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Orgullo de ser español: nuestra historia, sin complejos

Orgullo de ser español: nuestra historia, sin complejos

La Historia de España es una aventura prodigiosa. Ese es el lema de La gesta española, el último libro de José Javier Esparza. Desde la llegada de los romanos hasta la batalla de Bailén, pasando por la gigantesca empresa americana, la obra detalla cuarenta y ocho episodios que han construido la identidad de España como nación histórica. La gesta española recoge los programas que Esparza ha dedicado a explicar nuestra historia en “La tarde con Cristina”, en la cadena COPE, durante la temporada 2006-2007. La propia Cristina López Schlichting prologa el libro. El autor va desplegando la historia de los españoles en un estilo ágil, vertiginoso y con abundante información, donde el rigor no resta nada a la pasión. La gesta española transmite una inequívoca sensación de orgullo de ser español; un orgullo templado y crítico, pero sin traumas ni complejos. No hay mejor síntesis que la propia introducción del libro, que a continuación reproducimos. La gesta española será el regalo patriótico de esta Navidad.  

JOSÉ JAVIER ESPARZA

Bravos clanes campesinos que cruzan montañas para reconquistar –arado y lanza- las desiertas tierras del Duero. Comerciantes levantinos que sientan plaza en Bizancio, puerta de Oriente. Mujeres que atraviesan el océano para fundar familias en el Río de la Plata. Hidalgos menesterosos que rastrean la jungla en pos de míticas ciudades de oro. Exploradores que descubren volcanes humeantes y coronan su cumbre por el puro gozo de la aventura. Conquistadores que, tras ganar tierras y riquezas, reparten sus bienes a los pobres y se retiran a una ermita en Nueva España o en la selva ecuatorial de la Puná. Cantareras que desafían a las balas del francés para socorrer la sed de los nuestros en Bailén. Frailes que predican el Evangelio entre pueblos que nadie nunca había visto. Caballeros de lanza en ristre y damas de armas tomar. Navegantes sabios y audaces que descifran en mapas los secretos del océano y las estrellas, escribiendo rutas en el agua virgen. Santos poetas cuyo corazón vibra con el diapasón de Dios. Soldados severos y escuetos que durante tres siglos sostienen en medio mundo la bandera de la Cruz de San Andrés. Botánicos que clasifican la flora del Nuevo Mundo, filósofos empeñados en la tarea de definir la dignidad humana, mercaderes que cambian plata por especias en el Mar de la China, eruditos pioneros de la Gramática romance, marinos que persiguen barcos corsarios en Jamaica o Argel, artistas entregados a la conquista del espíritu…

 

La Historia de España es una aventura prodigiosa.

 

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Este libro tiene un único objetivo: contar Historia de España a unos españoles que, cada vez más, la ignoran, y contarla, además, desde un punto de vista positivo, constructivo, sin complejos. Se trata de explicar cuáles han sido los grandes hitos de la formación de España como nación histórica. Es, ante todo, un libro destinado a los más jóvenes: son ellos quienes más han sufrido las consecuencias de unos programas de enseñanza calamitosos y la ofensiva cultural de los secesionismos regionales; son ellos, por tanto, quienes han crecido en un completo desconocimiento de qué es su país, de cuál ha sido su trayectoria, de quiénes son los españoles. Los capítulos de nuestra historia podrán servir para ofrecer una visión breve, clara y concreta de cómo nació España, cuál es su lugar en el mundo y qué aportó a la historia de la humanidad. Y servirán también para despertar el recuerdo de quienes un día supieron todas esas cosas, pero las han olvidado ya.

 

Los textos aquí reunidos, aunque conforman un todo ordenado cronológicamente, no fueron originalmente concebidos como material literario, sino como guión radiofónico. Son los capítulos de la sección “Historia de la gesta nacional española” en el programa La tarde con Cristina, en la cadena COPE. Su directora, Cristina López Schlichting, quiso con esta sección marcar una actitud de compromiso en defensa de España como nación. La forma más gráfica de hacerlo era contar algunos de los episodios fundamentales de nuestra historia, y ello en el tono más divulgativo posible. Divulgativo no quiere decir “superficial”, “cómico” o “simple”, sino explicado de tal manera que lo pueda entender la gran mayoría de la gente. A la hora de trasponer los guiones a formato literario, hemos preferido mantener ese tono divulgativo; por eso los numerosos textos de época que citamos han sido frecuentemente adaptados a la lengua contemporánea, para facilitar su comprensión, y también por eso hemos conservado algunas de las dramatizaciones que nos han servido para describir episodios de valor trascendental.

 

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España es una nación. Más precisamente, una nación histórica. Entre los españoles, la conciencia de unidad, de pertenecer a algo común, apareció antes incluso de que el término “nación” tuviera significado político y, desde luego, antes de que esa palabra adquiriera su significado moderno. También, por supuesto, antes de que pudiera hablarse de “nacionalismos”, “nacionalidades” o “realidades nacionales” en ninguno de los viejos reinos y territorios que iban a conformar España. Los españoles supimos que formábamos una unidad de carácter político antes de que nadie llamara a eso “nación”; eso es lo que quiere decir “nación histórica”.

 

Nuestra cualidad nacional se fue forjando a lo largo del tiempo, a caballo de los acontecimientos; no hubo un documento firmado en un determinado momento y que proclamara el nacimiento de la nación española, sino que ésta fue conformándose como una realidad de hecho a partir de un camino común. En esa trayectoria, los elementos unitarios, de integración –lengua, religión, corona, territorio-, fueron prevaleciendo sobre los elementos disgregadores, de dispersión. Hubo una conciencia de unidad territorial, jurídica e idiomática con Roma; hubo una conciencia de unidad religiosa y cultural a partir de la expansión del cristianismo; hubo una conciencia de unidad perdida tras la invasión musulmana y de unidad recobrada durante la Reconquista; hubo una conciencia de unidad política bajo la Corona de la monarquía hispánica y tal conciencia pasaría a ser una constante de la vida colectiva durante siglos, hasta hoy.

 

A lo largo de ese camino de dos milenios, los españoles han forjado su identidad colectiva en condiciones frecuentemente muy duras. Siempre –no sólo hoy- hubo fuerzas que quisieron disolver el conjunto, fragmentarlo, romperlo. Esas fuerzas fueron, las más de las veces, exteriores, y en otras ocasiones, interiores. Pero también siempre prevaleció la tendencia a la unidad, a conservar y mantener y perfeccionar lo que con tanto esfuerzo se había logrado. Por eso cabe hablar de una gesta nacional. Esa gesta es la materia que narramos aquí.

