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El Foro Ermua y Convivencia Cívica Catalana denuncian el acoso de nacionalistas y socialistas catalanes contra el uso de la lengua española en Cataluña

El Foro Ermua y Convivencia Cívica Catalana denuncian el acoso de nacionalistas y socialistas catalanes contra el uso de la lengua española en Cataluña

 

Bilbao y Barcelona. 13 de abril de 2007. Los nacionalistas catalanes y vascos llevan décadas imponiendo medidas, frecuentemente ilegales, para arrinconar el uso de la lengua española en sus respectivas regiones, persiguiendo colocar a los castellanohablantes en condición de ciudadanos de segunda categoría. Esta discriminación anticonstitucional, a la que ellos cínicamente denominan normalización lingüística, constituye un elemento esencial del proyecto nacionalista para imponer una sociedad uniformizada en la que todo vestigio de pensamiento discrepante y de “lo español” hayan sido denigrados y arrinconados.

Como muestra de esta política de discriminación, hace una semana el nuevo tripartito de Cataluña ha vuelto a negar la posibilidad de que los padres de los alumnos de enseñanza primaria puedan solicitar que sus hijos reciban la educación en lengua española el próximo curso. Sencillamente, en los formularios para la preinscripción de 2007-2008 que ha repartido la Generalitat no figura una casilla en la que optar por la enseñanza en la lengua materna española. De este modo, todos los padres están forzados a aceptarla en catalán. Este derecho fundamental les es negado, nuevamente, por el gobierno del PSC, ERC e IC (IU). Esta discriminación empezó ya en la época de los gobiernos nacionalistas de CiU. Las sentencias en contra de este atropello adoptadas por el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña en más de una ocasión fueron incumplidas abiertamente por el Gobierno del socialista Pascual Maragall y, ahora, por el también socialista José Montilla.

 

Ningún ciudadano, político o partido democrático de España puede permanecer callado e indiferente ante este atropello repetido a un derecho básico de los ciudadanos de Cataluña, como es la elección de la lengua en la que sus hijos han de recibir la mayor parte de las clases. Esta tradicional política discriminatoria de los nacionalistas, ahora es plenamente asumida y practicada por los nuevos conversos a la ideología nacionalista: los socialistas del PSC, PSE, PSG, etc. apoyados expresamente por Rodríguez Zapatero. Los dirigentes o militantes de base socialistas que aun permanezcan fieles al pensamiento histórico socialista deberían levantar su voz y colocarse del lado de quienes en Cataluña reclaman el reconocimiento de tan elemental derecho. El futuro de las libertades en España también se está jugando ahora en este frente.

 

Las hipocresías ya no resultan convincentes. Los únicos responsables de esta polémica en torno al uso de las lenguas en Cataluña son los nacionalistas y socialistas que incumplen sentencias judiciales y vulneran derechos fundamentales con sus acciones de gobierno.

 

La amenaza salafista

La amenaza salafista

Más allá de la noticia ya de por sí inquietante de la muerte -en un caso por suicidio- de dos terroristas islamistas en Casablanca, el hecho apareja información colateral suficiente como para suscitar algunas reflexiones sobre lo que está pasando en Marruecos en particular y en la región del Magreb, en general. Hay muchas formas de hacer política y los islamistas, enemigos declarados del régimen aluita, al que señalan como traidor y corrupto por sus alianzas con el Occidente cristiano, han elegido la más peligrosa de todas: la religión.

Fermentando en el caldo de cultivo de la miseria que arroja a la aventura de la inmigración a buena parte de la juventud, en los barrios marginales de Casablanca, Marraquesh, Fez, Tetuán, Tanger o Rabat son muchos los jóvenes que se acercan a las mezquitas improvisadas en garajes y otro tipo de locales. Crecen y se establecen al margen de los templos oficiales, cuyos servidores controla el Gobierno. El rey Mohamed VI es el jefe de los creyentes -se proclama descendiente del Profeta- y su padre, Hassan II, gastó una fortuna construyendo junto al mar, en Casablanca, una de las mezquitas más grandes del mundo, pero nunca consiguió atraerse a los integristas a los que reprimió con mano de hierro encarcelando a su principales jeques. Hoy el Movimiento Salafista (para la "predicación y el combate"), opera de forma clandestina y tiene ramificaciones en Argelia y Túnez.

 

Hace unos meses fueron detenidos y posteriormente expulsados del Ejército varios militares acusados de pertenecer a una célula salafista. Se desconoce el calado real de la infiltración salafista en los diferentes estamentos de la sociedad marroquí, pero es fácil avizorar que constituyen una gran amenaza para el Trono. Amenaza que, si pensamos en Ceuta y Melilla, también lo es para España.

 

Fermín Bocos

Diario Siglo XXI, 11 de abril de 2007

Con las encuestas de Pedrojota ¿alguna derecha da miedo a Zapatero?

Con las encuestas de Pedrojota ¿alguna derecha da miedo a Zapatero?

Explicaba hace pocos días en estas páginas Luis Miguez que "la derecha española cuenta con un caudal intelectual no desdeñable, pero que se ha desperdiciado, en parte por el complejo de inferioridad frente a la izquierda, y en parte también por la falta de flexibilidad de algunas de esas líneas de pensamiento a la hora de adaptarse a las nuevas circunstancias". La reflexión no puede ser más oportuna al hilo de las últimas encuestas de intención de voto: ahora mismo el PP de Mariano Rajoy no ganaría unas elecciones generales y no gobernaría España, a pesar de todos los desmanes del zapaterismo desde el 11 de marzo de 2004.

¿Qué rumbo conviene a Rajoy?

Algunos estrategas de la calle Génova han repetido con Rajoy errores que ya sufrió José María Aznar: se ha preferido vencer por los errores del rival y no por los análisis y propuestas propios, y se han abandonado terrenos decisivos para la política moderna, como la comunicación, la cultura y el debate profundo de ideas. Demasiados complejos, y soluciones demasiado timoratas, cerriles o inconexas. Un mal augurio en esta primavera electoral.

