxford y en Toronto, siendo una autoridad científica en su campo de la ingeniería forestal. Sin embargo, esto no supuso eludir su compromiso de católico y patriota con Polonia. El profesor habló de la importancia que tenía el catolicismo como entraña de su nación y de como el Primado de la Iglesia, ocupaba históricamente el puesto de regente del Estado cuando no había monarca en el país. De esta manera, cuando Polonia sufrió las diferentes ocupaciones alemana y soviética, las miradas de la sociedad polaca se volvieron hacia el Primado de la Iglesia que ocupó en el corazón de los polacos el sitio de estadista que le hubiese ocupado en los momentos del pasado.

 

En la actualidad, el profesor Giertych nos habló de que su país se enfrentaba al consumismo y al fuerte relativismo, y que aunque su sociedad vive los con firmeza los principios cristianos, temía por sus compatriotas. También nos dijo de como el Papa Juan Pablo II, a quien conoció y aconsejó, el Dr. Giertych ha ocupado varios cargos de responsabilidad como asesor laico del Papa y del cardenal Glemp, durante la transición del comunismo a la democracia, que los polacos debían tomarse en serio la misión de recristianizar Europa y ayudar a los europeos occidentales a reencontrarse con sus raíces católicas. En este proceso, habló de su papel en defensa de la identidad cristiana de Europa en el parlamento europeo y de su hijo Roman, como ministro de Educación en el actual gobierno polaco. Las fuertes críticas que estaba obteniendo eran por haber prohibido las referencias favorables a la homosexualidad, como una alternativa sexual natural, en los libros de texto de la primaria.

 

Minuto Digital, 27 de diciembre de 2006

Siempre Así, grupo musical: «No estamos dispuestos a avergonzarnos de lo que creemos y de lo que somos»

Siempre Así, grupo musical: «No estamos dispuestos a avergonzarnos de lo que creemos y de lo que somos»

Editan «La Misa de la Alegría», un álbum en el que la liturgia católica toma ritmos andaluces

 

Madrid- «Sólo tu fe hará que sigas adelante, que te levantes cuando caigas...» dice uno de los textos del último disco de Siempre Así. Y eso han querido plasmar en «La Misa de la Alegría», diecisiete canciones que recorren todas las partes de la Eucaristía, como el canto de entrada, el credo, la acción de gracias o la salve a la Virgen del Rocío. Un proyecto de «brazos abiertos, de participación, de amor a la vida» y de fe en Dios. Durante la entrevista se comprueba su compenetración: todos aportan, algunos dan la idea principal, otros apostillan, nadie se muestra ajeno.

- ¿Cómo surge esta idea?

- Era algo en que habíamos pensado alguna vez. Surge de una reflexión en la madurez del grupo. Igual que en su día hicimos, cuando nacieron nuestros hijos, un disco de canciones infantiles, creíamos que era un buen momento para pararnos a pensar, para ofrecer unas canciones que, siguiendo la liturgia católica, inviten a la reflexión sobre este mundo en que nos ha tocado vivir.

- ¿Por qué una misa?

- Nosotros somos creyentes, somos cristianos y para hacer llegar este mensaje, qué mejor que una celebracióncon la que nosotros estemos totalmente identificados. Venimos del coro de Triana y allí lo que hacíamos era cantar misas. Es como volver a los orígenes. Pero hemos querido que esta misa sirva para las personas que creen y para las que no. Pretendemos dar un mensaje de amor, de paz y de alegría, el mensaje que trajo Jesucristo al mundo. Y eso sirve para cualquiera .

- ¿No da miedo hacer un disco tan marcadamente confesional? ¿No teméis que os encasillen?

- Vivimos en una época en que rechazamos nuestra base y nuestras creencias. Pero nosotros no estamos dispuestos a avergonzarnos de lo que creemos, de lo que somos. Con este disco pretendemos acercar a la gente a la Iglesia actual, en la que hay mucha gente muy comprometida y que se deja la vida por los demás. Todos en realidad somos Iglesia y nuestra idea con este disco es humanizar la Religión.

-Y, ¿llegará a todos?

-Nos gustaría trasmitir este mensaje a la gente: que porque vivamos en este tiempo en que parece que ser cristiano no está de moda y que la palabra «misa» nos echa para atrás no dejen de escuchar el disco. Que no se creen prejuicios antes de escucharlo. Realmente aquí hay mucho corazón y nos hemos dejado la vida.