 

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Otra cosa importante: este no es un libro “neutro”. Pretendemos contar la Historia como fue, pero nuestra narración no es distante ni su tono puede ser ajeno al valor de los hechos narrados. Al revés, este es un relato escrito desde la convicción de que España es algo hermoso, grande, importante; escrito desde el amor a España, a sus gentes, a sus pueblos, a sus tierras, también a su diversidad, que es constitutiva de nuestro propio ser. España ha dejado en la Historia universal cosas trascendentales en todos los órdenes, desde la navegación hasta la espiritualidad, desde las artes hasta las ciencias. En esa tarea titánica han surgido nombres propios de talla extraordinaria, ya se trate de un Juan de Austria, victorioso en Lepanto, o de un Pedro Serrano, aquel oscuro postillón que cabalgó hasta reventar –literalmente- para llevar a todas partes el bando de Móstoles contra la opresión francesa. Esos nombres propios se recortan, como siluetas destacadas, sobre el fondo de un pueblo extraordinario y estremecedor, capaz de hazañas que no pueden dejar de pasmar al estudioso. Gracias a esas hazañas, nosotros existimos. En los últimos años parece haberse puesto de moda una especie de resentimiento histórico destinado a abominar sistemáticamente de todo cuanto España ha sido y es. Nuestra perspectiva es exactamente la contraria: sin silenciar episodios oscuros o poco gratos, creemos sinceramente que la Historia de España tiene muchas más luces que sombras. Y eso nos enorgullece.

 

Como el objeto de este relato es contar la construcción de España, la mayor parte de los episodios corresponde a etapas lejanas de nuestra Historia. Nuestra narración, en un arco de dos milenios, comienza con el nacimiento de la Hispania romana y llega hasta la batalla de Bailén, que en cierto modo marca el origen de la nación española moderna. Como no podía ser de otro modo, hemos prestado una atención especial a los siglos de oro, el XVI y el XVII, que fueron los de mayor esplendor de España y también, probablemente, aquellos que decidieron el lugar de España en la Historia Universal.

 

La Historia siempre es forzosamente historia bélica y política, puesto que es en esos campos donde se resuelven las decisiones supremas, de manera que nuestra narración abunda en hechos de armas y episodios políticos. Ahora bien, ni la construcción de la nación descansa sólo sobre los hechos de armas y la sucesión de reyes, ni las batallas y dinastías pueden entenderse como realidades singulares y autónomas, sino que sólo tienen sentido en un contexto político, cultural, sociológico, etc. Por eso hemos querido subrayar siempre los aspectos más relevantes en el plano cultural, religioso, humano. Así, nos ha interesado poner el acento en cuestiones como el carácter de la gente de a pie que hizo la conquista de América (¿cómo eran, qué tenían en la cabeza esos hombres, esas mujeres que cruzaron el mar?) o en episodios de carácter filosófico y científico a los que la divulgación histórica convencional no suele conceder el relieve que merecen, como la Controversia de Valladolid, donde se alumbró el germen del concepto moderno de derechos humanos, o como la expedición científica de Francisco Hernández en Nueva España, que fue la primera del mundo en su género.

 

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No vivimos hoy buenos tiempos para la reivindicación de lo español. Desde hace muchos años se ha impuesto un visión propiamente masoquista de España en la que todo cuanto pertenece a la historia de nuestro país se juzga torvo, equivocado, oprobioso o inútil. Ojo: no es que se matice la historia épica nacional para acercarse a un visión más ponderada de las cosas –ejercicio que, en general, sería irreprochable-, sino que deliberadamente se transforma la apología en abominación, el ditirambo en condena, y así terminamos en una suerte de épica inversa donde lo que se canta no es lo español, sino lo antiespañol. Una legión de escritores, escritorcillos y escritorzuelos lleva decenios entregada a la tarea de menoscabar sistemáticamente lo español, su realidad presente y su huella histórica. Lo que se ha operado es una auténtica inversión de la Historia: tenían razón los moros al ocupar la península y la reconquista fue un error; el descubrimiento de América fue una calamidad tragicómica; nunca debimos evangelizar América, sino permitir el espontáneo progreso de los sacrificios humanos en Tenochtitlán; mantener la fidelidad a Roma frente a la reforma protestante no fue gesto de honor, sino intolerancia oscurantista, y jamás debimos oponer el menor obstáculo a los franceses de Napoleón. No faltan millonarios –nunca faltan millonarios para tales tareas- dispuestos a editar y multiplicar el eco de esa obra destructora. Hoy, entre las clases semicultas del país, se ha impuesto largamente la idea de que España merece morir. Nos la quieren sustituir por regiones-nación de historia inventada y por mitos y leyendas de origen norteamericano. Por cierto que no somos sólo nosotros, españoles, quienes sufrimos hoy la maldición de nuestra identidad: toda la cultura europea está padeciendo esta epidemia, si bien en nuestro caso presenta rasgos muy singulares –porque, en nuestro caso, el masoquismo nacional parece toda una filosofía de Estado.

 

Todo esto es una locura. Pero, sobre todo, es una impostura. Y como todas las imposturas, tarde o temprano se disolverá por la simple fuerza de la evidencia. Ahora bien, para ello es preciso que alguien recuerde las certidumbres más elementales, aun a riesgo de caer en la simplificación escolar. De lo contrario, es perfectamente posible que el masoquismo nacional se prolongue de manera indefinida y que sucesivas generaciones de españoles crezcan en la certidumbre de que todo cuanto tienen atrás –sus apellidos, su linaje, sus tierras, esa catedral que se alza en su ciudad, los cuadros del Museo del Prado, el mismo idioma que hablan- es una desdicha sin límites, una maldición eterna, un error permanente que mancha su identidad con una vergüenza indeleble. En suma: si no recordamos la verdadera dimensión de la Historia de España, no tardaremos en ser gentes avergonzadas de sí mismas, ese tipo de gente ya sólo aspira a dejar de existir. Quizá tal sea ya, colectivamente hablando, nuestro caso.

 

Sea como fuere, aquí, igual que en Covadonga, bastará con que uno se plante para que cambie el curso de las cosas. En ese sentido, la palabra “reconquista” adquiere hoy un sabor muy particular. De algún modo, lo que hoy tenemos delante nosotros, españoles del siglo XXI, es también una reconquista de algo perdido. Lo que está en juego no es una forma de Estado más o menos abierta, ni una Constitución más o menos flexible, sino algo que se mueve en unos estratos mucho más profundos: es la supervivencia de España como agente histórico y de lo español como identidad, como forma específica de estar en el mundo.

 

En esa tarea, la narración de la Historia cumple una misión literalmente cardinal, como las constelaciones en la noche: permite reencontrar el camino perdido.

 

ElManifiesto.com, 25 de noviembre de 2007

Vidal Quadras exige al PP un "lenguaje apropiado" y unos "candidatos idóneos"

Vidal Quadras exige al PP un "lenguaje apropiado" y unos "candidatos idóneos"

El eurodiputado del Partido Popular, Alejo Vidal Quadras, ha asegurado en un artículo publicado en La Razón que no es comprensible que el Partido Socialista puede seguir encabezando las encuestas, por muy estrecha que sea la diferencia con los populares. "Es un fenómeno sorprendente, un hecho al que no es fácil encontrar explicación", ha recalcado. En este sentido, ha exigido claridad en el mensaje al PP al igual que "la selección de los candidato idóneos" para poder ganar las elecciones generales.