 

Lo peor del caso es que, junto al destino del PP y de su líder, está en juego el futuro de la nación; algo más importante que el de un partido, pero ligado hoy al de éste porque no cabe esperar salvación alguna de los demás actores del "proceso". Mucho menos, por supuesto, de actores inexistentes que ni están ni se les espera. Pero hay algo bueno, en cambio: que en el PP, casa común, centrada en la sociedad, de la derecha española, están las semillas de los cambios necesarios. Basta que, en vez de un centroderecha a la vez acobardado y vociferante, ligado sólo al liberalismo como ideología, asuma ser lo que su base ya es y lo que sus referentes en Europa son desde siempre: una derecha social y plural.

 

Un problema de ideas

 

"Las ideas son fundamentales en cualquier acción política. Sin un fuerte vínculo con ellas y sin esquemas interpretativos de la realidad la acción política perdería continuidad y estrategia. Se terminaría así viviendo al día y sin perspectivas". Lo que el ex ministro Gianni Alemanno enunciaba la pasada semana, en tono positivo, sobre la derecha italiana, vale también, aunque como reproche matizado, para la derecha española. "En las ideas hay que distinguir lo que es fundamental, como los valores, de lo ligado a circunstancias históricas o a condiciones más menos particulares y coyunturales". Libertad, persona, religión, familia, tradición, trabajo, Patria: cosas que cambian de forma sin cambiar de esencia. Es una cuestión de sentido común, como ha escrito Marcello de Angelis: la gente normal también entre nosotros es por ejemplo católica sin ser clerical, laica pero no laicista ni antireligiosa.

 

Ya, sentido común en la aplicación política de sus ideas. Tal vez sea lo que falta en la derecha española, como resultado de su historia, que la ha relegado –en palabras de Pierre Chaunu- a la cara habitualmente oculta del planeta. Mientras que la izquierda gobierna y aplica desde el poder sus principios sin complejos, la derecha, cuando llega al poder, tiene la tentación de disculparse por estar allí. Y se limita a "gestionar", de manera eficaz muchas veces, pero sin empuñar el timón del Estado, sin complejos, en la dirección marcada por sus principios. Y eso, después, se paga.

 

¿Quién teme a la derecha feroz?

 

Las malas encuestas para Rajoy llevaron al periódico que dirige Pedro J. Ramírez a recomendar "un estilo más centrista" al PP. Como si el problema fuese sólo de formas o de tonos, y no de coraje e inteligencia en el despliegue de sus propios contenidos. Determinadas estrategias del PP lo han hecho parecer un cordero envuelto en piel de lobo, ya que la renuncia, aplazamiento o mediatización de muchas políticas derivadas de sus principios han ido unidos a formas agresivas. Vamos, que han conseguido quedar como radicales sin ser, a veces, coherentes. Mal negocio, debería decir Pedrojota a Acebes y especialmente a Zaplana .

 

Son las cosas del pensamiento débil: por buenismo se termina aceptando la superioridad de los principios de los progres, y por cálculo electoral miope se renuncia a los principios propios. El riesgo es perder las elecciones y dejarse por el camino partes esenciales del programa profundo del centroderecha español. Y además quedando mal. Precisamente lo contrario –firmeza desde los valores, entereza desde la moderación- está al alcance del PP para convertirse, definitivamente, en una derecha que de verdad asuste a Zapatero. Aún están a tiempo.

 

Pascual Tamburri

El Semanal Digital, 12 de abril de 2007

LA DERROTA DE ETA. La derrota de... las víctimas del terrorismo

LA DERROTA DE ETA. La derrota de... las víctimas del terrorismo

Parecería que estuviéramos ante un libro analítico y a la vez combativo contra el terrorismo nacionalista vasco. Dedicado "a todos los que luchan por la libertad", tal vez el lector poco avisado se adentre en él con ingenua pasión para encontrar elementos de reflexión que le ayuden a soportar un combate tan largo. Pero se sentirá rápidamente decepcionado: la derrota de ETA sólo existe en la imaginación de los autores, más interesada en proporcionar coartadas a la negociación del actual Gobierno con la banda terrorista que en aportar luz, a través de las víctimas, a la lucha contra ella.

 

La introducción al texto expresa así ese delirio: "Más de cuarenta años después de su nacimiento, ETA no ha conseguido ninguno de [sus] objetivos. Sencillamente: el Estado (…) ha derrotado a ETA" (pág. 2); por ello, "se trata de celebrar que después de 832 personas asesinadas (…) los españoles hemos ganado al terrorismo y podemos decir orgullosos que vivimos en un país de libertad" (pág. 5).

Si el lector no supiera quiénes son los autores de semejante afirmación, no daría crédito, pues basta asomarse diariamente a la prensa para ver reflejada la continuidad, hasta nuestros días, de la actividad terrorista y de su violencia, tanto física como simbólica. Por ello, tal vez convenga una breve anotación al respecto: José María Calleja trabaja en CNN+ y colabora en varios otros medios, en los que, durante los dos últimos años, se ha convertido en uno de los principales propagandistas de la política negociadora del presidente Rodríguez Zapatero. Ignacio Sánchez-Cuenca es profesor de Política y Sociología en el Instituto Juan March y en la Universidad Complutense, y ha escrito un singular libro en cuyo capítulo final se describe el modelo de negociación con ETA que ha inspirado la mencionada política: ETA contra el Estado (Tusquets, 2001).

Por tanto, estamos ante la obra conjunta de un ideólogo y un propagandista de la negociación con ETA. Una obra que, sin embargo, no habla para nada de esa negociación y que se centra en las víctimas de la organización terrorista. Es más, su fin declarado es "hacer justicia a las víctimas" por medio de "la reconstrucción de la verdad histórica (…) sobre cuántas personas han sido asesinadas por el terrorismo nacionalista vasco, quiénes eran, cómo, cuándo y dónde los mataron"; pues, según los autores, en otra de sus sorprendentes afirmaciones, "apenas se ha actuado" acerca de este asunto, que "no recibe demasiada atención en el debate público" (págs. 169 y 170).

A través de esa singular reconstrucción, en la que la voz, los sentimientos y el sufrimiento de las víctimas se encuentran ausentes, lo que en realidad se hace es analizar a las víctimas desde la óptica de la propia ETA, lo que, como más adelante argumentaré, concede implícitamente a ésta un singular estatus de organización combatiente, con lo cual se coadyuva a su legitimación.