- Habláis de un antes y un después de «La Misa de la Alegría». ¿En qué sentido?

- Cada uno hemos tenido una experiencia personal aunque también sentimientos que hemos vivido juntos. Para Rafa ha sido «una reflexión muy personal porque ha llegado un momento de mi vida en que me he puesto a rebuscarme por dentro y hay muchas cosas que he ordenado en mi vida». Ángel añade que ya «sabía que todo esto existía, pero hacer el disco me ha removido, me ha abierto una puerta por la que he decidido entrar. Es pasar de un cristianismo más pasivo a uno activo». Nacho señala que al realizar el disco se ha dado cuenta de que «muchas veces los cristianos, verdaderamente, no están bien informados de lo que es en el fondo la religión, no tenemos una formación íntegra. A mí me ha entrado una inquietud de volver al principio, de aprender. Estudiar historia de las religiones nos abriría muchas puertas y nos quitaría muchos tabús a la hora de opinar y de formarse un criterio personal». En definitiva, todos destacan que han pretendido ensalzar «no sólo los valores cristianos, sino también valores éticos universales. Es cierto que la figura de Jesús está presente pero es algo universal».

- ¿Es un trabajo dirigido a lo más íntimo de cada persona?

- Las letras son muy cercanas, muy terrenales. Son cosas del día a día, de lo que vamos viendo a diario. Ésta es la época que nos ha tocado vivir y aunque nos pinten esta vida como la peor, aquí nadie se quiere morir. Ésta es la mejor época y aunque todo parezca muy negativo intentamos transmitir lo mejor, un mensaje de optimismo y de esperanza. Y que Jesús vino al mundo para enseñarnos un camino: «Si nos amamos los unos a los otros vamos a ser felices», y eso es lo que, desde nuestra fe católica, pretendemos transmitir. Son canciones que hablan de la vida, del amor, de la emoción, de los sentimientos. Es un instrumento para transmitir valores, ideas, vivencias.

- Así que puede servir para remover el corazón de alguien...

- Las reacciones, entre la gente de nuestro entorno que ya ha escuchado el disco es que invita a la reflexión. Aunque sean cinco minutos los que te pares a escuchar dices: «Dios mío, que tengo que ser más bueno, que tengo que ser mejor...». Es la primera vez que nos ocurre algo así. Queremos que este disco se escuche para que lo que nos ha ocurrido a nosotros cuando lo estábamos grabando lo experimente la persona cuando lo oiga.

- ¿Es una coincidencia que el disco salga en Navidad ?

- Sí, ha coincidido, pero ésta es una buena ocasión para hacer reflexionar a la gente. Parece que en Navidad la gente se para un poquito a pensar. Pero ha coincidido.

-Será la Providencia...

-Desde que hicimos el disco todo ha sido muy mágico, nos hemos sentido empujados y las puertas se han ido abriendo solas. Dimos con los coros rápidamente en Senegal, y no es fácil. O la colaboración de Carlos Mejía Godoy... Las cosas fluían, iban bien sin que tiráramos del carro.

Senegal e Iberoámerica

Maite Parejo, Paola Prieto, Mati Carnerero, Sandra Barón, Rocío García, Ángel Rivas, Nacho Sabater y Rafa Almarcha forman, desde hace quince años, Siempre Así. Su último trabajo son cantos de una misa donde su esencia sevillana (de Triana) se fusiona con coros de Senegal y los sones latinos incorporados por el productor, el cubano Óscar Gómez, y la leyenda vida que es Carlos Mejía Godoy. Tratándose de una misa católica «queríamos universalizar el mensaje, abrir los brazos, tender puentes a nuevas culturas». A Senegal fueron para grabar la «Salve del olé» y hoy los coros senegaleses cantan este himno rociero. «Íbamos a traernos un poco de su ritmo y, porque Dios lo ha querido, ellos se han llevado nuestra música a su tierra».

 

José R. Navarro Pareja

La Razón, Fe y Razón, 27 de diciembre de 2006

El origen de la libertad en la historia

El origen de la libertad en la historia

Decía Frederick Forsyth –ese excelente escritor de inteligentes bestsellers–, en una reciente entrevista, que desde que tiene uso de razón había sentido amenazada continuamente su vida por fuerzas impersonales que ni le conocían: Hitler, luego la URSS y finalmente el islamismo; no había tenido más remedio que acostumbrarse. Eso denota un inusual clarividencia, a la par que una laudable serenidad ante las fuerzas del mal, fuerzas que no son otras que las que amenazan nuestra vida, nuestra libertad y nuestra propiedad, ésta última extinta –¡ay!– de toda dignidad en estos tiempos.