Vidal Quadras apuesta porque el Partido Popular asuma "que la sociedad española no ha de ser dulcemente masajeada con cantinelas políticamente correctas, sino electrizada con la denuncia implacable de los disparates y las felonías del Gobierno" a la par que tiene que seducir "con un programa ambicioso y atractivo".

 

Por este motivo, exige a su partido un lenguaje "apropiado" ya que nos encontramos en un panorama en el que "no importan tanto cómo son las cosas sino como aparecen -o se ocultan- a los ojos de los votantes". "Existe la necesidad de una alternativa que ponga orden en el caos", sentenciaba.

 

En este contexto, pide a su partido que "separe y jerarquice" los mensajes para que su destinatario, que es el individuo poseedor de la papeleta de sufragio, "calibre correctamente el calado de cada medida y no se despiste con el brillo de la hojalata ignorando la solidez del oro".

 

"Desde luego, la campaña acaba de empezar, lo que no es óbice para recordar que el que pega primer pega dos veces y que hay que concentrar el tiro sobre la diana y no andar disparando salvas festivas", recalca Vidal Quadras a sus compañeros de formación.

Libertad Digital, 27 de noviembre de 2007

Las estelas que faltan en Pamplona

Las estelas que faltan en Pamplona

El Ayuntamiento de Pamplona ha repuesto en Carlos III la estela de Germán Rodriguez, a mí que se haya repuesto la estela que recuerda los acontecimientos ocurridos en los San Fermines de 1978 en los que murió Germán me parece bien, si con ello se consigue que hechos tan graves no se vuelvan producir en Pamplona me parecerá todavía mejor.

 

La estela de Germán sirve para que cada 8 de julio se reunan en el lugar donde cayó muerto Germán, sus familiares y amigos, amén de las Peñas -que incluso dejan de animar con su música la corrida de toros de ese día en recuerdo de Germán, algo que no hacen con las Víctimas del Terrorismo (todavía recordamos como se negaron a dejar de tocar el 12 de julio de 1997 cuando se sabía que Miguel Angel Blanco había aparecido con dos tiros en la cabeza)- y de otras personas que acuden al lugar a recordar su memoria y hasta hay todo perfecto. Incluso se sacaron de la manga los amigos de Germán una asociación llamada Hilaria -estela en vasco-, asociación por supuesto nacionalista y por supuesto próxima a los postulados mas radicales del nacionalismo vasco independentista, para solicitar al Ayuntamiento Pamplones que repusiera la estela de Germán.

 

Pero yo echo de menos poder acudir a la Bajada de Javier y poder poner un ramo de flores y rezar un Padre un Nuestro -si me da la gana- un 30 de mayo, en el lugar donde fueron asesinados el niño de 14 años Alfredo Aguirre y el Policía Nacional Francisco Miguel Sánchez, poder ir a la Plaza del Castillo los 1 de enero y colocar un ramo de flores y rezar otro Padre Nuestro en el lugar en el que cayó muerto Francisco Berlanga o ir al lugar donde han caido muertos por la sinrazón criminal etarra, tantos pamplones, tan pamploneses cuando menos como lo era Germán Rodriguez, por que en esos lugares no hay estelas, ni cruces, ni nada que recuerde su memoria, es más hace unos años en la Vuelta del Castillo, en el lugar donde fué asesinado el General Juan Atares Peña, sus familiares y amigos colocaron una cruz, cruz que fue sistemáticamente destruida cada vez que se reponia y así hasta que desistieron de volver a colocarla.

 

Aquí van los lugares, los nombres y las fechas en las que fueron asesinados otros pamploneses, tan pamploneses por lo menos como lo era Germán Rodriguez, para que la oposición en el Ayuntamiento de Pamplona -ANV, Nafarroa Bai y PSN- que con tanto ardor han luchado para que la estela de Germán fuera repuesta, pida al Gobierno municipal con el mismo ardor que en el caso de Germán, que coloque una estela o una cruz en el lugar donde fueron asesinados por los criminales de eta estos pamploneses:

 

En el exterior de la Plaza de Toros por Joaquín Imaz Martínez, asesinado con dos tiros en 1977.

 

En la avenida de San Jorge por José Manuel Baena Martín, asesinado a tiros en 1978.

 

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En la avenida de Guipúzcoa por Manuel López González, muerto en 1978 como consecuencia de las heridas provocadas por una bomba colocada al paso de su Jeep.

 

En la Bajada del Labrit por Carlos Sanz Biurrun, asesinado a tiros en 1979.

 

En la calle Navarro Villoslada por Pedro Fernández Serrano, asesinado en 1979 al explotar una bomba colocada en los servicios de la cafetería de su propiedad.

 

En la Plaza del Castillo por Francisco Berlanga Robles, que murió en 1979 al hacer explosión una bomba que estaba intentando desactivar.

 

En la calle Tirapu por Ángel Postigo Megías, asesinado de seis disparos en 1980.

 

En la avenida de Barañáin por José Luis Prieto Gracia, asesinado por la espalda en 1981 cuando se dirigía a Misa.

 

En la calle Castillo de Maya por Alberto Toca Echevarría, asesinado a quemarropa en 1982.

 

En la Magdalena por Vicente Luis Garcera López, asesinado en 1982 al explotar una granada al paso de la tanqueta en donde viajaba.

 

En la avenida de Bayona por Jesús Blanco Cereceda, asesinado en 1982 de tres disparos a quemarropa.

 

En el Paseo de Sarasate por Antonio Conejo Salguero y Fidel Lázaro Aparicio, asesinados en 1983 en la central de Correos.

 

En las cercanías del Estadio del Sadar por Diego Torrente Reverte, asesinado en 1984 de dos tiros en el corazón.

 

En la 2ª Agrupación Orvina por Luis Ollo Ochoa, asesinado por medio de una bomba lapa.

 

En Mercairuña por Tomás Palacín y Juan José Visiedo asesinados al explotar un coche-bomba, y por Jesús Alcocer asesinado de dos disparos.

 

En la Vuelta del Castillo por Juan Atarés Peña, asesinado de tres disparos en la nuca en 1985.

 

En la Bajada de Javier por Francisco Miguel Sánchez y el niño Alfredo Aguirre Belascoáin asesinados con una bomba trampa.

 

En Cortes de Navarra por Maricruz Yoldi Orradre, asesinada en 1987 por una bomba-trampa.

 

En la avenida Zaragoza por Javier Biurrun Monreal, asesinado por un paquete bomba.

 

En la cuesta Larreina por Julio Gangoso Otero, asesinado en 1988 por la explosión de un coche bomba al paso de su tanqueta.

 

En la Rochapea por Francisco Almagro Carmona, asesinado en 1990 con dos disparos en el portal de su casa.

 

En Santa María la Real por Tomás Caballero Pastor, asesinado de tres disparos en 1998.