La técnica de la reconstrucción consiste en la realización de lo que Calleja y Sánchez-Cuenca consideran "una base de datos exhaustiva" que comprende a todas las víctimas. Según ellos, esa base de datos "no existía", pues "los intentos anteriores (…) eran parciales, no recogían información relevante y contenían numerosos errores" (pág. 170). A este respecto, pretenden haber consultado todas las fuentes disponibles, aunque olvidan algunas, como la elaborada por Manos Blancas contra el Terrorismo o la muy apreciable del Diccionario Espasa de Terrorismo, del que es autor José María Benegas (una fuente ésta que, por cierto, les habría ayudado a mejorar los datos biográficos de algunas víctimas). Por otra parte, efectúan una depuración de los datos que en ocasiones se basa en criterios dudosos que, además, no se aplican de manera unívoca, como el que se trate de atentados no reivindicados o negados por ETA.

A partir de esa base de datos, los autores desgranan a lo largo de seis capítulos lo que pretenden que sea una historia de las víctimas de ETA, empezando por los miembros de las Fuerzas de Seguridad y acabando en los crímenes que aquélla no se atreve a confesar. Señalaré que el texto es muy desigual en cuanto al detalle de las narraciones y que, en todo caso, la perspectiva personal de las víctimas se omite por completo.

Esto último no deja de resultar sorprendente, si se tiene en cuenta que en la bibliografía se citan obras (por ejemplo, Un grito de paz, de Pedro María Baglietto; Contra el olvido, de Cristina Cuesta; Nosotros, los Ybarra, de Javier Ybarra; Los años del plomo, de Isabel San Sebastián; Regreso a Etxarri-Aranatz, de Javier Marrodán; Gritos de libertad, de Cayetano González, y Los Pagaza, de Maite Pagazaurtundúa) que contienen materiales de gran valor para ello. Pero tal vez se explique porque se trata de un libro pretendidamente analítico en el que importan más las categorías conceptuales que las historias personales. Y es precisamente a través de esas categorías conceptuales como Calleja y Sánchez-Cuenca acaban desvelando el verdadero cariz de su obra.

Empecemos por el principio. El capítulo primero arranca con la sorprendente afirmación de que "policías y guardias civiles han muerto de manera previsible y rutinaria" (pág. 7). ¿Cómo es posible que esas muertes se califiquen de previsibles y rutinarias? Para las víctimas que cayeron en los atentados de ETA, o para sus familiares, la muerte casi nunca fue previsible. Si Calleja y Sánchez-Cuenca estuvieran mejor documentados en cuanto a los estudios clínicos sobre las víctimas de ETA –por ejemplo, Superar un trauma, de Enrique Echeburúa, y los de Enrique Baca y María Luisa Cabanas Las víctimas de la violencia y "Niveles de salud mental y calidad de vida de las víctimas del terrorismo en España" (Archivos de Neurobiología, nº 60, 1997)–, sabrían que el 86% de ellas jamás pensó que podría sufrir un atentado, y que apenas un 2% recibió algún aviso al respecto.

Por tanto, si en la perspectiva de las víctimas la muerte no fue previsible, sólo cabe deducir que lo fuera en la representación de los victimarios. Y es, en efecto, esta última la que adoptan en su análisis los autores del libro, pues resulta evidente que, para una ETA que dice luchar militarmente, sus objetivos pueden ser los miembros uniformados de las fuerzas del orden o los militares, o los civiles a los que, por su papel o sus opiniones, aquélla considere "combatientes". Y todos ellos serán para la organización terrorista objetivos previsibles y rutinarios.

Así pues, desde las páginas iniciales el libro se impregna del modo de ver y representar las cosas de quienes ejercen la violencia política. Ésta es pretendidamente selectiva, pues la selección de los objetivos es lo propio de quien actúa con criterios militares. Según Calleja y Sánchez-Cuenca, en efecto, en comparación con otras, "ETA ha sido una organización más selectiva en sus crímenes" (pág. 44); "en general ETA no practica un terrorismo masivo o indiscriminado a la manera de organizaciones islamistas" (pág. 156). Para demostrarlo basta con echar las cuentas y observar que, según las peculiares categorías que emplean los autores, "tenemos [en] el 76 por ciento de todas las víctimas mortales un grado de discriminación elevado".

Digo peculiares categorías porque entre ellas se incluyen las de asesinato "selectivo" y asesinato "genérico", con tal confusionismo que, siguiendo los ejemplos expuestos por los propios autores, el caso de Melitón Manzanas se califica como genérico, a pesar de que "ETA lo seleccionó por su conocida reputación de torturador", y el de Ernest Lluch les merece la formulación de la siguiente pregunta: "¿Es su muerte genérica, parte de una campaña contra políticos no nacionalistas, o es más bien selectiva, al haberse significado Lluch en el debate sobre la política vasca?".

Claro que, si el terrorismo es selectivo, entonces se puede especular acerca de las prácticas de violencia terrorista en función del lugar en que se cometen los atentados. Y así, Calleja y Sánchez-Cuenca llegan a concluir que su análisis revela algo sobre "el cuidado que tiene ETA a la hora de matar: tan sólo mata vascos cuando éstos no se pliegan a sus deseos (informadores, etc.); en cambio, mata gente del resto de España sin demasiados miramientos".

¿Cabe deducir de este resultado científico que la política correcta es plegarse a ETA para que no te maten? Los autores no lo aclaran y nos dejan en la duda, aunque seguramente quepa inferir de su entusiasmada adhesión a la idea de la negociación con ETA que no le hacen ascos a esa conclusión. Es más, Sánchez-Cuenca ha dejado escrito que la paz puede establecerse en el País Vasco mediante "un pacto firmado por todas las fuerzas políticas relevantes ante la mirada atenta de la ciudadanía (…) [en el que se plasme] la promesa del Gobierno a los nacionalistas de posibilitar la independencia tras la desaparición de ETA", de tal manera que "en un País Vasco pacificado, sin terrorismo de ningún tipo, si al cabo de un tiempo se produjera una mayoría clara y duradera de gente favorable a la independencia, el Gobierno y los grandes partidos no pondrían obstáculos para que ese territorio pudiera llegar a independizarse" (ETA contra el Estado, págs. 245 y 246).