 

Si hiciéramos una encuesta a pie de calle, o simplemente repasáramos alguna reciente, veríamos que esta muestra de sentido común brilla por su abismal ausencia: la inmensa mayoría del común no se siente amenazada por tales cosas, en todo caso remite sus temores al poderío estadounidense como principal amenaza para la paz mundial. Esto es así en España y en la vieja Europa, con matices diferenciales que no anulan lo principal: está fuertemente arraigada la creencia de que el pacifismo blandurrio de Europa es la mejor defensa contra esas amenazas a las que se ha acostumbrado Forsyth, pero que no ha dejado de sentir.

 

Nuestra libertad se considera un bien natural, del que no hace falta apropiarse para disfrutarlo. Sin embargo, es un bien muy poco natural que existe sólo si un Estado se apropia de su defensa y acota el campo en el que sus ciudadanos lo disfrutan, sabiendo que en el mundo son muy escasas las zonas donde realmente existe. No es, por lo tanto, un bien privado otorgado por nadie en el nacimiento: es un bien público, en pugna con otros, que sólo se encuentra en nuestra civilización reciente después de un largo proceso de decantación, nada pacífico, por cierto. Y los primeros países que lo obtuvieron no lo hicieron mediante el levantamiento de una revolución contra el antiguo régimen, sino por un pacto con él de dignificación del pasado, pues en lo mejor de la tradición se encontró el punto de apoyo, la idea germinal, de la sociedad civil libre. Cada nación encontró su camino en su pasado, y la que intentó repudiarlo y empezar de nuevo, pasó por periodos de terror y de deshonor luego laboriosos de recomponer.

 

Esto puede tomarse como una simple conjetura o como una constatación de la historia. Si se respetan las evidencias –las prioridades cronológicas–, hay que asumir que antes que fuera efectiva la libertad hubo un estado que protegía la seguridad de sus ciudadanos, y que sin esa seguridad, sin esa nación, sin esas tradiciones, no hubiera crecido la libertad. En cierta medida, es el triunfo del pesimismo hobbesiano frente al buen salvaje de Rousseau, triunfo ahora puesto patas arriba por la opinión dominante, opinión que alientan sin cesar unos líderes políticos de una talla moral infame. Y de esa observación serena, una conclusión ineludible es que no hay libertad si no hay una nación formada en el cristianismo.

 

Cuando ahora se despelleja sin piedad a dictadores que no han tenido más remedio, en un pasado reciente, que levantarse en armas para restituir esos valores, pisoteados por la revolución, de la seguridad nacional y la libertad, no se tiene en cuenta lo que decía Burke: "No quiero decir, Dios me libre, que la virtud de esos hombres debía de tomarse como contrapeso de sus crímenes, pero sí que procuraban algún correctivo a sus defectos". Esos hombres salvaron lo más básico, sin lo cual no hay libertad.

 

Luis Hernández Arroyo

Libertad digital, 27 de diciembre de 2006

El Instituto de Política Familiar considera que el 2006 ha sido un año "negativo y regresivo" para la familia

El Instituto de Política Familiar considera que el 2006 ha sido un año "negativo y regresivo" para la familia

Eduardo Hertfelder cree que familia es "la gran abandonada" en España y esto provoca que aumente la divergencia con el resto de Europa en lo que se refiere a ayudas

 

El Instituto de Política Familiar considera que el 2006 ha sido un "año negativo y regresivo" para la familia y criticó al Gobierno que "no haya implementado sus promesas electorales" en relación con este tema.

 

"El balance de la actual política familiar en España en el año 2006 se puede considerar muy negativo para la familia, ya que se ha producido un agravamiento de los indicadores familiares y España no sólo continúa siendo el país de la UE que menos ayuda a la familia sino que, además, sigue existiendo por parte del Gobierno un incumplimiento sistemático de muchas de las promesas electorales para la familia", señaló en un comunicado el presidente del IPF, Eduardo Hertfelder.

 

Esta situación, está provocando, según el presidente de esta organización, que la familia sea "la gran abandonada" en España y "aumente la divergencia con el resto de Europa, en lo que se refiere a ayudas". "El 2006, ha sido, en definitivo, un año regresivo para la familia", insistió.