 

Blog Sancho el Fuerte (Reportero Digital Navarra), 26 de noviembre de 2007

Dos imágenes contrapuestas

Dos imágenes contrapuestas

Éstas son dos imágenes tomadas del fin de semana. En la primera, un presidente que habla de convivencia y de erradicar la crispación. En la segunda, una multitud que ha sido acusada de crispar, que reivindica la justicia como la base de una auténtica convivencia. Es necesario traspasar muchas apariencias para saber distinguir quién tiene razón.

 

En la primera imagen, el presidente del Gobierno se dirige a 7.000 seguidores que se han congregado en Fuenlabrada para aclamarle. Zapatero pide una mayoría amplia en las urnas para poder “erradicar la crispación” y asentar “la convivencia, la tolerancia y el respeto”. Hace unas semanas, también invocó la “convivencia” para ‘recomendar’ a una emisora de radio que cambiara sus mensajes. Si fijamos la mirada en sus hechos, en lugar de en sus palabras, descubrimos una acción política que ha roto consensos y acuerdos básicos, y ha condenado al ostracismo al primer partido de la oposición, favoreciendo las divisiones. Da la impresión de que a Zapatero, más que la crispación, le gustaría eliminar la discrepancia.

 

En la segunda imagen, una multitud recorre el largo trecho que separa la plaza de Iglesia de la de Colón, en una tarde de ese típico frío invernal madrileño que se cuela hasta en el tuétano de los huesos. 70.000 según unos, 500.000 para otros. Esa multitud tapizada de banderas rojigualdas y constitucionales no está formada por extremistas ni ultras, para sorpresa de muchos sesudos analistas de lo político, sino por esa clase media serena y civilizada que aplaude a tiempo, se emociona al unísono, guarda silencio para recordar a los asesinados o para escuchar los discursos, y se disuelve pacíficamente con la satisfacción de haber reclamado algo justo y de haber hecho lo que está en su mano para confortar y acompañar a aquéllos que han sufrido el zarpazo despiadado y cruel del terrorismo.

 

Las palabras y los gestos de Zapatero son lo suficientemente ambiguos para resultar siempre amables. Están bien programados por un grupo de asesores. Entre los gurús que más admira en la actualidad el presidente destaca el profesor norteamericano de Lingüística George Lakoff, creador de toda una teoría de marketing político basada en el relativismo. Para Lakoff no existen verdades, ni siquiera ideas, tan sólo construcciones gramaticales y metáforas más o menos exitosas.

 

En el extremo opuesto, Francisco José Alcaraz es un líder accidental. Está ahí por su condición de familiar de víctimas del terrorismo. Su voz es aflautada, su acento áspero. No tiene carisma ni expertos que le escriban los discursos pero con él están Ortega Lara, Regina Otaola, la hermana de Miguel Ángel Blanco y una muchedumbre de gente de bien que reclama “justicia, memoria y dignidad” para las víctimas.

 

Hay que traspasar las apariencias. Hace falta dejar de lado los cálculos electoralistas y las consideraciones tácticas. Es necesario superar prejuicios interesados y caricaturas que nos presentan esta “rebelión cívica” como un grupo de frikis, agitadores y crispadores que habría que “erradicar” u olvidar. Porque, pese a quien pese, lo que representan estos manifestantes es algo muy digno y respetable, y lo que reclaman es justo y oportuno. Y seguiría siendo justo y oportuno si lo pidieran sólo dos o tres individuos.

 

Lo que piden es que no se negocie con la banda terrorista otra cosa que no sea su desaparición; que no se le ofrezca ninguna contrapartida política. Nuestra reciente historia ha demostrado con rotundidad que con ETA no se puede negociar ni dialogar. El llamado final dialogado no es más que un sueño romántico, muy tentador pero utópico y falso. No son pocos los que alguna vez se han sentido seducidos por los cantos de sirena de ETA y su entorno, que se han visto arrastrados por la ilusión errónea de un acuerdo final con los pistoleros. Pero es evidente que esas tentativas sólo sirven para alargar la vida de la serpiente y debilitar al Estado de Derecho, porque los terroristas no renuncian nunca a sus objetivos (autodeterminación y anexión de Navarra).

 

Y no parece claro que los socialistas, que promovieron el último proceso negociador saltándose todos los acuerdos antiterroristas, hayan renunciado a volver a intentarlo, sino más bien hay muchos signos de que lo reanudarán en cuanto la circunstancia sea propicia, si es que no lo han reactivado ya (¿volvemos a tener ahora una tregua encubierta?).

 

Cuando ETA rompió el último alto el fuego, el Gobierno encaró la situación con un astuto giro dialéctico. Decía que nadie debía reprocharle nada por haber intentado alcanzar el fin de la violencia y que la ruptura de la tregua demostraba que no había hecho cesiones a la banda. Sin embargo, nadie puede mantener un proceso negociador con ETA durante años, como así ocurrió, si no ofrece a la banda pruebas tangibles de que va a dar pasos a favor de sus objetivos políticos. Y estas pruebas y signos las hemos visto todos.

 

A juzgar por los hechos conocidos, y las informaciones emanadas de fuentes muy diversas y a la luz de la simple lógica, resulta mucho más verosímil que Zapatero estaba dispuesto a transformar la estructura del Estado y el marco legal hasta el punto de hacerlos compatibles con las exigencias de los terroristas. Fue precisamente la llamada “rebelión cívica” la que se lo impidió. En el guión de los negociadores no estaba prevista la resistencia numantina de las asociaciones de víctimas y de otras organizaciones civiles, no estaba prevista la férrea oposición del PP ni la denuncia constante de numerosos medios de comunicación, tampoco el rechazo al proceso de una buena parte de la sociedad navarra con su Gobierno al frente.

 

Ahora esta “rebelión cívica”, heredera del Espíritu de Ermua, sigue saliendo a la calle como lo ha hecho desde que mataron a Miguel Ángel Blanco. Deberíamos alegrarnos de que exista y agradecer el gran servicio que ha hecho y que sigue dispuesta a hacer.

 

Ignacio Santa María

Páginas Digital, 26 de noviembre de 2007

La violencia de la mujer

La violencia de la mujer

Se llama Encarnación Orozco, y es la “delegada especial del Gobierno contra la violencia sobre la mujer”. Nada menos. Llevo días escuchando sus palabras en emisoras de radio y leyendo sus entrevistas en prensa, porque la Ley contra la violencia de género del Gobierno Zapatero, al parecer, sólo ha conseguido recrudecer la guerra de sexos y aumentar el número de mujeres asesinadas pro sus parejas (de hombres asesinados por sus parejas nada sé porque nada se dice). Orozco, como buena feminista, asegura que “el machismo es el ansia por perpetuar la dominación. El feminismo sólo pretende la igualdad”, curiosa redefinición a conveniencia de dos términos antónimos.