Pero si el terrorismo de ETA es selectivo, hay que quitarse también de en medio los hechos que molestan a semejante interpretación. Para Calleja y Sánchez-Cuenca, el paradigma de esta actitud es el caso Hipercor. El atentado que tuvo lugar en esta instalación comercial barcelonesa en junio de 1987 es exculpado por ambos autores señalando que "probablemente ETA no pretendía provocar una masacre" (pág. 44), y es considerado sucesivamente como un "caso anómalo" (pág. 162) y un "trágico error" (pág. 163). Más aún, señalan que "generó tensiones serias en el seno de HB e incluso de la propia ETA", de manera que "hasta los terroristas entendieron que si continuaban por esa vía, se enfrentarían a una marginación social que podía volverse contra ellos" (págs. 45 y 46).

Estas supuestas tensiones no se documentan y, en todo caso, son contradictorias con la profusión de atentados con coche-bomba que se cometieron con posterioridad, incluyendo matanzas como la de la casa-cuartel de Zaragoza (1987), la de Sabadell (1990), la de la casa-cuartel de Vic (1991), o las cometidas en Madrid en 1993, en la calle López de Hoyos, y en 1995, en Vallecas. Claro que, siguiendo los singulares criterios clasificatorios de Calleja y Sánchez-Cuenca, como en todos estos casos los que murieron fueron principalmente miembros de las Fuerzas de Seguridad o de Defensa, se trató de víctimas "genéricas", excepción hecha de los ocho niños asesinados en ellos, a los que se considera víctimas "colaterales".

Este último concepto merece una atención especial, pues resulta singularmente revelador del efecto legitimador que tiene este libro para la propia ETA. Según los autores, entre las víctimas de la organización terrorista hay un 11,1% de "muertes colaterales", a las que se define como "no pretendidas, como cuando explota un coche-bomba al paso de un furgón policial y muere algún civil que pasaba por allí" (pág. 157). Y también se anota un 1,8% de "errores", es decir, de casos "en los que los terroristas se equivocan y (…) confunden a la víctima con el auténtico objetivo del atentado" (pág. 158).

Las nociones de víctima colateral y víctima errónea aluden a lo que, en el derecho internacional humanitario, se considera "daños incidentales", que se producen en los casos en que un ataque a un objetivo militar ineludiblemente conduce a la producción de daños personales o materiales de carácter civil (véase Roy Gutman y David Rieff, Crímenes de guerra, Debate). De acuerdo con los Convenios de Ginebra, esos daños son legítimos y no están prohibidos, aun cuando pudieran ser esperados o previsibles.

Por tanto, cuando se emplean esos conceptos en el marco del análisis de las organizaciones terroristas, implícitamente se está considerando a éstas como contendientes sujetos a las normas del derecho de guerra, y por tanto se está legitimando el empleo que hacen de la violencia para la consecución de objetivos políticos; y se admite también que su objetivo de matar a policías o militares, en los atentados con víctimas colaterales, está justificado. Y al hacerlo se olvida convenientemente que ese mismo ordenamiento jurídico, en el Protocolo II de Ginebra, prohíbe taxativamente todo ataque a civiles en conflictos bélicos internos, a menos que sean combatientes.

No crea el lector que con lo anterior terminan los confusionismos terminológicos que, en definitiva, actúan como elementos de legitimación del terrorismo nacionalista vasco. Calleja y Sánchez-Cuenca también contabilizan a las víctimas según los singulares criterios empleados por ETA para justificar sus crímenes.

Así, nos dicen que hay "atentados selectivos, dirigidos contra una persona debido a su comportamiento (personas que colaboran con las Fuerzas de Seguridad, que no pagan la extorsión etarra, que se significan por oponerse a ETA)" (pág. 157). En esa contabilización siguen estrechamente la regla definida por la organización terrorista, sin discutir en ningún momento su pertinencia y sus resultados; y sin aclarar al lector que, fueran cuales fueren las excusas esgrimidas por ETA, todas esas víctimas fueron radicalmente inocentes y no merecieron el castigo al que, al arrebatárseles la vida, fueron sometidas. Claro que, como ya he señalado antes, en este libro la perspectiva de las víctimas, de su memoria, de su verdad y de su exigencia de justicia, se encuentra radicalmente ausente.

Resumamos: La derrota de ETA es un libro engañoso porque no trata del tema que enuncia su título; es un libro conceptualmente confuso que se inspira en categorías que forman parte del discurso terrorista; y, aunque sus autores pudieran no pretenderlo, es un libro legitimador de la propia ETA, pues el uso de esas categorías actúa en tal sentido. Recomiendo al potencial lector que se aleje de él, a no ser que por algún motivo profesional le sea ineludible estudiarlo. Entonces, acuda a alguna biblioteca y, al menos, no le rinda derechos a sus autores.

Por Mikel Buesa

 

JOSÉ MARÍA CALLEJA E IGNACIO SÁNCHEZ-CUENCA: LA DERROTA DE ETA. DE LA PRIMERA A LA ÚLTIMA VÍCTIMA. Adhara (Madrid), 2006, 302 páginas.

 

Libertad Digital, suplemento Libros, 12 de abril de 2007

Aunque cien zapateros hubiera...

Aunque cien zapateros hubiera...

Se cumple el próximo lunes el tercer aniversario de la toma de posesión de Zapatero como presidente del Gobierno. Prometía el cargo después de haber anunciado en su discurso de investidura que se abría “un tiempo nuevo en la vida política de España”.

 

Ha sido, sin duda, un tiempo nuevo para todos los españoles y, sin duda, para muchos católicos. Muchos católicos españoles se han movilizado ante la política educativa, familiar y ante la política antiterrorista de un Gobierno que parece empeñado en restringir la libertad de educación y legislar contra las certezas fundamentales que sobre el matrimonio, el derecho a la vida y la forma de conseguir la paz tiene un amplio sector de la población. Las numerosas manifestaciones han sido una expresión de esa movilización.