 

Al respecto recordó que la tasa de nupcialidad está en el nivel más bajo de los últimos 25 años (4,82 en el 2005 frente al 5.88 de 1980); que el número de divorcios ha aumentado un 14 por ciento en 2006 con respecto al año anterior, y que España tiene uno de los índices de fecundidad más bajo de la UE (1,34 hijos por mujer en 2005).

 

Análisis Digital, 27 de diciembre de 2006

HITLER ANTE FRANCO.

HITLER ANTE FRANCO.

Hace años un conocido mío me enseñó un artículo escrito por él, rebosante de indignación por los tratos secretos de Franco con Hitler y Mussolini, que a su juicio habían ligado a España a la suerte del Eje.

--Claro -- le repliqué --, y por eso España entró en la guerra mundial, fue arrasada por los bombardeos de los alemanes y los Aliados, y finalmente el régimen de Franco sucumbió junto con los de Hitler y Mussolini. Todo el mundo lo sabe.

-- ¡Pero hombre! ¡Si hoy está clarísimo que si Franco no entró en guerra no fue porque él no quisiese, sino porque no le convino a Hitler…!

 

El articulista tenía ideas muy claras. Había leído a Preston y a Antonio Marquina, y despreciaba sin ambages a Ricardo de la Cierva, cuya lectura le parecía innecesaria. Y como Reig da la vara con el tema, lo trataré con alguna amplitud.

 

Sin duda alguna, mantener a España fuera de la guerra fue un mérito histórico trascendental, un inmenso beneficio para España y aun mayor, probablemente, para las potencias anglosajonas. Ahorró a nuestro país torrentes de sangre, lágrimas y devastación, ante lo cual el hambre de aquellos años, sobre todo la del invierno del 40-41, resulta un coste menor; y libró a los Aliados de un desastre que podría haberles llevado a la derrota. Obviamente, el máximo responsable de la política española en aquellos años lo es también de tales hechos, tanto más valorables por cuanto la izquierda perseguía el objetivo opuesto: meter a España en la contienda mundial, después de haber intentado prolongar la civil con el mismo fin, sin reparar en las destrucciones y nuevos cientos de miles de muertos que habría acarreado.

 

Pero el odio lisenkiano a Franco es tal que prefiere conceder el crédito de tal ventura al mismísimo Hitler, una monstruosidad muy en línea con su imagen de un Frente Popular democrático. Con Franco se rompe una norma elemental: la responsabilidad mayor de una victoria o de una derrota, de un éxito o de un fracaso, recae en quien ostenta la dirección, aun si es un subordinado el ejecutor más inspirado o el autor del plan, o si intervienen sucesos imprevistos. Franco venció, hasta su muerte, a sus muchos y peligrosos enemigos militares y políticos, y no obstante miles de intelectuales, a izquierda y derecha, lo pintan como un sujeto mediocre, gris e inepto ¡Sus éxitos se deberían, siempre, a cualquier persona o circunstancia menos a él…!

 

La interminable polémica en torno a la política de Franco hacia Hitler viene distorsionada de raíz por dos enfoques falsos: el de los lisenkos y asimilados, y el de algunos franquistas empeñados en presentar al dictador español desafiando y burlando al nazi. Como nos ilustra Marquina, la idea de que Franco resistió a Hitler y los alemanes fueron engañados por los gobernantes españoles es ridícula. Desde luego. Pero mucho más ridícula la tesis de que fue Hitler y no Franco el “culpable” de la paz de España. Según ella, Hitler habría tenido un interés muy relativo, o ninguno, por la beligerancia española, y era Franco quien insistía en ella. En algún momento, Hitler la habría aceptado, pero el precio exigido por el Caudillo le había parecido excesivo, por lo que lo habría rechazado sin problemas, máxime cuando su atención se dirigió pronto a la invasión de Rusia. De este modo, involuntario pero efectivo, habría salvado a nuestro país de las ansias belicistas de Franco y de la correspondiente masacre.