Desde tan científico principio, nos adentramos en el proceloso mundo de la dominación machista, Ojo al dato orozciano: “La violencia no empieza con el golpe. Empieza con el control: ‘¿Con quién vas? ¿Qué ropa es esa? ¿No me gusta que veas a fulanito o a Zutanita?’ Ese control crea un aislamiento en la mujer. Y se refuerza diciéndote -aquí la señorita Orozco pasa a utilizar la primera persona, desconozco el porqué- que eres una inútil, que no sirves, que no cocinas bien”. ¡Cielo Santo! Con tales criterios de medición  acabo de caer en la cuenta de que soy un vulgar maltratador de mi señora, y lo que es peor: ¡Ella me maltrata a mí muchísimo más, de forma permanente e incisiva, especialmente cuando insiste en que me cambie de pantalón y camisa porque “sólo mirarte das ‘patrás’”. Es más, con un repugnante sexismo me examina de la cabeza a los pies y me otorga el plácet sólo tras un gesto de conmiseración, con el que quiere dejar claro que ha hecho todo lo posible para amortiguar el golpe y que de donde no hay no se puede sacar.  Mañana mismo realizaré un acto lleno de coraje: me voy al juzgado y la denuncio: se va a enterar.

 

Las palabras de Orozco, me recuerdan los primeros estudios de opinión de las feministas, diez años atrás, cuando empezó la coña de la violencia de género, ésa que siempre es de género masculino. Primero se dijo que en España había 600.000 mujeres maltratadas, aunque El País, siempre solicito ante los desheredados, lo elevó de inmediato hasta los 2 millones. Uno de los criterios de tan sesudos informes, consistía en identificar la casuística de la violencia machista, en la que se incurría, por ejemplo, cuando el esposo, o parte varonil de la pareja, le negaba a su media naranja el sillón más cómodo del salón para ver la tele. Reconozcámoslo: soy un maltratador como la copa de un pino: me encanta el sillón orejero del salón y en cuanto mi señora se despista, corro veloz hacia el trono y le dejo con dos palmos de narices, lo cual rebela, lo reconozco, aunque no lo admitiré si no es en presencia de mi abogado, mi innata perversidad sexista.

 

Incluso, Dios me perdone, soy de los que le suele preguntar a mi esposa dónde va, y no podré alegar razones románticas -por ejemplo, mi solícita preocupación por su seguridad-, porque la señora Orozco ya nos ha advertido contra la falacia del romanticismo y la reconciliación, celada que no esconde sino futuros maltratos. A cada momento veo mi futuro matrimonial más negro, y sólo me consuela el hecho de que mi señora controla más mis amistades que servidor las suyas, incluidas las comunes, y a lo mejor ese tipo de contraataque surge efecto ante el tribunal de violencia de género, aunque lo dudo.

 

Sin embargo, albergo alguna tibia esperanza: en mi vida he llamado inútil a mi esposa y, sin embargo ella no deja de repetir eso de “¡pero qué desastre eres!” Y eso, estoy casi convencido, no es el lenguaje del amor.           

 

Miren ustedes, con planteamientos tan ecuánimes como los de la señora Orozco, nadie va a convencer al varón de que nos enfrentamos a una colosal tomadura el pelo, por lo que se desentenderá del asunto y se situará a la defensiva, más que nada para que la marejada de necedad feminista, reforzada por la estupidez políticamente correcta y por los poderes coercitivos, ultra violentos, que el Estado utiliza frente al individuo, no le golpee. Con el feminismo, la guerra de sexos no amainará, sino que, por el contrario, se disparará y alcanzará grados de intensidad nunca vistos. Mal harán las mujeres no feministas, es decir, las no-víboras, en seguir aquel viejo consejo de Javier Arzallus con el terrorismo etarra: “Unos menean el nogal y otras recogemos las nueces”. Porque al final, los asesinatos de ETA se han vuelto contra los nacionalismos pacíficos y contra los asesinos. Con el feminismo ocurrirá lo mismo.

 

De otro modo, seguiremos escuchando a personajes como la señora Orozco, quien nos asegura -sic- que no existen denuncias falsas de malos tratos, justamente cuando la violencia surge en, la mayoría de los casos, en el momento de la separación o divorcio, justo cuando los abogados-as aconsejan a la mujer que, de entrada, acuse a su esposo de violencia de género. Con tal de invocar tal sortilegio, se quedará con la custodia de los hijos, con el patrimonio común de la pareja y con, un poco de suerte, podrá relamerse de gusto cuando envíe a su ex al trullo. Y todo ello con todo el respaldo jurídico y social. Ni que decir tiene que las feministas más sinvergüenzas -quizás una reiteración- han convertido la violencia de género en un pingüe negocio: bufetes especializados, observatorios, cargos administrativos, cargos políticos, juzgados especializados, casas de acogida, etc. Una de las más exaltadas de la Administración Zapatero, Soledad Murillo, solicitaba la creación de un Ministerio contra la  Violencia de Género. Estoy convenido de que doña Soledad estaría dispuesto a liderarlo, todo sea por tan noble causa.

 

Al final, a lo mejor resulta que todo es más sencillo. A lo mejor resulta que cuando falla la entrega mutua, es decir, el amor, surge la guerra. La corrupción de lo mejor es lo peor y no hay estallido de rencor más agudo que el desamor. Es entonces cuando cada sexo recurre a sus armas: el hombre a la fuerza brutal, de la que dispone de más existencias que la mujer, mientras la mujer palia esa inferioridad con más mala uva, generalmente con la lengua. ¿Hay más casos de violencia física del varón contra la fémina? Sí, de la misma forma que hay más casos de violencia psíquica de la mujer contra el hombre. La prueba es que cuando la mujer es más fuerte que su adversario vaya si ejerce violencia: frente las 74 mujeres muertas a manos de sus parejas en España, la mujer asesina, a través del aborto, a 100.000 hijos cada año en España. Todos ellos inocentes de toda culpa.

 

Lo que ocurre es que la tontuna feminista –una de las doctrinas más idiotas de cuantas ha podido inventar la modernidad-, que es grande y obtusa, ha creado una muy aguda moralidad que podríamos resumir así: “Bueno es lo que hace la mujer, malo, lo que perpetra el varón”. A partir de ahí, el entendimiento entre sexos resulta sencillamente imposible. Y es que no reparan en la distinción de Clive Lewis: “Una mujer entiende por desinterés tomarse molestias por los demás; un hombre entiende por desinterés no molestar a los demás… (si no tenemos esto en cuenta) cada sexo considerará al otro radicalmente egoísta”.

 

Auguro que la guerra de sexos se va a acentuar. Con argumentos comos los precitados, lo único que podemos concluir sobre la violencia de género es lo del viejo chiste. Esto no se queda así: esto se hincha”. Aunque mi predicción no tiene mucho mérito: ya la estamos viviendo.

 

En los canales de televisión, los del PSOE y los del PP, repetían, el domingo 25, Día de la Violencia de Género, o sea, contra la mujer, que lo más peligroso es que algunas denunciantes retiran la demanda, lo cual, no necesito explicarles,  es gravísimo para las feministas, a quienes las víctimas importan bien poco y cuyo objetivo consiste en fastidiar al varón lo más posible. Montserrat Comas salía al quite con la advertencia de que “no es una guerra entre hombres y mujeres”. Sí, señora, es justamente eso, y usted y otra como usted la han declarado. Para ser exactos, es una guerra de exterminio del matrimonio y la familia.