 

Pero también han conseguido protagonismo y notoriedad entidades de iniciativa social que desde décadas, sobre todo en el terreno educativo, son una alternativa real a las pretensiones estatalistas de los diferentes gobiernos. Muchos padres se han vuelto hacia ellas buscando referencias para asumir una responsabilidad en la vida pública que hasta este momento consideraban innecesaria. Organizaciones de cuadros y de opinión que languidecían o que no se habían desarrollado suficientemente han ganado vitalidad al ofrecer materiales, estudios y argumentos para un sector de la sociedad civil que ha despertado de su individualismo con el deseo de oponerse a Zapatero.

 

Tres años, en fin, que han servido para que algunos católicos, más allá de reaccionar contra las políticas agresivas del Gobierno, hayan caído en la cuenta de que la fe genera una identidad social precisa. Un largo viaje desde el catolicismo mayoritariamente privado del franquismo, desde una mala compresión de las teologías del postconcilio, que favoreció la disolución del cristianismo en compromisos éticos y en todo tipo de mediaciones ideológicas (obrerismo, tercermundismo, marxismo…); un largo viaje desde un dualismo teorizado que sólo velaba por la ortodoxia espiritual y convertía en opinión subjetiva el llamado compromiso temporal. Muchos han pensado que ha llegado el momento de hacer algo.

 

Pero ese viaje aún no ha terminado. Ese “hacer algo” puede dejar el tren en vía muerta si no tiene más estación de llegada que la oposición a Zapatero o la recuperación de ciertos espacios sociales, políticos y mediáticos. La “reconquista” de ciertos ámbitos desde los que defender una concepción verdadera de la persona, de la familia y de la vida social inspirada en la fe. Se trataría de “poner en equivalencia” en los partidos, en los medios y en otras esferas, la realidad sociológica de unos católicos con un peso todavía relevante y no suficientemente incisivo por debilidades y traiciones internas, por complejos, falta de liderazgo y de “claridad doctrinal”.

 

Harían falta para ello instrumentos nítidamente confesionales con una capacidad profesional que les permitiera ser incisivos en los resortes del poder (la palabra poder se puede, de nuevo, usar sin pudor después de décadas de demonización moralista). Es el sueño –no puede utilizarse otra palabra para describirlo- de recuperar cierta hegemonía, una posición que encierra una profunda debilidad. Su debilidad no es que sea irreal sobre la capacidad que tiene el catolicismo español de recuperar ciertas cuotas de poder. Todavía mantiene algunas y podrían incluso ampliarse. Podría haber un Gobierno formado mayoritariamente por católicos, un periódico católico, una patronal católica…

 

La debilidad de este sueño hegemónico y lo que lo condena al fracaso es que no hace las cuentas con la naturaleza de la verdad, pretende encontrar un atajo que rompa el binomio verdad-libertad. Se pueden recuperar espacios y “criar intelectuales” para difundir ideas y valores verdaderos, principios claros, desde una posición menos precaria que la que hasta ahora han tenido los católicos. Pero, aunque así fuera, la vida de la gente-gente transcurriría por otros derroteros.

 

Todos rechazamos lo que se nos quiere imponer y ése es un sano movimiento. La verdad gana espacio no porque se consigan definiciones precisas o porque esas definiciones entren en la agenda de la gente con medios de comunicación potentes sino porque hay quien hace experiencia de ella y la encuentra pertinente al ineludible “oficio de vivir” del que habla Pavese.

 

En este mundo tan dominado por la confusión, tan parecido al mundo bárbaro del siglo V, no hay otro método posible para difundir la fe que el que confía todo a la libertad. No hay otro método que confiar en la capacidad que tiene el corazón -de cualquiera, no sólo de los medios convencidos o de los “alejados”- de reconocer de forma existencial la pertinencia de la verdad. Para eso el cristianismo tiene que ser ante todo experiencia, es decir, educación; es decir, ocasión de comprobar la utilidad humana de la fe. Y se educa en el colegio, se educa en el trabajo, en la familia, se educa a los 8 años y a los 70, cuando se ofrece la ocasión, en todas las circunstancias, de comprobar que el cristianismo sirve para vivir mejor.

 

No es que los católicos españoles no tengan que abrir espacios, derrotar leyes si es posible, ganar elecciones, defender su cultura y valores. El problema es cuando todo eso está en función de una quimera hegemónica. La política, los medios y las obras concebidos como fines en sí mismos para edificar una fortaleza desde la que defenderse, confiando en la eficacia de la confesionalidad institucional. O, por el contrario, todas esas iniciativas siempre en función de una experiencia libre, para facilitar el encuentro con todos, en una dinámica de “confensantes”, de testigos que faciliten el cristianismo como experiencia.

 

En el primer caso, aunque ésta fuera la primera y última legislatura de Zapatero, el naufragio está garantizado. En el segundo caso, aunque cien zapateros hubiera (Dios no lo consienta), el viaje se dirige a buen puerto. ¡Así es la libertad!

 

Fernando de Haro

Páginas Digital, 11 de abril de 2007

Entrevista a Pío Moa en el periódico Rzeczpospolita, a raíz de la traducción al polaco de "Los mitos de la guerra civil"

Entrevista a Pío Moa en el periódico Rzeczpospolita, a raíz de la traducción al polaco de "Los mitos de la guerra civil"


1. ¿Que importancia tiene la guerra civil española más de 70 anos después de su comienzo? ¿Sigue un tema actual para España y para la Europa contemporánea?

 

R.- En España la guerra civil es un tema clave porque marcó un antes y un después en la historia contemporánea española, y determinó la evolución del país hasta la democracia actual, a través de una larga dictadura.

 

La guerra de España, de 1936 a 1939, se convirtió en un mito internacional, porque en ella combatieron muchas de las fuerzas e ideologías que dieron forma al siglo XX. En Europa, sobre todo en países como Inglaterra o Francia, se ha impuesto una especie de tabú: solo se acepta la versión de la guerra que elaboró la Komintern. Según ella, Stalin y sus protegidos del Frente Popular español defendían la democracia. Esto es tan absurdo como decir que Hitler defendía a los judíos, o a los polacos. Existe una censura de hecho, como la que impidió durante largo tiempo, en Inglaterra, la publicación del libro de Orwell sobre la guerra civil. Incluso un periódico francés de derecha, como “Le Figaro”, se negó a publicar una entrevista conmigo alegando que “todavía no ha llegado el tiempo de decir esas cosas”. En Inglaterra y en Alemania varios periódicos han tergiversado mis puntos de vista e informado erróneamente a los lectores. Una actitud nada liberal, e intelectualmente ridícula.