 

A mi juicio ningún documento clarifica mejor el conjunto de las relaciones y actitudes hispano-germanas que la larga misiva escrita por Hitler a Franco el 6 de febrero de 1941. El documento merece la máxima atención analítica de cualquier historiador serio. Hitler exponía la enorme trascendencia de la conquista de Gibraltar, bastante bien comprendida por él, al contrario que por muchos comentaristas: “Habría dado un vuelco inmediato a la situación en el Mediterráneo”; “Habría ayudado a definir la historia del mundo”. Y no exageraba mucho. La toma de Gibraltar habría inutilizado prácticamente la base británica de Malta, impedido la entrada o salida de barcos ingleses en el Mediterráneo occidental y respaldado con la máxima eficacia la prevista ofensiva de Rommel en Libia. Y tenía una dimensión global mucho mayor, pues abría paso a la ocupación de la costa occidental norteafricana, impidiendo un posible desembarco inglés o anglouseño (que ocurriría). Además, en la concepción del almirante Raeder, habría permitido al ejército alemán conquistar el norte de África hasta el petróleo de Oriente Medio, creando una tenaza desde el sur sobre la Unión Soviética, cuya invasión estaba prevista para unos meses después. Esta tarea se hallaba muy al alcance del ejército alemán, incluso de una fracción de él, pues, como pronto se demostraría, el ejército inglés no era todavía enemigo para la Wehrmacht.

 

La importancia otorgada por el Führer a Gibraltar explica su frustración y amargura ante las dilaciones de Madrid: “Si el 10 de enero hubiésemos podido cruzar la frontera española, hoy estaría Gibraltar en nuestras manos”; “Se han perdido dos meses, y en la guerra, el tiempo es uno de los más importantes factores. ¡Meses desaprovechados muy a menudo no se pueden recuperar!”; “¡Lamento profundamente, Caudillo, su parecer y actitud!”. Realmente Franco estaba causando a Hitler unos daños estratégicos de la máxima trascendencia, como percibía con nitidez el interesado, que también reprochaba al español, razonablemente, sus excesivas ambiciones en África: “Me permito indicar que la mayor parte del inmenso coste en sangre en esta lucha lo soporta hasta ahora Alemania en primer lugar, y luego Italia, y ambos, a pesar de ello, solamente han presentado modestas reivindicaciones”.

 

Sospechando que Franco se estaba “vendiendo” por los alimentos británicos, Hitler le prevenía de que Inglaterra no tenía intención de ayudarle sino solo de “retrasar la entrada de España en guerra, de paralizarla y con ello incrementar sus dificultades permanentemente y así poder finalmente derrocar al actual régimen español”; aparte de que aun si Inglaterra, “en un arrebato sentimental nunca visto hasta ahora en su historia, quisiera pensar de otro modo, no le sería posible ayudar realmente a España (…) en una época en que ella misma está obligada a rigurosas reducciones en su nivel de vida”, las cuales irían en aumento. En fin, insistía Hitler, “Estamos comprometidos en una lucha a vida o muerte”, y “En esta histórica confrontación debemos atender a la suprema lección de que en tiempos tan difíciles más puede salvar a los pueblos un corazón valeroso que una al parecer inteligente precaución”.

 

Es difícil expresarse con mayor claridad y deshacer con mayor contundencia la impresión creada por Preston, Marquina y tantos otros. Pero a nuestros tuñonianos y asimilados les da igual. Ellos saben mejor que Hitler lo que Hitler pensaba y quería, como les ocurre con Azaña, con Largo Caballero o con cualquiera.

 

No menor interés tiene el tono general del documento, persuasivo y casi implorante tras haber fracasado, diez días antes, una conminación de Ribbentrop con carácter casi de ultimátum; un tono que asombra aún más cuando Franco le respondiera con otra carta casi insolente. Ante los graves perjuicios que España estaba causando a sus planes, Hitler tenía poder muy sobrado para imponer sus intereses por la fuerza, y sin embargo no lo hizo. No invadió la península, aunque estuvo tentado de hacerlo. Sabemos aproximadamente por qué: la invasión le hubiera sido fácil, pero temía verse enfangado en una reedición del laberinto napoleónico a sus espaldas, mientras preparaba el ataque a Rusia desde Europa. Por lo tanto creyó que solo le convenía atacar Gibraltar con el permiso de Franco, y sus esfuerzos se dirigieron a ello, alternando la conminación y la persuasión. Probablemente cometió un error, comparable, por sus efectos, a su vacilante planeamiento de la batalla de Inglaterra.

 

La carta del Führer demuele también, como veremos, las argucias, más bien que argumentos, con que el Caudillo justificaba sus demoras, lo cual obliga a replantearse la verdadera actitud de éste, así como su evolución.

 

PIO MOA.