 

Al final, el feminismo y la manipulación de la llamada violencia de género está fomentando el más autodestructivo defecto de la mujer: ser el centro de atención de quienes les rodean. De repente, han surgido como hongos las maltratadas, miles, millones de maltratadas, que viven así su día de protagonismo, aunque sea en el corro de vecinos, mientras que las feministas profesionales, las feminazis, se enorgullecen de las sentencias condenatorias y menosprecian a las “cobardes” que se reconcilian con sus parejas. Menos mal que no es una guerra contra el hombre.

 

Al final, este rechazo de la feminidad, es decir, del propio ser, mezclado con el odio feminista hacia la maternidad y hacia el hombre, ha completado un cuadro que sí es peligroso y letal: una mujer muy poco femenina. Una de las virtudes de la feminidad consiste en la renuncia a la violencia como instrumento para cambiar el mundo. Ese es el genio femenino. Por eso, la humanidad necesita de la mujer, porque prefiere crear a dominar. Por el contrario, ¿qué es el feminismo? Es la corrupción de la feminidad: es una mujer que le disputa al hombre el poder con las armas de los hombres. Esa anti-feminidad es lo que ha provocado tantas mujeres desamoradas. Por desamoradas, degeneradas; por degeneradas, desquiciadas. Y eso sí que constituye una tragedia contemporánea.

 

Eulogio López

Hspanidad.com, 26 de noviembre de 2007

LA AVT CONSIDERA INDECENTE QUE DE LA VEGA Y BLANCO CRITIQUEN LA MANIFESTACIÓN DE LAS VÍCTIMAS Y NO DIGAN NADA DE LAS CONVOCATORIAS DE ANV

LA AVT CONSIDERA INDECENTE QUE DE LA VEGA Y BLANCO CRITIQUEN LA MANIFESTACIÓN DE LAS VÍCTIMAS Y NO DIGAN NADA DE LAS CONVOCATORIAS DE ANV

Es llamativo y penoso que Blanco y De la Vega hayan criticado la manifestación de la AVT, y el gran apoyo que tiene, en lugar de condenar y enfrentarse a las convocatorias de ANV para este sábado, que sigue las directrices de la banda terrorista y no ha condenado ningún atentado.

El Gobierno y los dirigentes socialistas, una vez más, se muestran más cercanos a los que apoyan a los asesinos que a las víctimas.

Madrid, 23 de noviembre de 2007.- La Asociación de Víctimas del Terrorismo considera indecente que el Secretario de Organización del PSOE, José Blanco, afirme que la manifestación de la AVT se haya convocado por “intereses oscuros”.

 

Una vez más, el número dos del PSOE vuelve a insultar y menospreciar a las víctimas y a la AVT, que siempre han actuado con transparencia y claridad ante el terror. Esta es la actitud que también debería tener el Gobierno y su partido en lugar de atacar continuamente a las víctimas y mostrarse perplejo ante su actitud, como afirmó ayer Alfredo Pérez Rubalcaba, Ministro del Interior.

 

La AVT cree que todas las descalificaciones que ha recibido del Gobierno y su entorno durante la legislatura y esta semana están provocadas por el gran apoyo que siempre han tenido y tienen las víctimas por parte de la sociedad española. Son tan claras las reivindicaciones de las víctimas que iluminan los únicos intereses oscuros que hay, los que mueven al PSOE e intentan dividir y crispar a la sociedad española.

 

Además, a raíz de las declaraciones hechas por la vicepresidente del Gobierno, la AVT considera que el único “espectáculo irresponsable e inconsecuente” es ver al Ejecutivo negociando y cediendo ante ETA. Es llamativo y penoso que Blanco y De la Vega hayan criticado la manifestación de la AVT y el gran apoyo que tiene en lugar de condenar y enfrentarse a las convocatorias de ANV para este sábado, que sigue las directrices de la banda terrorista y no ha condenado ningún atentado. El Gobierno y los dirigentes socialistas, una vez más, se muestran más cercanos a los que apoyan a los asesinos que a las víctimas.

 

 

Acude a la manifestación convocada por la AVT.

 

POR UN FUTURO EN LIBERTAD. JUNTOS, DERROTEMOS A ETA.

 

SÁBADO, 24 DE NOVIEMBRE A LAS 17:00 HORAS.

 

Memoria, Dignidad, Justicia.

 

24 DE NOVIEMBRE, "POR UN FUTURO EN LIBERTAD. JUNTOS, DERROTEMOS A ETA"

24 DE NOVIEMBRE, "POR UN FUTURO EN LIBERTAD. JUNTOS, DERROTEMOS A ETA"

24 DE NOVIEMBRE, "POR UN FUTURO EN LIBERTAD. JUNTOS, DERROTEMOS A ETA"

Nos adherimos y por lo tanto, participaremos en la manifestación convocada por la AVT (Asociación Víctimas de Terrorismo) "Por un futuro en libertad. Juntos, derrotemos a ETA". Sábado 24 de Noviembre a las 17:00 horas.

Memoria, dignidad y justicia.

¿Una Europa gramsciana?

¿Una Europa gramsciana?

El profesor de Mattei, en este artículo publicado en Debate Actual, plantea que la negativa a incluir una referencia al cristianismo en la futura Constitución europea es el triunfo final de Gramsci.

Empiezo con una observación preliminar. El problema de la referencia a las raíces cristianas en el Preámbulo del Tratado Constitucional europeo está aún vigente y merece una lectura “transpolítica”. Hay quienes sostienen que dicho problema ha sido excesivamente enfatizado. Lo que se debe juzgar, se dice, no es la forma, expresada en el Preámbulo, sino la sustancia del Tratado y sus normas internas. No es importante, se añade, que la Constitución contenga palabras que hagan referencia al cristianismo; lo que importa de veras es que tenga, de hecho, una inspiración cristiana. Esta afirmación contiene una verdad, pero desplaza el problema. Es verdad que la referencia a la identidad cristiana no es en sí misma suficiente para “cristianizar” el Tratado. Sin embargo, la supresión de la referencia a la identidad cristiana tiene un valor simbólico mucho más fuerte del que tendría su inserción en el texto constitucional. Si la referencia a las raíces cristianas no basta para hacer cristiano el texto, la eliminación de esta referencia confiere al mismo texto una tonalidad decididamente laicista o anticristiana. Joseph Weiler lo ha notado bien: “La resonancia simbólica y social del rechazo es mucho más significativa de lo que habría sido una efectiva aceptación por parte de la Convención”. A Weiler, que es un ilustre constitucionalista, le debemos algunas agudas observaciones sobre la simbología de las constituciones. Cada constitución, sigue escribiendo, sirve normalmente para una pluralidad de funciones, entre las que siempre se encuentran al menos tres. La primera es una función de organización de los poderes del Estado y de reparto de las competencias constitucionales. Es la que en las democracias liberales marca la distinción entre poder legislativo, poder ejecutivo y poder judicial. La segunda es una función de definición y calificación normativa de las relaciones entre los individuos y la autoridad pública. Esta función encuentra su más significativa expresión en los catálogos de derechos fundamentales propios de las constituciones del siglo XX. Existe finalmente una tercera función, no menos importante, si bien a menudo es más difícil de percibir. “La constitución –escribe Weiler- es también un tipo de depósito que refleja y custodia valores, ideales y símbolos compartidos en una determinada sociedad. Es pues espejo de esa sociedad, elemento esencial de su autocomprensión, y juega un rol fundamental en la definición de la identidad nacional, cultural y valorativa del pueblo que la ha adoptado”.