 

 

2. ¿Que opinión sobre la guerra tienen los españoles de la nuestra generación? ¿Es la opinión verdadera o falsificada?

 

R.- Durante casi cuarenta años, incluso en los últimos tiempos del franquismo, en España ha predominado la versión basada en la propaganda stalinista. Por ello muchos españoles, sobre todo jóvenes, siguen creyendo esa versión. Sin embargo esas ideas están en rápido retroceso.

 

3. ¿Que tipo de mitos usted combate en el libro suyo, que ahora mismo está preparando para la publicación en Polonia? ¿Qué mitos sobre la guerra civil son más persistentes? ¿Qué son más falsos? ¿Qué son más peligrosos? ¿Existen algunos mitos que se confirmaron?

 

R.- El mito principal, del que derivan todos los demás, es el que ya señalé: que el Frente Popular representaba la libertad. Pero ese frente se componía del Partido Comunista, que durante la guerra se convirtió en el principal partido de las izquierdas y era un partido agente de Moscú. Luego estaba el Partido Socialista, que no era socialdemócrata, sino marxista radical, incluso más radical que los comunistas, y que organizó deliberadamente la guerra civil. Estaban también los anarquistas, completamente ajenos a la democracia. Junto a estas tres fuerzas principales venían los republicanos de izquierda y los nacionalistas catalanes, que no eran demócratas, pues al perder las elecciones a finales de 1933 habían preparado golpes de estado. También se unieron a las izquierdas los separatistas vascos, que eran un partido católico, pero ultrarracista. No sé qué clase de libertad podían representar estos partidos.

 

De este mito esencial derivan muchos otros. Por ejemplo, la idea de un “frente unido”. Los miembros del Frente Popular se odiaban entre sí, hubo dos guerras civiles entre ellos dentro de la guerra general, y numerosos asesinatos. Los separatistas vascos apoyaron a las izquierdas porque parecía seguro que ellas vencerían, dada su superioridad material. Pero cuando la guerra fue mal para las izquierdas, las traicionaron, facilitando a Franco la industria pesada de Bilbao y su primera gran victoria, en Santander.

 

Otros muchos mitos se vienen abajo. Por ejemplo, el bombardeo de Guernica por la Legión Cóndor y aviones italianos causó un máximo de 126 muertos, probablemente algunos menos, y no los 800 a 3.000 que ha dicho la propaganda (las izquierdas suelen ser poco respetuosas con las cifras reales, multiplicándolas por diez y más cuando les conviene). Y fueron las izquierdas quienes comenzaron los bombardeos sobre la población civil. Guernica tuvo una consecuencia militar importante, porque el gobierno autónomo vasco, dominado por los separatistas, llamó a la lucha, pero entró rápidamente en contacto con los fascistas italianos para negociar su rendición por separado, a espaldas del Frente Popular. Todo esto está hoy probado.

 

Otros mitos se sostienen, como el de la resistencia del Alcázar de Toledo. O el paso del estrecho de Gibraltar por tropas de Franco en el primer puente aéreo de la historia, que salvó a los sublevados de ser aplastados por las izquierdas. Se suele atribuir el puente aéreo a los aviones italianos y alemanes, pero consiguió sus principales objetivos con aviones españoles, en las dos primeras semanas de la guerra.

 

Hitler y Mussolini ayudaron a Franco, pero ninguno de ellos lo dominó. De hecho, en la crisis de Munich, en 1938, Franco declaró que en caso de guerra europea él sería neutral, lo que causó irritación en Berlín y en Roma. En cambio Stalin sí dominó al Frente Popular. Los dirigentes españoles que no gustaban a Moscú fueron desplazados, como Largo Caballero o Prieto. Negrín duró porque obedeció a Stalin.

 

Es obvio que el Frente Popular representaba una dictadura totalitaria, un comienzo de las “democracias populares”. El bando de Franco fue una dictadura autoritaria, no fascista aunque adoptase algunas formas externas fascistas.

 

Un punto clave para mí es que la guerra no destruyó la democracia, sino que la previa destrucción de la democracia causó la guerra. La destrucción ocurrió en dos fases: en octubre de 1934, meses después de que las derechas ganaran las elecciones, las izquierdas lanzaron una insurrección armada que fracasó en dos semanas, pero dejó 1.400 muertos. La segunda fase fue un proceso revolucionario a partir de la victoria electoral del Frente Popular en febrero de 1936. Estas elecciones fueron muy violentas y nunca se publicaron las votaciones, por lo que no podemos considerarlas democráticas. La derecha no simpatizaba con la democracia, pero era mayoritariamente moderada, legalista y pacífica. En octubre de 1934 había defendido la Constitución republicana y las libertades. Se rebeló en julio de 1936, arriesgándose a una probable derrota, porque se sentía a punto de ser aplastada por el proceso revolucionario impulsado por los socialistas y los anarquistas. Los comunistas eran todavía un partido pequeño, y la Falange también. Para entonces, la derecha había dejado de creer que la democracia pudiera funcionar en España y veía la solución en una dictadura autoritaria. En esa época la democracia liberal estaba en crisis en toda Europa, y de no haber intervenido Usa desde 1942, el totalitarismo nazi o el comunista habrían triunfado por mucho tiempo.

 

Creo que los polacos pueden entender, por su propia experiencia, unos procesos de descomposición política y colaboración entre las izquierdas burguesas radicalizadas y los revolucionarios.

 

La victoria de Franco tuvo una importante consecuencia internacional: al mantener la neutralidad durante la guerra mundial, no solo salvó a España de una terrible devastación, sino también a los Aliados. Si Franco hubiera intervenido, Alemania habría ocupado Gibraltar y controlado el Mediterráneo, lo cual pudo haber cambiado el curso de la guerra.

 

4. ¿Cómo Ud puede explicar su éxito editorial tan grande?

 

R.- No lo esperaba, pero está claro que mucha gente estaba insatisfecha con las versiones predominantes, con sus contradicciones y omisiones. También ha contribuido al éxito el hecho de que los historiadores contrarios no han logrado rebatir mis tesis, sino que han reaccionado tratando de imponer la censura y el silencio sobre mis obras. Al fracasar, han lanzado campañas de ataques personales e insultos que no han hecho más creíbles sus propias interpretaciones de la guerra. Como ha escrito Stanley Payne, uno de los historiadores más expertos en España, estas actitudes revelan un espíritu propio de la Italia fascista o de la URSS de Stalin, pero no de un país libre.

5. ¿Qué impacto tenía el libro suyo para la opinión pública en España? ¿Qué tipo de reacción de los lectores fue más sorprendente para Ud?

 

R.- Creo que ha tenido un impacto decisivo, porque ha cambiado la percepción de mucha gente sobre el pasado, y también sobre los orígenes de la actual democracia, que proviene de los sectores reformistas del franquismo y no de la oposición antifranquista. Al terminar la dictadura, los presos políticos en las cárceles eran casi todos comunistas o terroristas, mucho más antidemócratas que Franco.

 

6. ¿Es verdad, que Ud fue atacado físicamente durante su conferencia en Barcelona? ¿Era la consecuencia de las opiniones presentadas en el libro suyo?

 

R. Fue en la universidad Carlos III, de Madrid. En Barcelona hay, sobre todo, censura en la prensa sobre mis conferencias. Como dije, la reacción a mis libros ha sido muy poco intelectual. Un periódico socialista de Barcelona ha pedido mi encarcelamiento y el de César Vidal, otro historiador que no gusta al gobierno. He sufrido muchas amenazas e insultos y no ha habido un debate serio. Después de hablar yo en televisión, el periodista que me entrevistó recibió un fuerte acoso del sindicato socialista UGT. En otra conferencia mía, el gobierno envió policías a intimidar a los organizadores, y cada vez que hablo en alguna ciudad surge una campaña, incluso en la prensa, para que se me impida expresarme. Algunos libreros han sufrido amenazas por exponer mis libros en el escaparate, y otros libreros izquierdistas desaconsejan a los clientes la compra de mis libros. Se me ha negado el derecho de réplica en diversos periódicos… Son síntomas, no muy importantes pero sí significativos, de una involución antidemocrática bajo el actual gobierno. Un gobierno que se encuentra más a gusto negociando con los terroristas islámicos o con la ETA, que con los demócratas.

 

7. ¿Existe alguna relación entre la vida política actual en España y la guerra civil? ¿Cómo se la puede describir?

 

R.- La guerra civil nació, como dije, de la destrucción de la legalidad republicana por las izquierdas, y actualmente existe un proceso de destrucción de la Constitución por medio de una alianza entre el gobierno, los separatistas y los terroristas. Esto es muy preocupante. No creo que se repita una situación como la de 1936, pero sería frívolo negar la posibilidad de una violencia o una descomposición social. Tampoco creía nadie posible lo que ocurrió en Yugoslavia, y creo que en España debe frenarse esta involución, porque puede tener consecuencias muy graves. Después de todo, lo que permite una convivencia en paz y en libertad entre grupos sociales con ideas e intereses diversos es el respeto a la ley y a los derechos públicos. Y si estos son atacados como hoy sucede en España, las perspectivas no pueden ser buenas.

 

8. ¿Se puede decir, que el zapaterismo es un tipo de revancha de los perdedores de la guerra civil?

 

R.- Ni siquiera eso es verdad, porque Zapatero no proviene de los perdedores. Un abuelo suyo fue fusilado por los franquistas, pero otro abuelo era franquista, y su esposa viene también de familia franquista. Lo mismo pasa con la mayoría de estos antifranquistas… de después de Franco. Bajo el franquismo, vencedores y vencidos se mezclaron y se casaron entre sí, se reconciliaron, y las pasiones y odios de la guerra desaparecieron. Eso, más la prosperidad económica que legó la dictadura, permitió una transición a la democracia con pocos problemas. Ahora, a algunos demagogos les gusta sentirse herederos de aquel nefasto Frente Popular, y Zapatero se ha proclamado “rojo”. Son estupideces, pero estupideces muy peligrosas.

Entrevías versus Calcuta

Entrevías versus Calcuta

Los tres sacerdotes de la parroquia San Carlos Borromeo perdieron el afecto a la unidad con la Iglesia por una utopía: la lucha por los pobres en nombre de Cristo. Sin embargo, la Madre Teresa de Calcuta nunca tuvo la pretensión de cambiar el mundo y las estructuras sociales, políticas o eclesiales para atender a los más necesitados. El cura Enrique Castro de Entrevías se pierde lo mejor.

"No soy ni una activista por el bien social ni un filántropo. Hago lo que hago sólo por Cristo. Si fuese una activista por el bien común o un filántropo, no habría abandonado mi hogar ni habría dejado a mis padres. Le di mi alma a Cristo, así que lo que hago no es humanitarismo ni nada que se le parezca, es muy natural". Con estas palabras respondía la Madre Teresa de Calcuta al escritor y fotógrafo japonés Morihiro Oki cuando le preguntó si podía grabar el trabajo humanitario que realizaba con los más pobres de los pobres.

Cada vez que se habla de la acción social de la Iglesia creo que todos aquellos que de verdad quieran entender las razones por las que se hace deberían mirar, observar y en cierto modo ensimismarse con el ejemplo de la Madre Teresa. Lo digo a raíz de la polémica levantada en una parroquia de Madrid, San Carlos Borromeo, por tres sacerdotes diocesanos que han desobedecido la indicación de su obispo de reconducir su trabajo social en uno de los barrios más excluidos de la capital en un centro de Cáritas Madrid.

 

Valorando siempre lo positivo: la atención a los inmigrantes, madres contra la droga y marginalidad, el arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Valera, indicó a estos curas que continuasen con su labor pero en comunión con Cáritas, ya que desde los años 80 no había en San Carlos Borromeo parroquia eclesial o comunitaria como tal, sino locales parroquiales utilizados para estos fines sociales.