 

 

 

La Carta de los derechos fundamentales de la Unión europea y el proyecto de Constitución europea podrían haber adoptado el método minimalista-funcionalista: concentrarse en las dos primeras funciones, reduciendo al mínimo el papel de la tercera. Pero no ha sido así. Los dos documentos contienen preámbulos grandilocuentes que proponen los fundamentos conceptuales de Europa, su ethos. Se trata de una opción legítima, pero que plantea el problema del lugar de la religión en la Constitución europea. No se puede negar, de hecho, que aunque sólo fuera desde el punto de vista histórico la religión, y en particular el cristianismo, ha tenido un papel importante en la formación de la conciencia europea. Este papel no puede ser ignorado por una constitución que se proponga como símbolo iconográfico de la identidad colectiva. El rechazo a incluir el cristianismo constituye una toma de partido. La idea de que, para evitar conflictos y discusiones el Estado o, en este caso la Unión, debe asumir una posición de “neutralidad religiosa”, constituye en realidad una opción preñada de discusiones y de conflictos mayores que los originados por la opción contraria. Weiler observa justamente que “si la solución constitucional es definida como una elección entre laicidad y religiosidad, está claro que no existe una posición neutral ante la alternativa entre las dos opciones. Un Estado que renuncie a cualquier simbología religiosa no expresa una posición más neutral que un Estado que asuma determinadas formas de simbología religiosa”. Excluir la sensibilidad religiosa del preámbulo no es una forma de “neutralidad”: es, al contrario, una toma de partido determinada. Significa privilegiar, en la simbología del Estado, una visión del mundo secularista o laicista, respecto a una concepción cristiana o religiosa, intentando presentarlo como neutralidad religiosa. La exclusión de la referencia al cristianismo en el Tratado constitucional europeo es, según Weiler, un “silencio atronador”, una opción ideológica que él mismo define “transida de cristofobia”. El problema sobre el que me quiero detener es el siguiente: ¿cuáles son las premisas ideológicas de esta “cristofobia”? ¿Cuál es la ideología subyacente a la neutralidad religiosa del Tratado constitucional? Es posible que ninguno, o muy pocos, de los artífices de la Constitución europea haya leído las obras de Antonio Gramsci, pero la ideología que subyace al Preámbulo de ese documento es, en mi opinión, el gramscismo. Es posible demostrarlo a través del análisis que del pensamiento de Gramsci realizó un filósofo italiano aún no suficientemente conocido fuera de Italia, Augusto del Noce.

 

 

 

Antonio Gramsci asumió el materialismo histórico-dialéctico, y la estrategia revolucionaria que se deriva del mismo, en la fórmula de la “filosofía de la praxis”. “La filosofía de la praxis –escribe en sus Cuadernos de la cárcel- presupone el Renacimiento y la Reforma, la filosofía alemana y la Revolución francesa, el calvinismo y la economía clásica inglesa, el liberalismo laico y el historicismo que está en la base de la concepción moderna de la vida. La filosofía de la praxis es la coronación de todo este movimiento de reforma intelectual y moral; […] corresponde al nexo entre Reforma protestante y Revolución francesa”. Se trata de un proceso de secularización que tiene su núcleo filosófico en el inmanentismo. La tarea del comunismo para Gramsci es llevar al pueblo aquel secularismo integral, que el iluminismo había reservado a unas élites restringidas, para así realizar una versión moderna y secularizada de la unidad espiritual y social que la Iglesia había realizado en el Medievo. Es éste un punto central en el pensamiento de Gramsci: la idea de colmar la fractura entre la élite y el pueblo, entre los intelectuales y los incultos, llevando a las masas la concepción inmanentista y secularizada de la vida. En la formación de Gramsci es decisiva la aportación del idealismo, principalmente del de Giovanni Gentile, el padre intelectual del fascismo. Entre Gentile, teórico del fascismo y Gramsci, padre del antifascismo existe, según Augusto del Noce, una relación no de fractura o de contraposición, sino de sustancial simetría y continuidad. Gentile se propone liberar la tradición cultural italiana de cualquier forma de trascendencia metafísica, llevándola a una completa filosofía de la inmanencia. Gramsci se propone liberar el marxismo del materialismo histórico, repensándolo a la luz del actualismo gentiliano. Su pensamiento se expresa en los términos de una filosofía de la praxis llevada hasta sus últimas consecuencias, que son las de una definitiva liberación de cualquier elemento religioso. Bajo el influjo del actualismo de Gentile, Gramsci es llevado a sustituir, o al menos a subordinar, la teoría de la lucha de clases por la del conflicto entre dos concepciones de la vida, la trascendente y la inmanentista, y a reencontrar la disposición espiritual iluminística como lucha de la “modernidad” contra la “tradición”. Fascismo y gramscismo son pues, según del Noce, dos momentos de un único proceso revolucionario que quiere llevar la filosofía hasta sus últimas consecuencias. El secularismo gramsciano se entiende, en este sentido, no como una posición abiertamente antirreligiosa, sino como la convicción de un inevitable proceso histórico del mundo moderno hacia la inmanencia. Mientras que el ateo tradicional dejaba aún un lugar a Dios, aunque sólo fuera para negarlo, el “hombre nuevo” comunista está de tal modo “inmerso” en el mundo y en la historia que ya no se plantea el problema de Dios; se trata de un ateísmo implícito, pero más riguroso y radical que el explícito clásico.

 

 

 