 

Pero lo que ha sucedido es que estos tres sacerdotes diocesanos se han escudado en su trabajo con los pobres para no obedecer. Y aunque puedan creer que tienen mucho apoyo mediático, que lo están teniendo, y sentirse "moralmente" gratificados y reconocidos en su acción con los excluidos, creo que se pierden lo mejor.

 

Protegidos en su trabajo social, por muy grande, digno y necesario que sea, el cura Enrique Castro y sus otros dos compañeros se pierden lo mejor: la unidad con la Iglesia y, como decía la Madre Teresa, la naturalidad y la familiaridad con Cristo que la movía a despertarse a las cuatro de la mañana a rezar laudes y a trabajar a destajo todo el día con los leprosos de Calcuta.

 

El afecto a la unidad con la Iglesia parece que estos tres sacerdotes lo perdieron hace años por una ideología o utopía: la lucha por los pobres en nombre de Cristo. Sin embargo, si miramos el quehacer de la Madre Teresa, ella nunca tuvo el propósito de cambiar el mundo y de acabar con la pobreza global, ni siquiera de cambiar las estructuras sociales o políticas para atender a los más necesitados. Ella respondía a su amor a Cristo atendiendo a los demás, todavía más: amándoles personalmente.

 

Y este trabajo le unía más con el resto de la Iglesia, lejos de separarla, ya que siempre obedeció a su obispo y a Roma. No entendía otra razón de ser a su obra, no diseñada por ella. No tuvo la pretensión de cambiar la propuesta cristiana para adaptarla a Calcula. La Madre Teresa no reprochaba nada a nadie ni decía a los demás lo que tenían o debían de hacer, ni a la jerarquía de la Iglesia lo que está bien o mal hecho. Trabaja en silencio y sólo Dios sabía lo que le pasaba por el corazón.

 

Se puede llegar a creer que se puede cambiar el mundo y a la Iglesia y, sin embargo, perderse a uno mismo. En este 2007, cuando se cumple el décimo aniversario de la muerte de la Madre Teresa, yo prefiero seguir e imitar el ejemplo de esta pequeña mujer curvada siempre con su rosario a la cintura.

Raquel Martín

Páginas Digital, 10 de abril de 2007

El PNV, dividido entre las dudas de Imaz y la memoria histórica de ETA

El PNV, dividido entre las dudas de Imaz y la memoria histórica de ETA

El Aberri Eguna es, para el nacionalismo vasco, el momento de una inevitable reunión de familia, con sus ritos, su foto, el cuñado insoportable, los niños que no paran, el abuelo que se duerme, la suegra que no calla. Y los viejos litigios pendientes, y las herencias por repartir, y los bienes familiares que todos codician. Menudo día el de ayer, para todos los miembros de la familia que fundó Sabino Arana.

Las cosas son bastante complicadas entre las distintas ramas de la familia, el PNV de discutida primogenitura, los rebeldes de EA, los eternos y sangrientos adolescentes de ETA y Batasuna, la joint venture de Nafarroa Bai, los parientes pobres de Aralar y Batzarre. Todos vienen del mismo sitio y dicen querer la misma independencia, es cierto, y todos se reúnen en las grandes ocasiones y festejos compartiendo la misma pomposa retórica decimonónica. Pero a la hora de la verdad ¿están a gusto juntos? ¿Quieren lo mismo? ¿Son un bloque monolítico o serían felices encontrando una excusa para divorciarse?

 

El PNV, centro del juego político

 

En el País Vasco no hay política si no se hace pasando por el Partido Nacionalista Vasco, auténtico movimiento transversal, interclasista y multicolor que une, reúne y pacifica fuerzas muy diversas. Esto no supone dar por buena la identificación entre lo vasco y lo nacionalista –la falacia más grande que vieron los tiempos- sino reconocer que el PNV ha movilizado a toda una parte de la sociedad, dando una respuesta mucho más que política, mientras que los partidos no-nacionalistas se han limitado en el mejor de los casos a recoger votos. Seguramente el PP pensó que no podía hacer otra cosa, y sin duda el PSOE no quiso hacer otra cosa.

 

Dicen ahora los analistas que la buena conexión entre el líder del PNV, Josu Jon Imaz, y el presidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero estaría creando una "pinza" contra el presidente regional Juan José Ibarretxe, cada vez más inclinado al sector de Joseba Egibar en el PNV; sector supuestamente más "duro" y verbalmente más independentista. Pero no es tan sencillo, porque en medio está ETA.

 

ETA: hagamos memoria de su verdadero rostro

 

En el resto de España podemos fingir que no lo sabemos, pero ETA es lo que siempre ha sido, y su aparición en la prensa de ayer, domingo de Pascua, no hizo más que confirmarlo. ETA lidera un movimiento revolucionario, que tiene como objetivo, sí, la independencia, pero también y sin solución de continuidad una transformación radical de la sociedad. Son hijos de los movimientos marxistas tercermundistas de la segunda mitad del siglo XIX, y aplican sin complejos el terror como medio, como lo hicieron sus maestros Lenin, Stalin, Mao, Che Guevara y Ben Bella.

 

ETA no es un grupo de escolares, sino una bomba de relojería para cualquiera que se siente a su lado. ETA es la misma que en marzo de 1973 secuestró a los trabajadores españoles Humberto Fonz Escobedo, Jorge Juan García Carneiro y Fernando Quiroga Veina. Su crimen: haber ido al cine en el sur de Francia y haber sido confundidos por los etarras –algunos supuestamente reinsertados- con policías españoles. Su democrático destino: ser torturados hasta la muerte en un escondite de la banda, serles arrancados los ojos con un destornillador y ser enterrados en una fosa común que nadie, pese a amnistías y procesos varios, ha tenido el valor de revelar a los familiares.

 

Eso era y es ETA. ¿Ustedes creen de verdad que Josu Jon Imaz quiere quedarse a solas en una habitación a oscuras con esa gente? Tal vez Imaz –y el PNV de base- no se acerque tanto a Zapatero como líder del PSOE que puede conceder la independencia sino como gobernante español que –con toda la fuerza del Estado- aún se interpone entre ETA y sus futuras presas nacionalistas.

 

Pascual Tamburri

El Semanal Digital, 9 de abril de 2007