En el marxismo originario –observa Del Noce- el fin de la religión es el resultado del advenimiento de la sociedad sin clases. En el gramscismo, en cambio, la extinción de la religión es más bien la condición de la revolución. La destrucción de la religión no debe buscarse por medio de una propaganda atea directa, sino a través de una pedagogía historicista que convenza a los jóvenes de que la metafísica pertenece a un pasado irrevocablemente transcurrido. En el plano social, este ateísmo actúa mediante una simple eliminación del hecho del problema de Dios, realizada, según las palabras del propio Gramsci, por una “completa laicización de toda la vida y de todas las relaciones y costumbres”, esto es, a través de una absoluta secularización de la vida social, que permitirá a la “praxis” comunista extirpar en profundidad las raíces sociales de la religión. El Estado “laico” auspiciado por los teóricos comunistas no tiene ya pues necesidad de profesarse explícitamente ateo. A diferencia de los estados ateos del pasado, éste no se contenta con una profesión verbal de ateísmo que sin embargo tolera la supervivencia de Dios y de la religión en la sociedad. Dios, expulsado ahora totalmente de cualquier ámbito social, no debe de ser nombrado ni siquiera para negarlo. En este itinerario hacia la secularización, el gramscismo acaba por arrancar todo residuo religioso aún presente en el marxismo, aquel por el que se puede hablar del comunismo como mesianismo político o religión secularizada, y se transforma en secularismo puro. El resultado de este itinerario es el laicismo total, pero también el suicidio de la Revolución, como consecuencia de su insuperable contradicción interna. La idea revolucionaria comporta de hecho la unidad de dos momentos: el negativo, como disolución del orden de valores tradicionales, y el positivo como intento de instauración de un orden radicalmente nuevo. Se llega al suicidio si en el proceso de realización los dos momentos se escinden y, según Del Noce, deben necesariamente hacerlo. La filosofía del primado del devenir, para hacerse revolucionaria, debe llegar a la propia autonegación como filosofía, esto es, a disolver el momento de verdad que lleva en sí; y con esto debe renunciar a su momento constructivo para resolverse en un nihilismo absoluto que constituye la fractura de la idea de Revolución. El “nuevo orden” gramsciano se manifiesta así no como nuevo orden revolucionario, sino como nuevo orden moderno-burgués, hasta convertirse, de hecho, en la ideología del consenso comunista al orden tecnocrático neocapitalista. El gramscismo, en el momento en que se afirma, en vez de quebrar el orden capitalista-burgués, lo consolida. La filosofía del devenir se convierte así en el fundamento teórico de la sociedad hedonista y secularizada postmoderna. Una sociedad en la que no sólo el relativismo, sino incluso el totalitarismo, alcanzan su forma más pura.

 

 

 

La contraposición de comunismo y fascismo se presenta para Gramsci en términos de totalitarismo verdadero y totalitarismo fallido. Si observamos bien –señala Del Noce- las críticas de Gramsci a Mussolini pueden sintetizarse sustancialmente en los términos siguientes: el fascismo no consiguió sus objetivos como totalitarismo porque no incidió en profundidad en el tejido social e institucional. Los motivos esenciales de la crítica de Gramsci al fascismo corresponden a las razones por las que hoy los estudiosos se muestran de acuerdo en hablar del fascismo como “totalitarismo fallido”. El pensamiento de Gramsci, observa Del Noce, disuelve la filosofía en la ideología. Pero si el término filosofía está vinculado al de verdad, cuando la ideología pretende absorber en sí la filosofía, el poder revela su “rostro demoníaco”: un totalitarismo “mórbido”, infinitamente más grave en sus resultados que el totalitarismo duro. La disolución de la filosofía en la ideología equivale de hecho, en su expresión práctica, a la disolución de la verdad en la fuerza; aunque no se trate ya de la pura fuerza material sino de la fuerza psicológica y social. Esto sucede a través de una discriminación de las preguntas. O mejor, a través de la creación, de la que se encargan los intérpretes de la ideología, de un nuevo “sentido común” en el que ya no afloren las preguntas metafísicas tradicionales. Es a propósito de Gramsci, según Del Noce, que podemos entender en toda su profundidad la fórmula con la que Eric Voegelin define el totalitarismo como “la prohibición de hacer preguntas”. La novedad del totalitarismo moderno está aquí: el conformismo del pasado era un conformismo de las respuestas, mientras que el nuevo resulta de una discriminación de las preguntas por la que aquellas consideradas indiscretas son rechazadas como expresión de “tradicionalismo”, de “espíritu conservador”, “reaccionario”, “antimoderno”, hoy podríamos añadir “fundamentalista”, o incluso, cuando el exceso de mal gusto alcanza el límite, de “fascista”. Se llega así a la situación en la que es el mismo sujeto quien se autoprohíbe estas preguntas como “inmorales”. Hasta que ya ni siquiera se plantean. Con las preguntas racionales no sucede lo mismo que con los instintos, lo cuales, incluso reprimidos, afloran de nuevo. Las preguntas, por el contrario, pueden desaparecer por completo.

 

 

 

En la sociedad secularizada, el disenso se convierte en imposible, no por la vía física, sino por la vía pedagógica. La represión física es sustituida por la ético-cultural. En esta transposición de lo “físico” a lo “moral” el totalitarismo, según Del Noce, alcanza su forma perfecta. Cuando el relativismo se hace absoluto, coincide de hecho con la plenitud del totalitarismo. En esta perspectiva, la democracia secularista, privada de fundamentos trascendentes, se revela como una forma nueva y más radical de opresión del hombre. Juan Pablo II, uno de los críticos más lúcidos de la “democracia totalitaria”, lo ha subrayado en sus encíclicas Centesimus annus y Veritatis Splendor, observando cómo “una democracia sin valores se transforma fácilmente en un totalitarismo declarado o disimulado, tal y como demuestra la historia”. El relativismo tiene como único principio el de la fuerza, en cuanto que destruye la barrera que se opone a toda voluntad de dominio: la objetividad de la verdad. “El totalitarismo –señala Juan Pablo II- nace de la negación de la verdad en el sentido objetivo del término: si no existe verdad trascendente, obedeciendo a la cual el hombre adquiere su propia plena identidad, en estas condiciones no existe ningún principio cierto para garantizar las justas relaciones entre los hombres. Sus intereses de clase, de grupo o de nación los opondrán inevitablemente los unos a los otros”. Hoy es Benedicto XVI quien lo recuerda: “La absolutización de aquello que no es absoluto sino relativo –ha dicho- se llama totalitarismo. No libera al hombre, sino que le arrebata su libertad y lo esclaviza” (Discurso a los jóvenes del 20 de agosto de 2005).

 

 

 

El Tratado constitucional europeo se abre, por boca de Tucídides, con una referencia histórica a la democracia griega, pero ignora en su texto toda referencia histórica al cristianismo, revelando así su naturaleza secularista y laicista. El rechazo a introducir una referencia al cristianismo en su Preámbulo no constituye el rechazo a una visión confesional de la sociedad, sino la pretensión de borrar cualquier recuerdo del influjo cristiano en la historia europea. El Preámbulo del Tratado no rechaza solamente la relevancia jurídica del cristianismo, sino la misma relevancia histórica del fenómeno cristiano. El cristianismo, en esta perspectiva, debe ser removido de la memoria histórica y del espacio público para evitar cualquier forma de autocomprensión cristiana de Europa. El Preámbulo se convierte así en el símbolo iconográfico de una nueva Constitución europea en la que no hay lugar ni para Dios ni para el cristianismo. En este sentido podemos decir que en la Constitución europea, más allá de las intenciones de sus redactores, encuentra cumplimiento simbólico el proyecto gramsciano de “una completa secularización de toda la vida y de todas las relaciones y costumbres”. Resulta paradójico que esto haya sucedido justamente mientras los nuevos países del Este, después de haberse liberado del comunismo, entraban en Europa para reencontrar, junto con la libertad, también aquella memoria histórica que el totalitarismo marxista había intentado eliminar en vano.

 

 

 

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Publicado por Roberto de Mattei el 20-11-2007 en Debate Actual